sábado, 20 de agosto de 2011

Un pájaro

Foto: I.N., Rosas en el jardín del monasterio de Tronoša, 2011
Un pájaro no identificado me despertó a las cinco. Sentí un dolor agudo, una punzada en un lugar sospechoso, y entonces me dormí y soñé que iba a ver a los famosos homeópatas hindúes, que estaban en un jardín gris pardusco, y uno de ellos me decía: "Creíamos que eras..." y me comparaba a un animal joven e insólito, movía la cabeza tristemente y me daba nuevos remedios. Luego, en el portal de la calle Muntaner de un antiguo amigo muy alto y excéntrico que murió hace tiempo (un portal bonito pero que en aquella época siempre olía a tocino frito que cocinaban los antiguos porteros y al que luego volví en dos ocasiones, y supe que un visionario cubano que había ocupado el mismo apartamento de mi amigo muerto), allí, en el sueño me encontraba a una conocida joven y guapa y hablábamos, y sólo en el momento en que yo salía a la calle y ella entraba en el ascensor me decía que ese día la habían operado. Más tarde iba a verla, estaba con su hermana, había un posible pronóstico malo y yo lloraba, maldiciéndome internamente por no poder contenerme junto a ella. Al día siguiente venía a verme a mi casa esa joven amiga con su marido y sus niños y a uno de ellos, que en el sueño era mayor y completamente distinto que en la realidad, le faltaba un brazo. G preguntaba por qué, y le decían, con ligereza, que había tenido un accidente con el cacaolat, o con un chupachups, o algo igualmente absurdo. Añadían que iban a ponerle una prótesis y yo decía: "Claro, para el ordenador", y ellos me corregían: "No, para el ordenador no le hace falta"...
A veces me sorprendo contando los días que me separan de volver a casa, a mi cueva de Alí Babá, a ver a G. y también a Rufus y a mis amigos, pero en realidad, volver a lo real me espanta, y más en este momento, como refleja el sueño. No, no tengo ganas de volver al cemento, de ver la escabechina que le han hecho al azufaifo para que la grúa pueda moverse con libertad y puedan construir y cobrar sus comisiones mafiosas, no tengo ganas de volver a un país delirante donde en plenos recortes sociales y educativos salvajes invierten tanto dinero público en la visita de un horrible pontífice que ya vino el año pasado, engañan a los comerciantes con un supuesto negocio -en Barcelona no hubo tal cosa-, donde el presidente del gobierno consulta a ese Papa -el mismo que le critica sus políticas y promueve al partido contrario- para decidir sobre el futuro del Valle de los Caídos (¿es que no ha cambiado nada desde el franquismo?) y manda a la policía a cargar salvajemente. No tengo ganas de volver a las miserias -ayer me atreví a asomarme a mi cuenta bancaria-, de las ridículas tarifas de traducción, a las propuestas de escribir gratis, de conferenciar cobrando siempre menos que el fontanero, que el cristalero, que cualquier otro oficio, a las facturas abusivas, a la contaminación, a los árboles cortados, al cemento. Y sobre todo, no tengo ganas de abandonar este bosque, que se ofrece con su proximidad y sus rumores de agua, ni estas noches, donde las luces se apagan y la oscuridad lo cubre todo y se oye música de grillos, aire, agua, y el cielo está tan lleno de estrellas que parece imposible. O los paseos diurnos observando ese extraño prodigio de luces y sombras que logran los árboles sobre la tierra, refugiándonos siempre en la sombra verdosa que los mismos árboles gigantes ofrecen generosamente en los lugares donde no ha llegado la mafia arboricida de nuestro país.
A veces, en el interior de esa penumbra verde del bosque, con las grietas de luz entrando oblicuamente, con el rumor del agua y el aliento de esas profundidades, en esa catedral arbórea tan alta y elegante me siento agradecida de que se me conceda ese acceso solitario, en una intimidad extraña con animales invisibles, con respiración verde... Por la noche, el encantamiento de este sitio, con las montañas altísimas, el concierto de grillos, la frescura del aire lleno de efluvios florales, herbáceos y arbóreos y el ruido persistente de esos mil arroyos que lo inundan todo (y que son culpables de la persistencia de mosquitas revoloteando frente al que recorre los caminos) y el cielo llenísimo de estrellas es tan grande que acostarme me parece una traición o una condena de encierro y sólo quisiera estar fuera...
Es verdad que este lugar se parece al paraíso, y sin embargo, fue escenario de unas atrocidades ya conocidas, de una ferocidad ilimitada, en una desigualdad angustiosa. Alguien se preguntaba en facebook por la felicidad, como si tal cosa existiera de una forma permanente, como si no fuese una respiración interna, algo paradójico, que se produce en nosotros a pesar del mundo. Yo hablaba de las mariposas. Aquí son múltiples y espectaculares. Ayer, mientras leía unos cuentos de Aleksandar Hemon entre el sol y la sombra, una mariposa pequeña estuvo posándose sobre uno de mis pies, el otro, el borde del vestido, el libro y por fin mi brazo. Me miraba y no parecía dispuesta a abandonarme. Echaba a volar cuando yo me movía, pero volvía una y otra vez. ¿Qué significa ese extraño movimiento de abrir y cerrar las alas cuando se posan sobre algo? Era muy bonita, aunque no tan espectacular como las alas de la inmensa mariposa muerta que encontramos a las puertas del monasterio de Tronoša y que fotografié en la mano de Ljupka anteayer. También tuve que rescatar a un saltamontes de nuestra habitación y devolverlo a su entorno, pero me costó convencerle de que dejase mi mano. Los saltamontes parecen sonreír, orgullosos y burlones. Damos de comer a los gatillos salvajes de la casa, y el otro día -lo conté en facebook- tuve un intercambio con un gallo, que venía arrogante a quitarles las sobras que les dábamos a otros gatos en el restaurante. Le interpelé, le di pan y le dije que el pescado no era para gallos. Me miró sorprendido, no sé si por la lengua -al fin y al cabo, era un gallo serbio- o porque nadie se había dirigido a él con palabras. Y me sorprendió a mí porque tenía una expresión inteligente, con su cresta caída y sus ojos pensativos. Hace dos noches se oía un pequeño concierto de ranas. Hay una vaca, invisible desde donde estamos, que se hace notar de vez en cuando y puntúa nuestras frases o discusiones con un mugido aprobador. La otra mañana la vi: iba con un pastor y un ternero, y tenían la cabeza bastante blanca y el cuerpo de un tono acaramelado, de tofee. Y es que en este entorno, exceptuando a I. y a la gente del centro o a un escultor de Belgrado que apareció hace unos días, no tengo mucho más intercambio intelectual. Salvo en los libros. Leí La main gauche de Maupassant (precisamente gracias a un comentario de JLG), con tres o cuatro cuentos geniales (el de aquel hombre que pasa la noche en el cementerio para estar cerca de su amada y descubre que a media noche, los muertos salen de sus tumbas y corrigen las mentiras de sus epitafios y confiesan su verdadera naturaleza y sus traiciones, incluida ella. ¡O el de los suicidios organizados! Con su humor y su modernidad de espíritu) y me chocó otra vez la ferocidad de su misoginia y su racismo etnocentrista. Retomé y acabé Una tumba para Boris Davidovich de Danilo Kis, que es magnífica literatura, aunque durísimo, esa crónica de la persecución y la tortura en el comunismo, esa complejidad y ambivalencia de los torturadores (su tenacidad perversa, su insight bárbaro sobre las flaquezas del torturado y su capacidad para escribir de las puestas de sol en Kolima) en plena arbitrariedad salvaje, es mucho más poderoso que Soljenitsin y me hizo pensar en Shalámov. Lástima la descuidada edición, llena de erratas, con catalanismos tal vez del corrector, algo inusual en un editor que siempre había cuidado sus libros. Leí también Moderato cantabile de Marguerite Duras (me gustó esa tentativa intoxicada y desesperada de reconstruir el drama anónimo del bar de un pueblo, la soledad de la mujer que bebe demasiado vino con el desconocido), y esa pequeña joya que Tigridia me pasó traducida y que debería ser lectura obligatoria para evitar lo peor, El vicio de la lectura, de Edith Wharton, donde se dibuja perfectamente ese horrible lector mediocre que tanto prolifera, todos esos que creen que por el hecho de saber que la p con la a suena pa, se creen con derecho de buscar defectos estúpidos e inexistentes en libros que no comprenden, yo he encontrado muchos de esos lectores zoquetes y arrogantes, he tenido que sufrirlos, y a partir de ahora les recomendaré ese librito en cuanto les oiga hablar. Con un poco de suerte se dedicarán a los best-séllers o callarán... Por cierto que encontré una de ellos en casa de un amigo, no hace mucho. Había asistido a un cursillo y se consideraba ya futura novelista y se permitió decir una sarta de tonterías sobre dos textos sin comprender ni poder apreciar en absoluto sus virtudes. Todos somos ignorantes: ¡lo importante es tener conciencia de esa ignorancia! Y lo peor es no tenerla.
Anteanoche intentábamos por segunda vez ver una película de Raúl Ruiz basada en una novela de Jean Giono, Les âmes fortes, y pareció que íbamos a lograrlo, las imágenes del duelo me recordaron a la magnífica Misterios de Lisboa, pero no hubo manera. Y ayer llegó la noticia de su muerte. Estaba rodando sobre su infancia chilena... J.L. Guerín decía hoy en facebook: "Recuerdo La hipótesis del cuadro robado como una de las películas más sugerentes que he visto sobre pintura."
Por cierto que ya entregué el prólogo y la traducción de ese libro intrincado y maravilloso de Giono, Un rey sin diversión, que aparecerá muy pronto en Impedimenta.
En cuanto a mi novela, sigo llena de dudas. Avanzo, pero no las tengo todas conmigo. No estoy ya en el periodo feliz de los veinte primeros capítulos. No sé si quiero seguir este camino. Una parte de mí parece decidida, tal vez la parte más kamikaze, tal vez como forma de alejar para siempre de mí algo que aún me molesta, pero la otra titubea, y sin duda una serie de hechos que se producen en este momento y que tienen relación con los personajes que inspiraron a los míos me dificultan la reflexión.
Y ahora voy a traducir Maeve Brennan.

domingo, 14 de agosto de 2011

Desde el bosque serbio

Foto: I.N. Bosque de Tršić, Serbia (con mi teléfono)
Reconozco que al llegar aquí tuve un momento de crisis. Creía que llegaba a una colonia de escritores, algo similar a lo que había ocurrido en la Vojvodina cuando me invitaron, un lugar donde escribir, socializar en las comidas, con una gira de lecturas organizadas en otros lugares. Enseguida descubrí que yo era la única escritora invitada, no había tales lecturas y había aterrizado en un lugar absolutamente rural y salvaje, sin una tienda donde comprar nada (salvo los iconos y gadgets que venden en la casa museo de VK) y con una mayoría de gente que sólo habla serbio. Por suerte, mi amiga I. había aceptado venir conmigo y aquí estaba. Me habían prometido que tendría conexión a Internet (para mí, era condición sine qua non, ya que pretendía traducir, además de escribir mi novela). Pero la conexión se fue con las primeras lluvias, de modo que nos cambiaron a otro lugar, un lugar bien bonito, donde sí hay conexión más o menos estable y las condiciones y el confort son mejores.
Enseguida nos envolvió el paisaje, que es espectacular. Todo ocurre a la sombra de árboles inmensos y con el rumor de un arroyo incesante que lo recorre todo. Mariposas de todos los colores (una mañana se posó en mi pañuelo una magnífica, pequeña y delicada, azul celeste con un estampado dorado, que habría copiado en seda el mejor diseñador de moda), unas libélulas negras y azules al desplegar las alas, con distintas gradaciones entre el negro azabache y el azul profundo, y también libélulas verde y oro, lagartijas y lagartos, gatos hambrientos a los que alimentamos en el restaurante y la casa, perrillos que viven en libertad, más o menos cuidados y adscritos a sus casas. Un día tuve una conversación con un gallo: él me miraba desconcertado, como si nunca nadie se hubiera dirigido a él con palabras. ¿O tal vez fuese el idioma? Pero su expresión era inteligente y pensativa y cambió mi idea de los gallos, o de los gallos serbios. Gallos y gallinas pasean por lugares insospechados. Por los caminos del pueblo y los prados, todo de distintos tonalidades del verde, con flores blancas silvestres que tiñen los campos haciéndolos etéreos como nubes, y florecillas diminutas de colores violáceos, rosáceos, oro viejo, blancos... Las casas son de madera, al estilo tradicional serbio, o con tejas antiguas. Los pajares son también como eran antes. Es como si hubiéramos entrado en el paisaje de un cuadro, como ocurría en los cuentos. O al otro lado del espejo. Y el bosque, un bosque altísimo, a veces casi vertical, que parece impenetrable y en algunos lugares seguramente lo es. Pero puede accederse bordeándolo o por el bosque bajo, siguiendo los arroyos y los caminos que discurren a su lado. Entonces se entra en una penumbra verdosa, húmeda y fresca, dejando atrás el sol, y se produce ese extraño prodigio: siento como si me adentrara en un mundo perdido, en un lugar salvaje donde no rigen nuestras normas, siento como si el bosque me dejara entrar, bajo ciertas condiciones. En ese silencio casi reverencial, donde sólo se oye el agua, la respiración del bosque y mis pasos cruzando puentecillos de madera que llevan años allí y han sido desgastados por el tiempo, en el camino hacia el monasterio de Tronoša, una tarde oí un pesado crujir de ramas y vi una gran sombra negra, tal vez un ciervo, que se ocultaba y me sentí sobrecogida. Justo después, a los pies de un árbol se agitaba un animalillo oscuro, tal vez una ardilla o un conejo, que me devolvió un poco al mundo.
Este es el lugar donde el Pompeu Fabra serbio, el lingüista que reordenó el alfabeto cirílico serbio y estableció los fundamentos de esta lengua, Vuk Karadžić, nació y se crió. Él seguía ese camino sagrado del bosque para llegar al monasterio de Tronoša, donde estudiaba. Todo aquí está lleno de su nombre, de su memoria, de las letras del alfabeto. Durante los años oscuros, los nacionalistas excluyentes intentaron apropiarse de su legado: sus fotos están también en los aniversarios del pequeño museo histórico. Su apellido no tiene nada que ver con el político criminal, aunque éste intentara manipular también ese dato. Luego, los organizadores han querido separar las cosas y situar a Vuk en su contexto legítimo, no político, sino histórico y científico.
Es un paisaje encantado y un solo paseo por esos caminos del bosque restauran el espíritu a cualquiera. Yo sigo recibiendo una lluvia de noticias negras, y ha habido noches enteras sin poder dormir. Hay algo que duele aun de lejos, algo que forzosamente tenía que llevar conmigo hasta aquí, algo que me hace sentir salvada en el bosque, protegida por esa penumbra verdosa. Algo indecible aquí y que me hace mucho más difícil la escritura de mi novela. A veces traduzco a Maeve Brennan y es un ejercicio saludable. Otras logro escribir, aunque es un momento difícil. En todas las entrevistas -dos televisiones, un periódico- me preguntan por la inspiración y el paisaje. Hace días que decidí que Tršić estaría al final de mi novela y esa idea les hace sonreír.
Naturalmente, estamos muy cerca de las heridas de la historia y hay una tristeza y una amargura que está en el aire, que pesa en mis pensamientos, que subyace al orgullo local. Es inevitable para mí preguntarme qué hacían algunos personajes que veo -los que tienen cierta edad- en la guerra e imaginar, especular. Sé que no soy la única que ve lo invisible. Lo sigo viendo en nuestro país, tantos años después, ¿cómo no verlo aquí, tan cerca en todos los sentidos? El otro día fuimos a Sunčana Reka, tomamos algo junto al Drina y al otro lado veíamos las montañas de Bosnia, donde se perpetraron tantas atrocidades. Sin aludir a donde estábamos, ellas hablaron algo de la guerra; aunque el antes y el después surge inevitablemente en algunas conversaciones, aunque sea de forma tangencial. Yo intento decir, intento no caer en la trampa de generalizar por identidades nacionales. Me preguntan por mi libro balcánico, por mis impresiones de Serbia (a I. también intentan entrevistarla, aunque ella no siempre se deja: mientras pueda, huye de las cámaras. Yo también las detesto, pero me gustaría mucho que "Si un árbol cae" se publicase aquí).
Vimos algunas Perseidas con la luna llena oculta detrás de la montaña gigante que nos mira y encierra en este lugar asombroso. Los cielos están plagados de estrellas, aunque la luna las haya hecho palidecer. Estos bosques tan cuidados y protegidos también me curan un poco las heridas del cemento de Barcelona, la amenaza de nuestro pobre azufaifo, la locura mafiosa y constructora que se ha apoderado de mi ciudad, gracias a la codicia de los políticos corruptos y sus partidos. No me olvido del mundo. Leo las noticias en la red. Sé de la indignación de los ingleses, que es la nuestra, aunque algunos hayan querido camuflarla y hacerles pasar como ladrones consumistas, al margen de los recortes sociales. No es así. Pero mientras pueda, yo me refugiaré en estos paseos por el bosque, en este otro mundo maravilloso.

miércoles, 27 de julio de 2011

Hay algo

Foto: I.N., Olivo milenario en el Empordà, 2011
Hay algo que lo ha revolucionado todo desde hace unos días. Duermo poco, ese algo me despierta temprano, aunque Rufus acude al oír mi movimiento y apoya la barbilla en mi antebrazo y ronronea como si quisiera acunarme y así logro dormitar un poco más. Ese algo me mantiene también despierta hasta tarde. Yo sospechaba y temía que algo así pudiera ocurrir, entonces, ¿por qué no estaba preparada, por qué se convierte en un asalto a traición y por la espalda? Seguramente nunca se está preparado para algo así; o se es insensible o no se es. Aún vivo bajo la estela de la desaparición de M. y ahora, de pronto, esto. Cuando quiero abandonarme a ese sentimiento escucho esta canción de A.W., que en ese vídeo me parece muy familiar, algo atado a mi pasado, como si fuera yo misma en otro tiempo, o una de mis hermanas. Y porque ella me recuerda precisamente la fuerza que tiene lo que lleva para abajo en algunos, lo que yo intenté cambiar y corregir con obstinación en la trayectoria de alguien, como si eso fuera posible, como si el rescate fuera posible, como si pudiéramos salvar a alguien de sí mismo y de sus demonios y su suerte.
A ratos, la tristeza cede inesperadamente. Ayer salí tarde a comprar unas frutas de emergencia, y cuando volvía, cargada de bolsas, empezó a llover, a goterones enormes. Y de pronto me sentí tan feliz y agradecida de estar viva oliendo la lluvia y andando por la calle que no quise sacar el paraguas y dejé que el agua me mojara el pelo y me resbalara por la cara, con una sonrisa escondida.
Justo antes de empezar del todo la pesadilla, fui a cenar con aquel músico que durante lo más difícil del invierno me envolvía con sus improvisaciones de piano. Fue una cena alegre e hindú. Yo le vi mucho más ligero y me hizo reír con su humor afectuoso. Estuvimos paseando después de la cena y llegamos a ver esa innovación bonita pero sin futuro de unas aceras herbosas en el Passeig de Sant Joan, sustituyendo árboles talados y con unos árboles que mueren por falta de espacio. Y el azufaifo sigue aquí, inclinado hacia la calle y tan bonito en su despedida. Yo le pido calladamente que encuentre algún lugar donde enraizarse, que aguante ahí, por nosotros, mágicamente.
Yo tengo una fuerza misteriosa que siempre vuelve a arrastrarme a la superficie, a pesar de las inmersiones y de las bolas de hierro familiares que tiran hacia abajo. Me recobro y como las burbujas de aire subo otra vez en vertical. Hay unas esperanzas pequeñas que crecen como las malas hierbas en mis macetas.
Hoy G. me ha acompañado en moto a unos recados y me ha parecido reconocer ecos de esa tristeza mía en él, y hemos hablado de lo que significa bajo nuestros cascos protectores, en la moto, algo que parecía también simbólico... Yo no le dejaba que se volviera a mirarme porque con él siempre estoy vigilante. Al llegar a La Central ha aparecido Jordi Herralde: "¡Hola, azufaifa!", me ha dicho. No se me ha ocurrido decirle que estuve considerando la idea de presentarme a su premio de novela, pero lo deseché porque no podía llegar a tiempo. G. me ha pedido que le recomendase dos libros para su verano, libros que yo no tuviera en casa, y le he recomendado un David Foster Wallace y un Fante, que se ha llevado.
Mientras, he logrado acabar la traducción de Giono, la he corregido y enviado. Me gustaba mucho lo que leía, hay pasajes fulgurantes y es un libro tan distinto, con su estructura de falso thriller, su pasión vital y su melancolía y desesperanza metafísicas, y esa naturaleza tan poderosa... Lean aquí unos fragmentos, lectores silenciosos, y la introducción que hice para la revista Turia (suscríbanse). Me hace mucha ilusión que salga y voy a escribir el prólogo en estos primeros días serbios.
Porque me voy. Además del compromiso y la invitación, lo necesito vitalmente, aunque sólo fuera para poder pensar, o para hacer caso al hombre que escucha. Intentaba cambiar mi teléfono móvil, siempre viejo y agonizante, pero no lo consigo. Siempre me ofrecen cambiármelo (por puntos) por un modelo obsoleto, que no encuentro en ninguna tienda. Le he preguntado a la persona que me atendía si era una broma de la compañía, pero no era humana, sino una de esas replicantes programadas como un robot, que repiten un eslogan muchas veces, tan absurdamente que me recuerdan a aquella escena de Misterioso asesinato en Manhattan en que llaman por teléfono al supuesto asesino con una cinta grabada y cada vez van poniendo las respuestas que parecen encajar mejor, y al final repiten las mismas; una escena hilarante que siempre me encantó.
Me imagino en esos bosques serbios, junto al Drina, andando hasta Loznica, sabiendo que a unas horas hay un lugar que es una gran herida brutal de la guerra, un inmenso cementerio simbólico.
Ayer volví a retomar un tomo de las Opere de Sciascia, préstamo generoso de J.C. (¿dónde estará J.C? ya no recuerdo si me dijo de su próximo viaje), lo abrí por Gli zii di Sicilia, que había empezado meses atrás, y no pude dejarlo. ¡Qué maravilla! Aunque ocupe demasiado lugar en la maleta, no puedo no llevármelo conmigo. Y yo, que pensaba sólo en libros pequeños...
No sé si tendré tiempo de hacer todos mis recados antes de fugarme. Mañana será una locura y aún no he podido pensar en la maleta ni en lo que necesito buscar antes de irme. Me queda una sesión de dentista, una cita en el Institut del Teatre con un dramaturgo y coreógrafo que quiere proponerme un proyecto conjunto. Rufus estará bien acompañado en mi ausencia. Siento dejar solo al pobre azufaifo. Hoy se han subido con escaleras y le han estado cortando ramas. Cómo vamos a echarlo de menos, los pájaros y nosotros, respirando sólo cemento.

viernes, 22 de julio de 2011

Consolaciones del arte

Foto: I.N., En el chiringuito, 2011
Anteanoche, volvía a casa contenta tras una cena celebrativa en un pequeño restaurante afrancesado. Esquivé la pobre plaça Joaquim Folguera, arrasada por los corruptos políticos que cortaron toda la frondosidad, se llevaron aquella pequeña belleza fresca y sus farolas antiguas y lo convirtieron todo en una zanja ardiente y contaminada, abandonando las obras. Pero al llegar junto al azufaifo sentí una punzada dolorosa. Hasta entonces había pensado ciegamente en pararles los pies, en detener esas obras que lo ponían en peligro cada vez más. Pero en ese momento sentí una especie de aullido silencioso de ese monstruo verde y antiguo, venido de otro mundo y al que han cortado las raíces. Luego aparecieron, aunque era tarde, dos vecinos defensores del árbol, y hablamos un momento.
Al día siguiente, justo cuando yo volvía a casa a media tarde, los brutos municipales le rompieron la copa con un camión, vinieron a podarlo con su estilo destroyer y ya se vio inclinarse dramáticamente al árbol.
Yo tenía que irme, no podía estar en la concentración cercana para impedir la destrucción de La Rotonda (tantos fuegos por apagar), porque tenía otro compromiso.
Llegué al Macba a tiempo para la visita comentada que Carles Hac Mor hacía de la exposición de Àngels Ribé. Nada más llegar le conté a Àngels lo del azufaifo y ella repitió tres veces: "Aquest país és una merda." La exposición me encantó. Yo conocía poco su obra de esos años -sólo dos o tres piezas- y algo mejor sus obras posteriores (el día antes había ido a la pequeña exposición que inauguraba en el Max Studio, comisariada por la energética Alicia Chillida, donde se ven unos dibujos que tienen algo oriental, algo de la luz negra de Chillida y algo motherwelliano, pero sobre todo y al mismo tiempo son muy auténticamente Àngels Ribé, y allí también hay una delicada borradura filmada de su nombre), y lo que me asombró fue descubrir la gran coherencia de su discurso o de su actitud vital, o de que su relación con el arte fuese realmente la misma desde los años sesenta. Me gustó oírla hablar porque Àngels, pese a su discreción y su actitud fuera de las luchas de poder, de los codazos y de lo peor de los mercados, tiene una fuerza interior y una autoritas indiscutible, una especie de sencillez compleja y ferruginosa. Dijo que no sólo el arte conceptual está en la cabeza del que lo mira, sino que todo arte existe realmente sólo en esa mente. Dijo muchas otras cosas. Y aquellas piezas, su forma de utilizar su cuerpo y la expresión seria que tenían sus fotos o su mirada sobre las cosas, su juego metafísico-poético y su simbolismo me alegraron el espíritu. Había una pieza que ella sólo había incluido a regañadientes, impulsada por la voluntad tenaz de la comisaria, Teresa Grandas. A mí me gustó mucho verla porque era, así lo entendí por sus palabras, una dirección que había probado en aquel momento, por una necesidad interna, y que había abandonado para siempre. Ella no se sentía representada en esa pieza y sin embargo, sarinagara, era una suerte poder ver cómo había probado justamente esa dirección que después no siguió, y conmovía verlo. Àngels me agradeció esa lectura porque giraba en torno a ese extravío del que habla Roland Barthes (que para mí es perenne) y dijo que se había quedado tranquila aclarando las cosas. Carles Hac Mor quiso que los demás habláramos y la hizo hablar a ella, y la visita fue conversada, aunque siempre introducida por él con su humor, su experiencia de la época y sus pequeñas provocaciones. Es una exposición preciosa. Vayan a verla.
Justo antes de irme, Rufus se escapó. Me había dejado algo en casa y al entrar a cogerlo, dejé la puerta entreabierta un momento. La cerré y cuando me metía en el ascensor oí un maullido desgarrador. Rufus había bajado dos pisos y no sabía volver. Fui a buscarlo despacio y lo cogí en brazos y lo devolví a su terreno. Luego le pregunté adónde quería ir, pero no me lo dijo. Prefirió ocultarse en las sombras densísimas de la terraza, intentando cazar.
Hoy he dado mi última clase de la temporada en un chiringuito antiguo del Maresme. Estábamos solas y era un lugar bien bonito, como de otro tiempo. El dueño se quejaba de que entre la crisis y el mal tiempo este verano es dramático. Hablábamos de Bernhard y de El sobrino de Wittgenstein, que ha entusiasmado a todas las alumnas. Cuando ya nos íbamos, V. y yo nos hemos bañado. ¡La textura de ese agua turquesa! Era una sensación deliciosa, aun sin sol.
Y se ha muerto Lucien Freud.
Me quedan pocos días antes de irme a Serbia. Espero que entre G. y Tigridia cuiden bien de Rufus, que estos días está soñador y apasionado como siempre. Cuando me echo en el suelo para hacer mis ejercicios, se pega a mí y ronronea tan fuerte que me hace reír. Vuelve la cabeza con el movimiento de mis brazos. Voy invitada a una casa de escritores, en un bosque, junto al Drina, no muy lejos de la frontera bosnia, no muy lejos de un lugar dramático de la guerra; seré la primera International Writer in Residence, entre escritores balcánicos. Me acompaña una amiga que ha querido aventurarse conmigo.
He visto la película aún inédita y serbia de Dionís Escorsa, Zrak i vrag, El aire y el diablo. Es una película onírica sobre la guerra, llena de interrogantes y de perplejidad y de toda la vida que se produce entre la muerte y de silencios y no-dichos, y de escombros de la violencia y mujeres que barren las ruinas, y pensamientos también barridos y naturaleza. He encontrado en ella también afinidades que me interpelan, como ese soldado que sueña que es un árbol. Y escuchar esa lengua, y esa abuela que vuelve y los vestigios de la memoria. Esa forma onírica es perfecta para transmitir el delirio y la incongruencia arbitraria de la guerra. Como en el Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, aunque con una forma contemporánea y distinta. Espero que pronto se pueda exhibir por ahí porque vale la pena.
He acabado la traducción de Jean Giono para Impedimenta. La estoy corrigiendo y me gusta mucho. Ese libro de título pascaliano es una joya extraña: falso thriller poético-metafísico lleno de humor popular y de nieve. Por cierto, pueden leer aquí la introducción y una sleección de fragmentos que hice para TURIA de esa novela. Me llevaré los cuentos de Maeve Brennan para traducir. Por cierto que están a punto de salir sus maravillosas Crónicas de Nueva York, traducidas y prologadas por mí y publicadas por Alfabia (no se las pierdan). Hoy una alumna me ha traído un Vogue donde le han dedicado un reportaje al libro, con las fotos de la guapísima Brennan.
Hace unos días ocurrió algo que no sólo me removió, regurgitó recuerdos brutales y una fantasía oscura, sino que me sumió aún más hondo en mi hoyo de duda de la novela. Aún no sé si mi deseo me arrastrará a algo que parece tan radical. Quién sabe. Tendré que encomendarme a Faulkner, que explicó bien lo que importa en esos casos. "Escribe", "protégete", me dijo el hombre que escucha. Y me llevé esa idea conmigo porque sé que voy a necesitarla. También me situé en ese vértigo asombroso de querer escribir todo lo que me sacude, lo que no entiendo...
En realidad, me alegro de irme a Serbia a distanciarme de ciertas cosas y a olvidar el atentado al precioso azufaifo, que me duele como un arrancamiento físico. No puedo soportarlo. Seguiremos resistiendo y denunciando, pero esa inclinación habla de la muerte del árbol. Es un país bien triste, que protege los parkings en lugar de los árboles, vendido a la mafia del cemento, incansable en esa destrucción de toda la belleza y la memoria para implantar esa fealdad contaminada, de estruendo y toxicidad.
Entre estas líneas he dejado unos links de mi pequeño homenaje a una chica descarriada, con una voz poderosa, sensual y energética, que acaba de desaparecer del mundo.

jueves, 21 de julio de 2011

El azufaifo se cae

Foto: Rafa Zaragoza, 2008
Han cortado la calle. El camión del ayuntamiento se ha cargado unas ramas de la copa. Pero el árbol ha empezado a inclinarse. Han venido a podarlo sin escrúpulos ni piedad, otra escabechina. Pero el árbol sigue inclinándose. Le han destruido las raíces con tubos de hierro y hormigón, y cuando el árbol cae, cuando empieza a caer, inventan otra mentira. Un árbol de doscientos años, el mayor ejemplar de azufaifo documentado en Europa, no merece protección para nuestros políticos, demasiado interesados en cobrar sus comisiones, financiar sus partidos. Aquí los árboles son vulnerables; sólo se protegen los parkings y el beneficio de las mafias del cemento. Éstos son los políticos que tenemos.

domingo, 17 de julio de 2011

Yo quería

Foto: I.N., En ese campo, 2011
Volver en domingo, llegar al menos antes que las máquinas ensordecedoras, antes que los coches que rugen como tigres, antes que esos inmensos taladros que inyectan hormigón entre las raíces del azufaifo, quería volver a este silencio, que durará aún unas horas.
Porque allí reinaba la hospitalidad y el cielo estaba lleno de pájaros y de noche se oían grillos lejanos, casi como una vibración del aire, y ululaba una lechuza como en mi cuento, y se veían estrellas sobre la hierba agreste de la piscina alargada. Y en la rara hora de sol del día me bañaba y nadaba en esa piscina bonita como un estanque antiguo y con el suelo pintado de ondulaciones negras.
Y de día mi anfitrión escribía su novela y yo la mía después de traducir mi dosis diaria de Jean Giono. Él me animó a volver a la docencia y olvidar las miserias de la traducción.Y nos leíamos fragmentos de nuestros libros. Hasta que poco a poco, la vida social fue ganando terreno (los amigos de este signo -también mío- siguen cumpliendo años, en una ráfaga veraniega). Primero fue un día de alegre ociosidad y calma celebrativa, nadar un poco, conversar a la sombra de los árboles, luego comer en un lugar terrestre de paredes de piedra color siena, y a la hora del café y las infusiones, algunos se adormecían en una placidez beatífica. Había una pintora rubia que me hizo pensar en una imagen de mí misma dentro de un tiempo y que me encantó por su excentricidad, pero no tuve ocasión de ver sus cuadros. Al volver a casa vinieron los amigos alemanes (berlineses, unos de nacimiento y otro adoptado, un cineasta que me ha prestado su película balcánica, una violinista que demostraba comprenderlo casi todo con su risa silenciosa y un arquitecto con quien conversé pasando del italiano al francés y a la inversa) de mi anfitrión con su camioneta, y arreciaron las conversaciones, con un espíritu abierto que se echa mucho de menos por estos lares. Y al día siguiente teníamos una fiesta multitudinaria de cumpleaños en la casa de los gatos abisinios (quienes por cierto huyeron ante la multitud que venía y sólo se quedó la perra de la casa, que aprovechó para romper su dieta barriendo lo que caía). Yo temía a la muchedumbre como los gatos, y era el único día de calor de esta semana nublada, pero en el momento climático de gente y sol, bajé a la sombreada piscina, rodeada de una frondosidad protectora, con un agua que no tenía cloro sino sales. Estuve nadando y pensando en aquella rana de mi cuento y me refresqué lo suficiente para seguir las conversaciones arriba y abajo, bailar, comer y contemplar el jardín desde la sombra; desde allí donde me sentaba parecía un cuadro viviente, un cuadro trémulo que en mis pensamientos vagaba y se confundía... Había mucha gente de facebook, ¡algunos nos conocimos físicamente allí! Se hablaba de facebook y los que no estaban preguntaban si valía la pena, si dedicábamos mucho tiempo, cuáles eran las razones para estar allí... Y se hablaba de este capitalismo feudal y de los abusos y la indignación y me alegró ver indignada a gente que antes vivía indiferente... Y se celebraba la comida y la música... Vi a la editora de Maeve Brennan, sus Crónicas de Nueva York están a punto de salir... Vi a gente del pasado y de ahora mismo, y a amigos de todas las épocas. Nos fuimos quedando y por la noche, una guapa italiana valerosa (no facebookiana) hizo una pasta deliciosa y estuvimos esperando la salida de la luna, por detrás de una gran encina, y la gata salvaje de pelaje aterciopelado accedió a echarse sobre mí y dejarse acariciar en lo oscuro. Es una gata gris, misteriosa y muy bien fotografiada, y vive muy bien, entre los bosques y su casa. Por eso sus tendencias cazadoras no se limitan al juego de los demás gatos: ella caza de verdad y devora a sus presas. Más tarde me estuvieron contando cómo la habían visto engullir una rata enorme. Extrañamente no me atacaron los mosquitos, aunque tal vez tuvieron compasión de mis tobillos arañados, marcados en un paseo abrupto entre zarzales, una caminata que me hizo pensar en la liebre de Uncle Remus (Bred and bawn in the briar patch!) y su engaño triunfal: pero yo, que no me crié ni nací en los zarzales, no podía salir indemne.
Luego volvimos a casa y estuvimos fumando y hablando alrededor de la piscina bajo las estrellas. Esta noche apenas he dormido, por razones que no vienen al caso. De madrugada oí una tremenda algarabía de pájaros despertándose. Poco a poco se fueron calmando y se limitaron a canturrear suavemente, comme d'habitude.
Estuve leyendo el Journal de Renard, que tiene momentos memorables; me divierte seguir su mirada sobre el mundo, el affaire Dreyfuss, sus encuentros literarios y teatrales, sus pensamientos, notas y casi aforismos. También leí otro cuento de esa recopilación vilamatiana de la que hablaba el otro día (ya sé que voy despacio, pero tantos libros a la vez...). Y de Maurice Blanchot, Le livre à venir me gustó lo que decía de Henry James y el arte de la conversación. En el libro de Patricio Pron encontré un sueño que se parecía a mis "sueños de novela", un sueño de representación, en el que lo que importa no es lo que le ocurre al soñante sino cómo convencer a los demás, o que los demás no se den cuenta... Hay muchas otras cosas en ese libro que me resultan afines o sincrónicas o como se quiera decir. Por cierto que ayer en una conversación yo hablé de que mi admirada Heddy Honigmann empezaba a veces sus documentales a partir de un sueño, y al llegar me he encontrado un mensaje de la propia Heddy, donde, al ver mis libros, me cuenta más coincidencias, afinidades y sincronías balcánicas, arbóreas y de osos de peluche y su impresión corrobora lo que yo pensaba.
Vuelvo a encallar en un punto difícil de mi novela. En parte por el extravío barthesiano de no saber qué he escrito (mi interlocutora persistente en esta novela se encuentra en un momento de transición y mudanza y no podría dedicarme su tiempo en este momento; ella es la única que ha escuchado todos los demás capítulos), y sobre todo porque necesito auscultar mi deseo como indicio. Lo dijo Alice Munro en una entrevista y a mí me pasa lo mismo: si deseo seguir es que voy en la buena dirección; si me da pereza seguir es que he tomado una dirección equivocada. Et j'ai besoin de mon courage, en aquel sentido que decía Cynthia Fleury, de hacer un gesto diario que implique renunciar un poco menos a nuestro deseo.
Mientras escribo, me llegan la música y las voces de una película muy antigua y ese sonido me hace soñar un poco. Me esperan días de dentista, sprint final para acabar una traducción y preparación de mi viaje serbio. Rufus me ha recibido hambriento y añorante. No se enfada ni se hace el interesante cuando vuelvo, como otros gatos. ¡Le he echado tanto de menos! Mi gato está precioso, con sus rayas tan bien pintadas y sus maneras misteriosas... Me ha puesto las patitas blancas en la frente, con ese gesto suyo que me ayuda mágicamente a resolver mis dudas de escritura...

martes, 12 de julio de 2011

Desde el campo

Foto: I.N., Paseo por el campo, 2011
Rodeada de un concierto de pájaros, traduzco a Giono (¡sólo me faltan veintidós páginas!) buscando frases populares a la altura de las suyas, nado en una piscina alargada, pienso en mi novela y me rodeo de conversaciones. Ando descalza por una hierba fuerte y salvaje, recojo cebollas del huerto, admiro las lechugas, espero a los tomates del jueves y al oscurecer llegan efluvios de jazmín y rosas antiguas. Qué felicidad haber huido de las máquinas... Hoy el cielo era opaco y nublado y nos ha llovido cuando íbamos andando por l'Escala, a comprar fruta y pescado.
Estoy encallada en un punto desconcertante de mi novela, pero tal vez un paseo por el campo, mañana, sirva para desentrañar o desbloquear el enigma. He escrito una carta, una carta sin destinatario real, una carta surgida de mi novela que tal vez me sirva para cumplir un encargo literario o tal vez no. Tengo que distanciarme y releerla mañana para saber lo que he escrito. Mientras la escribía, pensaba en Jean Rhys y aquel poema que escribió en el momento de mayor bloqueo de su Wide Sargasso Sea, y que le sirvió para encontrar el camino, la clave de la novela, cómo huir, en su caso, de la autocompasión. Lo conté en Sinrazones del olvido. Por cierto que la lectura entusiasta que un escritor y crítico ha hecho de ese libro me alegró el día de ayer.
Acabé la novela de Patricio Pron: tiene una historia que contar y sabe contarla. No sólo eso, es autoficción, y a la vez entronca con esa tradición danilokisiana que también siguió Jordi Bonells. Él sí es capaz de ofrecer esa revisión de la historia argentina reciente, pero sin la tonta parodia light de algún libro reciente de injustificado éxito, sino con inteligencia y sin pose.
Al día siguiente...
Aquí, a raíz de nuestras conversaciones nocturnas, en las que nos leímos mutuamente un capítulo de nuestras respectivas novelas, mi encalle en ese punto conflictivo de la novela se ha resuelto y sé que mi anfitrión ha resuelto también el suyo. He entrado a saco, sin miedo, con machete, y es simbólicamente sangriento, pero sólo simbólicamente. En mi sueño de hoy, o en el fragmento que rescaté del olvido en ese primer momento, maté a uno de los personajes. Yo estaba en un lugar abarrotado de gente, discutiendo con ella vivamente, la llamaba "imbécil", y con esa simultaneidad de los sueños, la veía, en un plano más alto, subir a un avión que parecía un cohete espacial, y el cohete subía recto hacia el cielo y estallaba en llamas. Luego yo intentaba explicárselo a los que me rodeaban, como si no hubieran visto nada. De nuevo la novela. Lo más importante en esos sueños míos de la novela nunca es lo que se siente o lo que ocurre, sino cómo contarlo de modo convincente. Como en aquel sueño donde lloraba para darle más credibilidad a mi desolación por haber perdido un bolso y unas chicas que pasaban decían, con alivio: "¡No llora de verdad!"
Oigo una lechuza. Ha oscurecido y tenemos cena. Ayer dimos un paseo ascendiente y restaurador, vimos los olivos milenarios, los perros vecinos nos acompañaban junto con Ras, el perro de la casa. Hacía un viento fresquísimo y las nubes eran magníficas, perfectas para un paisaje suntuoso. Nos saludaron unos preciosos asnos jovenzuelos que viven aquí cerca.
Hace días nublados, a veces llueve, pero los dioses de la temperatura nos conceden siempre una horita de sol para nadar en esa piscina. He descubierto un lugar mucho mejor donde escribir. Mi anfitrión tenía razón. Ese lugar tiene algo, tal vez porque un filósofo y una escritora avanzaron aquí mismo en sus libros. Espero ver pronto a los gatos abisinios.
Mientras, hemos seguido la resistencia por el azufaifo. Vayan a Polis. He escrito una Carta abierta al alcalde.

lunes, 4 de julio de 2011

Vayan a POLIS

El asunto del azufaifo está que arde. Otra vez, mientras los trabajadores y sus máquinas avanzan en la destrucción, desembarcan los medios, llaman televisiones y radios, yo no puedo trabajar, no tengo tiempo de nada, no sé qué será de mí, ni del azufaifo. Espero que nos ayuden los dioses griegos y que se detenga esta fechoría arboricida. Nuestro azufaifo ha salido en El País (vean Polis), en La Vanguardia (mañana espero tener el link para colgarlo, secciónVIVIR, además de la Carta de Félix de Azúa y de un vídeo en LV digital ayer), en El Periódico (vean Polis), en ADN, en la revista Qué es, en BTV (colgaré el link cuando lo encuentre, salió ayer el segundo reportaje, para el primero vean Polis), en el ABC de ayer pronto saldrá en el Informatiu de TVE, hemos hablado en algunas radios, etc... NO NOS RENDIREMOS
¡Por la plaça del Ginjoler, la plaza del azufaifo!