miércoles, 27 de julio de 2011

Hay algo

Foto: I.N., Olivo milenario en el Empordà, 2011
Hay algo que lo ha revolucionado todo desde hace unos días. Duermo poco, ese algo me despierta temprano, aunque Rufus acude al oír mi movimiento y apoya la barbilla en mi antebrazo y ronronea como si quisiera acunarme y así logro dormitar un poco más. Ese algo me mantiene también despierta hasta tarde. Yo sospechaba y temía que algo así pudiera ocurrir, entonces, ¿por qué no estaba preparada, por qué se convierte en un asalto a traición y por la espalda? Seguramente nunca se está preparado para algo así; o se es insensible o no se es. Aún vivo bajo la estela de la desaparición de M. y ahora, de pronto, esto. Cuando quiero abandonarme a ese sentimiento escucho esta canción de A.W., que en ese vídeo me parece muy familiar, algo atado a mi pasado, como si fuera yo misma en otro tiempo, o una de mis hermanas. Y porque ella me recuerda precisamente la fuerza que tiene lo que lleva para abajo en algunos, lo que yo intenté cambiar y corregir con obstinación en la trayectoria de alguien, como si eso fuera posible, como si el rescate fuera posible, como si pudiéramos salvar a alguien de sí mismo y de sus demonios y su suerte.
A ratos, la tristeza cede inesperadamente. Ayer salí tarde a comprar unas frutas de emergencia, y cuando volvía, cargada de bolsas, empezó a llover, a goterones enormes. Y de pronto me sentí tan feliz y agradecida de estar viva oliendo la lluvia y andando por la calle que no quise sacar el paraguas y dejé que el agua me mojara el pelo y me resbalara por la cara, con una sonrisa escondida.
Justo antes de empezar del todo la pesadilla, fui a cenar con aquel músico que durante lo más difícil del invierno me envolvía con sus improvisaciones de piano. Fue una cena alegre e hindú. Yo le vi mucho más ligero y me hizo reír con su humor afectuoso. Estuvimos paseando después de la cena y llegamos a ver esa innovación bonita pero sin futuro de unas aceras herbosas en el Passeig de Sant Joan, sustituyendo árboles talados y con unos árboles que mueren por falta de espacio. Y el azufaifo sigue aquí, inclinado hacia la calle y tan bonito en su despedida. Yo le pido calladamente que encuentre algún lugar donde enraizarse, que aguante ahí, por nosotros, mágicamente.
Yo tengo una fuerza misteriosa que siempre vuelve a arrastrarme a la superficie, a pesar de las inmersiones y de las bolas de hierro familiares que tiran hacia abajo. Me recobro y como las burbujas de aire subo otra vez en vertical. Hay unas esperanzas pequeñas que crecen como las malas hierbas en mis macetas.
Hoy G. me ha acompañado en moto a unos recados y me ha parecido reconocer ecos de esa tristeza mía en él, y hemos hablado de lo que significa bajo nuestros cascos protectores, en la moto, algo que parecía también simbólico... Yo no le dejaba que se volviera a mirarme porque con él siempre estoy vigilante. Al llegar a La Central ha aparecido Jordi Herralde: "¡Hola, azufaifa!", me ha dicho. No se me ha ocurrido decirle que estuve considerando la idea de presentarme a su premio de novela, pero lo deseché porque no podía llegar a tiempo. G. me ha pedido que le recomendase dos libros para su verano, libros que yo no tuviera en casa, y le he recomendado un David Foster Wallace y un Fante, que se ha llevado.
Mientras, he logrado acabar la traducción de Giono, la he corregido y enviado. Me gustaba mucho lo que leía, hay pasajes fulgurantes y es un libro tan distinto, con su estructura de falso thriller, su pasión vital y su melancolía y desesperanza metafísicas, y esa naturaleza tan poderosa... Lean aquí unos fragmentos, lectores silenciosos, y la introducción que hice para la revista Turia (suscríbanse). Me hace mucha ilusión que salga y voy a escribir el prólogo en estos primeros días serbios.
Porque me voy. Además del compromiso y la invitación, lo necesito vitalmente, aunque sólo fuera para poder pensar, o para hacer caso al hombre que escucha. Intentaba cambiar mi teléfono móvil, siempre viejo y agonizante, pero no lo consigo. Siempre me ofrecen cambiármelo (por puntos) por un modelo obsoleto, que no encuentro en ninguna tienda. Le he preguntado a la persona que me atendía si era una broma de la compañía, pero no era humana, sino una de esas replicantes programadas como un robot, que repiten un eslogan muchas veces, tan absurdamente que me recuerdan a aquella escena de Misterioso asesinato en Manhattan en que llaman por teléfono al supuesto asesino con una cinta grabada y cada vez van poniendo las respuestas que parecen encajar mejor, y al final repiten las mismas; una escena hilarante que siempre me encantó.
Me imagino en esos bosques serbios, junto al Drina, andando hasta Loznica, sabiendo que a unas horas hay un lugar que es una gran herida brutal de la guerra, un inmenso cementerio simbólico.
Ayer volví a retomar un tomo de las Opere de Sciascia, préstamo generoso de J.C. (¿dónde estará J.C? ya no recuerdo si me dijo de su próximo viaje), lo abrí por Gli zii di Sicilia, que había empezado meses atrás, y no pude dejarlo. ¡Qué maravilla! Aunque ocupe demasiado lugar en la maleta, no puedo no llevármelo conmigo. Y yo, que pensaba sólo en libros pequeños...
No sé si tendré tiempo de hacer todos mis recados antes de fugarme. Mañana será una locura y aún no he podido pensar en la maleta ni en lo que necesito buscar antes de irme. Me queda una sesión de dentista, una cita en el Institut del Teatre con un dramaturgo y coreógrafo que quiere proponerme un proyecto conjunto. Rufus estará bien acompañado en mi ausencia. Siento dejar solo al pobre azufaifo. Hoy se han subido con escaleras y le han estado cortando ramas. Cómo vamos a echarlo de menos, los pájaros y nosotros, respirando sólo cemento.

viernes, 22 de julio de 2011

Consolaciones del arte

Foto: I.N., En el chiringuito, 2011
Anteanoche, volvía a casa contenta tras una cena celebrativa en un pequeño restaurante afrancesado. Esquivé la pobre plaça Joaquim Folguera, arrasada por los corruptos políticos que cortaron toda la frondosidad, se llevaron aquella pequeña belleza fresca y sus farolas antiguas y lo convirtieron todo en una zanja ardiente y contaminada, abandonando las obras. Pero al llegar junto al azufaifo sentí una punzada dolorosa. Hasta entonces había pensado ciegamente en pararles los pies, en detener esas obras que lo ponían en peligro cada vez más. Pero en ese momento sentí una especie de aullido silencioso de ese monstruo verde y antiguo, venido de otro mundo y al que han cortado las raíces. Luego aparecieron, aunque era tarde, dos vecinos defensores del árbol, y hablamos un momento.
Al día siguiente, justo cuando yo volvía a casa a media tarde, los brutos municipales le rompieron la copa con un camión, vinieron a podarlo con su estilo destroyer y ya se vio inclinarse dramáticamente al árbol.
Yo tenía que irme, no podía estar en la concentración cercana para impedir la destrucción de La Rotonda (tantos fuegos por apagar), porque tenía otro compromiso.
Llegué al Macba a tiempo para la visita comentada que Carles Hac Mor hacía de la exposición de Àngels Ribé. Nada más llegar le conté a Àngels lo del azufaifo y ella repitió tres veces: "Aquest país és una merda." La exposición me encantó. Yo conocía poco su obra de esos años -sólo dos o tres piezas- y algo mejor sus obras posteriores (el día antes había ido a la pequeña exposición que inauguraba en el Max Studio, comisariada por la energética Alicia Chillida, donde se ven unos dibujos que tienen algo oriental, algo de la luz negra de Chillida y algo motherwelliano, pero sobre todo y al mismo tiempo son muy auténticamente Àngels Ribé, y allí también hay una delicada borradura filmada de su nombre), y lo que me asombró fue descubrir la gran coherencia de su discurso o de su actitud vital, o de que su relación con el arte fuese realmente la misma desde los años sesenta. Me gustó oírla hablar porque Àngels, pese a su discreción y su actitud fuera de las luchas de poder, de los codazos y de lo peor de los mercados, tiene una fuerza interior y una autoritas indiscutible, una especie de sencillez compleja y ferruginosa. Dijo que no sólo el arte conceptual está en la cabeza del que lo mira, sino que todo arte existe realmente sólo en esa mente. Dijo muchas otras cosas. Y aquellas piezas, su forma de utilizar su cuerpo y la expresión seria que tenían sus fotos o su mirada sobre las cosas, su juego metafísico-poético y su simbolismo me alegraron el espíritu. Había una pieza que ella sólo había incluido a regañadientes, impulsada por la voluntad tenaz de la comisaria, Teresa Grandas. A mí me gustó mucho verla porque era, así lo entendí por sus palabras, una dirección que había probado en aquel momento, por una necesidad interna, y que había abandonado para siempre. Ella no se sentía representada en esa pieza y sin embargo, sarinagara, era una suerte poder ver cómo había probado justamente esa dirección que después no siguió, y conmovía verlo. Àngels me agradeció esa lectura porque giraba en torno a ese extravío del que habla Roland Barthes (que para mí es perenne) y dijo que se había quedado tranquila aclarando las cosas. Carles Hac Mor quiso que los demás habláramos y la hizo hablar a ella, y la visita fue conversada, aunque siempre introducida por él con su humor, su experiencia de la época y sus pequeñas provocaciones. Es una exposición preciosa. Vayan a verla.
Justo antes de irme, Rufus se escapó. Me había dejado algo en casa y al entrar a cogerlo, dejé la puerta entreabierta un momento. La cerré y cuando me metía en el ascensor oí un maullido desgarrador. Rufus había bajado dos pisos y no sabía volver. Fui a buscarlo despacio y lo cogí en brazos y lo devolví a su terreno. Luego le pregunté adónde quería ir, pero no me lo dijo. Prefirió ocultarse en las sombras densísimas de la terraza, intentando cazar.
Hoy he dado mi última clase de la temporada en un chiringuito antiguo del Maresme. Estábamos solas y era un lugar bien bonito, como de otro tiempo. El dueño se quejaba de que entre la crisis y el mal tiempo este verano es dramático. Hablábamos de Bernhard y de El sobrino de Wittgenstein, que ha entusiasmado a todas las alumnas. Cuando ya nos íbamos, V. y yo nos hemos bañado. ¡La textura de ese agua turquesa! Era una sensación deliciosa, aun sin sol.
Y se ha muerto Lucien Freud.
Me quedan pocos días antes de irme a Serbia. Espero que entre G. y Tigridia cuiden bien de Rufus, que estos días está soñador y apasionado como siempre. Cuando me echo en el suelo para hacer mis ejercicios, se pega a mí y ronronea tan fuerte que me hace reír. Vuelve la cabeza con el movimiento de mis brazos. Voy invitada a una casa de escritores, en un bosque, junto al Drina, no muy lejos de la frontera bosnia, no muy lejos de un lugar dramático de la guerra; seré la primera International Writer in Residence, entre escritores balcánicos. Me acompaña una amiga que ha querido aventurarse conmigo.
He visto la película aún inédita y serbia de Dionís Escorsa, Zrak i vrag, El aire y el diablo. Es una película onírica sobre la guerra, llena de interrogantes y de perplejidad y de toda la vida que se produce entre la muerte y de silencios y no-dichos, y de escombros de la violencia y mujeres que barren las ruinas, y pensamientos también barridos y naturaleza. He encontrado en ella también afinidades que me interpelan, como ese soldado que sueña que es un árbol. Y escuchar esa lengua, y esa abuela que vuelve y los vestigios de la memoria. Esa forma onírica es perfecta para transmitir el delirio y la incongruencia arbitraria de la guerra. Como en el Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, aunque con una forma contemporánea y distinta. Espero que pronto se pueda exhibir por ahí porque vale la pena.
He acabado la traducción de Jean Giono para Impedimenta. La estoy corrigiendo y me gusta mucho. Ese libro de título pascaliano es una joya extraña: falso thriller poético-metafísico lleno de humor popular y de nieve. Por cierto, pueden leer aquí la introducción y una sleección de fragmentos que hice para TURIA de esa novela. Me llevaré los cuentos de Maeve Brennan para traducir. Por cierto que están a punto de salir sus maravillosas Crónicas de Nueva York, traducidas y prologadas por mí y publicadas por Alfabia (no se las pierdan). Hoy una alumna me ha traído un Vogue donde le han dedicado un reportaje al libro, con las fotos de la guapísima Brennan.
Hace unos días ocurrió algo que no sólo me removió, regurgitó recuerdos brutales y una fantasía oscura, sino que me sumió aún más hondo en mi hoyo de duda de la novela. Aún no sé si mi deseo me arrastrará a algo que parece tan radical. Quién sabe. Tendré que encomendarme a Faulkner, que explicó bien lo que importa en esos casos. "Escribe", "protégete", me dijo el hombre que escucha. Y me llevé esa idea conmigo porque sé que voy a necesitarla. También me situé en ese vértigo asombroso de querer escribir todo lo que me sacude, lo que no entiendo...
En realidad, me alegro de irme a Serbia a distanciarme de ciertas cosas y a olvidar el atentado al precioso azufaifo, que me duele como un arrancamiento físico. No puedo soportarlo. Seguiremos resistiendo y denunciando, pero esa inclinación habla de la muerte del árbol. Es un país bien triste, que protege los parkings en lugar de los árboles, vendido a la mafia del cemento, incansable en esa destrucción de toda la belleza y la memoria para implantar esa fealdad contaminada, de estruendo y toxicidad.
Entre estas líneas he dejado unos links de mi pequeño homenaje a una chica descarriada, con una voz poderosa, sensual y energética, que acaba de desaparecer del mundo.

jueves, 21 de julio de 2011

El azufaifo se cae

Foto: Rafa Zaragoza, 2008
Han cortado la calle. El camión del ayuntamiento se ha cargado unas ramas de la copa. Pero el árbol ha empezado a inclinarse. Han venido a podarlo sin escrúpulos ni piedad, otra escabechina. Pero el árbol sigue inclinándose. Le han destruido las raíces con tubos de hierro y hormigón, y cuando el árbol cae, cuando empieza a caer, inventan otra mentira. Un árbol de doscientos años, el mayor ejemplar de azufaifo documentado en Europa, no merece protección para nuestros políticos, demasiado interesados en cobrar sus comisiones, financiar sus partidos. Aquí los árboles son vulnerables; sólo se protegen los parkings y el beneficio de las mafias del cemento. Éstos son los políticos que tenemos.

domingo, 17 de julio de 2011

Yo quería

Foto: I.N., En ese campo, 2011
Volver en domingo, llegar al menos antes que las máquinas ensordecedoras, antes que los coches que rugen como tigres, antes que esos inmensos taladros que inyectan hormigón entre las raíces del azufaifo, quería volver a este silencio, que durará aún unas horas.
Porque allí reinaba la hospitalidad y el cielo estaba lleno de pájaros y de noche se oían grillos lejanos, casi como una vibración del aire, y ululaba una lechuza como en mi cuento, y se veían estrellas sobre la hierba agreste de la piscina alargada. Y en la rara hora de sol del día me bañaba y nadaba en esa piscina bonita como un estanque antiguo y con el suelo pintado de ondulaciones negras.
Y de día mi anfitrión escribía su novela y yo la mía después de traducir mi dosis diaria de Jean Giono. Él me animó a volver a la docencia y olvidar las miserias de la traducción.Y nos leíamos fragmentos de nuestros libros. Hasta que poco a poco, la vida social fue ganando terreno (los amigos de este signo -también mío- siguen cumpliendo años, en una ráfaga veraniega). Primero fue un día de alegre ociosidad y calma celebrativa, nadar un poco, conversar a la sombra de los árboles, luego comer en un lugar terrestre de paredes de piedra color siena, y a la hora del café y las infusiones, algunos se adormecían en una placidez beatífica. Había una pintora rubia que me hizo pensar en una imagen de mí misma dentro de un tiempo y que me encantó por su excentricidad, pero no tuve ocasión de ver sus cuadros. Al volver a casa vinieron los amigos alemanes (berlineses, unos de nacimiento y otro adoptado, un cineasta que me ha prestado su película balcánica, una violinista que demostraba comprenderlo casi todo con su risa silenciosa y un arquitecto con quien conversé pasando del italiano al francés y a la inversa) de mi anfitrión con su camioneta, y arreciaron las conversaciones, con un espíritu abierto que se echa mucho de menos por estos lares. Y al día siguiente teníamos una fiesta multitudinaria de cumpleaños en la casa de los gatos abisinios (quienes por cierto huyeron ante la multitud que venía y sólo se quedó la perra de la casa, que aprovechó para romper su dieta barriendo lo que caía). Yo temía a la muchedumbre como los gatos, y era el único día de calor de esta semana nublada, pero en el momento climático de gente y sol, bajé a la sombreada piscina, rodeada de una frondosidad protectora, con un agua que no tenía cloro sino sales. Estuve nadando y pensando en aquella rana de mi cuento y me refresqué lo suficiente para seguir las conversaciones arriba y abajo, bailar, comer y contemplar el jardín desde la sombra; desde allí donde me sentaba parecía un cuadro viviente, un cuadro trémulo que en mis pensamientos vagaba y se confundía... Había mucha gente de facebook, ¡algunos nos conocimos físicamente allí! Se hablaba de facebook y los que no estaban preguntaban si valía la pena, si dedicábamos mucho tiempo, cuáles eran las razones para estar allí... Y se hablaba de este capitalismo feudal y de los abusos y la indignación y me alegró ver indignada a gente que antes vivía indiferente... Y se celebraba la comida y la música... Vi a la editora de Maeve Brennan, sus Crónicas de Nueva York están a punto de salir... Vi a gente del pasado y de ahora mismo, y a amigos de todas las épocas. Nos fuimos quedando y por la noche, una guapa italiana valerosa (no facebookiana) hizo una pasta deliciosa y estuvimos esperando la salida de la luna, por detrás de una gran encina, y la gata salvaje de pelaje aterciopelado accedió a echarse sobre mí y dejarse acariciar en lo oscuro. Es una gata gris, misteriosa y muy bien fotografiada, y vive muy bien, entre los bosques y su casa. Por eso sus tendencias cazadoras no se limitan al juego de los demás gatos: ella caza de verdad y devora a sus presas. Más tarde me estuvieron contando cómo la habían visto engullir una rata enorme. Extrañamente no me atacaron los mosquitos, aunque tal vez tuvieron compasión de mis tobillos arañados, marcados en un paseo abrupto entre zarzales, una caminata que me hizo pensar en la liebre de Uncle Remus (Bred and bawn in the briar patch!) y su engaño triunfal: pero yo, que no me crié ni nací en los zarzales, no podía salir indemne.
Luego volvimos a casa y estuvimos fumando y hablando alrededor de la piscina bajo las estrellas. Esta noche apenas he dormido, por razones que no vienen al caso. De madrugada oí una tremenda algarabía de pájaros despertándose. Poco a poco se fueron calmando y se limitaron a canturrear suavemente, comme d'habitude.
Estuve leyendo el Journal de Renard, que tiene momentos memorables; me divierte seguir su mirada sobre el mundo, el affaire Dreyfuss, sus encuentros literarios y teatrales, sus pensamientos, notas y casi aforismos. También leí otro cuento de esa recopilación vilamatiana de la que hablaba el otro día (ya sé que voy despacio, pero tantos libros a la vez...). Y de Maurice Blanchot, Le livre à venir me gustó lo que decía de Henry James y el arte de la conversación. En el libro de Patricio Pron encontré un sueño que se parecía a mis "sueños de novela", un sueño de representación, en el que lo que importa no es lo que le ocurre al soñante sino cómo convencer a los demás, o que los demás no se den cuenta... Hay muchas otras cosas en ese libro que me resultan afines o sincrónicas o como se quiera decir. Por cierto que ayer en una conversación yo hablé de que mi admirada Heddy Honigmann empezaba a veces sus documentales a partir de un sueño, y al llegar me he encontrado un mensaje de la propia Heddy, donde, al ver mis libros, me cuenta más coincidencias, afinidades y sincronías balcánicas, arbóreas y de osos de peluche y su impresión corrobora lo que yo pensaba.
Vuelvo a encallar en un punto difícil de mi novela. En parte por el extravío barthesiano de no saber qué he escrito (mi interlocutora persistente en esta novela se encuentra en un momento de transición y mudanza y no podría dedicarme su tiempo en este momento; ella es la única que ha escuchado todos los demás capítulos), y sobre todo porque necesito auscultar mi deseo como indicio. Lo dijo Alice Munro en una entrevista y a mí me pasa lo mismo: si deseo seguir es que voy en la buena dirección; si me da pereza seguir es que he tomado una dirección equivocada. Et j'ai besoin de mon courage, en aquel sentido que decía Cynthia Fleury, de hacer un gesto diario que implique renunciar un poco menos a nuestro deseo.
Mientras escribo, me llegan la música y las voces de una película muy antigua y ese sonido me hace soñar un poco. Me esperan días de dentista, sprint final para acabar una traducción y preparación de mi viaje serbio. Rufus me ha recibido hambriento y añorante. No se enfada ni se hace el interesante cuando vuelvo, como otros gatos. ¡Le he echado tanto de menos! Mi gato está precioso, con sus rayas tan bien pintadas y sus maneras misteriosas... Me ha puesto las patitas blancas en la frente, con ese gesto suyo que me ayuda mágicamente a resolver mis dudas de escritura...

martes, 12 de julio de 2011

Desde el campo

Foto: I.N., Paseo por el campo, 2011
Rodeada de un concierto de pájaros, traduzco a Giono (¡sólo me faltan veintidós páginas!) buscando frases populares a la altura de las suyas, nado en una piscina alargada, pienso en mi novela y me rodeo de conversaciones. Ando descalza por una hierba fuerte y salvaje, recojo cebollas del huerto, admiro las lechugas, espero a los tomates del jueves y al oscurecer llegan efluvios de jazmín y rosas antiguas. Qué felicidad haber huido de las máquinas... Hoy el cielo era opaco y nublado y nos ha llovido cuando íbamos andando por l'Escala, a comprar fruta y pescado.
Estoy encallada en un punto desconcertante de mi novela, pero tal vez un paseo por el campo, mañana, sirva para desentrañar o desbloquear el enigma. He escrito una carta, una carta sin destinatario real, una carta surgida de mi novela que tal vez me sirva para cumplir un encargo literario o tal vez no. Tengo que distanciarme y releerla mañana para saber lo que he escrito. Mientras la escribía, pensaba en Jean Rhys y aquel poema que escribió en el momento de mayor bloqueo de su Wide Sargasso Sea, y que le sirvió para encontrar el camino, la clave de la novela, cómo huir, en su caso, de la autocompasión. Lo conté en Sinrazones del olvido. Por cierto que la lectura entusiasta que un escritor y crítico ha hecho de ese libro me alegró el día de ayer.
Acabé la novela de Patricio Pron: tiene una historia que contar y sabe contarla. No sólo eso, es autoficción, y a la vez entronca con esa tradición danilokisiana que también siguió Jordi Bonells. Él sí es capaz de ofrecer esa revisión de la historia argentina reciente, pero sin la tonta parodia light de algún libro reciente de injustificado éxito, sino con inteligencia y sin pose.
Al día siguiente...
Aquí, a raíz de nuestras conversaciones nocturnas, en las que nos leímos mutuamente un capítulo de nuestras respectivas novelas, mi encalle en ese punto conflictivo de la novela se ha resuelto y sé que mi anfitrión ha resuelto también el suyo. He entrado a saco, sin miedo, con machete, y es simbólicamente sangriento, pero sólo simbólicamente. En mi sueño de hoy, o en el fragmento que rescaté del olvido en ese primer momento, maté a uno de los personajes. Yo estaba en un lugar abarrotado de gente, discutiendo con ella vivamente, la llamaba "imbécil", y con esa simultaneidad de los sueños, la veía, en un plano más alto, subir a un avión que parecía un cohete espacial, y el cohete subía recto hacia el cielo y estallaba en llamas. Luego yo intentaba explicárselo a los que me rodeaban, como si no hubieran visto nada. De nuevo la novela. Lo más importante en esos sueños míos de la novela nunca es lo que se siente o lo que ocurre, sino cómo contarlo de modo convincente. Como en aquel sueño donde lloraba para darle más credibilidad a mi desolación por haber perdido un bolso y unas chicas que pasaban decían, con alivio: "¡No llora de verdad!"
Oigo una lechuza. Ha oscurecido y tenemos cena. Ayer dimos un paseo ascendiente y restaurador, vimos los olivos milenarios, los perros vecinos nos acompañaban junto con Ras, el perro de la casa. Hacía un viento fresquísimo y las nubes eran magníficas, perfectas para un paisaje suntuoso. Nos saludaron unos preciosos asnos jovenzuelos que viven aquí cerca.
Hace días nublados, a veces llueve, pero los dioses de la temperatura nos conceden siempre una horita de sol para nadar en esa piscina. He descubierto un lugar mucho mejor donde escribir. Mi anfitrión tenía razón. Ese lugar tiene algo, tal vez porque un filósofo y una escritora avanzaron aquí mismo en sus libros. Espero ver pronto a los gatos abisinios.
Mientras, hemos seguido la resistencia por el azufaifo. Vayan a Polis. He escrito una Carta abierta al alcalde.

lunes, 4 de julio de 2011

Vayan a POLIS

El asunto del azufaifo está que arde. Otra vez, mientras los trabajadores y sus máquinas avanzan en la destrucción, desembarcan los medios, llaman televisiones y radios, yo no puedo trabajar, no tengo tiempo de nada, no sé qué será de mí, ni del azufaifo. Espero que nos ayuden los dioses griegos y que se detenga esta fechoría arboricida. Nuestro azufaifo ha salido en El País (vean Polis), en La Vanguardia (mañana espero tener el link para colgarlo, secciónVIVIR, además de la Carta de Félix de Azúa y de un vídeo en LV digital ayer), en El Periódico (vean Polis), en ADN, en la revista Qué es, en BTV (colgaré el link cuando lo encuentre, salió ayer el segundo reportaje, para el primero vean Polis), en el ABC de ayer pronto saldrá en el Informatiu de TVE, hemos hablado en algunas radios, etc... NO NOS RENDIREMOS
¡Por la plaça del Ginjoler, la plaza del azufaifo!

domingo, 3 de julio de 2011

Calor

Foto: Víctor Sunyol. Presentación de Tomba de Lou, de Denise Desautels, con la autora y Antoni Clapés, Laie, 2011
Sueño con intensidad, pero al despertar, esos sueños se deslizan por una grieta fuera de la memoria en un misterioso desvanecimiento; a veces, la atmósfera flota un momento ahí, pero ya abstracta, desposeída de todo contenido concreto, y por tanto imposible de retener más de unos segundos. Otras logro rescatar alguna escena. Esta noche he soñado que tenía que escribir un texto para una especie de homenaje familiar a mi padre y el tiempo se me había acabado, faltaban sólo unas horas y yo iba en un coche hacia el lugar. Consideraba la posibilidad de leer un fragmento de la novela familiar (!), pero no me gustaba porque era un texto escrito por todas, maladroît, y sobre todo, que no podía encajar conmigo. Entonces me daba cuenta de que me quedaba aún un día más...
Mi texto de presentación de Tomba de Lou, de Denise Desautels, se ha publicado en castellano en FronteraD y su lectura sigue suscitando reacciones. Me alegró que le gustara a EVM, que reconoció algunos temas afines y aludió a la escena gracepaliana del lago sucio de Central Park. Aquí lo dejo, lectores silenciosos. Y hablando de lectores silenciosos, una de ellos, una joven y perceptiva fotógrafa chilena, acudió a la presentación de Sinrazones en el Laboratorio de Escritura, ¡pero fue la única! Son cosas que pueden ocurrir. Carles Hac Mor me contó de una presentación en la que sólo estaban el editor, el autor y él, como presentador del libro... y se fueron de copas... Nosotros nos enzarzamos en una interesante tertulia sobre libros, con el director del centro, el escritor Leonardo Valencia, que respira bibliográficamente, y la única asistente al acto. Yo había calculado que con los alumnos de la Escuela habría de sobra -como ocurrió en mi conferencia sobre Dorothy Parker-, y no mandé invitación, pero al parecer ésta es una época difícil para los alumnos. Al pasar por una librería vi una presentación con la mayoría de sillas vacías... ¿la dispersión del verano? Hoy iré a escuchar a Antoni Clapés y Víctor Sunyol leyendo al iluminado y brillante Palau i Fabra.
Hace calor. Precisamente ayer, en la Escuela de Calor, había un workshop urbano de Esther Planas al que me habría gustado asistir, pero el calor y mi malaise intermitente me lo impidieron. Necesitaría más tiempo, que los días tuviesen más horas, para leer todas las maravillas que me rodean e invaden mi cueva de Alí Babá. Me asomé a esa escritura urgente y precisa de Patricio Pron, hermano de autoficción, pero también tengo las Lettrines de Julien Gracq, Le livre à venir de Blanchot, la mitad del Chet Baker de EVM, y una bio de Isabelle Eberhardt de Mirella Tenderini. Acabé la estupenda biografía que Inmaculada de Lafuente ha hecho de María Moliner, siguiendo un rastro difícil de otra mujer silenciosa y durante mucho tiempo enterrada injustamente en el olvido, por el franquismo y por la misoginia de todos aquellos académicos que le negarían la entrada en la RAE (como Cela, que se opuso). Es muy interesante esa restitución que hace de lo que fue la educación y la ilustración de la España republicana, la Institución Libre de Enseñanza, su proyecto educativo abierto y socialmente ético (los alumnos pagaban según sus posibilidades; algunos no pagaban) en el que participó como alumna María Moliner, la losa que fue el franquismo para toda la ilustración, pero sobre todo para las mujeres, las mujeres modernas y pensantes, y cómo María Moliner se refugió en ese diccionario prodigioso y completamente nuevo para la lengua, que sólo algunos lingüistas y lexicógrafos supieron valorar al principio. La idea de refugiarse en un diccionario, de restaurarse con las puras palabras... Cómo el talento y el espíritu supieron encontrar refugio en ese megaproyecto que dejó generosamente. Y la mezquindad de este pobre país cegato...
Necesito volver a la novela, que he tenido abandonada durante esta última semana, en parte para avanzar más con mi traducción de Giono y en parte por la estela de charco sucio de una reunión que conectaba directamente con la desolación de mi duelo y que volvió a traerme pensamientos de muerte. Fui a ver al hombre que escucha y salí con una respiración alegre. Hablamos de un último sueño en el que se repetían motivos cíclicos, que son ya para mí como las variaciones de Gould, ¡esa locura creadora del lenguaje onírico! miles de variaciones del mismo motivo, con su danza de significaciones... Pero ayer, al volver a casa tomé alguna nota para la novela, y es que andar por la calle, el aire y la luz me devuelven a mí misma en una conexión misteriosa y alegre... a pesar del calor.
Rufus sigue por aquí, asustándose y echando a correr cada vez que el viento abre o cierra una ventana. Anteayer había comprado carne y pollo ecológicos para G., que mañana volverá de Portugal, y me faltaba envolver medio steak que tenía en el mármol, con su papel de cera, y sonó el teléfono. Luego volví, me crucé con un Rufus que huía, tiré el papel y me olvidé, creyendo que lo habría guardado en la nevera. Sólo después, al buscarlo, me di cuenta de lo que había pasado. ¡Rufus se había merendado el filete! Después vino Tigridia, en su cumpleaños, con imágenes de otro mundo, un mundo lleno de bosques maravillosos, de lobos marinos, de colibríes azules, de pelícanos y altas montañas llenas de vegetación, un mundo donde olvidar este aire asfixiante, y cenamos mientras Rufus olisqueaba el pescado. Son los peligros de someter a dieta a un chat avec tendance à l'embonpoint, como decía diplomáticamente el anuncio...
El fin de semana es un paréntesis para ese nuevo arboricidio inexplicable, esa iniciativa del ayuntamiento para acabar con nuestro azufaifo. Como dijo el sabio jardinero Joan Bordas, mirando al árbol: "És increïble que a un arbre com aquest, amb aquesta envergadura, l'hagin de defensar un jardineret i dues veïnes... quan a qualsevol lloc d'Europa estaria preservat i protegidíssim". Es horrible lo que está pasando en esta ciudad y no parece que vaya a cambiar. Hablo con amigos de otras ciudades, que pasean refugiados bajo la sombra y la frescura de árboles antiguos. Aquí los talan, uno tras otro. La contaminación es cada vez más alta. Ni siquiera la ingeniería de cifras puede ocultar esos índices. El cemento arde cada vez más, sin tierra en las plazas, sin sombra. Hace dos días estuve a punto de desmayarme en la Travessera del Mal. Me quedé en medio, salvada por los pelos de los rugientes camiones, del aire sucio que quemaba como fuego. He escrito a todo el mundo. Esta semana vendrá otra televisión. ¿Tendré que hacer una ofrenda a los dioses griegos? Al pasar junto al azufaifo, aún esplendoroso pero con una angustiosa zanja que desnuda algunas de sus raíces, me pregunto qué más podría hacer, a quién más podría recurrir.

martes, 28 de junio de 2011

Leí

Foto: I.N., Portadas de mi plaquette de Cafè Central sobre Denise Desautels, 2011
Leí el texto que había escrito para presentar el libro de la poeta canadiense Denise Desautels, Tomba de Lou, traducido por Antoni Clapès y publicado por Eumo (Cafè Central, Jardins de Samarcanda). Fue en la librería Laie y estaba lleno de gente que escuchaba con atención silenciosa, excepto una mujer que tosía, y que le daba al aire algo doloroso con su rebeldía espasmódica. Durante la primera parte hubo un hombre que se había entregado a la conversación en la librería en voz bien alta, como un saboteur, y eso me distrajo un poco. Luego al fin se fue y entonces pude notar la vibración de esa escucha. Toni Clapés había sido tan generoso que mientras me presentaba yo sólo sufría de que no dedicara más tiempo a Denise Desautels. Lo cierto es que después la presentó muy bien, nos dio un contexto y leyó algunos fragmentos de su magnífico prólogo de Tomba de Lou, para trazar su trayectoria. Al final del acto, los dos leyeron el final del libro y fue emocionante. Y mientras yo leía el mío, veía que Denise me entendía (lo había leído antes en francés) y nos íbamos cruzando a veces las miradas porque yo quería decirle algunas de aquellas cosas directamente a ella, que no sólo es una poeta inteligente y llena de talento, sino que acoge y comprende con esos ojos azules. Antes, en el café Laie, Jordi Nopca entrevistó muy bien a Denise Desautels (ella le llamaba l'étudiant, lo veía tan joven), no sé si para Time Out o para Ara. D.D. explicó cómo había empezado a escribir para salir de toda la muerte que la rodeaba; a veces pensaba que si no hubiera escrito se habría vuelto loca. Citó autores también míos, incluso ese Premier homme de Camus que yo siempre cito aquí y allí, y fue desvelando sin saberlo los motivos de mi conexión con su texto, las coincidencias y las afinidades vitales y literarias. Denise lo sabía: al leerme me lo había dicho, que había algo en nuestra intersección. Así que ayer nos cruzamos más libros que nos suscitaban las lecturas mutuas. Ella me había regalado dos libros suyos. Yo quise regalarle sobre todo Paysages originels de Rolin, por el capítulo de Kawabata, pero no lo tenían. Tampoco estaba L'instant de ma mort de Blanchot, ni Apprendre à vivre enfin de Derrida. Le regalé un libro de Bachelard, y surgieron más coincidencias, o eso que llaman sincronías porque una amiga suya escritora había trabajado sobre él y Denise acababa de leerla.
Para mí ha sido importante haber escrito Denise Desautels. El jardí de les ànimes y estaba muy nerviosa antes de leerlo. La noche antes dormí mal, aunque diría que fue por el calor. Los días antes, mi inquietud se rodeó con antiguos pensamientos de muerte. Incluso oleadas de los interrogantes angustiosos que me habían asaltado en las madrugadas de marzo y abril. Y mágicamente, después de leerlo se desvaneció todo aquello, sentí sólo alivio, aunque una parte de mí seguía haciéndose eco de los dos o tres desplantes que recibí ayer, junto con el éxito. "Cuanto más éxito, más desplantes", vino a decirme la Otra Bel, que había aparecido con su elegancia franzkleiniana y su sagèsse. Y yo me acordé, como siempre, del comentario de un artista conceptual cuando le dieron el premio máximo y se deprimió: "Ahora todos me odiarán", decía, "tan bien que estaba yo en mi cómodo fracaso..." Tampoco yo me he autorizado a abandonar una posición de dificultad material, de relativa invisibilidad, en la que no sólo está la parte necesaria y libre del fracaso, sino también su parte angustiosa, con su fantasía de indigencia. También me felicitó Selma Ancira, muy conmovida, y ese brillo suyo fue todo un homenaje, y la psicoanalista Nelly Schneider y Víctor Sunyol, y la Belle Elaine, que alegraba la vista a mi derecha y quiso llevarse el texto, y la poeta y novelista Esther Zarraluki, y Dolors Udina, la reina de la traducció, y Robert Ferrer, de la Alliance Française de Sabadell, traductor al francés de mi texto, y la artista Louise Vigé, que exhibirá su instalación conjunta con D.D. en ese lugar el viernes. Vi a Eph también con esa sobriedad elegante suya, pero cuando quise saludarle ya no estaba; espero que le gustara. La plaquette está ya en Laie en catalán y en francés (vale 3 euros, aunque ayer se regalaba con Tomba de Lou) y esta semana estará también en La Central, y en el librero de la calle Berlinès y el día 1 se podrá leer en castellano en Frontera D. Fuimos a cenar y al volver iba leyendo L'homme qui dort (también me compré el Journal de Jules Renard, gracias sobre todo a JML y Osías Stuttman me regaló un libro suyo y quiso llamarme "poeta" en la dedicatoria) y al volver me encontré una recomendación de EVM que asocia asombrosamente en un vídeo Taxi Driver con el libro soñante de Perec!!! Es un remix muy interesante, parece que todo encaja!...
Esta mañana, mientras hacía algunas posturas de yoga tumbada en el suelo, he notado una vibración peluda y luego, la patte blanche de Rufus en la frente. Rufus está a dieta. Descubrí que le daba más de lo recomendado por el veterinario (me dicen que, cuando sea mayor, la columna no resistiría el peso de su rayada y aterciopelada barriga de visón) y he tenido que reducir drásticamente. No se queja tanto como pensé. A veces monta guardia en la puerta de la cocina, pero poco más.
Y G. se ha ido esta mañana a un festival portugués, y yo le echo ya de menos, aunque tal vez comamos juntos, cuando está, me quejo de sus costumbres domésticas, pero sé que añoraré tenerle por aquí esta semana, escucharle pensar en voz alta y verle abrazar a Rufus con esos gestos cómicos, y decirle también cosas que él puede siempre entender.
Por cierto, que seguimos con la batalla para salvar el azufaifo y nos dicen estamos en el momento de mayor peligro porque han venido a barrenar y agujerear, y esa salvajada cortaría las raíces de un árbol que ha vivido entre doscientos y quinientos años en ese jardín, que es el mayor ejemplar documentado en Europa de esa especie, pero que el ayuntamiento saliente y el distrito siempre quisieron destruir. No tienen bastante con haber destruido la plaça Joaquim Folguera, despojándola de la frondosidad, el aire, la quietud, la sombra y los pájaros de los 29 almeces que la hermoseaban junto con las antiguas farolas. No han tenido bastante destrozando la pobre Torre Sivilla (desdichada Vil·la Florida), ni la graciosa inclinación de los pinos centenarios de la plaça Narcisa Freixas, ni la esquina frondosa de Mandri con el paseo de la Bonanova, ni todas las casas que han dejado tirar en este pobre barrio, sustituyendo la tierra de los jardines interiores y los patios verdes por más cemento para aparcamientos obligados, este pobre barrio antes silencioso y fresco y ahora polvoriento, ruidoso, contaminado y ardiente de cemento. Quieren aprovechar los últimos días para seguir destruyendo y cobrando comisiones y por desgracia, ya no nos quedan los periodistas cultos y receptivos de antes en los diarios, los han sustituido becarios que no saben nada y en eso basan su arrogancia. Pero resistiremos.

sábado, 25 de junio de 2011

El sol

Foto: I.N. Mis pies en la playa, 2011
Ayer volví a la playa secreta. Hacía un viento fresquísimo y la luz del agua, que se revolvía y giraba en multitud de olas asimétricas, me devolvió a mi preadolescencia en otras playas arenosas, con la misma estructura, de esas en las que hay que andar mucho para que el agua te cubra. También la sombra rápida de un avión sobre la arena, recorriéndome en un segundo como una caricia burlona me restituyó en un relámpago mnémico aquel lugar: Coma-ruga. Y esa extraña alegría de la inocencia perdida que nos engaña, como si quisiéramos volver, cuando como en mi caso, no querríamos en ningún caso. Esa nostalgia de un yo inocente de la que hablaba Chantal Maillard en su espléndido Bélgica. Ayer no me di cuenta, confusa por el viento o la conversación, y no me protegí por completo, así que cuando cayó la noche y la Belle Elaine vino a mi casa cargada con unas cuantas películas de Kiarostami -Close Up, sobre otra falsificación de identidad, y unos cortos de niños en Irán que habían puesto en la Rai- algunos fragmentos de mi piel tenían una tonalidad volcánica. Y la Belle Elaine y yo estuvimos hablando de películas y de la familia como institución maldita.
Yo había estado leyendo Je suis né, de Georges Perec, donde un Perec pequeño, de pantalón corto, huía de casa de sus tíos y recorría los metros de París consumiendo el dinero que le quedaba y aterrizando en la comisaría, donde le dieron un bocadillo demasiado grande como para morderlo y un cuenco de cerámica blanca, con grietas grises, lleno de agua. Era como si él hubiera hecho lo que yo quise hacer entonces, sólo que no me atreví. Temía la cólera y la violencia que seguirían a ese paso por la comisaría. Je suis né es un libro fragmentario, que da vueltas alrededor de su voluntad autobiográfica. Me está gustando más que W. y me han dado ganas de volver a L'homme qui dort, pero no sé dónde lo tengo (el caos me asalta; mi casa en "modo verano", como decía H.C.). Unos capítulos después, Perec cuenta, en una reunión para una nueva revista, su experiencia como paracaidista en el ejército y disiente de Clara Malraux en que esa experiencia sea análoga al psicoanálisis (él dice que su análisis fue muy distinto de su experiencia paracaidista), para decirles (porque ha bebido) que a veces hay que saltar, como sea, al vacío. Y luego cuenta cómo escribió algunos de sus libros y es maravilloso lo que dice de esos intentos autobiográficos fragmentarios y détournés, como su libro de sueños. Y lo que dice de su vida nocturna de soñante y de cómo sus sueños recogidos y escritos no le sirvieron en el análisis -hasta separarse de ellos y recobrar unos sueños balbuceantes, menos estructurados, menos escritos- y de "ce quelque chose à la fois flou et tenace, impalpable et immédiat, tournoyant et immobile, ces glissements des espaces, ces transformations à vue, ces architectures improbables".
Por cierto, que -tal vez porque el primer cuento de ese Chet Baker de EVM me encantó con nocturnidad, esa noche soñé que ascendía por una colina, una parte alta y muy empinada de Barcelona, una zona inventada de la ciudad, mezcla de la avenida Tibidabo, unas postales antiguas de BCN que había visto la tarde antes en La Central del MUHBA y la elaboración onírica misteriosa. Yo iba andando a veces y otras en un autobús que parecía serbio, amarillo, abollado y viejísimo, y veía a EVM sentado leyendo detrás de todo del autobús desvencijado, con un traje azul marino como una vez en la feria de madrid, y unas gafas redondas estilo beat, y yo me acercaba para decirle que sus gafas me recordaban a Timothy Leary -aunque el TL real no llevaba esas gafas!-, pero un revisor me decía: "Ha pedido que no le molesten", y yo pensaba: "El revisor no sabe que yo no soy turista, que le conozco, etc., pero ya se lo diré después, cuando bajemos", y ya después yo estaba ya llegando a la cumbre y veía que estaban cerrando la puerta de los Hogares Mundet, que en el sueño era un sitio precioso con unos jardines frondosísimos y un edificio que parecía aquella iglesia de Siracusa construida sobre un templo griego, y yo sentía una gran desolación de no poder entrar, pero una voz interna me decía: "Es mejor así, porque lo que está pasando ahí dentro es terrible." Y entonces andaba con Lydia O., que me preguntaba: "¿Tú sabes dónde está el Palacio de...?" Y yo le decía: "Sí, por aquella curva", señalando a una carreterita con unas cúpulas doradas al fondo y ella me decía: "No, Isabel, no puedo mirar porque me dará vértigo", y yo le decía: "No, allí no da vértigo", y ella respondía: "Isabel, a ti no te da vértigo, pero a mí sí." Ahora todos mis sueños tienen que ver con la novela y en casi todos se plantea como re-presentación, o como las consecuencias de entrar o no entrar en esa zona antigua y doliente, en el vértigo de mostrar...
Así que le conté el sueño a EVM y me dijo que había algo inquietante porque precisamente en un artículo suyo que aparecerá mañana había escrito sobre algo cultural de los sesenta y aludía precisamente de los Hogares Mundet, un lugar que él no había mencionado en treinta años. Era la segunda vez que algo suyo se filtraba en mi sueño, pero la cosa no acabó ahí. Cuando se lo conté a la Otra Bel me dijo que había algo más asombroso y me contó de un viejo sueño suyo que le había impactado históricamente que se ajustaba a las imágenes de la Barcelona de mi sueño y que precisamente ayer, aprovechando un recado había salido en pos de esa ciudad onírica, intentando localizarla en un barrio montañoso y empinado como el de mi noche. Hoy ha aparecido Lola, que me acogió hace poco en Madrid, que está en Barcelona para uno de sus cursos, y le he sugerido que viniera a comer aquí conmigo y con Rufus, y al contarle a grandes rasgos esa cadena onírica, ella, que es junguiana y cada vez se adentra más en ese mundo, me ha dicho: "¡Claro! Es que todo eso nos viene de otro lugar, nos atraviesa, es que ahí (en los sueños) nos encontramos todos!". Y es que llevo días y semanas en las que los sueños se me escapan al despertar y recuerdo apenas una atmósfera, pero se desvanece enseguida de un modo desesperante, y al fin pude recordar ese sueño de las gafitas redondas. Naturalmente, el hombre que escucha me ayudó a ver otras cosas. Incluso las gafas redondas remitieron a una escena de mi infancia en la que yo miraba con prismáticos desde el balcón trasero de la casa de la Diagonal. Y surgió un incidente turbulento de negación que tuvo lugar el otro día como estela de un encuentro ante notario, algo que sólo la presencia alegre de G. pudo borrar (G. vino a pedirme una lectura crítica de un interesante trabajo de etnografía urbana que había hecho en un bar cercano; el trabajo me encantó, tenía destellos de genialidad antropológica o tal vez literaria, pero sobre todo me sirvió para recordar que, por suerte, yo hace mucho que ya no vivo "allí", sino lejos de aquellos personajes de mi infancia) y que al final sirvió para introducir dos nuevos matices en esa novela. Y es que, sarinagara... todo aquel mundo siniestro, una vez sobrevivido, se convirtió en materia feliz de mi escritura.
Ayer me sumergí en una serie que un amigo se ha empeñado en hacerme ver, una serie muy bien hecha, bien realizada, que atrapa y convence, excepto por la inmensa misoginia que a mí me fatiga y resulta insoportable y tramposa, y a ratos me llena de melancolía. Mi amigo dice que me espere, que me equivoco, y es que a él le gusta ver el mundo a través de MM. Efectivamente, los años cincuenta americanos eran horribles y opresivos para las mujeres, que en los sesenta se liberarían de todo eso, pero el ángulo sigue siendo misógino al mostrarlo (It reinforces mysogyny!, dice mi amiga americana, y yo estoy de acuerdo, por más que enganche, ¿por qué ponerse las gafas masculinas de los cincuenta para contarlos?), los personajes femeninos son despreciables, rastreros y sucios o bien de una imbecilidad infantil que acaba en violenta locura. Y esa oleaginosa complacencia de las housewives que recuerda a los consejos de la sección femenina a las mujeres, auqnue en un setting más elegante. Et le génie feminin? Mientras, tuve noticias del genio -femenino y muchas otras cosas- de mi admirada Heddy Honigmann y de que en noviembre saldrá un coffret suyo con todos sus documentales. Y que si salud se lo permite filmará pronto una película arbórea. Le voy a mandar La plaza del azufaifo y Si un árbol cae mañana o pasado...
Volviendo a la serie y al éxito que ha tenido, al margen de su gran eficacia narrativa, dramática y sobre todo al reparto, me hizo pensar en ese sueño de los hombres, de un mundo en el que las mujeres fueran sólo cuerpos, estuvieran dispuestas a todo con tal de conseguir sus objetivos materiales y además fueran incapaces no sólo de pensar, sino además de tener ninguna amistad entre ellas. Aunque parezca aburrido, eso consuela a algunos hombres de esa tremenda herida con la madre, edípica o whatever, esa necesidad de venganza se realiza así, intentando reducirlas a eso, en lo real y si no, al menos, en la narrativa. Y esto encaja con el planteamiento del lúcido análisis de Christiane Olivié en Les enfants de Yocaste, que por cierto han traducido.
Otro sueño es el del amigo que me la prestó, que habla como si la subjetividad no existiera, como algunos críticos, en esa ilusión de que hubiera un buen gusto universal -el suyo- y los demás, si no coincidimos, es que estamos equivocados. Aunque él -y seguramente todos- sabe que eso es falso, se obstina con tenacidad y con humor de niño que juega en hacer como si. Y es que seguramente hay algún encantamiento en eso, alguna consolación.
También estuve leyendo Rusia con Rainer, un libro maravilloso de Lou Andreas Salomé (¿lo dije aquí? qué maravilla la escena del encuentro con Tolstói, su descripción del personaje), y le hice una consulta a Selma Ancira sobre una expresión que cita Lou y que me encantó, habla de los "russkie neudachnie, rusos desdichados, es decir, los criminales". La idea que llamar desdichados a los delincuentes me pareció de un humanismo poético muy interesante. Per Selma no encuentra el término en esa época. Sin embargo, la traducción y la edición parecen impecables. Es una gozada de libro.
Y ahora tengo que instalar la impresora, qué pereza dan los aparatos y sus instrucciones, para imprimir el texto que leeré pasado mañana en Laie, a las 19.30, en honor de la poeta canadiense Denise Desautels y la exquisita traducción al catalán que Antoni Clapés ha hecho de su Tomba de Lou. Para mí ha sido importante escribir ese texto, que se presentará también mañana en catalán y en francés, a modo de plaquette (¡ha quedado preciosa en francés!). Y estoy llena de mi característico miedo escénico de leerlo allí (no sólo eso, cuando se lo leí la primera vez a la Otra Bel, que lo calificó de hipnótico, pensé que si leía ciertas frases de ese texto me moriría... Luego eso pasó, pero a esa fantasía negra la sustituyeron otras ansiedades más de rez-de-chaussée que no contaré aquí). ¿Vendrá alguno de mis lectores silenciosos? Dos días después, el texto aparecerá también en castellano en Frontera D. Les dejo ya. Rufus duerme profundamente y siento deseos de sumergirme con él en ese sueño donde, según Lola y los junguianos, nos encontraríamos todos.

jueves, 23 de junio de 2011

Morir matando

Foto: Rafa Zaragoza, El azufaifo de la calle Arimón, 2007
Parece incomprensible y delirante, pero así son las cosas. Cuatro días que les quedan en el ayuntamiento y los distritos son suficientes para destruir mucho más.
El azufaifo de la calle Arimón, a pesar de estar catalogado y de ser el mayor azufaifo documentado de Europa -sólo en Marruecos hay uno mayor-, con unos quinientos años de existencia, y ahora en plena expansión y floración veraniega, vuelve a estar gravemente amenazado. A pesar también de la batalla mediática y ciudadana que nos llevó a expulsar al constructor y a catalogar el árbol.
Ayer llegaron los obreros municipales para iniciar los trabajos de construcción en la parte baja del terreno.
Todos los expertos nos lo han dicho. Si se construye en ese terreno, aunque sea en el extremo más alejado, el azufaifo morirá. Tardará dos o cuatro o seis años y morirá. Mientras que, si lo dejaran en paz, podría vivir otros cien años más, por ejemplo.
Pero nuestros políticos detestan los árboles. No les importa que Barcelona haya superado los límites de contaminación, que la ciudad esté muy por debajo de los niveles de verde por habitante que reclama la OMS para la salud de los ciudadanos.
Con el pretexto de ampliar la línea 9 del metro, engañaron a los vecinos del barrio y destruyeron la plaça Joaquim Folguera, con sus 29 frondosos almeces octogenarios, gastaron dos millones de euros en trasplantar 5 de ellos a una placita donde a su vez habían talado magníficos pinos centenarios para dejar las herramientas (!) y cortaron el resto. Una plaza suave y maravillosa, donde jugaban los niños y un núcleo frondoso absorbía contaminación y ruido, daba frescura, quietud y pájaros, que celebraba al pobre poeta -hoy envilecido por el desierto pestilente, ruidoso y sucio que han dejado-, con sus farolas modernistas, la "plaça Magritte" que decía Maria Casassas, se ha convertido en una especie de cantera abandonada y fea.
En los desdichados jardines de "Vil·la Florida", la antigua, frondosa y fresca Torre Sivilla, donde ya habían talado alegremente gran parte de los maravillosos ejemplares arbóreos sin razón alguna; ahora han tirado el muro de piedra histórico y han talado toda la arboleda de detrás de la casa, donde han dejado una triste zanja, con el perverso pretexto de construir una biblioteca. Eso mientras recortan el 83% de recursos a las bibliotecas catalanas. ¡Sería cómico si no hiciera llorar! Todo lo destruyen y sin resistencia, porque no hay instituciones que arbitren ni recursos contra ellos.
Hereuville recuerda la descripción que Camus hizo de Argel: "comme un cancer malheureux, étalant ses ganglions de misère et de laideur...". Aunque los que vengan les seguirán los pasos, porque no queda en este país un solo político honrado, a quien le importe nada que no sea su enriquecimiento y el de su partido.
¡Movilicémonos! No permitamos que destruyan también nuestro azufaifo.

jueves, 16 de junio de 2011

¿Por dónde empezar?

Foto: I.N., La que fue casa de mi abuela en Ciudad ducal, 2011
Hace días que no escribo aquí. Me fui a Madrid a la Feria del Libro. No hacía el calor aplastante de otros años. L. vino a buscarme a la estación y corrimos a ver la exposición de Atget y aquel París que ya entonces estaba desapareciendo. Es muy exhaustiva y yo necesitaba más tiempo o un lugar donde sentarme a contemplar sus árboles y parques, que sólo llegaron al final. Las fotos son maravillosas y ya las conocía, gracias a L.O., pero yo llegaba agotada tras una noche dolorida (por un error de omisión) e insomne. Después de una cita a las puertas del centro de Mapfre en Recoletos (me alegró que La Central esté también allí), en el café Gijón, comimos verduras donde L. y luego le leí el primer y último capítulo de mi novela, que me sonó con una fuerza insospechada. Después, L. me llevó directamente a la caseta por un camino umbrío. Allí enseguida llegaron en tropel unos cuantos amigos generosos (la propia Gene Tierney madrileña-cosmopolita-escritora, un viejo amigo rejuvenecido que pintaba pájaros en su ociosidad, mis radiantes y pensantes ex suegros, dos de mis guapos e interesantes ex cuñados, un guapísimo y alto sobrino; faltaban muchos, pero era viernes a última hora y algunos se habían ido), y estuve firmando. En los intervalos hablaba con el librero, que es eficaz y encantador, y se había ocupado de traer otros títulos míos. Después llegaron lectores otros, lectores de facebook, de este blog, de otros libros, una lectora que me conoció a través del memorable Dietario voluble de EVM (por cierto que esta vez sentí no encontrarme a EVM en la Feria como el año pasado), y una que me trajo un ejemplar de un libro colectivo de correspondencia entre mujeres escritoras y artistas en el que participo con la Belle Elaine y que aún no había visto, No se lo cuentes a nadie. Ya el día antes, en una librería oí que una mujer desconocida preguntaba por un libro mío, aunque no pude ver cuál, pero me hizo ilusión. En la Feria, además de Sinrazones, firmé Si un árbol cae, firmé Algunos hombres... y otras mujeres, firmé La plaza del azufaifo, incluso para el librero, que quiso quedárselo. Vino a buscarme mi primo y nos fuimos al campo donde vive, donde la noche aún era helada. "No sé si voy suficientemente abrigada", dije yo, y Cecilia, la guapa hija de R. me contestó: "Nunca vas suficientemente abrigada para Las Navas". Pero según me dijeron, yo llevé el buen tiempo. Fueron los primeros días de sol tras una temporada de lluvia y frío. Traduje mucho Giono, que parecía fluir extrañamente allí, entre algunos de los maravillosos retratos pictóricos que hace mi primo, e incluso escribí un capítulo (aún en construcción) de mi novela. Me visitaban los pájaros: rabilargos azules, abubillas, arrendajos, oropéndolas, buitres en lo alto del cielo. Descubrí que las vacas -animales de ciento veinte kilos- son capaces de saltar vallas bien altas sin ninguna carrerilla, como luchadores de sumo. Dimos un paseo por los lagos y presenciamos un asombroso concierto de ranas: seguramente fue la famosa noche del apareamiento, pero por la tarde componían un coro increíble, que mi primo M. grabó un poco con el móvil. Yo les decía que comercializaran un cd de relajación anfibia. A mí, que la familia me parece una institución maldita, me sorprendió descubrir tantas afinidades, y también esa extrañeza de ver trozos de unos y otros en los otros que son los parecidos. Un gesto, una sonrisa, los ojos, el perfil de uno en otro. Mis primos se parecen mucho a mi padre y me parecía verle todo el tiempo, hablaban de él, sin darme cuenta había entrado en su mundo. La primera noche, mi padre se coló en mi sueño, con una escena extraña de un pájaro amarillo que encharcaba mi zapatilla y debajo ocultaba un pájaro azul, una especie de periquito liliputiense. Y yo llamaba a R. y a mi padre para que me ayudaran, comentándoles que el pájaro amarillo precisamente había elegido mi zapatilla... Y los juegos perversos de mi memoria: por una milésima de segundo pensé en llamar a mi padre para decirle... antes de que llegara la conciencia de que mi padre ya no está y que hace doce años que se fue del mundo. Pero he estado escribiendo de él y eso también confunde, hace que su presencia-ausencia ocupe más espacio... Fui también a la que fue la casa de mi abuela y por uno de esos prodigios de la memoria, no recordé la última sino la primera vez que llegué a aquella casa, a los siete u ocho años, la impresión que me produjo. La casa se veía preciosa aunque ya no quedara en ella hospitalidad ninguna. El paisaje de nuestros paseos era todo bosque, robles, acacias, fresnos, pinos altísimos, matorrales de jara amarilleando en las cumbres como pequeños fuegos risueños... He vuelto a una Barcelona calurosa y agostada, llena de obras y de furiosa agitación política. Políticos violentos instalados en la mentira, policías infiltrados entre los resistentes pacíficos para provocar, justificar la violencia policial, medios serviles que transmiten esas distorsiones... pero también, comentaristas valientes que sí hablan y conectan con la fiebre de las redes. En las redes sí están todas las imágenes, las que demuestran lo ocurrido. Y esas imágenes atraviesan el mundo. Y es que el mundo tiene que cambiar utilizando el sentido común frente al delirio de ahora, y tiene razón Galeano, hay otro mundo posible en el vientre de éste, un mundo que pugna por nacer del viejo.
Yo sigo sumida en mi novela, con momentos de levísimo pánico al pensar en lo que supondrá, instantes efímeros que desaparecen en la felicidad de poderla escribir. Y avanzo por fin en la traducción de Giono: ¡me quedan menos de sesenta páginas! Me sigue gustando mucho pese a todas las dificultades. Me ha hecho buscar y aprender. He estado releyendo dos maravillas de Stefan Zweig para mi curso de los martes, mi favorito Mendel el de los libros y Veinticuatro horas de la vida de una mujer (pensaba en toda esa gente que maldice a Freud y defiende a Zweig sin darse cuenta de lo psicoanalítico y freudiano que era), también los Sueños de Kafka (espléndido, materia de su escritura, la misma atmósfera onírica profunda), y en la feria me compré también Chet Baker piensa en su arte y he empezado El exilio interior, la bio de María Moliner que ha escrito Inmaculada de Lafuente, anoche descubrí un libro precioso e inteligente de Susana Medina, lleno para mí de extraños ecos, coincidencias y con una elegancia a veces deslumbrante como su foto de facebook, Souvenirs del accidente, prologado por T. Masoliver y que ya no existe, y una biografía de Lou Andreas Salomé que recomendaba el librero de la calle Berlinès en el programa radiofónico psicoanalítico Hablamos. Tengo unas mañanas extrañas en que recuerdo mis sueños sólo unos segundos y no logro hacerme con ellos, veo desaparecer su atmósfera, ¡todo! Tendré que hablar con el hombre que escucha, más tarde...
G. ya enfrascado y cada vez más brillante y osado en sus trabajos antropológicos, aunque siempre desorganizado en el tiempo, y con tantas cosas, ahora se iba a entregar un trabajo y luego a escalar esas rocas suyas, no sé dónde... ¡Y Rufus! Rufus está feliz esta semana de reencuentro, con G. y yo por aquí, abandonando los sofás y buscando rincones de frescura en el suelo y emitiendo sus ondas ronroneantes. A veces recuerda el que fue: el otro día, G. intentaba jugar con él como con la tigresa Gilda y Rufus corría, pero al pararse nos dimos cuenta de que había pasado miedo de verdad, su cansancio no era sólo físico, sino de la tensión. Eso sí, Rufus, como esas ágiles vacas abulenses, puede saltar sin carrerilla, sólo estudiando bien sus impulsos antes de saltar.