martes, 21 de septiembre de 2010

¿Cómo decir?

Foto: I.N., Cadaqués, el lugar del golpe que me hizo distinta, 2010
Hace días que no escribo aquí. Hace días que me ha poseído la otra escritura, la de mi novela, y de pronto, tras esa travesía del desierto escribiendo poco, borrando más, en la pura desolladura y sólo por autodisciplina, al fin las palabras me arrastran y es como si no pudiera parar. A veces me parece reconocer aquella escritura torrentosa de mis cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres, aquellas conjunciones que interpelaban o irritaban a alguien que presentó mis cuentos, aquel flujo torrencial y tumultuoso que a mí me recordaba a Las Mil y Una Noches después del tiempo detenido y calmoso de tantos cuentos de Crucigrama.
No sé si podré encajar todo esto con lo anterior. No sé qué pasará al final. Sólo sé que el consejo y vaticinio de mi amigo serbio: "No pienses. Sigue escribiendo y algo ocurrirá tal vez mientras escribes..." se ha cumplido. Algo ha ocurrido mientras escribía. Fue después de que alguien del pasado se acercara a mí de un modo que no me dejó dormir. A la mañana siguiente me levanté pensando en escribir precisamente la parte más negra del pasado que habíamos compartido. Luego fui para atrás y para alante. Y sigo ahí, secuestrada por la escritura. Hoy he escrito algo que tiene que ver con la muerte de mi padre. Es material bruto, habrá que pulir, revisar, ver. Siempre quise escribirlo, hoy he reunido el valor al fin. Ha sido tras ir al funeral de la madre de un amigo, en el tanatorio de la Ronda de Dalt, que estaba rodeado de un paisaje verde exuberante. He estado a punto de echarme a llorar allí, oyendo cómo mi amigo leía páginas del diario de su madre, de estos días. Él parecía radiante en su tristeza, envuelto en un fulgor calmo y desconocido. Ella se ha muerto de pronto, felizmente para ella, pero eso siempre es más difícil de digerir para los que quedan: no da tiempo a despedirse.
Yo escribo. Una noche fui a Horta a un concierto en la plaça Eivissa, gracias a la hospitalidad de la editora de Navona, que me contagió su entusiasmo y nos convenció a Tigridia y a mí con su posición ética, lectora y verdadera. El lugar tenía sus encantos. Horta sigue teniendo algo genuino que otros barrios de la ciudad han perdido. A pesar de las oleadas constructoras. Al acabar, Tigridia y yo intentamos volver andando sorteando colinas. Descubrimos calles umbrías llenas de casas con jardín, y elegimos nuestras favoritas oliendo a espesura y a jazmines. También descubrimos tristemente que han derribado la casa de Amílcar, donde ocurre mi cuento de Crucigrama con ese título, donde sale una sandalia italiana casi nueva que se rompe y que hizo sonreír a Luis M.
Me llegaron noticias negras de Irán: a mi amigo persa-canadiense H., padre de los blogs en Irán, la fiscalía le pide pena de muerte. Lo he escrito en Polis. He pedido ayuda a Amnistía Internacional y a los periodistas. He escrito a Larry King para que pregunte por él a Ahmadineyad. He firmado una petición a las autoridades iraníes y otra al gobierno canadiense, para que tercie en su favor. Ha salido en La Vanguardia y en El País digital. Ojalá logremos salvarle entre todos, con la presión internacional.
Anoche G., que acababa de cumplir años y celebró ese fragmento ritual en casa con tarta sacher, me habló de sus primeras impresiones de La recherche, que está descubriendo para mi felicidad, luego me hizo una pregunta personal, casualmente, y yo me quedé pensando en su insight y su espíritu saludable y fuerte, a pesar de sus vagueríos.
Antes, fui a la presentación de un estupendo libro de poemas de Carlos Zanón, lleno de humor y melancolía y de esa sonrisa suya, su mezcla particular de Carroll y Barrie y su condición de abogado magnánimo, junto al exuberante jardín de la Bertrand (donde por cierto sí estaban dos libros míos, qué sorpresa). Al acabar, fui a cenar con un escritor amigo y escuché sus historias vibrantes y con entramados de pura escritura y al volver tuve una breve conversación exasperada con alguien que no me entendía y al colgar, mientras andaba por la Diagonal ya oscura, sentí esa triste irreciprocidad solitaria que contaba Chéjov en El jardín de los cerezos. Hoy he ido a ver a la Esfinge y ha sido un encuentro intenso y afortunado, aunque me habría gustado grabarla para poder recordar sus palabras. Hace un rato me ha escrito Antoni Clapès, poeta y editor, invitándome a hablar otra vez de Danielle Collobert en Vic, en diciembre, con Victor Sunyol y él mismo, en uno de sus Pas a dos.
L. me ha avisado: "No te pierdas la Luna. Está preciosa". Y era verdad. Yo la había visto volviendo por Muntaner con un carro lleno de pomelos, naranjas, kiwis y espinacas. Rodeada de unas densas madejas de nubes lanosas. En la terraza, Rufus también miraba el cielo oscurecido.

jueves, 16 de septiembre de 2010

OCTUBRE: Curso en la Escola d'Escriptura del ATENEU Barcelonés

Foto archivo: Maeve Brennan (Bissinger) Matrícula abierta para mi curso de octubre-noviembre-diciembre en el Ateneu. Copio la ficha para los interesados. ¡Espero que os animéis! Son 5 escritoras apasionantes. Cinco escritoras casi olvidadas (Total 20 h) Horari: dimarts, martes de 18.00 a 20.00 h Data d'inici- Fecha inicio: 19 octubre 2010 Preu del curs/ Precio: 310 € (15,5 €/h) Professorat/Profesorado: Isabel Núñez Programa Isabelle Eberhardt, una europea nómada en el desierto árabe en el cambio del XIX al XX. Jean Rhys, una caribeña frente al mito literario victoriano. Dorothy Parker, la neoyorquina del humor seco y mordaz. Maeve Brennan, una irlandesa refugiada en las calles de Nueva York. Natalia Ginzburg, la narradora italiana del antifascismo
Conferència sobre cada autora, lectura de textos a classe, anàlisi i treball amb els textos.
Conferencia sobre cada una de las autoras, lectura de textos en clase, análisis y trabajo con los textos.
Info, matrícula: dimarts/martes, de 18.00 a 20.00 h
Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès C/ Canuda, 6 08002 Barcelona Tel: 93 317 49 08 Fax: 93 317 15 25 Horari d’atenció al públic: de dilluns a divendres, de 10.00 a 14.00 hores; de dilluns a dijous, de 16.30 a 20.00 hores.

lunes, 13 de septiembre de 2010

No sé por qué

Foto: I.N., Rufus, avec toute sa majesté, 2010
Estos días sólo tengo ganas de escuchar jazz y si acaso voces femeninas cantando blues estilo jazzy, como Madeleine Peyroux y mucha Billie Holliday. Alterno John Coltrane y Miles Davis con esas otras voces. Es muy extraño. Me pregunto si habrá sido cosa de Rufus; creo que a este gato le encanta el jazz y ese jazzy blues. Tendré que poner al día mi discoteca.
Los lunes o martes viene una mujer eficaz que impide que el caos devore mi mundo por completo. Vio a Rufus y elogió sus ojos y "esas rayas divinas". Pero al oír y ver el aspirador, Rufus fue a esconderse en el lugar más recóndito y secreto de la terraza, allí donde no podemos encontrarle, y cuando al fin salió, una hora después de que esa mujer se marchara, estaba enfadado conmigo, ofendido, y se situaba a la distancia justa para que no pudiera tocarle. Por suerte, se le pasó y cuando volví a casa incluso salió a recibirme.
Hoy soy algo más pobre que ayer, aunque más rica en libros y quién sabe si en conocimiento, aunque el conocimiento se encoge y cada vez se sabe menos y se interroga una más, pero qué importa. "¿Cómo van esas melancolías?", me preguntó ayer un amigo artista y ocioso, que está a punto de cambiar completamente el curso de su vida gracias al azar (o al azahar, como decía alguien siempre bromeando). Tuve que llamar a ese amigo porque la respuesta no me cabía en el teclado del teléfono. Le dije la verdad, que yo siempre estoy melancólica y muy feliz, aunque todo me duela, o muchas cosas me duelan, no físicamente pero casi. Es decir, vivo en esa efervescencia, entre las miserias de mi oficio y la incertidumbre de perder la casa y el olvido (con la secreta alegría del escritor que no es reconocido a la que aludía Juan Goytisolo, ese cómodo fracaso que añoraba un artista conceptual) y el dolor de la pérdida y la joie paradoxale que lo hace estallar todo no se sabe por qué. La alegría de mi escritura y los forcejeos e imposibilidad de esa escritura. Y mucho más...
Me he comprado Upheavals of Thought de Martha Nussbaum precisamente porque empieza su exposée filosófica a partir de la muerte de su madre. Lo que he leído en el metro me ha recordado a Richard Ford. He envidiado a los anglosajones, porque la tradición económica y sobria les ayuda a hablar del dolor, mientras que los mediterráneos tenemos que esforzarnos mucho más para no caer en la desmesura y el caos. También porque me interesa que una filósofa construya su pensamiento a partir de lo autobiográfico. Ahora que, como decía EVM en su artículo de ayer, la novela se llena de ensayismo, la filosofía se llena de memoria y autoficción. Y todo eso me llena a mí de esperanza, yo, que escribo esa extrañísima e imposible novela.
Iba yo a ver a mi editor de Menoscuarto (uno de los dos), que siempre es hospitalario y con una inteligencia impregnada de un sentido común casi insólito en estos tiempos viscerales. Nos hemos encontrado a Pere Gimferrer, que huía de La Central por la falta de aire acondicionado, pero Toni Marí ha logrado que lo subieran y lo ha rescatado de la acera. Luego, en la calle, me ha llamado Jordi Herralde, que estaba haciendo acopio de mis galletas favoritas de gengibre. Como tiene la tendencia entusiasta de los que venden, además de hablar de sus libros, promocionaba las galletas y cuando he ido a buscarlas ya no quedaban (la de la tienda me ha dicho que habían venido amigos de Herralde a buscarlas). Yo venía de comprar libros para G., que mañana cumple 22 años, aunque no llegará hasta el viernes.
Ayer estuve hablando con un psicoanalista que coordina unos encuentros entre la ciencia, la literatura y el arte y el psicoanálisis y me ha invitado a participar en una mesa redonda el 16 de octubre, en la Casa del Mar, organizados por esa Plataforma del Psicoanálisis que trata de tener más presencia en la vida cultural y social de este extraño país. Me preguntó cómo iba a plantear mi intervención y yo improvisé y él se alegró porque lo que yo le decía parecía entroncar muy bien con las demás cosas. Y es que los psicoanalistas siempre sacan hábilmente los hilos de todo y traducen y desenmarañan lo que haga falta, rescatando las palabras. Mientras hablábamos, me contó una escena que tenía que ver con la guerra civil y que se me quedó grabada. Luego, en la calle, yo iba a cruzar por un lugar imposible y él me propuso el paso de zebra.
Antes, durante el après-midi, fui a ver a M. Cuando le preguntaron, en un ejercicio ritual, "¿quién ha venido a verla?", la pobre dijo: "Mi prima". A las preguntas que yo le hacía, sólo pudo responder cosas ininteligibles... "Un quiquirimán de plantas", me dijo, y eso me gustó. Pero aún le interesa la belleza y lo que ve como juventud perdida. "Qué guapa estás", me dijo, acariciándome la cara. Me preguntó por G., le enseñé unas fotos de carnet y también las acariciaba. "¿Y tu novio?", me preguntó, refiriéndose a alguien que me acompañaba a verla el verano pasado y que la alegraba con su belleza masculina y sus bromas. La vi mucho más delgada y arrugada que nunca, tranquila en ese lugar bonito, pero perdida para el mundo. Señalaba los árboles, murmurando palabras extrañas, que le costaba articular, como si ahora ya le costara rescatar incluso las sílabas o los fonemas. Al salir, anduve por la calle y sólo veía viejitas que hablaban animadamente, viejitas que andaban con brío, o que tomaban café enzarzadas en conversaciones lógicas. Y pensaba en la vida de M., en esa persecución del no saber que la ha llevado adonde está.
Pero ahora puedo andar y correr y bajar y subir las escaleras de tres en tres como antes, vuelvo a bailar sola por la casa, y ya casi puedo decir que no tengo cara de mapache, aunque también he perdido el color del verano. Hoy, alguien que no es amante de los gatos, sino todo lo contrario, ha venido a conocer a Rufus. Le admira porque Rufus fue abandonado y leyendo su historia en este blog se ha sentido identificado y ahora siempre pregunta por él. Rufus se ha acercado a saludarle, porque este gato atolondrado y a veces asustadizo, tiene un insight tremendo para todo lo humanístico y empático y transmite unas ondas que no dejan indiferente.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Otra vez el calor

Foto: I.N., Fred Basset en el parquecillo de Maluquer, 2010
He puesto la cadena francoalemana arte tv para tomarme el té y había un especial flamenco. Ha salido un gitano con traje rojo como una llamarada, zapatos rojos, camisa negra y el pelo largo, y ha empezado su frenético taconeo. Rufus, que estaba muy cerca bebiendo agua, se ha vuelto hacia el televisor, interesado y sorprendido. Habrá decidido ver el espectáculo completo, porque se ha situado en el suelo, en una posición discreta, bajo una butaca preferida, y ahí sigue, mientras también sigue el desfile de flamencos (ahora Prado Rodríguez baila en vaqueros; antes una cantante árabe y una bailarina sufí le han hecho sitio al bailaor del traje rojo). "Por fin un gato que ve la tele", dijo G.
Tengo que decir del alivio de Rufus con la marcha de la flaquita y nerviosa Vera, comparable al mío. Como G., me siento algo culpable, pero hay que reconocer las propias limitaciones, aunque sean coyunturales. Me encantan los extraños rituales de mullido del aire de Rufus. Y sus volteos abdominales cuando le acaricio. ¿Quién te ha dibujado con tanta perfección?, le pregunto, y me mira con sus ojos sorprendentes. ¿Quién te colocó cada raya de tigre en su sitio justo? Se yergue, majestuoso, o se entrega, con esa boca de línea negra que parece sonreír.
Olvidé hablar de lo mucho que me gustó Agua viva de Clarice Lispector, regalo de la Otra Bel, por su construcción poética única, por ese hilo que va tejiéndose casi sólo con su nervio interior, por la fuerza (hipnótica, dijo ella) de su propia voz, por su conexión con la naturaleza y con todo, por la vitalidad de su escritura sólo suya. Su descripción libre y a veces salvaje de las flores, de la intensidad y gradación de sus efluvios, de los espejos, de todo lo que va viendo y tocando con unas yemas de los dedos febriles, como en aquel texto de Barthes sobre el lenguaje. Me interesó aún más ahora que estoy tan ciega y sin encontrar la música ni el orden ni la forma de mi interrogativa novela. (Yo, que fabrico el futuro como una araña diligente. Y lo mejor de mí es cuando no sé nada y fabrico no sé qué...). Acaba la escritura de ese libro en el propio hechizo. Supongo que no cualquiera accederá a esa escritura poderosa y única, pero quienes puedan serán hechizados. (Ahora canta alguien de fusión entre francés, música árabe y flamenca).
Anoche, entre las oleadas de sueño brutal en que me sumió el virus de Vera, forcejeando con él gracias al asombros oscilococcinum (que aquí vale el doble o triple que en Francia, según las farmacias, es un escándalo), fui con B. al cine a ver esa película de la monja medieval (Hildegard von Bingen) de Margarethe von Trotta, Vision, y me gustó, de factura clásica pero con unas imágenes maravillosas y la mirada feminista de esa monja medieval que supo abrirse su camino al conocimiento, la medicina natural, la belleza y lograr independencia y sostenerse con sus visiones sin que los que la acusaban de hereje lograsen su objetivo, usando su poder intuitivo y su sagèsse (B. la comparó a Santa Teresa, con razón), su forma de hablar de la naturaleza, del amor sáfico, de la amistad en medio de las luchas de poder, las paradojas, los celos, sus reflexiones que hacía tiempo no llegaban por aquí. Y esos bosques alemanes, esos árboles. También me gustó mucho escucharles hablar, y qué maravilloso sonaba el latín con acento alemán.
Ha muerto Claude Chabrol. No es que fuese de mis favoritos, pero a veces me interesó y sobre todo, es la sensación de que se muere mi mundo, de que todo desaparece... Claro que podemos envolvernos en libros y películas como si fuesen una segunda piel. Aun sabiendo que todos han muerto.
Por cierto, en un viejo Cultura/s, SVSJ hablaba con gran elocuencia de un libro que tal vez me interese. He decidido comprar el libro... en la red: en inglés, nuevo vale 7 euros, viejo 6 euros, e incluso junto con los 6 euros del transporte, me cuesta la mitad que la versión española, de 24 euros. ¿Cuándo se darán cuenta nuestros editores que los libros son muy caros, y más en un país donde tan poca gente lee?
Hoy he vuelto a dormir profundamente, y siempre me alegra recordar mis sueños como estos días, incluso cuando son pesadillas, o como dice mi amigo serbio, "medias pesadillas, que son peores". Pero yo los agradezco, porque me traen noticias frescas del inconsciente y me ayudan a pensar/me, y también porque me fascinan esa inteligente poética de la sustitución, ese lenguaje visual, esos modos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Bajo el sol

Foto: I.N., Allá arriba, donde los gatos, 2010 Todo parece hablarme de M., de la vejez, de la pérdida de la conciencia, de la muerte. Creo que allí es donde mejor puede estar, en esa residencia de la casa modernista y el jardín, pero qué grande es el poder de lo simbólico, que lo arrastra todo como un volcán, con la memoria como lava en flujos ardientes y múltiples, inundando el mundo alrededor.
Dijo alguien que al visitarla, M. comentó lo bonito que era el techo y para mí esa fue una señal. Yo sabía que al menos, la belleza la ayudaría, a ella, que me transmitió sin querer, sin saberlo, su émerveillement hacia el paisaje, los pájaros, todo lo que era bonito... Cuando fui a verla, en su primer día allí, M. sólo quería que la dejáramos en paz, que nadie advirtiera su estado mental, ese cerebro lleno de desconexiones que le impide construir una frase, encontrar las palabras y los nombres. Y es que a M. siempre le importó más lo que los otros puedan pensar que lo real o lo que sienta ella misma. Esa mañana había escondido su bolso, de manera que nadie pudo dar con sus gafas y, además de su confusión, veía mal. No pudo recordar mi nombre, aunque sí identificó nuestro parentesco. Cuando le preguntaron si tenía hijos, dijo un número más grande del real y no recordó que sólo eran hijas. Cuando propusieron jugar a un juego: "¡Yo no!", dijo orgullosa, y se fue a sentar muy cerca de la tv (yo la entendí: pocas veces me atraen los juegos de grupo). Nada más dejarla sola un momento, ya se le sentaron dos hombres a los lados, luego tres, aunque había otros sitios vacíos. Sonreí interiormente imaginando una vida otra de M., como una nonagenaria que conozco, que ha tenido tres enamorados en su residencia: le duran poco, porque van muriendo, nonagenarios también, pero la cuidan y le regalan bombones y flores.
Le probé a M. una de las zapatillas chinas que le había llevado: era su número. Le pregunté si quería quedarse con zapatos o zapatillas, sonrió y dijo: "Los dos", y yo recordé la larga meditación en que sumía a mi padre enfermo cualquier disyuntiva, "¿querrás café?". Muy pocas cosas les acercan. Cuando mi padre perdió la capacidad de silbar (por un arreglo dental), sin saberlo, M. me dijo que de pronto había aprendido a silbar. Anteayer yo pensé que, aun en ese proceso de confusión, el lugar tan amplio y bonito y el jardín ayudarían a M. No había nada opresivo en el lugar, ningún olor, ninguna luz molesta, y la atmósfera social parecía más bien de un hotel des vieux, no de un lugar de reclusión. La belleza cura. G. llegó a casa rapado y radiante. Fuimos a buscar a Vera, la gata. La luz era magnífica allí arriba, pero ha sido un fracaso. ¿Por qué no hice caso de mi idea de que no me convenía tener dos? Nos la han dado enferma, con un fuerte virus gripal, no para de toser y estornudar y moquear, se limpia los mocos con una pata, con una gracia de niña de la calle y es idéntica a los gatos de Walt Disney en 101 dálmatas, una plaga, no para de maullar, estornudar y estropearlo todo, anda con las uñas, arañando, rompiendo, corriendo como un pequeño demonio y Rufus ya no quiere acercarse a nadie, sólo estar escondido, vigilándola, y de vez en cuando le pone una pata en el cuello para recordarle que él es el señor de la casa y ella, en todo caso, su hija pequeña. Ya sé que Rufus se acostumbrará, pero no es lo que yo querría. No es sólo porque sea pequeña; Gilda no fue nunca así, ni Jasper, ni Beni. Una vez conocí en París dos gatos que eran como ella, lo destruían todo, trepaban por mis medias, me perdieron las llaves de la maleta, todas las noches derribaban las montañas de libros y revistas de la sala, me desgarraron un camisón y una blusa, sólo en tres días que estuve allí. Vera no tolera que intentemos acariciar a Rufus, y a lo mejor es una gata maravillosa, pero no conectamos. Para mí, la convivencia es importante, también con los animales. Nos dijeron que, si no encajaba, podíamos devolverla y eso vamos a intentar. Lo malo es la fiesta (notre fête nationale o sólo la de los políticos?). Ayer G. y yo sentimos que caíamos enfermos, a mí me dolían todos los huesos, he dormido doce horas y me estoy tomando ese medicamento homeopático que me ha salvado de tantos gripazos. On verra bien...
Intento leer para reseñar la Calle de los Maleficios de Yonnet.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Por la calle

Foto: I.N., Reflejo en la ventana, Barcelona, 2010
Una mujer arrastra un perrillo por la correa. El pobre animal, diminuto, ligerísimo y peludo, intenta llevar a cabo su trabajo de reconstrucción histórica -no crean que enloquezco, lo vi una vez en un reportaje llamado "Mi vida como un perro"; al parecer, cada perro, al olisquear los rastros de los efluvios de otros congéneres, elabora una especie de mapa histórico de los que han pasado por allí, sus tamaños, "razas" (por llamarles así, ya que según todos los genetistas dignos, los que no son de extrema derecha, las razas ya no existen hace tiempo, ni siquiera entre los perros, todos somos mezcla, ni tampoco existe esa mayoría de Rh negativo entre los vascos; ¡no existen razas, sólo racistas!) y llega a averiguar bastantes datos de los transeúntes, sólo mediante el olor. ¡Un trabajo fascinante que puede competir con los mejores investigadores!-, pero su ama nada sabe y, arrogante y autoritaria, tira de él en su ignorancia y le conmina a seguir con gritos vulgares, convencida de que sus recados banales son mucho más importantes que el trabajo del perro... o la película de la tv, a juzgar por su expresión. ¿Y por qué tiene la gente perros, si no puede respetarlos ni comprenderlos? Si pudiera notificarnos sus conclusiones, el perrillo sería candidato a la medalla Ramón y Cajal, por ejemplo, mientras que ella no parece candidata a nada, excepto al premio a la banalidad televidente, a juzgar por los gritos que da. Yo podría intervenir: hacerle un favor al perrillo y facilitarle su labor investigadora explicándoselo a su dueña, pero dada la expresión simiesca de ella, dudo que me hiciera caso y temo que al llegar a su casa, tomara alguna represalia. ¡El perrillo parece muy delicado!
A la vuelta de mi recado y cargada con una bolsa que pesa demasiado y con mi pobre rodilla craquelée, tengo que detenerme en una acera obstaculizada. De una ambulancia privada baja una señora mayor de aspecto muy frágil y un enfermero la ayuda a entrar en casa. Se quedan parados un momento ahí en medio y él podría dejarme pasar, pero no lo hace. Imagino que, si le pido paso, podría decirme que en poco tiempo yo estaré igual. Para entretenerme mientras mi rodilla late, sigo imaginando el improbable intercambio, me imagino diciéndole: Ah no, antes... y haciendo un gesto de pegarme un tiro en la sien. Me pongo a pensar si un tiro sería una buena manera de acabar, y concluyo, primero, que más valen dulces opiáceos, y segundo, pienso en el Résumé de Dorothy Parker (por cierto, me han invitado a dar una charla sobre ella en el Laboratorio de Escritura, a finales de este mes). Mi pensamiento ha durado cosa de segundos; salvada por Dorothy P., pero... Y en ese momento me doy cuenta: la reducida vida de M., su rápida evolución hacia la total desmemoria y el deslenguaje, su ingreso en la residencia modernista, que será mañana, si todo va bien, me afecta más de lo que imaginaba.
Llego a casa y aquí está Rufus, mirándome con sus ojos de tonalidades cromáticas imposibles e irradiando oleadas de su plácida filosofía epicúrea. Pensando en el jardín de Epicuro, dentro de poco me voy a recorrer unos jardines que fueron privados y son públicos, si mi pierna acepta llevarme. Venía andando cargada de dudas y planes para mi novela, pero qué gallina, se me ha hecho tarde; tal vez maduren en ese paseo por las hiedras.

martes, 7 de septiembre de 2010

Con la lluvia

Foto: I.N., Esta tarde, 2010
Me han entrado deseos de escuchar sólo música brasileña o versiones jazzy de canciones clásicas. O sólo jazz, cosa extraña en mí. Rufus parece estar de acuerdo. Dicen que a los gatos les gusta el jazz, pero conocí un gato que sólo escuchaba música contemporánea porque a su dueño le parecía que el resto era insoportable y el gato parecía siempre interesado en aquel juego inarmónico. Al llegar a casa he encontrado a Rufus muy elegante en el sofá, con el pelaje lustroso, y ha querido salir conmigo a ver la lluvia. Pero yo he entrado a buscar algo y Rufus ha hecho uno de esos extraños gestos suyos, que consiste en venir a buscarme con unos maullidos para llevarme de nuevo a la terraza. El cielo tenía esa tonalidad gris rojiza que yo asocio a esta ciudad y que me sorprendía cuando llegué de Figueres. Allí, el viento lo barría todo y traía otros cielos.
Siguen los relámpagos. Muchas cosas pequeñas se están rompiendo en esta casa. Murió mi preciosa y pequeña tetera japonesa, daba lástima tirarla incluso rota, porque los pedazos seguían siendo bonitos, como los pétalos mustios, como las gotas de mercurio del termómetro en el suelo, pero sin su veneno. Tendré que ir a la tienda japonesa a probar suerte, si es que mi pierna quiere llevarme porque el cambio de tiempo la ha hecho regresar. Hay una gotera del piso de arriba que amenaza con hacer caer el techo sobre nosotros. Vino un perito de la compañía de seguros, vino un técnico a mirar, pero no volvió nadie y la mancha crece. Además de los pequeños golpes que, como réplicas del terremoto, siguen rodeándome para recordarme algo. Abro un armario y cae un bote de cristal sobre mi uña. Doblo una esquina y un hombre impulsivo casi me tumba. Espero que todo esto vaya a menos. No me voy a olvidar, les digo a los hados. O a mi inconsciente. Alguien que me escribe a veces me habla del golpe del Lazarillo: yo también pensé en ese golpe, por cómo me hizo aterrizar bruscamente en otra realidad; cambiar. Lazarillo no era el mismo después de ese golpe, me recuerda mi penpal, tras aceptar que le nombre así.
También se suceden los cambios de citas. Hoy dejé la presentación de Piglia por mi acupuntora y resultó que me había equivocado con la hora. Mañana...
Me ha llegado la novela de Jonathan Franzen, pero no puedo leerla aún. Me ha llegado también La calle de los maleficios de Jacques Yonnet. He leído más relatos cómicos de Mark Twain, y un relato muy poderoso de Ernskine Caldwell, especie de anticipo de La jauría humana, del racismo, la miseria, el orgullo, la explotación. Siguiendo en la línea de E. Caldwell, me he admirado de la valentía rebelde de los franceses, en huelga general, ellos sí, y con dos millones y medio de manifestantes, mientras aquí ya empiezan a bajarse los pantalones una vez más, a decir que no irán a la huelga. Este país no tiene remedio. Hace un rato leía de cómo Epicuro adoptó la postura que Pericles llamaba idiotez, es decir, apoliticismo. "Un hombre sin la polis es una solitaria pieza de ajedrez", dijo Aristóteles, y Hannah Arendt retomó esa idea. ¿Pero cómo no comprender también a Epicuro y a su espíritu, a esa "culture de soi" de la antigüedad definida por Foucault? Yo no puedo ser indiferente a la polis, pero también necesito el jardín de Epicuro.
Sigamos con John Coltrane. Estos discos son la herencia de un personaje que aparecía fugazmente en el último cuento de Algunos hombres... y otras mujeres, pero él nunca lo sabrá y la idea de ese secreto me reconforta, aunque supongo que le gustaría el texto: si pudiera aceptar que yo escribo y no sentirlo como una vieja rivalidad misteriosa. Como si la escritura fuera otro hombre, una amenaza. ¿Qué nos queda de algunos personajes del pasado? Unas líneas de un cuento que les homenajea transformándoles, una música, la esquina de una calle, un restaurante. Ese personaje confirmaba la idea de Marguerite Duras y la de Roland Barthes, en el sentido de una rivalidad entre la escritura y los partners. Por fortuna no suele cumplirse, sobre todo ahora en que todo o casi todo empieza para mí a pasar por la escritura y me es difícil encontrar interés en un territorio donde mi escritura no exista.
Rufus está persiguiendo una mosca invisible. Se ha mojado un poco con la lluvia.
Hoy he ido a la residencia donde seguramente vivirá M. Tiene jardín y es una casa modernista. La atmósfera era apacible y luminosa y he pensado que ella, que había vivido en entornos donde la belleza era importante, podría estar bien allí, vivir allí esta extraña vida suya en la que está y no está. He visto, entre los coches que zumbaban como moscas de septiembre, moscas equivocadas (¿por qué toda esa gente sigue usando el coche para desplazarse y tocar el cláxon y aparcar en las aceras? Es una pobre ciudad equivocada), he visto algunos árboles y unos plumeros que se agitaban en la brisa, en una pequeña frescura contra el bochorno de esta tarde.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Rentrée

Foto: I.N., Rufus, con la sombra de una antigua prisión, como en el cuento de Grace Paley ("A Subject of Childhood"), o como en el poema del Romancero que una vez canté a los presos de Quatre Camins, 2010
Yo sé de la rentrée por el concierto de sollozos (¡y aullidos!) del colegio que queda junto a mi casa. Es el signo de septiembre. El pistoletazo de salida. Pero no crean que dura unos días, no, se prolonga durante todo el mes y en octubre aún colea, aunque en general no es tan insistente. Ahora lloran a matar, todos a una, como Fuenteovejuna. Lloran y lloran con tal rabia y desesperación que cuesta no contagiarse. Sobre todo, si me acuerdo de los periódicos. Tengo una amiga que teme no poder volver mañana de los Encontres de la Photo de Arles, porque en el país vecino, mientras aquí se bajan los pantalones y deciden tragar como tontos, como siempre, todos los abusos y medidas del latrocinio y apoyo a los Bancos, allí se arman y van a la huelga en todo el sector público. Y cuando allí dicen huelga, no suele ser broma, es de verdad y los franceses lo aceptan, aunque eso suponga ir andando al trabajo, si uno no está en el sector público y no le afecta. Pero se me ha cruzado un tema de Polis...
Para compensar, escucho a Cecilia Bartoli cantando las arias de Gluck, incluso canto bajo su voz... Hace mucho calor. Rufus se esconde entre las macetas. A ratos parece completamente integrado en este paisaje, ya recorre y explora todo, a veces me pide que le acompañe a algunos sitios, otras veces le descubro investigando o dormita en el sofá o sus rincones preferidos de la terracita. Ya no hay lugares de la casa que tema como si viera fantasmas. Pero antes, cuando me ha visto correr hacia la puerta, se ha asustado y se ha escondido, pensando que le perseguía, y nos ha costado muchísimo convencerle de que saliera. También ayer, G. hizo un gesto brusco para proteger su cena y el pobre Rufus se agachó y escondió, pensando que le iba a pegar. Esos gestos cuentan de la crueldad y la tristeza históricas, de una vieja violencia. En esos casos le acariciamos como al snark carrolliano, intentamos demostrarle que eso no le pasará nunca más, que nosotros no queremos hacerle daño, sino intentar que sea feliz en esta casa. Es tan guapo... tiene las rayas y las manchas atigradas en los lugares perfectos e incluso sus torpezas por el peso de su barriga (también sutilmente atigrada) participan de su encanto, como su cola vencida, donde debieron hacerle daño alguna vez con mucha violencia. Me dijo la comunicadora de animales que Rufus temía sobre todo su propia tendencia a la sumisión, pero que pronto se daría cuenta de que estaba en el lugar perfecto. Pero el sábado, yo estaba agotada tras una noche sin sueño. Sentada en el sofá, le vi mirarme en la terraza y sentí cómo me llegaba una ola de su tristeza y dudé, me puse a preguntarme si yo, con mi historial, sería la persona adecuada para rescatarle, si podría contrarrestar ese peso hacia abajo. Pero a la mañana siguiente le vi tan contento y tranquilo examinando la casa con espíritu de Sherlock felino que mis dudas me parecieron una tontería.
Rufus no para de "mullir la lana" aun sin ella, lo hace en el aire, o apresando nuestros dedos con esos almohadoncillos negros que tiene en las patas delanteras, o en cualquier superficie, en un gesto de acunarse, un gesto regresivo que le tranquiliza, como el ronroneo de todos los gatos. He estado leyendo más Steinbeck, Cannery Row (me gusta mucho ese principio; por cierto, el libro me llegó el único día en que nos visitó el cartero, tras un mes y más de vacaciones de Correos, en un día llegaron siete paquetes) me he reído con el humor de Mark Twain (qué delicioso ese librito de Navona, hay un capítulo sobre la dieta europea que asombrará a cualquier lector, y el irónico "Abelardo y Eloísa" no tiene desperdicio, o la melancolía autoburlona e hilarante de "Un auténtico penco mexicano"...), y ahora me toca seguir traduciendo, antes de que lleguen las mareas del museo y de preparar un poco mis cursos de esta rentrée. Aunque a veces me entren ganas de esconderme como Rufus entre las macetas o de unirme al concierto de llantos desesperados (creo que deberíamos hacer una gran manifestación llorando a gritos por este pobre país y sus desastrosos políticos y sobre todo, por esa terrible tendencia a la sumisión que parece dominarlo todo). Y sigo escribiendo extrañamente, contra lo esperado y la planificación, a ciegas, sin saber nada, con la sensación de que tengo que hacerlo, de que luego vendrá una fase más clara y luminosa, de que, como dijo mi amigo serbio, mientras escribo, algo ocurrirá... Por cierto, le escribí a EVM contándole de ese cambio inesperado en mi espíritu que ahora sí me permite seguir su consejo y seguir simplemente adelante sin pensar tanto en la invisibilidad o el no-reconocimiento y me gustó su respuesta, ingeniosa y atinada.
Vi Bright Star, que me gustó y me disgustó, casi a partes iguales. Había algo impostado, que me irritaba, como el vestuario rígido y encorsetado y demasiado nuevo de la protagonista, que estropeaba su belleza y su asombrosa tersura. Me gustaba mucho la voz del actor que hace de Keats y oírle esos poemas que son familiares,´escuchárselos con esa voz, qué deseo de volver a todos mis poetas ingleses favoritos, no sólo los románticos! Esos poetas que sintetizaron cosas grandes que inspiraron a los narradores y cineastas, como el Splendor in the Grass de Wordsworth o el Tender is the night o los Magic Casements de Keats, por no hablar de Coleridge, de Christina Rossetti y de los que vinieron después, Yeats, T.S. Eliot, Auden... Ah, qué deseo de volver con ellos... Cómo comprendo en este momento a ese abogado que sólo lee y relee a los poetas ingleses...

viernes, 3 de septiembre de 2010

Lo inesperado


Foto: I.N., Rufus, de cerca, una foto oscura, aclarada por Jordi Esteva, 2010
Con los gatos todo es siempre inesperado", me dijo A.R., que siempre ha vivido en compañía de felinos, y tenía razón. Ayer no nos dejaron ir a buscar a la gatilla gris y blanca que aún no tiene nombre. Hoy hemos ido, pero no nos han dejado llevárnosla (hasta el martes, porque medican a todos los pequeños contra un virus intestinal leve) y hemos vuelto con el gatazo Rufus, que se ha estresado muchísimo con el viaje y aún respira hiperventilando, aunque ronronea y se deja acariciar. Pobre Rufus, tiene una historia traumática, es un superviviente. Llegó a la protectora con una tristeza tan grande por lo que había sufrido, abandonado y en la calle, que estuvo al borde de la muerte. No quería comer y tuvieron que alimentarlo con suero y tratarlo mucho tiempo. Nadie daba un duro por él. Pero sobrevivió, se hizo fortachón y tal vez del alivio le creció una barriga redonda y asombrosa, que le desequilibra al andar, y se convirtió en un gato-almohadón, que sólo quiere que le acaricien su redonda barrigota. Con todo, es muy guapo, se parece a Gilda, aunque su cara tiene una estilización felina más pronunciada y no se ha quitado el guante, como Gilda, sino que lleva mitones blancos, en un gesto post-punk. Al llegar, maullaba y se resbalaba investigándolo todo. Luego se ha instalado en el cuarto de invitados, para vigilar las idas y venidas del pasillo y al fin en uno de los antiguos sitios de Gilda, y ahora dormita y ronronea muy cerca de mí, aun respirando deprisa, pero ha aceptado las flores de Bach que le he ofrecido para pacificarse, y a veces, cuando lo acariciamos y cepillamos, da un hondo suspiro de alivio. He llamado a su cuidadora y me ha dicho que era normal que hiperventilara, y que como pasó las mil y una, seguramente ha creído que iba otra vez a la calle. "Ya se le pasará, hay que dejarle tiempo..."
Anoche no resistí la tentación y me leí dos cuentos de Henry James que había recibido de Navona, "Compañeros de viaje" e "Historia de una obra maestra", bien traducidos (lo cual no es cualquier cosa; todo el mundo sabe lo endiabladamente difícil que suele ser mi adorado Henry James para los traductores), bien editados y espléndidos, aunque no sean del James maduro, penetrante y prodigioso de su madurez, sino de los principios, más ingenuos y tentativos, menos característicos, ya tenían su encanto, ya hay atisbos de su finura intelectual o su humor narrativo y algunos momentos de insight. En los dos el protagonista se enamora de una americana viajando por Europa -uno en Italia, embriagado de arte y sol, y otro en Suiza-, y los dos expresan esa fe asombrosa en el arte, en la capacidad para emocionar y alterar la percepción de las cosas. En el segundo, un hombre enamorado a punto de casarse encarga el retrato de su novia a un pintor que ya la conocía; el pintor había estado enamorado de ella y sufrió y se decepcionó al comprobar que era fría y su retrato permite al narrador darse cuenta de la parte terrible de esa mujer, pero su reacción imprevista, imprevisible, contra la lógica aparente de las cosas pero siguiendo la lógica oculta del inconsciente, en un final que no revelaré, me recordó al gesto final del Swann proustiano con Odette, sólo que Swann no necesitó ese rito liberador para hacer lo que finalmente hizo.
Anoche me entrevistaron en Com.Radio hablando de Kosovo. Pensé que no tendría nada que decir, pero hablé sin parar y no me quedó tiempo para comentar directamente la posición española, aunque podía derivarse de lo que dije. G., que estos días está sumido en sus inminentes exámenes, me escuchó por Internet, me felicitó, dijo: "Parles molt bé, fas unes frases llargues, amb moltes subordinades i jo pensava: se'n recordarà de perquè ho deia? I sí, no perdies el fil. I la teva veu sóna bé per la ràdio, si tinguessis un programa..." Eso me bastó para alegrarme.
A veces, traduzco algún capítulo de Maeve Brennan y me gusta tanto que se lo mandaría a los editores, para que vieran qué bien queda. Pero luego pienso que debería corregirlo y perfeccionarlo y sigo esperando. Ese libro es realmente magnífico. Tengo una mosca zumbando en mi interior, una agitación honda que se ha expresado en el cuerpo antes de poder abordarla. Estaba pensando estos días en lo que ha cambiado en mí, en si Confucio me habría concedido la hidalguía al no experimentar amargura pese a ser ignorada por los humanos, en que ahora me importan más los indicios de que todo acabará saliendo en su momento, procuro simplemente disciplinarme, avanzar en lo posible y no angustiarme de lo que vendrá, aunque sólo fuese por economía psíquica. Pero entonces, de pronto, la llegada de Rufus y la historia de su trauma por abandono retumba con ecos de mi infancia, retumba en lo que intento escribir, en la borradura de M., en la falta de empatía y los experimentos de Mengele que la acechan sin que ella pueda ni tal vez quiera protegerse, por ese terror a la soledad, a ser abandonada, que siempre la llevó a los peores peligros. Y todo se revoluciona inesperadamente.
Mi reseña de Maupassant en La Vanguardia Cultura/s

lunes, 30 de agosto de 2010

El reino de los gatos

Foto: I.N. Gato en la ventana, Alpes Haute Provence, 2010
G. y yo hemos ido esta mañana a la protectora del Tibidabo. Estábamos a punto de irnos a buscar una gatilla a una masía del Ordal, cuando él me ha propuesto mirar antes en la de aquí. Así que hemos enfilado el camino del tramvia blau y luego por lo pedregoso, para ser recibidos por una orquesta de ladridos impresionante y unas escaleras dignas de Escher: a mí, que llevo dos semanas sin poder utilizarlas, me han descorazonado. Pobres perros enjaulados que pedían ser rescatados... Pero cuando al fin hemos accedido a la parte superior, donde viven los gatos, yo maldecía haber olvidado mi cámara. Quelle merveille! Los gatos andan sueltos por el recinto de sus jardines escalonados, con una especie de bungalows abiertos con literas y camitas, corretean por escaleras y tejados, dormitan dentro y fuera y todo el territorio es el reino de los gatos.
¡Qué espectáculo! Gatos sinuosos, siempre escultóricos y estilizados como bailarines, gatos ovillados, somnolientos y ociosos o caracoleando en escalones y tejados, gatos acicalándose, gatos peleando, gatos despectivos y arrogantes, gatos zalameros y afectuosos, gatos hedonistas, sensuales, hoscos e inasequibles, gatos risueños, orondos, desperezándose y con el único deseo de ser acariciados...
Era muy difícil elegir. Todos los que me gustaban (atigrados o negros) eran salvajes, gatos que no pueden vivir en un piso, o de carácter difícil. Había una que me tenía convencida a pesar de las recomendaciones (yo pensaba: ¡Gilda también era tigresa! Y como dijo el veterinario: "Todo gato lleva un tigre dentro". Tampoco buscaba uno de esos gatos como ositos de peluche, que se dejan hacer todo), era guapa y atigrada y no paraba de acariciarme con esa lengua seca y áspera, abrasiva, de los gatos, hasta que de pronto me ha mordido y eso parecía un signo, dos dientecillos afilados en la mano (la marca ya desapareció).
G. pensaba en su tiempo, en sus exámenes de septiembre. Yo tenía que desbeber urgentemente. Y a la pobre directora le sonaba el móvil a cada minuto. ¡Una locura! Un viejuzo con muletas y un pie muy corto sobre un zapato gigante andaba peligrosamente por allí, buscando un gato determinado, siempre a punto de atropellar a varios gatos o de caer sobre ellos.
Había gatos negros, blanquinegros, romanos, rubios, pelirrojos, grises, tricolores, pero era tan complicado. Algunos salían huyendo, otros nos perseguían, otros nos miraban lastimeros, con esas mudas peticiones de ser secuestrados. Pero no siempre coincide el deseo ni las limitaciones: yo no tengo jardín y no conduzco, quería una sola gata pequeña y ya tuve un siamés y un gato rubio pelirrojo...
Cada vez que yo preguntaba: ¿Y éste? Me decía la responsable: "Éste es un salvajito... o Ésta es una salvajita..." O también: "Este gato siempre ha vivido en jardines, no puede vivir sin jardín" (Cómo le comprendo... En realidad, yo tampoco sé vivir sin jardín).
Al fin hemos elegido una gatita pequeña, gris y blanca, que nos seguía prudentemente, sin dejar de vigilar las zarpas de algunos gatazos. G. enseguida lo ha dicho: "Tú sigue, ella vendrá detrás..." No era la gata que yo imaginaba, y la belleza para mí es importante, pero no le faltaba gracia, aparte de esas patas huesudas y grandotas de bambi que tienen todos los cachorrillos. Lástima de cámara, ni siquiera la he retratado con el móvil. Era todo tan extraño... Tantos y tantos mininos y tantas escaleras... Y una zona de suelo peligrosamente deslizante... Y por otra parte, G. y yo nos hemos quedado prendados de un gatazo gordo, atigrado, enorme, que sonreía como el gato de Cheshire y sólo quería que le acariciáramos la barriga. "Éste es un amor", decían las dos cuidadoras.
"¿Y llevarnos los dos?", me ha preguntado G. Pero yo no sé si podría coger en brazos al gatazo... "A ése habrá que llevarle en carretilla", ha dicho L. al contárselo. ¡Y qué bien quedaría en una carretilla! Su majestad felina la convertiría en una lujosa carroza de cuento. Lo cierto es que, juntos, el gatazo y la pequeña gris y blanca serían una extraña pareja. Ahora nos toca esperar los 4 o 5 días de aislamiento, análisis y cura de la gata blanca y gris y que nos certifiquen que está lista para la adopción. "Si no nos dan a la blanca y gris, nos llevamos al gatazo", le he dicho a G. en un arrebato. Y ahora, Dans ma cervelle se promène...
Mi reseña de Maupassant en La Vanguardia Cultura/s

domingo, 29 de agosto de 2010

Ayer

Foto: I.N., Pequeño cielo urbano de hoy, 2010
Fotografié las nubes, eran blancas y purísimas, compactas y ensoñadas como las de la portada de It's a Beautiful Day. Luego, mientras hablaba por teléfono con L., vi una luna sorprendente, roja y muy baja y dudaba de mi vista. L. no podía verla desde donde hablaba, así que no podía discutir, pero cogí los prismáticos y era impresionante. Con ellos ya no se veía roja, sino blanca y gris y con esa textura tan clara y sólida que tiene cuando la miras por un telescopio. Era muy extraño. Mientras seguíamos hablando le hice unas fotos, pero mi cámara está un poco loca desde que se me cayó, me dice que guardará las imágenes en la memoria interna y luego no me las enseña, dice que no están. Una vez ya me pasó y de pronto volvieron a salir, así que no he perdido la esperanza.
Hoy el cielo sigue sembrado de esas nubes tan etéreas y esperanzadoras como en el poema de Baudelaire, donde las nubes son ya la única esperanza.
He quedado con T. para ir a ver la de Woody Allen, que sigue siendo una debilidad mía, y me ha gustado, era como seguir la conversación alocada de Whatever Works, no tan redonda y mucho más negra, pero hilarante, pesimista, implacable a veces con sus pobres personajes, con esa reflexión sobre el azar y lo inesperado y la imposibilidad de las cosas. En realidad, el único personaje al que salva es la mujer que quiere creer en la reencarnación y con eso mantiene la ilusión en otras vidas al margen de lo que ocurra en la suya. Qué traducción tan cursilona de un título gracioso. Cualquera que haya ido a una vidente clásica conoce esa expresión: "Conocerás a un hombre alto y moreno..." You Will Meet a Tall Dark Stranger, nada de "el hombre de tus sueños". La frase de la bruja apunta a algo individual concreto lleno de todas las posibilidades y ambivalencias, no a un ideal. Al salir, T. me ha enseñado un mensaje que le ha mandado un antiguo paciente que parecía salido de la misma película. Era una locura. Le he dicho a T. que el otro día comentábamos la Otra Bel. y yo la mina literaria que son los taxistas y no había pensado en la de los médicos. Dice T. que los pacientes le cuentan cosas que luego olvida, pero que si las apuntara, el conjunto sería completamente surrealista. "No puedes imaginar las cosas que cuentan algunos". Y es que la gente necesita contar su vida y no sabe a quién. A los que escribimos nos gusta escuchar -no todas las historias, pero algunas nos resuenan y disparan los relatos- y a veces la gente se disculpa por habernos contado algo que en realidad nos ha ayudado a pensar. Otras veces, en cambio, la gente quiere contar una historia que cree que será buena para un libro y entonces no nos resuena ni nos interesa nada.
Iba a coger un taxi, por consideración a mi rodilla, pero no he encontrado ninguno, así que he ido andando, como en los viejos tiempos, algo preocupada. He visto que un caserón que fotografié para mi libro de la ciudad ya ha caído bajo la piqueta. Era un bonito caserón, hacía esquina y era precioso el juego de luz y sombras que se reflejaban al atardecer. Tenía elegantes persianas con unas finas molduritas. Belleza destruida, ¿para qué? Para construir más pisos mediocres que nadie comprará (ya tenemos un récord de pisos vacíos). A la vuelta, T., que me ha traído en coche, me ha examinado la rodilla, y aunque dice que ella no sabe nada de "trauma", la veía mucho mejor. "Guíese por el dolor" me dijo el traumatólogo deportivo, y eso hago... Yo necesitaba reírme un rato en el cine porque la historia de M. y sus vicisitudes de estos días pasados han llegado a proyectar una sombra de tristeza densa y de locura ciega, que cae como un peso. Pese a todo, procuro seguir escribiendo y disciplinándome, no hacer caso de lo exterior. Curiosamente, un escritor nocillero con el que no conecto dijo algo en un blog que me sirvió como consejo pragmático, aunque me gusta más la formulación de mi amigo serbio. Todos los caminos llevan a alguna Roma, la de la loba capitolina.
Ayer estuve descifrando jeroglíficos, es decir, traduciendo a Giono, y aproveché para consultarle a L., y buscar posibilidades en el María Moliner. Cada frase está llena de acertijos y luego hay que buscar otras posibilidades en castellano y la lengua se me resiste y tengo que forcejear... Ayer había una frase: Elle n'avait rôti de balai que dans des sous-préfectures ou des villes de garnison, ce qui éxige évidenment de la cuisse mais sourtout un sens profond des affaires et une solide imagination. "Rôtir le balai", asar o quemar la escoba, significa llevar vida libertina (en su caso, ya que al personaje lo define como una lorette) o también trabajar mucho sin medrar ni conseguir nada (justo lo que yo hago con esta traducción, en la que gano menos que la señora que viene a limpiar), y la traduje "Sólo había batido el cobre en su oficio de Mesalina en sub-prefecturas o en cuarteles, algo que exige evidentemente buenos muslos, pero también un agudo sentido de los negocios y una sólida fantasía" y en vez de lorette puse coscolina, que fue uno de los pocos apelativos no despectivos que encontré para el oficio (lorette es lo mismo que cocotte), y me preguntaba si no podría utilizar alguna de las palabras y expresiones maravillosas que leo en el Quijote (porque sigo con él, lo alterno ahora con la última novela de mi amigo serbio, que es paródica, ingeniosa y a veces desternillante, con escenas de puro Lubitsch, y llena de metralla crítica).
Se me olvidaba: leí Los árabes del mar de Jordi Esteva con la intriga quien lee un buen thriller, arrastrada por su búsqueda de la belleza y el misterio (los mismos que aparecen en sus fotografías) que quedan en el mundo y por esos personajes que van hilando historias, no sólo mitos y leyendas de la tradición árabe, sino también la Historia reciente y sangrante más allá de los estereotipos y prejuicios occidentales, discerniendo las diferencias entre lo islamista y el legado cultural preislámico, con mujeres libres y cultas y muchos tés y cafés con cardamomo y platillos sugerentes como las pakoras y las samosas y los curries de pescado, con los ritos de la cortesía y la hospitalidad de ese mundo musulmán.
Oh, las nubes vuelven a ser luminosas... Ya no se parecen a aquella portada años setenta que resumió mis sueños en un festival francés, donde conocí a un suizo que pasó años mandándome postales desde otros festivales del mundo, y yo sólo fui a verle en un sueño inducido. Pero las nubes siguen teniendo su encanto en esta pobre ciudad desarborizada y aún silenciosa, en la tregua de esas obras permanentes que siguen agravando el cambio climático y el hambre para mañana.
Ayer puse otra frase de Giono en Fb nada más sacarla del horno y algunos la aplaudieron. Decía así: "On ne peut pas vivre dans un monde où l'on croit que l'élégance exquise de la pintade est inutile" ("No se puede vivir en un mundo donde se crea que la exquisita elegancia de la pintada es inútil"). Mi amiga americana vino a preguntarme: Who would want to live in a world like this? Yo le contesté: Nadie, excepto nuestros políticos mutantes.

jueves, 26 de agosto de 2010

A veces pienso

Foto: Eva Huarte. A la vilamatiana gata negra de Eva H. le gusta La plaza del azufaifo, 2010.
A veces pienso que estas traducciones mías tienen un efecto terapéutico. Hoy el médico del gimnasio, que me había ofrecido una visita como esos servicios que van incluidos, me ha manipulado la pierna con tanta fuerza que ha logrado que me volviera el dolor. Me ha dicho que me dejara de homeopatía, que sin antiinflamatorios y tres semanas más de reposo no bajará, me ha preguntado qué tal mi estómago (si era a prueba de balas, quería decir) y me ha recetado unos de esos potentísimos que hicieron mascullar al dr. M: "Sí, a los traumatólogos les encantan los aintiinflamatorios, pero luego nos vienen a nosotros los pacientes con hemorragias de estómago...". He salido de allí humeando y he llamado a mi homeópata, que está en Francia y no puede verme la rodilla. Ella opina que tanto reposo sólo causa atrofia y no es la primera médica que me lo dice. Me ha cambiado el medicamento homeopático al saber el nuevo diagnóstico y me ha dicho que pruebe durante tres días y que en esos tres días me quede quieta. Luego he hablado con L. quien, con el sentido común y los pies en la tierra que la caracterizan, me ha dicho: "Yo haría caso de tu homeópata. Él es uno de esos médicos deportivos, pero tú no pretendes correr una maratón". Yo visualizaba esos chutes que les ponen a los ciclistas en pleno Tour y se me revolvía el higadillo.
Al volver a casa me he puesto a traducir Maeve Brennan y su mirada irónica y comprensiva hacia lo que ve en las calles de ese Nueva York popular y envejecido me ha consolado, como otros días me consuela Jean Giono. Cuando acabo de traducir vuelvo al Quijote, que sigue maravillándome. Hoy quería haberme llegado a una librería con una idea precisa, pero el consejo de la inmovilidad me ha retenido. Me cuesta mucho esta vida sedentaria, aunque sea visitada, pero sin mis caminatas, sin mis incursiones callejeras. Es un aprendizaje de paciencia que no habría imaginado. Mis amigos me recomiendan una copa de buen vino.
Sigo muy desconcertada por las vacaciones de Correos. Hace un mes que no reparten. Llamé al distrito, me dijeron que a ellos tampoco les llega correo y que si está retenido, será en Madrid o en algún otro sitio. Así supe que el correo internacional pasa primero por Madrid antes de llegar a Barcelona. Me quedé estupefacta. Pero si viene de Francia o Inglaterra, por ejemplo... "Ah", me contestó la operaria, "pero tiene que pasar un control". No le pregunté por qué no puede hacerse el control en Barcelona. Tanta conversación de transferencias y Estatuts y hasta el correo tiene que irse a Madrid antes de llegar aquí. La operaria también me dijo que todos los días pierden empresas clientes, que se pasan a los transportes privados. No le dije lo que pensaba. Sé que los servicios de Correos ingleses, por ejemplo, son mucho más económicos y mucho más eficaces que los españoles; eso me dijo un librero una vez, y la verdad es que lo que ellos mandan llega mucho más deprisa, a pesar de la lentitud de los de aquí.
Y también sigo poniendo música para contrarrestar el estruendo de las máquinas que rompen las calles. No paran de abrirlo todo. En la calle, un tendero comentaba el otro día que las obras sólo sirven para que unos cuantos se enriquezcan con ellas.
Estaba a punto de ir en coche con G. a ver unos gatillos abandonados de l'Ordal y no me he decidido. En parte por mi tentativa de tres días de reposo. En parte porque hay momentos en que no puedo resistir más el vacío que ha dejado Gilda y otros en los que me pregunto si no es precipitado, si no debería aprovechar la sensación de libertad... La marcha de Gilda me ha dejado una inesperada sensibilidad empática por el mundo animal. Por la calle cruzo miradas con los perros. Firmo en todas las campañas contra el sufrimiento y el maltrato a los animales. He puesto el link de IFAW entre mis blogs favoritos. Hay un reconocimiento ahí...
And last but not least. Llevo dos mañanas escribiendo contenta en el maremágnum de mi novela, aunque sigue siendo a ciegas, sin saber, sin ninguna certeza ni garantía, casi sólo acumulativamente, pero qué felicidad a veces...

sábado, 21 de agosto de 2010

Se me pasó la semana

Foto: I.N., Mobiliario del Museu de Ciències Naturals, 2010
Se me pasó la semana sin darme cuenta.
Vi Le plaisir, de Max Ophuls, como continuación hechizada de mis lecturas de Mouche y de La vida errante. Leí Tortilla Flat, de Steinbeck, por recomendación facebookiana de X.A. (y para celebrar que Navona los ha publicado) y esperaré a que me lleguen Cannery Road y Sweet Thursday para seguir su consejo ordenadamente; es una trilogía "hispana" muy distinta al Steinbeck que yo conocía, leí que se le ha criticado de estereotípico en su retrato de esos hispanos, pero lo que a mí me interesaba era algo más universal de esa nouvelle, la actitud vital de esos amigos desesperados, pobres y desencajados del mundo, a los que una borrachera lleva a la guerra y otra a la cárcel, y de cómo la herencia de unas casas pesa sobre uno de ellos con una fuerza capaz de desencadenar su destrucción. Hay un humor y una melancolía sobre la condición humana y el mundo, sobre la sensibilidad, la pobreza y la inadaptación que también están en Las uvas de la ira, en De ratones y hombres, en El invierno de nuestro descontento, Al Este del Edén. Pero hay aquí algo muy distinto de sus grandes novelas americanas.
Anoche vi, por la Otra Bel, una versión de El amante de Lady Chatterley que me hizo pensar en la terrestridad y en algunas extrañas parejas y en el trasfondo de libertad en lo amoroso que transmitía la novela de D.H.Lawrence, y que yo leí de pequeña, furtivamente, pero que asocié siempre a la fantasía de una amiga mía.
Tras la primera resaca del golpe, he pasado días traduciendo Giono y Brennan, trasladada al sofá por mis condiciones post-accidente; es una forma de luchar contra mis impulsos de andariega. Algunos amigos han venido y vienen a traerme cosas que necesito. Alguien vino a comer un día en que yo apenas me tenía en pie, y sentada, hice una coca de verduras, desoyendo sus comentarios sobre el calor y la atmósfera. Sigo echando de menos la belleza de Gilda, mi gata sabia y afectuosa, y su compañía protectora y llena de humor felino, pero me ha dejado muchas cosas como regalo, y su generosidad y su relación con la naturaleza me ayudan ahora a recuperarme. Esta tarde pensaba riéndome en las frases irónicas de un amigo balcánico: "¡Hay que aceptar estoicamente el fracaso! A mí antes me irritaba; ¡ahora cada vez lo acojo con más ganas!"
Estuve buscando poetas y poemas hispanos para que le leyeran a M. en voz alta. Por lo visto M. agradece esas lecturas: aunque ella ya no pueda formular sus frases, ese misterio no del todo inteligible de lo poético le produce cierto placer. No fui a verla: pensé que mi aspecto la asustaría, a ella, que sólo se preocupa por lo visible.
He visto, gracias a Stalker, una entrevista (con imágenes de una película suya que no olvido, Ladoni (Palmas) la belleza en la miseria, el delirio, la locura, los vestigios del dolor interiorizado y mudo y de la guerra -¿de Crimea?- en personajes de la calle, de los refugios, manicomios, prisiones, de los agujeros de la ciudad) del moldavo Artur Aristakisian, incluso su forma de hablar guarda algo de ese dolor oscuro como un enigma. Ese monólogo del hombre de Chisinau que hablaba siempre en bajo con su hijo no nacido, al que su mujer renunció al dejarle. Luego he visto la película, con la música de Verdi y las historias de cada personaje y las alegorías que Aristakisian inventó. Esas frases. "La única vía de salvación es enloquecer", dice el hombre de Chisinau. "O yacer y hacerse una cama en el suelo". Y esos personajes que guardan la ropa de los muertos, algunos muertos en un psiquiátrico, "de soledad e inyecciones". Vale la pena verlo. Con su poética feroz e introspectiva y esas imágenes de "los que no tienen lugar en la Tierra" dice más del mundo y de la historia y sus márgenes que ninguna otra película.
He vuelto a la novela: humilde, ciega, lenta, tentativamente, pero en ella estoy y procuraré quedarme. Me he puesto a releer el Quijote, que me consuela de casi todo y me hace reír. En parte he vuelto porque la forma en que se levanta siempre de tantos golpes y el humor con que lo cuenta me atraían más aún en este momento. Y en parte porque de vez en cuando es bueno para mi castellano (¡al redropelo!) volver ahí y gozar con esos diálogos (el de Babieca y Rocinante! Con aquel: "Metafísico estáis./ es que no como") y esas descripciones, dejando aparte el ingenio y la maravilla de todo. Me asombra que ese Cervantes de la segunda parte me resulte tan cercano.
Voy mejorando mi estado físico: al principio, por mi impaciencia, me costaba reconocer los avances, pero hoy ha habido momentos más claros, aunque no es una progresión lineal, sin llegar a ser leninista (un paso adelante, dos atrás).
En la calle, los más viejos me comprenden. Ellos saben que una caída puede producir estos efectos. Ayer me crucé en un semáforo con un señor octogenario que llevaba bastón. Señaló al mío y me dijo, irónicamente: "Podríamos hacer una carrera... o un concurso". Me hizo reír. También me sorprendió la mirada apasionada de un joven moreno; me pregunté si se trataría de alguien con espíritu de rescate, un espíritu algo quijotesco que consistiría en buscar el dolor y la tristeza femenina para aliviarlos o que no concebiría el interés amoroso sin sentir que rescata a su dama. Quién sabe.
Me gusta tanto esta sensación de ciudad solitaria y desierta (en estos barrios) y este aire de verano, a pesar de todo... Ojalá no volviera la gente, ojalá el verano no se acabara nunca.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Mientras andaba

Foto: I.N., Cadaqués, 2010
Esta mañana hacia Correos he descubierto varias cosas. La primera, que ya sabía, pero en este caso multiplicada en intensidad, se refiere a la mala educación o el primitivismo de este país, que lleva a la gente a mirar fijamente y sin disimulo, con la boca abierta, lo que los anglosajones considerarían un insulto. Naturalmente, me refiero a las marcas de mi accidente, que atraen poderosamente todas las miradas y la sensación es parecida a la de un enjambre de moscas que se te posaran encima. La segunda, que el 90% de los hombres me miraban con franca desaprobación. Sin duda me tomaban por una mujer maltratada (y es lógico: el hematoma de la frente va bajando como ríos formando ojeras de tonos oscuros) y o bien pensaban que me lo había buscado, o bien, como sugería Bel M., les parecía una osadía y de muy mal gusto no ocultarlo.
De vez en cuando, un hombre más desprejuiciado o más humano me miraba como diciendo: "Vaya golpe..." empáticamente y sin juzgar. Muchas mujeres, sobre todo mayores, me miraban con simpatía, alguna incluso ha sonreído o me ha preguntado si me había caído, excepto unas pocas que me han dirigido la misma expresión reprobadora, como diciendo: "si te metes en esos líos o los provocas, ¿por qué no escondes tu vergüenza?" Me he quedado muy sorprendida, pero lo he tomado como uno de esos experimentos periodísticos en que un profesional de la prensa se hace pasar por indigente o por musulmana para comprobar las fobias sociales, el funcionamiento de los servicios, el racismo, etc. Al fin y al cabo, para disimular mis moraduras tendría que pintarme como uno de esos artistas del teatro No.
Al llegar a casa, una voz conocida me ha preguntado desde la otra acera: "Què t'ha passat?" Con mi miopía he tardado un momento en reconocer a un músico contemporáneo vecino que siempre parece contento de verme, un poco como si bajara de sus nubes. Al acercarse se ha quedado impresionado. Y cuando se despedía, me ha dicho "Estàs molt guapa igualment!" y me ha entrado la risa. Esta gradación de morados es una especie de maquillaje. Me acaba de llamar G., que ha visto las fotos en facebook, y comentaba con otros que se me veía muy bien en las fotos pese a todo; he vuelto a reírme. Mi aspecto tiene una teatralidad innegable.
Por la tarde he ido a otro recado y al final he cogido un taxi para volver, para no incumplir los consejos del reposo para mi pierna. El taxista me ha interrogado y sus conclusiones me han dejado estupefacta. Tras razonar correctamente que es obligatorio por ley permitir el paso al mar, ya que esos accesos pertenecen a la Marina y no son privados, ha dicho que le extrañaba que nadie hubiera ido todavía a "pinchar" al tipo que me había echado de la propiedad. Y luego me ha explicado un conflicto que tenía y en el que acabaría "pinchando" a su rival con un estoque que llevaba detrás. Aún sin saber si era un farol, yo le decía que matar a alguien no era buen asunto, y que aunque se saliera de rositas (él decía que nadie lo sabría), luego se pasaría toda la vida obsesionado con ese gesto. Pero él no parecía precisamente fácil de convencer. Ha salido del taxi para abrirme la puerta y me ha estrechado la mano con vehemencia, para mi desconcierto. Un asesino en potencia... ¡caballeroso!
He escrito mi reseña de Maupassant, algo sorprendida de sus contradicciones, de páginas deslumbrantes e ingeniosas y pensamientos modernos contrastando con prejuicios y una fuerte misoginia que nunca había detectado en sus cuentos. Necesitaba más espacio para explicar los contrastes...
Otro intento distinto de abordar mi novela. Quousque tandem abutere? Me he despertado melancólica, pensando que mi pierna no progresa adecuadamente y que sigo empantanada con la novela. Es muy difícil de resolver. Luego me ha llamado una rusófila apasionada proponiéndome que la acompañe a Crimea a recibir un premio a mediados de septiembre. Y yo con mi pierna mala buscando billetes a Kiev y a Simfeporol y dudando y soñando. Si en mi periódico me encargan algo, iré. Si no, renunciaré... de momento. Ahora volveré a Giono y a La estepa de Chéjov. O quizás vea Le plaisir de Max Ophuls...
En la revista Cuaderno de Poesía se hacen eco de mi curso en l'Escola d'Escriptura

martes, 17 de agosto de 2010

Pensaba

Foto: I.N., Desde la terraza de mis amigos, al anochecer, 2010
... que a veces soy tan belemele que acabo por reírme de mí misma. Belemele es una palabra del pasado: de pequeña conocí a alguien que ponía la voz aflautada y decía: "No me seas belemele"; me gustaba porque no parecía significar nada (al menos como adjetivo, pues designa un poblado africano en Togo y es un nombre de mujer en Polonia). Sirve casi de comodín, como el adjetivo "ñeñe", inventado por una niña que conozco y que usan todos los adultos de su casa, y no tiene relación con ñoño, sino un significado sutil que sólo ellos conocen. Lo que quería decir es que, a veces, resucita mi viejo espíritu atormentado de la infancia y estoy a punto de caer en la desolación sólo porque un troll me dice que me he merecido estos golpes y un instante después no lograba acuclillarme para arreglar el cajón del congelador y la nevera pitaba y la pierna me ardía y no se ha deshinchado rápidamente como yo esperaba y andar renqueante por la calle me agota y tengo que renunciar a paseos y recados y tampoco puedo ir a mi gimnasio alemán. Pero en ese instante me llega un mensaje del novelista y poeta levantino, que ha visto mis fotos del accidente y me manda un breve e improvisado poema luminoso y palabras inteligentes, y casi compadezco a los pobres trolls y me río de mi aspecto de mapache y mi ánimo vuelve a elevarse, un poco como en aquel soneto mío favorito de Shakespeare que no sé si convencía a Lampedusa, el 29, que habla de esos momentos en desgracia con Fortuna, en que maldice su condición de paria, y de pronto se acuerda de su amante y entonces, su estado, como la alondra al romper el día, se alza de la oscura tierra y canta a las puertas del cielo y ya desdeña la suerte de los reyes.
Dice el poema improvisado de A.G:
La piedra ha querido arder sobre ti, y sólo ha prendido la claridad más profunda de tu rostro.
Y dice el soneto favorito de Shakespeare:
When, in disgrace with fortune and men's eyes, I all alone beweep my outcast state And trouble deaf heaven with my bootless cries And look upon myself and curse my fate, Wishing me like to one more rich in hope, Featured like him, like him with friends possess'd, Desiring this man's art and that man's scope, With what I most enjoy contented least; Yet in these thoughts myself almost despising, Haply I think on thee, and then my state, Like to the lark at break of day arising From sullen earth, sings hymns at heaven's gate; For thy sweet love remember'd such wealth brings That then I scorn to change my state with kings.
Y en Facebook hay un bullicio de amigos reales y virtuales que vienen a consolarme de mis males. Una de ellas, Eva H., espíritu libre y fogoso, al ver mis fotos, me dice: "Lo superarás, y cambiará el paisaje... Con esa mirada, vas a la metafísica, Bel, y adonde quieras..." y luego añade "tu última sonrisa es de Gioconda... Imagino lo que puede salir de tí después de esto... Son momentos difíciles de los que se sale más fuerte... y tú sabes..."
Yo sigo con ese Maupassant maravilloso, que había leído como En Sicilie y ahora leo como La vida errante, y reconozco mi Sicilia en la suya y descubro con asombro sus ideas modernas. Pero de esto ya hablaré en mi reseña... T. me ha traído un bastón para que ande sin tanto vaivén. Yo, que soñaba con una recuperación inmediata, rechacé el que me ofrecía mi amigo JCM, y luego me di cuenta de mi error. La mente sigue yendo más deprisa que las piernas! Antes no he llegado al periódico, ya estaba agotada sólo de comprar cuatro cosillas. Mañana tendré que pensar algo para el pan de mi desayuno, que yo compraba en Gràcia, al final de un recorrido a pie... También en Fb, a través de Xavier A., Imma M., a quien no conozco pero que parece culturalmente afín, ha citado a Calvino hablando de Pavese en un libro que yo leí hace demasiado tiempo y ahora acabo de rescatarlo de la estantería; está en mi mesa. Xavier A. ha ido hilando pensamientos con unas lecturas de Pavese que son una tentación. Yo sólo conozco el Pavese poeta y el del Oficio de vivir, conozco al Pavese del que habla Natalia Ginzburg, pero no conozco esas narraciones ni esa felicidad en la tristeza suya que describe Calvino. Así que se añade a mi atasco de libros, agravado por las novelas de algunos amigos, que esperan ahí en la mesa...
Hoy, además de otros fastos, era el aniversario de un amigo excéntrico desaparecido, Oriol D., que físicamente tenía un parecido asombroso con Gombrowicz, y al que sigo echando de menos. Me ha llamado justamente Mihoko S., que le conocía más que yo, autrement.
He hablado con alguien del pasado, que hoy parecía otro, más civilizado. Me ha llamado una amiga artista a la que veo menos de lo que quisiera y me hace ilusión que me siga leyendo. También he hablado con un poeta que ha estado enfermo y ya se está reponiendo. Me ha llamado la Belle Elaine, que está trabajando con cierto frenesí estas dos semanas y que me debe carta. Y he entrado en contacto con una asociación de acogida de gatos, para una adopción posible... Iré a verlos cuando vuelva G.
Pero lo que hoy me ha restaurado de verdad, de forma más duradera, ha sido la hora y media matinal de escritura de mi novela, inesperada y abrupta, pero real. Veremos mañana...