Alguien tosió detrás de mí, con mucha fuerza, una tos seca e inútil, que sólo hacía temblar y estremecerse un cuerpo. No pude verle la cara. Yo venía pensando en la sangre. Misteriosamente. Mi sueño de hoy me llevó a recordar el de ayer. Un poeta me mandó un sueño que no parecía un sueño sino un relato escrito en la vigilia. Y yo pensé entonces que había olvidado mi sueño de Comarruga (y la casaca de seda finísima que yo remendaba y entregaba a una gente de la clase de yoga, quedándome sin nada más que una vieja casaca israelí que me trajo un amigo de un kibbutz en los años setenta y fu y otra cosa, y le pedía a mi hermanas(tra) que me prestara algo para ir a la playa, y ella estaba curiosamente en la cama con A. -ah, la vieja confusión y usurpación de la que escribo- y él me respondía: "Ella no puede prestarte nada porque está embarazada" y mi hermanastra, que efectivamente estaba descomunal, me decía que volviese a barcelona, cogiera el tren y una vez en la ciudad fuese a casa de mi madre a buscar ropa... Pero yo ya no tengo llaves de esa casa, me decía yo, sorprendida... Y el otro sueño era en París, y en una casa de las afueras, y también ahí ocurría algo con la ropa y las maletas y la inmovilidad y la dependencia de otros para llegar adonde quería y adonde tal vez estaban mis cosas), pero el sueño volvió mágicamente a la mañana siguiente, cuando leí las notas apresuradas del otro.
Yo venía hoy del metro, donde había leído fragmentos de Filosofía en los días críticos (pude reconocer algunas cosas cercanas, que me estremecieron, y también otras asombrosamente collobertianas, ¿o sería mi pensamiento? Y también su epílogo, que se anticipa al final, ¡cómo me alivió y consoló de mi escritura! Sólo como podría alguien que filosofa y teoriza y al tiempo vive en lo puramente subjetivo de la poesía; y ahí habla de escribir desde el mí), que me trajo Stalker con una lluvia de películas japonesas y una conversación de poesía y cine que tuvo que interrumpirse. Por cierto que ayer también tuve otra conversación que tuvo que interrumpirse por un olvido de mi interlocutor, que le obligó a dar un largo rodeo. Y hoy al llegar no pude ponerme a ver las películas japonesas porque estaba vigilando a Rufus, un Rufus que se ha erosionado con esa lengua de lija, con esa ferocidad obsesiva para limpiarse de los restos de su pasado. Precisamente hoy, como si lo adivinara, reapareció la comunicadora de animales de nombre ruso y me preguntó: "¿Cómo está Rufus?" La veterinaria aventuró varias posibilidades, pero sus remedios me parecían salvajes y consulté a mi acupuntora-homeópata, que me dio otros remedios. Ojalá sepamos ayudarle. De madrugada me despierta con sus forcejeos abrasivos.
Llegó TRANS, la revista de Traductología de la Universidad de Málaga, con un dossier sobre la literatura estadounidense en España codirigido por Vicente Luis Mora que incluye un artículo mío "Traducir, narrar, traducirse", escrito a principios de este año. Mientras, hubo que preparar textos de portada y microbiografías para el libro que pronto publicará Icaria, escrito al alimón con Lydia Oliva. Mañana tendré que corregir en serio mi libro de la ciudad. Y en cuanto a la novela, parece ser que una fantasía poderosa e irracional es una de las razones de los obstáculos que sigo tendiéndome. Como si al escribirla fuese a agotarse la fuente. Como si al abordar esa mina no fuese a quedar más que ganga. Como si...
Tengo dos libros más que reseñar. Quería avanzar un buen trecho en mis traducciones. Debería preparar los trabajos de mi segunda sesión en el Ateneo. Volver a reunir el coraje para estar en mi novela. Ver películas japonesas. El domingo iré al bosque; voy con dos amigos a una especie de excursión literaria y gironina. No quiero pensar aquí en el horror de este país, en los horrores que todos los días se descubren, en las malas noticias, entre la corrupción y la estupidez de unos políticos que ahondan más y más el agujero en el que nos han metido. Al menos aquí déjenme seguir con sueños y lecturas y mi gato paseando con sus ojos misteriosos, con esa arandela, de un verde que apenas existe en la naturaleza, desvaneciéndose y reapareciendo alrededor de los iris. Y enseguida se le cierran con el poder hipnótico de su propio ronroneo. Ojalá consigamos curarle de esa ferocidad abrasiva.
Una psicoanalista me mandó una entrevista magnífica a Santiago Kovadlof sobre la imposibilidad de ser judío. Él ve lo judío como una tarea, una indagación, una exploración del pasado como metáfora del presente y del presente como símbolo de ese pasado. "En ese territorio exploratorio", dice, "yo celebro mi judaísmo". Y en otro momento añade: "Es como Moisés diciéndole a Dios: No destruyais al pueblo por haber caído en la idolatría, sostenedlo en su eterno salir, en la constante tentativa de ganar la libertad..." Dice que ser judío es imposible, que por eso la Biblia es un libro escandaloso, porque hace dudar de los profetas, da razones al cuestionamiento de lo judío; ser judío es una tarea, implica empezar de nuevo. Y para él la sinagoga no puede ser un lugar cómodo, porque es el lugar de la pregunta (de la tarea), es el espacio donde se produce la búsqueda... Para él, el dios judío no pretende ser reconocido en su existencia, sino en su significación. No le interesa tanto si existe o no, sino el problema que plantea. Dios es el problema del origen del mundo que asalta al hombre. El único porvenir judío consiste en luchar contra su propia idolatría de lo judío, contra ese becerro de oro... Vale la pena.
Ha vuelto el calor. Ayer, al llegar a casa, en la oscuridad de la plaza dura y fea que fue republicana, había dos rusos no muy jóvenes, envueltos de efluvios alcohólicos pero con una belleza que no se ve nunca por estos lares, sentados en un banco. Los dos se alegraron al verme y uno me dijo en inglés que me sentara con ellos. Stay with us, me dijo, y yo también les sonreí mientras me alejaba, aunque sólo fuese una forma de celebrar esa belleza histórica bañada en alcohol. Después vi el azufaifo, aún exuberante pese a la basura que le arrojan los horribles habitantes de este barrio, esos mismos que se dedicaban a la construcción y ahora lamentan su ruina.
Y de noche, a trozos, mientras no llegan los dos libros que me he comprometido a reseñar, entro en el mundo de A.G. y su flamante novela, aún inédita, que ha querido someter a mi lectura. Pero mi agotamiento no me permite más. Llevo demasiados días despertándome de madrugada, sin querer, interpelada por ese pasado de Rufus que me recuerda al mío y que le lleva, como me llevó a mí en otro tiempo metafóricamente, a la desolladura.



