Foto: I.N., John Muir Woods, 2011
Pero me di cuenta de que se me había hecho tarde mientras compraba. ¡Qué sensación de libertad deliciosa de viernes sin salir! Iba pensando, cómo no, en mi novela, que ahora me abstrae más y más, aunque no sepa hasta cuándo, ni adónde me lleva exactamente la última deriva... Entre dos o tres paradas de autobús he leído L'instant de ma mort, de Blanchot, que me ha encantado. Me ha recordado, aunque fuera muy distinto, a aquel librito delicioso de Julien Gracq, El rey Copethua. Aunque Blanchot es otra cosa. ¿Quién decía en facebook que su ficción no está a la altura de sus poéticos ensayos? En cualquier caso, esta pieza sí lo está. Ese momento de fin de la guerra en el que la muerte llega fulminante para unos y perdonando arbitrariamente a otros, haciéndolos culpables, y a la vez no faltan las extrañas epifanías, y el peso de la historia más lejana y... Todo en unas pocas páginas, delicadas y densas, como siempre Blanchot, esa poética suya tan filosófica.
Mientras andaba por la calle, me preguntaba qué quería escribir de otra época agitada y bulliciosa, en un capítulo que me ha surgido de pronto "en el vientre de otro", como decía Galeano del mundo que viene. No sé aún qué haré, si el huevo romperá o se quedará ahí, como en la panza del canguro... El otro día vi una película sobre una exposición e instalación de Esther Planas que me perdí, hélàs, en la muestra BCN Producció '10 en noviembre pasado en la Capella. Me gusta esa definición de su trabajo como "pop oscuro y situacionista". En cualquier caso, parece describir bien ese mundo suyo que prefiguraba también las movilizaciones y acampadas de los indignados, además de mostrar otras muchas cosas, con su mirada crítica y talentosa. La película está llena de una melancolía de lo urbano que une la vieja nostalgia irónica de Betty Boop con las heridas de la historia y sus luces, la destrucción de la ciudad, nuestro Angst, y ese "desde mí" empático que la muestra a ella andando por las calles con su aire algo rockero, esas calles de la ciudad ambivalente donde todo late, duele, recuerda, pero donde no falta el humor ni la indignación vital y crítica. La película es preciosa, tiene esa poética del todo, que parece reunir el universo en una secuencia de imágenes, incluso la música refleja ese todo pynchoniano, melancólico, sutil y salvaje al mismo tiempo. Furiosa conmigo misma por haberme quedado abstraída en mi dolorido invierno y habérmela perdido allí, ver esas imágenes (y escuchar la película) me llenó de la felicidad de las afinidades y los encuentros. Hace mucho que no voy al cine, pero por suerte veo estas cosas que me traen los amigos.
¿Cómo explicar? Me gustaría avanzar más con la eterna traducción de Giono, pero algo avanzo. Y en cuanto a la novela, ¡qué felicidad! A pesar de lo doliente. He escrito la enfermedad y la muerte de mi padre, reconvirtiéndola, pero la escritura es tan poderosa que ahora siento como si hubiera sido ayer y no hace doce años. Otra vez volvió a producirse ese extraño efecto mágico, difícil de explicar, que siempre se repite. Escribo sobre alguien y reaparece en lo real: un personaje que jugó un papel bien triste en la muerte de mi padre y a quien no había vuelto a ver. Al salir de un restaurante con dos amigas apareció y me vio tan estupefacta que creyó que no le reconocía. "Si supieras cómo te recuerdo", pensé yo. Por lo menos, esos días. No, él no puede imaginar, parecía más redondo e incluso feliz, sin sospechar nada de lo que ha inspirado. En esa misma calle reaparecieron una vez dos personajes que salían en uno de mis cuentos. Por teléfono y por email aparecieron otros tantos. En cambio nunca llegó el único personaje al que me habría gustado volver a ver, si es que existe todavía, en algún lugar del mundo.
Anteanoche me llamó J. y le pregunté si no le importaba que utilizara algo de él en mi novela. No es un pasaje alegre ni halagador, pero yo tengo la tentación de escribirlo. J. se echó a reír y me dijo que yo tenía derecho a escribir lo que quisiera. Dijo que le gustaba mi honestidad y al día siguiente aún seguía contento de la pregunta. "Espera a que lo lea", dijo L, con su pesimismo descreído, porque tampoco ha leído ese texto. En cambio B. esperaba esa buena reacción de J., me dijo que lo había imaginado.
Ayer fui a la presentación del Premio de Traducció Poètica Jordi Domènech, que se celebra en el Arts Santa Mònica. Ganó Antoni Xumet i Rosselló, por su traducción de Gravitaçoes, de António Ramos Rosa. El traductor y profesor Joan Fontcuberta hizo la conferencia y me citó generosamente. Antoni Clapés estuvo especialmente brillante y preciso, atinado y con su calma sapiente, contando muy bien lo que hacían y el lugar que ocupa, ¡ese privilegio casi secreto! Estaba la Reina de la Traducció, y en general, la crème de los traductores, y Clapés bromeó que si ocurría algo allí, Catalunya se quedaría sin los mejores. Estaba Anna Casassas, que dio la conferencia del año pasado, y hablamos de una posible visita mía a su campo francés, lleno de árboles centenarios. A mí me tocó hacer la conferencia de ese premio tres años atrás, cuando se celebraba en La Pedrera, bajo aquel techo maravilloso de blanco oleaje y con los magníficos plátanos del Passeig de Gràcia asomando por la ventana. Yo estaba muy nerviosa y leí Els meandres de la traducció a una velocidad imposible, pero me aplaudieron muchísimo y CHM me dijo: El text m'ha agradat molt! L'has llegit massa depressa, però si arribes a llegir més lent, el sostre hauria caigut amb els aplaudiments. Yo me quedé muy contenta de haber puesto en ese texto tantas cosas de mi vida traductora, y de que hilándolas tan locamente el resultado le gustara tanto al público traductor de La Pedrera. Anna Casassas me dijo que había leído ese texto mío, pero temo que no le gustó o lo olvidó por completo, porque no añadió ningún comentario. En cambio A. Clapés aprovechó la ocasión para elogiarlo una vez más, con ese entusiasmo suyo (considerando que la palabra griega enthusiasmo significa estar habitado por los dioses, según recordaba Galeano en la plaza de los indignados). Luego traduje ese texto al castellano y (además de la plaquette catalana de Cafè Central) se publicó en Vasos Comunicantes y puede leerse aquí, en la página 21. Ayer, un traductor al que yo sin duda he leído se me presentó alegremente como uno de los lectores silenciosos de este blog (eso siempre alegra!). Anna C. me dijo que hoy iría a uno de los últimos programas de L'hora del lector, que la nueva dirección de TV3 ha decidido suprimir. También han anunciado que suprimen la Institució de les Lletres Catalanes. Y han reducido el presupuesto de compras de las bibliotecas en un 83 por ciento. Estos políticos hacen sólo lo contrario de lo que hay que hacer en todos los ámbitos. Habrá que resistir. Yo voy a ir a la manifestación antinuclear del domingo. Saldrá a las 12h del Pla de Palau y acabará en la sede de Fecsa-Endesa. Ya sé que a algunos no les parece un tema prioritario. Si supieran lo que yo sé -lo que me han explicado los expertos y lo que he leído-, vendrían todos a la manifestación. Por cierto, estupenda la respuesta de Kiko Amat a Monzó sobre los indignados. El martes, al acabar mi clase dedicada a La tormenta de nieve de Tolstói, bajé del café a la librería Laie y estaban presentando Habladles de batallas, de reyes y de elefantes, de Mathias Enard. Lo presentaba Emilio Manzano, y me quedé un rato escuchando. Vi a Javier Pérez Andujar, de espaldas, vi al arrogantísimo RF, contemplando el mundo desde sus alturas, a Robert Cantavella, que parecía iluminado tal vez por lo amoroso o la afinidad o una conversación interesante, a Assumpta Roura y a muchos otros. Me gustó escuchar a Manzano como una prolongación del programa que se acaba y a Mathias hablando de su relación con el secreto Miguel Ángel, su proceso con el libro, lo que importaba y lo que no. Mathias, además de un escritor de verdad, es amigo de mi amigo serbio, yo defendí un libro suyo cuando aún no era famoso ni había triunfado tantísimo en Francia y en todas partes y luego le conocí en la Vojvodina, en una casa de escritores, mientras hacíamos un pequeño tour literario serbio. No me quedé al final de la presentación, para evitarme los desplantes y la condescendencia que suelo encontrar en esta ciudad tantas veces. De hecho, tenía una tarde algo melancólica, a pesar de la maravilla de Tolstói y de mis simpáticas alumnas del curso y de la infusión de gengibre de ese bonito café, me había entrado lluvia en mis zapatillas de pantera rosa e iba pensando en mis miserias de traducción, en esas desautorizaciones secretas que me impiden ganarme la vida normalmente y me devuelven a la angustia de la falta de dinero. Y sin embargo, sarinagara... Hoy me ha llegado al fin La casa roja de Juan Carlos Mestre, aunque todavía no lo he abierto, y un número viejo de Anthropos dedicado a Blanchot. Estaba a punto de escribir mi reseña del Cuaderno de noche, y sin querer, porque esto de los sueños es contagioso, he retomado los Sueños de Walter Benjamin y los de Theodor W. Adorno, que son mis preferidos. Y ahí cerca están los de Kafka. Y uno mío, que me gustaría contarle al hombre que escucha. Fui a verle ayer y otra vez salí con el espíritu ensanchado y revoloteante, no sé por qué. Tal vez porque incluso cuando, como ayer, había allí una advertencia seria, me da la sensación de que estoy tirando del hilo y salen cosas útiles, aunque no sabría explicar exactamente. Rufus corretea por la casa, dormita, sale de caza a la terracita, pide abrazos y caricias, vuelve a dormir. G. se ha ido un rato a escalar unas rocas, no recuerdo a dónde. Yo siento una paradójica felicidad estos días, sarinagara, gracias a la novela, aunque vuelva la melancolía y aunque a veces sea duro escribir ciertos pasajes. Gracias a la generosidad de alguien, he cambiado de ordenador, me he alejado de las garras de BG, y he entrado en el mundo mac. Tiene algunas imperfecciones, pero me gusta muchísimo más y ya soy libre de aquellas amenazas de virus, tan parecidas a las falsas y absurdas amenazas a que nos someten los políticos, big pharma y los medios que la sirven.
Por las mañanas alterno tres verdes chinos maravillosos, a cuál más delicado y sutil, de esa tienda parisina que me los manda junto con muestras de otros tés, igualmente magníficos. Para las tardes últimamente tomo un roïboos almendrado con unos efluvios que me arrastran a donde sea. Pero en el desayuno, oh, qué delicia: yo siempre tomaba Long Jing (o Lung Ching), pero ahora lo alterno con Lin Yun y Long Zhu...