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sábado, 25 de septiembre de 2010

Los días corren

Foto: I.N. Plátanos de la Rambla, 2010
Aceleradamente. He leído un librito de Lampedusa que compré en Sicilia, pensando que se trataba de cuentos y sin saber que precisamente hablaban de su infancia, I racconti. La introducción es maravillosa y me ha llevado al rescate del Henry Brulard de Stendhal, yo, que sigo coleccionando escritores que hablan de su infancia o de sus progenitores, y dice Lampedusa que tal vez sea la obra maestra de Stendhal y que intentará hacer lo mismo, afirma que al llegar a cierta edad, la obligación de escribir diarios o memorias debería ser impuesta por el Estado, y luego señala que intentará seguir el método "Henry Brulard" con una diferencia cualitativa. Para Stendhal la infancia fue sujeción a la tiranía y la prepotencia. Para Lampedusa, la infancia es un paraíso perdido, el paraíso en la tierra. Ese entorno principesco y barroco, esos palacios y jardines para un niño solitario, libre y querido por todos, la atmósfera de excéntricos personajes, la lectura y el descubrimiento del mundo componen estos relatos. "Non so se sono fin qui riuscito a dare l'idea che ero un ragazzo cui piaceva la solitudine, cui piaceva di piú stare con le cose che con le persone. Poiché era così si capirà facilmente come la vita a S. Margherita fosse ideale per me. Nella vastità ornata della casa (12 persone in 300 stanze) mi aggiravo come in un bosco incantato."
Y al final, entre otras piezas narrativas, hay una titulada La sirena que me ha entusiasmado. Una especie de encuentro amoroso y realista (!) con una sirena, con momentos deslumbrantes, como cuando ella llega de sus peregrinaciones misteriosas y la ve entre el agua y la tierra y su cola, que en el agua es brillo plateado y mercurio en movimiento, en la tierra adquiere un aspecto dramático, animal: "Così, impacciata da quella parte stessa del suo corpo che le conferiva ne'llacqua divina scioltezza, esa presentava un aspetto commovente de bestia ferita che il riso degli occhi smentiva invano." El relato está escrito como una carta a un amigo, y en un momento habla de la doble condición de ella, animal y a la vez divina, hija de dioses, una mezcla de sensualidad salvaje y alta intelectualidad filosófica y lo cuenta con contundente gracia: "Te l'ho già detto, Corbera, un animale era; ma era anche una Immortale ed è peccato che parlando non si possa continuanente esprimere questa sintesi che nel suo corpo manifestava con meravigliosa semplicità. Non soltanto nell'atto d'amore essa mostrava una foga e una delicatezza più che umana ma il suo parlare era di una immediatezza potente che ho ritrovato solo in pochi grandissimi poeti. Non si è figli di Calliope per niente: all'oscuro di tutte le culture, ignara di tutte le saggezze, sdegnosa di ogni costrizione morale, tuttavia essa faceva parte della fonte naturale di queste entità, ed esprimeva questa sua primigenia superiorità in termini di scabra bellezza..." Y la sirena, que es siempre libre y viajera y desaparece todo el tiempo, le tienta a dejar la vida mortal y seguirla, a evitar así dolor, vejez, miseria y muerte, y a recorrer con ella lugares de belleza infinita.
También leí dos cuentos espléndidos de La bicicleta estàtica de Sergi Pàmies, "Quatre nits" y "L'Illa", el primero sobre su origen, ligado a Le notte di Cabiria de Fellini y a Cinecittà, que es un homenaje sutil y suavemente irónico-melancólico a sus padres, y el segundo paródico y genial sobre el suicidio y las compañías de seguros y la ciudad y el tabaco; un descubrimiento.
Y releeré o retomaré (creo que lo empecé demasiado joven y lo dejé) Vie de Henry Brulard, cuando acabe de trabajar con Dorothy Parker para mi conferencia del martes en el Laboratorio de Escritura y para un artículo que acaban de proponerme en la revista electrónica Frontera D.
Mientras, Rufus sigue entre sueños y caricias de gato-almohadón. A veces juega por el pasillo con algún juguete o salta sobre mi lápiz cuando estoy corrigiendo, como ayer cuando leía el manuscrito traducido al castellano de la novela Schnitt, de mi amigo serbio, que estaba en un momento hilarante y amargo, casi quijotesco, y Rufus decidió intervenir. A veces me sobresalta su parecido con Gilda, en el lomo atigrado, otras me soprenden sus diferencias. Pese a su carácter de gato-cojín, Rufus tiene nariz de león. Para cortarle las uñas a Gilda teníamos que organizarnos G. y yo en una estrategia conjunta y sujetarla, aunque luego ella agradeciera poder seguir siendo una gata silenciosa y no tintinear por la casa con las uñas como un perro. A Rufus le gusta tanto que nos ocupemos de él y le toquemos que se deja cortar las uñas como si fuese cosa de un masaje. En cambio ayer vio algo en mi terraza que le hizo correr despavorido y enterrarse en el sofá. Le abracé y se le fue pasando el temblor y la respiración entrecortada. ¿Algún recuerdo de esa otra vida suya? A veces necesita que le acariciemos como quien tiene una adicción afectiva, como necesita su dosis de comida seca. En cuanto le acaricio, suelta un fuerte suspiro de alivio, como diciendo: Al fin...
Sigo pensando que este país es demasiado sumiso mientras leo de tanta gente que no piensa apoyar la huelga (entre ellos el conseller Saura, qué vergüenza). Envidio a nuestros vecinos gabachos, que no dudan en hacer huelga ni en salir a la calle para demostrar su fuerza. Me alegró que Joan Margarit llamase a la huelga en su pregón de la Mercè. En Facebook, con la efervescencia y la particular mezcla de agitación, imágenes y música que caracteriza ese medio, una amiga virtual que está contra la huelga se ha enfadado conmigo y me ha eliminado de sus amistades de Fb. Sé de más gente que se ha peleado por esto. Sé que algunos desconocidos toman mi vehemencia y mis exasperaciones por desprecio, pero yo no me siento en posición de despreciar, salvo en casos muy extremos.
Sigo haciendo campaña pidiendo la liberación de mi amigo persa-canadiense. Por cierto, se necesitan más firmas para evitar la pena de muerte. Bertrand Delanoë ha intercedido por él. Yo le he escrito a BHL.
Hoy he soñado que iba en un seiscientos con un amigo por una de esas zonas nuevas y feas de la Diagonal y nos perdíamos, y él se iba a preguntar, se metía en otro coche y salía en destino desconocido y yo dudaba si aparcar yo el coche y al fin lo abandonaba, abierto, y luego resultaba que estábamos otra vez en NY (aunque no lo pareciera), y yo grababa por aburrimiento unas escenas callejeras, en el vestíbulo de un hotel y en unos billares con el móvil que luego resultaban ser metraje valioso, y me preguntaba de dónde habría sacado mi amigo el seiscientos en NY, si se lo habría traído de Barcelona y lamentaba habérselo perdido y me iba a pasear sola por la ciudad nocturna y de pronto concluía con mucha calma que le habían secuestrado. Estos días he seguido escribiendo la novela a trozos y esta mañana me he despertado pensando en una escena que aún no he abordado. Intento ser, como me indicó la Esfinge, más magnánima y diplomática conmigo misma. Ella decía que pienso demasiado en no herir los sentimientos de los demás y que soy demasiado dura conmigo.
Erika B. me mandó ayer un escrito contando que han cambiado los antiguos kioscos de flores y animales de las Ramblas por unas feas casetas banales de comercios de moda y quejándose con razón de la degeneración del paisaje urbano e histórico y del bonito paseo que eran las Ramblas y que nos han arrebatado. Como la política económica y social del Gobierno, parece una especie de prueba municipal de nuestro aguante y nuestras tragaderas. Tal vez después de esto seguirán los edificios históricos, los magníficos plátanos, todo lo que queda...
Olvidaba decir que estoy sin teléfono ni conexión, y sólo revivo a ratos gracias al wi-fi de mi generoso vecino. La catástrofe empezó anteanoche, di aviso y en Telefónica (ahora Movistar) siguen burlándose de nosotros y registrando nuestros avisos de avería sin reaccionar. Tal vez esperan a contar las 24 horas prometidas a partir del día post-huelga. Ayer alguien me ofreció hospitalidad y trabajé allí, como pez fuera del agua, rodeada de orden y de colecciones de pequeños objetos preciosos. En cuanto a G., cuando vuelve de sus excursiones nocturnas, parece seguirme como Kramer, aquel personaje de Seinfeld o como una sombra burlona. A la que me despisto lo encuentro conectándose con mi ordenador, pidiendo alimento o durmiendo la siesta encima de mi cama, con su nuevo aspecto.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Otra vez el calor

Foto: I.N., Fred Basset en el parquecillo de Maluquer, 2010
He puesto la cadena francoalemana arte tv para tomarme el té y había un especial flamenco. Ha salido un gitano con traje rojo como una llamarada, zapatos rojos, camisa negra y el pelo largo, y ha empezado su frenético taconeo. Rufus, que estaba muy cerca bebiendo agua, se ha vuelto hacia el televisor, interesado y sorprendido. Habrá decidido ver el espectáculo completo, porque se ha situado en el suelo, en una posición discreta, bajo una butaca preferida, y ahí sigue, mientras también sigue el desfile de flamencos (ahora Prado Rodríguez baila en vaqueros; antes una cantante árabe y una bailarina sufí le han hecho sitio al bailaor del traje rojo). "Por fin un gato que ve la tele", dijo G.
Tengo que decir del alivio de Rufus con la marcha de la flaquita y nerviosa Vera, comparable al mío. Como G., me siento algo culpable, pero hay que reconocer las propias limitaciones, aunque sean coyunturales. Me encantan los extraños rituales de mullido del aire de Rufus. Y sus volteos abdominales cuando le acaricio. ¿Quién te ha dibujado con tanta perfección?, le pregunto, y me mira con sus ojos sorprendentes. ¿Quién te colocó cada raya de tigre en su sitio justo? Se yergue, majestuoso, o se entrega, con esa boca de línea negra que parece sonreír.
Olvidé hablar de lo mucho que me gustó Agua viva de Clarice Lispector, regalo de la Otra Bel, por su construcción poética única, por ese hilo que va tejiéndose casi sólo con su nervio interior, por la fuerza (hipnótica, dijo ella) de su propia voz, por su conexión con la naturaleza y con todo, por la vitalidad de su escritura sólo suya. Su descripción libre y a veces salvaje de las flores, de la intensidad y gradación de sus efluvios, de los espejos, de todo lo que va viendo y tocando con unas yemas de los dedos febriles, como en aquel texto de Barthes sobre el lenguaje. Me interesó aún más ahora que estoy tan ciega y sin encontrar la música ni el orden ni la forma de mi interrogativa novela. (Yo, que fabrico el futuro como una araña diligente. Y lo mejor de mí es cuando no sé nada y fabrico no sé qué...). Acaba la escritura de ese libro en el propio hechizo. Supongo que no cualquiera accederá a esa escritura poderosa y única, pero quienes puedan serán hechizados. (Ahora canta alguien de fusión entre francés, música árabe y flamenca).
Anoche, entre las oleadas de sueño brutal en que me sumió el virus de Vera, forcejeando con él gracias al asombros oscilococcinum (que aquí vale el doble o triple que en Francia, según las farmacias, es un escándalo), fui con B. al cine a ver esa película de la monja medieval (Hildegard von Bingen) de Margarethe von Trotta, Vision, y me gustó, de factura clásica pero con unas imágenes maravillosas y la mirada feminista de esa monja medieval que supo abrirse su camino al conocimiento, la medicina natural, la belleza y lograr independencia y sostenerse con sus visiones sin que los que la acusaban de hereje lograsen su objetivo, usando su poder intuitivo y su sagèsse (B. la comparó a Santa Teresa, con razón), su forma de hablar de la naturaleza, del amor sáfico, de la amistad en medio de las luchas de poder, las paradojas, los celos, sus reflexiones que hacía tiempo no llegaban por aquí. Y esos bosques alemanes, esos árboles. También me gustó mucho escucharles hablar, y qué maravilloso sonaba el latín con acento alemán.
Ha muerto Claude Chabrol. No es que fuese de mis favoritos, pero a veces me interesó y sobre todo, es la sensación de que se muere mi mundo, de que todo desaparece... Claro que podemos envolvernos en libros y películas como si fuesen una segunda piel. Aun sabiendo que todos han muerto.
Por cierto, en un viejo Cultura/s, SVSJ hablaba con gran elocuencia de un libro que tal vez me interese. He decidido comprar el libro... en la red: en inglés, nuevo vale 7 euros, viejo 6 euros, e incluso junto con los 6 euros del transporte, me cuesta la mitad que la versión española, de 24 euros. ¿Cuándo se darán cuenta nuestros editores que los libros son muy caros, y más en un país donde tan poca gente lee?
Hoy he vuelto a dormir profundamente, y siempre me alegra recordar mis sueños como estos días, incluso cuando son pesadillas, o como dice mi amigo serbio, "medias pesadillas, que son peores". Pero yo los agradezco, porque me traen noticias frescas del inconsciente y me ayudan a pensar/me, y también porque me fascinan esa inteligente poética de la sustitución, ese lenguaje visual, esos modos.

martes, 13 de julio de 2010

Ayer

Foto: I.N. Gilda, hoy, 2010
En medio del calor, vimos la película de una directora polaco-holandesa en el Casablanca, Urszula Antoniak (irregular, aunque sugerente, había algo verdadero y algo impostado, me gustaban las imágenes y la sensación rota de los personajes, pero me molestó la resolución final y algunos otros detalles). De pronto, sus músicas diegéticas incluyeron una canción que yo asocio a mi padre y a su muerte, el aria Soave sia il vento de Mozart (está en su recordatorio y ayer me llegó como un dardo). Y la visión oscura de una especie de langosta en una nasa me sobresaltó: vi de pronto la muerte de mi gata. Y es que justo antes de irme, la había encontrado casi enterrada entre hojarasca y dos macetas, con los ojos abiertos, mirando sin mirar... Esas rápidas asociaciones...
Al anochecer fui con MC, la hermana del poeta, en un coche ventilado, a l'Alliance Française de Sabadell, a escuchar a Enric Casasses recitar o más bien decir al visionario hechizante y gran Verdaguer, en una selección muy casassiana, en la que se incluían dus diálogos con los demonios, ese texto que no se pudo publicar hasta un siglo después (en el año 2000, por objeción y censura de la Iglesia) Esos diálogos son inenarrables, hay muchos demonios, incluso algunos pequeños vocingleros, pero sobre todo hay un demonio lúcido que (recuerda al de Melmoth) se lamenta irónicamente de tener que darle él la medicina, de aconsejarle lo que debe hacer en lugar de actuar según sus intereses, y hace predicciones exactas y tiene visiones realistas, le dice que los demonios dominan todos los partidos, "los del porrón y los...", que en el infierno no queda ninguno, todos trabajan en la Tierra, (Havent-li jo dit: “Anau a l’infern”, respon: “Ja no n’hi ha de dimonis a l’infern; tots som a la terra. L’infern està per llogar: sempre hi enviem estadants”), viaja a Madrid y allí son millones!, predice los horrores del siglo XX, le explica cómo poseen a los obispos y al Papa, que duermen mientras los malignos se apoderan de todo, cómo les estrujan el corazón y lo riegan con sus fluidos, le anuncia los ataques del obispo y la Iglesia y le orienta de cómo debe defenderse. Dice la máxima de la hospitalidad derridiana: «A l’hospital i a la presó/coneixeràs ton companyó”. Dice, del mundo: “La font de cobrar la saviesa és estroncada, la font de la salut està glaçada i la font de les virtuts té espatllada la canonada”. O también: Déu, nostre Senyor, deixa fer als dimonis alguna vegada, perquè ells mateixos nos donen llum”... y lleno de un humor irónico: “No et descuides de dir-me sempre ‘A tras!’ O tu em diràs ‘A tras, Satanàs!’, o jo et diré: ‘A tras, Verdaguer!’ ”. O cuando explica su manera de actuar:“Nosaltres entram per les cases, destapam la cassola i ens prenem lo millor tall. Com ningú ens diu ‘Alto!’, Déu nos deixa fer”... “Jo só la màquina d’escórrer els cors. Quan los tinc escorreguts, los omplo de lo meu: los omplo de duresa, de tirania, de furor i venjança. Quan tinc los cors plens dels meus amaniments, ja no tinc por de res. Entro i surto d’allà on vull”... Y cuando habla de su relación: “Com m’he tornat”, me diu a mi. “Abans te seguia sempre, com ho vares experimentar amb aquell vas de llet que et vaig emmetzinar. I, ara, la meitat del temps no sé ont ets”.
Y todo, además de distintos poemas, entre ellos algunas de sus Perles, y el extracto de un artículo genial de Àngel Carmona sobre el erotismo de Mossèn Cinto, todo con ese lenguaje maravilloso de Verdaguer y de su época y EC los dijo muy bien, con ese gracioso caos de papeles que siempre le envuelve, casi como un atril invisible... Fue una suerte estar allí, en el patio modernista de l'Alliance. Hubo incluso un consejo del demonio que, transmitido por Verdaguer, me servía muy bien a mí, casi me pareció a mi medida. Lo he encontrado: es perfecto. Dice así: “Vosaltres estau al mig de la batalla. Si reculau per por de gana, de gana morireu; si reculau per por de set, de set morireu; si reculau per por de ser pobres, de pobresa morireu. No reculeu. Jesús vos ho diu. D’allò que reculareu, d’allò no us faltarà”. Con ECF estaba la joven poeta Blanca Llum Vidal, que no encendió su lámpara por esta vez. Creo que el efecto verdagueriano-casassiano fue reparador para mí, que estaba en plena desolladura de la novela.
ECF me regaló un librito precioso, suyo, La foneria i el paperer..., editado por un no-editor, Marc (?) Valls, (Roure edicions), que hace libros porque quiere, artesanalmente, en su casa, y no los vende, sino que los regala, con un gusto que raras veces se ve en las librerías y una sobriedad luminosa, papel humilde, agradable y cercano, como el de cuando yo era pequeña, tipografía lógica y legible, ilustraciones sutiles. Él llevaba otro Sobre el teatre de marionetes de Heinrich von Kleist, con ilustraciones muy espiritosas de Stela Hagemman. Ya que no los vende, debería hacer una pequeña exposición, pidiéndolos prestados a quienes los regaló...
En El País, EVM habla del protagonista de The Shining y su frase obsesiva repetida siniestramente en la máquina de escribir. Me gusta la idea de abordarlo en el lugar donde Kubrik lo escribió, al que su personaje se refiere enigmáticamente y con la frase que enloqueció a otro supuesto escritor. Pero no dice que en un interesante (porque se basaba en las entrevistas de la Paris Review) libro muy americano sobre el bloqueo interpretaba esa frase "All work and no play makes Jack a dull boy" (algo así como: "Solo trabajar y no jugar convierte a Jack en un muchacho aburrido") como una clave del bloqueo. Pensar demasiado en las expectativas o en lo que el público o el editor querrían y no dejar jugar libremente al niño interior, que sería amoral y sobre todo libre, crearía el bloqueo.
He tenido sueños agitados llenos de signos y significaciones, asociados a todo lo que despierta mi escritura, el gesto mismo de intentarlo. Con esa gracia del inconsciente y sus mensajes cifrados: papel de lija sobre la piel, soldados, un ex ministro de defensa, atmósfera física...
Gilda respira algo mejor, pero se niega a comer completamente y sólo está echada, cambiando lentamente de posición y de rincones de frescura y sombra. Hoy se ha dejado limpiar y cepillar suavemente. Apenas me mira, es como si se hubiera ido, pero a veces, algún rato parece volver, me mira sorprendida, se echa cerca de mí.

sábado, 3 de abril de 2010

Una celebración

Foto: I.N. Ventana secreta, 2010
Anoche acabé de leer Dublinesca, de EVM. Leerla ha sido una celebración. Durante todo el tiempo no podía evitar recordar esos momentos en los que un escritor encuentra mágicamente una estructura, un vehículo para contar lo que quiere, momentos que suelen seguir a la dificultad, la imposibilidad aparente, el forcejeo, el agotamiento o la renuncia, y de pronto, como cuando Jean Rhys intentaba en vano escribir en su novela Ancho mar... una ficción sobre su infancia caribeña despojándose de la autocompasión y no lograba avanzar, y se puso a escribir poemas, para evitar la tensión excesiva, y le salió uno con la voz de su personaje, Rochester, que al principio vierte directamente a la novela y luego acaba transformando en prosa. Y ese poema le da la clave: la parte más dura del sufrimiento de su protagonista, Antoinette, la contará justamente el perpetrador; así no habrá autocompasión. Y ya está, con esa estructura de varias voces se levanta Ancho mar de los Sargazos, donde no será sólo su infancia, ni sólo la crueldad del mundo, la perspectiva de las colonias y la perspectiva de las mujeres en un mundo de hombres, la belleza unida al dolor y la soledad tremenda, pues, como decía ese refrán alemán que citaba Soseki, no hay puente tan largo que lleve de una mente a otra, en un prodigio de novela que relee lo victoriano y lo transforma en clave moderna. O lo que cuenta A. Delbanco de Melville y su Moby Dick, el momento en que el escritor cree haber acabado su novela y mientras corrige, y llega a un descubrimiento -y cito (con perdón) mi reseña de La Vanguardia-: "todas las influencias –Hamlet, Yago y Lear de Shakespeare, Frankenstein de Mary Shelley, La Eneida, Milton…—, unidas a sus visiones de América y su experiencia vital, confluyen (de pronto) prodigiosamente en esa novela que creía acabada y que transforma en una masa químicamente nueva, y su Ahab, prefiguración de Hitler contra los judíos o de Bush contra Osama o Sadam, deviene la esencia del fanatismo totalitario, y el Pequod es la loca nave de Norteamérica y los 30 tripulantes son los 30 Estados de la Unión en 1850, y cada metáfora y la propia fonética multiplican el poder de su historia." Yo creo que EVM ha logrado en Dublinesca ese estado de gracia, ha descubierto una estructura que le ha permitido integrarlo todo, lo cotidiano y lo soñado, lo leído y lo sufrido, pero también y sobre todo lo imaginado, con una libertad difícil de encajar en una novela, y siempre de una forma paródica. Es ese personaje, ese editor literario, pero editor retirado, que le permite metaforizar, con la imagen japonesa del hikikomori, la locura que es escribir, el aislamiento y la obsesión del escritor (pero sesgadamente), la tentación que esa ventana de Internet es para los escritores (excepto Marías y los que aún utilizan el lápiz), la sustitución del mundo o de la vida por la literatura. Y ese editor, que no sabe quién es, porque se ha enmascarado con su catálogo, con las voces de otros, que sólo viaja para mantener la ficción de su pasado ante sus padres, a quien su mujer mira con desconfianza, que ignora el genio de su infancia (excepto la escena en el patio barcelonés transplantado a NY) se contempla en el espejo psicótico del West End de ese Spider derrotado por la presencia del pasado en el presente... Ese editor (incapaz de ejercer su papel paterno con los autores) también habla de la locura literaria de un lector o un écrivain manqué, pero a la vez habla de la mezquindad de ese oficio (y esto suena distinto en un país donde no existe control sobre el número de ventas de los libros, y los autores tienen que aceptar lo que quiera decirles el editor que ha impreso y vendido, a diferencia de lo que ocurre en Francia, Italia, Gran Bretaña o Alemania), y de su grandeza perdida en un mundo mercantil, y le permite citar y envolverse en las voces de esos otros autores, apropiándoselos vital y profesionalmente. Y cómo esas citas o esas frases de los otros van resucitando y repitiéndose y adquiriendo otros sentidos a través de la narración, convirtiéndose en una respiración de la acción, en sus escalones... Y la presencia de esos fantasmas familiares que se agolpan en medio de las meditaciones lúcidas e hilarantes en casa de sus padres... O esos sueños que lo condicionan todo y obligan casi a repetir algo en la realidad. O los escenarios de esas ciudades, Barcelona (donde el personaje se dibuja con más precisión y humor), Dublín (en pleno Bloomsday) y la medio recordada Nueva York (con ese poeta irlandés borracho que reniega de Inglaterra y muere en el Chelsea), que envuelven intensamente. Y la fuerte contemporaneidad, el humor, la ironía, la autoburla, la caricatura de todo no ocultan sino que sirven de marco a ese fin de la era de Gutenberg, con Joyce en el centro, cuyo funeral organiza el ex editor en Dublín. Y esa búsqueda de la vida aburrida y sin alcohol, de la sobriedad tranquila que agudiza la percepción, de la alegría del pensamiento de la que hablaba Proust cuando su personaje aún era demasiado joven para entenderla y disfrutarla, y el miedo de volver a esa otra vida pesadamente alcohólica casi sólo por la fuerza de lo social. Y las crisis vitales y de relación y la vejez y los fantasmas familiares y la proximidad de la muerte siempre hábilmente entrelazada, gracias a su poética singular, de azares y coincidencias misteriosas, con la literatura. Una suerte leerla.
Había llegado tarde y después de leerla me dormí y soñé agitadamente, aunque sólo he pescado la cola de ese sueño, donde yo volvía de un barrio montañoso de la ciudad, bajando locamente por barrancos y torrentes. Le preguntaba a alguien por unas escaleras mecánicas y me decían: "Sí hay, pero hasta las 14h, nada", yo miraba el reloj, eran las 12 y decidía seguir el descenso entre saltos y carreras. Pero mi bolso se quedaba colgado en unos hierros (motivo ya muy repetido y significante para mí) mientras esquivaba un torrente y al darme cuenta y volver, los ladrones se habían repartido el contenido, y yo lloriqueaba bromeando y ellos me lo iban devolviendo todo, cada uno tenía una cosa y todos acabábamos riéndonos mientras yo reiniciaba mi retorno, dejándoles atrás. Esta mañana he visto un fragmento de programa en Arte tv, Le secret des nuages, donde unos científicos hablaban con extrañeza de cuánto les había costado publicar los resultados de una investigación que muestra cómo la cobertura de nubes (y por tanto se habla de la influencia del Sol, de la Vía Láctea y de que el clima de la Tierra está conectado al universo) influye en el calentamiento global y cómo todo esto se interrelaciona con las causas humanas del cambio climático. Y ahora que al fin han publicado ese estudio en la revista de la Royal Society, otro científico explica que la necesidad de estudiar el fenómeno del cambio climático para comprenderlo y poder abordarlo mejor choca contra un muro de censura y hay muchos estudios científicos importantes que no se publican sólo porque políticamente no conviene a quienes mandan. Y sin embargo la pasión de esos científicos que piensan en el universo es contagiosa y esperanzadora para mí...
Y ahora me voy de este espacio, para aprovechar el silencio maravilloso de este sábado... Dos recomendaciones han despertado mi curiosidad lectora con cierta urgencia; el artículo de Mercedes Monmany en el ABC Literario sobre el sebaldiano El daño oculto de James Sterne y el post de Le clavier cannibale del influyente traductor francés Claro sobre el proustiano Les effondrés de Mathieu Larnaudie.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Soñé

Foto: I.N., Mosaico de la Casa de Convalescència, 2009
Soñé que organizaba por teléfono mi sustitución en un acto y una voz femenina me advertía: "¡Pero no puedes escabullirte de la presentación de TU libro!" Y me desperté sobresaltada. En la zona de lo real, alguien me insinuó por teléfono algo más desagradable, que tampoco quiso precisar. Tardé un momento en darme cuenta: ¡Era la encarnación del fantasma de las navidades pasadas! De las más antiguas... Justo en el aniversario de la muerte de mi padre, como cada diciembre. Me costó unas horas quitarme sus telarañas del espíritu. Siempre procuro irme en estas fechas, que me producen un sarpullido interior, pero este año, con la presentación del libro y algunas dudas materiales, no reaccioné a tiempo y cuando me di cuenta los billetes ya eran demasiado caros. Así que pasaré sólo tres o cuatro días de navidades algo punkies, muy cerca, pero al menos estaré al otro lado de la frontera y creo que será divertido. Y cuando pueda intentaré escaparme a algún sitio más lejano, aunque mis arcas están tristemente menguadas.
Ayer estuve en RNE, La vida en verde, un programa ecológico en la ciudad del cemento, para hablar de La plaza del azufaifo y otros árboles. Me habría gustado poder hablar un poco más, se quedaron cosas importantes fuera, tengo la sensación de que dijimos lo mejor cuando no estábamos en antena o tal vez yo no estaba en mi mejor forma; el lunes estará la entrevista colgada en la web del programa. Los estudios están en esa zona tan extraña de Roc Boronat, llena de edificios espantosos y gigantes, donde han extendido la fealdad terriblemente y se organizan de modo tercermundista con los restos históricos, con los descampados, árboles y casitas, y contrastan mal con la belleza de las antiguas fábricas, a las que no resaltan sino humillan sin entenderlas los arquitectos mediocres que allí han construido, al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Berlín. Como no es un barrio para peatones, sino pensado para los coches, tuve que buscar un camino oculto, por Tànger y Alí Bei para alejarme de allí a pie sin ser pisoteada.
Después pasé de nuevo por la galería Tagomago, donde Manel Armengol firma su espléndido libro Terrae (también esta tarde a partir de las 19h) y rodearme de nuevo de esas imágenes islandesas me confortó. Más tarde tenía una cena en la Barceloneta para celebrar el premio de periodismo Pirene que recibió el suplemento Cultura/s y allí estuve. Pese a los tiempos que corren, la atmósfera era bastante alegre y estaba casi todo el mundo. Me alegraron los comentarios de Sergio Vila-San Juan sobre mi libro, el tono y la memoria de los años ochenta.
Por cierto que un crítico al que conozco me escribía esta mañana:
Bel: ayer terminé de leer tus relatos de Algunos hombres... La composición de todos ellos está bien articulada, sin alardes literarios, clara y expresiva, casi coloquial. Expresan acendradamente los sentimientos y emociones que quieres transmitir: las dificultades vitales de una autoeducación sentimental, el valor de la amistad, los contradictorios vínculos familiares, el ansia por vivir (si exceptuamos el capítulo del intento de suicidio), el vértigo de una época... Son relatos intimistas y evocativos de los que emana una cierta nostalgia por la épica de nuestra juventud -cuando teníamos fe en ciertas ideas y utilizábamos el cuerpo como un campo más de experiencia- conjugada con aquel tiempo histórico efervescente. Enhorabuena, hasta pronto. A.H.
Yo agradezco muchísimo su lectura, que siempre es inteligente y precisa; disiento de la idea de lo literario que parece desprenderse de ese comentario, aunque es un email, no una reseña escrita con tiempo. Lo cierto es que he intentado integrar fragmentos "callejeros" en mi escritura y para mí, la sencillez aparente es resultado de un trabajo deliberado de poda, como aquello que explicaba Truman Capote en su prólogo de Música para camaleones, y de una musicalidad de las frases, que me arrastra en los cuentos y sin la que no podría escribir. Tiene razón en que no hay "alardes": justamente yo busco una verdad literaria, en la que nada me suene impostado ni pretencioso, en la que domine una coherencia interna formal y de sentido. La estructura de los cuentos refleja ese trabajo subterráneo, aunque a veces sea inconsciente durante el proceso. La interrogación sería entonces: ¿qué significa literario para cada uno?
Luego él ha matizado su comentario, así:
Como tú bien dices, es un email escrito de corrido con todas las limitaciones que ello implica. Ciertamente, en mis alusiones a tus relatos faltan cosas importantes, como la topografía (lugares, espacios, recorridos simbólicos / emblemáticos / lúdicos) de la Barcelona de entonces, que actúa como urdimbre de lo narrado. También hay una coherencia de carácter (un devenir, una asimilación de experiencias, una maduración del alma) entre la joven y la madura protagonista. En mi correo no intentaba aludir a tu quehacer literario. Pienso que el tono de tu escritura es el apropiado con el contenido narrado y no pongo en duda el trabajo de "poda" y "ajuste" que has empleado y que se advierte. Me importaba más señalar tu capacidad para transmitir sentimientos, emociones, así como representar contextos. Esa capacidad es la que, fundamentalmente, cualifica al escritor.
Me ha gustado lo de la topografía, creo que es el punto que siempre interesa a Eph. Hace un día gris, más mediterráneo y menos helado y seco que estos días de vientos del norte. Aprovechando la huelga, G. se ha ido temprano con su tabla, a buscar olas... y ha vuelto diciéndome que el mar estaba muy frío (por el viento de estos días), que al entrar, las manos se le helaban, pero al moverse se le ha pasado y ha cogido algunas buenas olas... La gata ha vuelto a dormir en su caseta de la terraza. Jordi Llovet ha escrito una de sus bonitas piezas sobre Una historia inmortal de Dinesen (restituida por O. Welles) en el Quadern de El País (no hay link). Lean aquí mi artículo sobre Natsume Soseki. Yo sigo leyendo para mi ensayo de las escritoras, contra reloj.

domingo, 25 de octubre de 2009

Ayer fue un día perdido

Foto: I.N., Este verano, cerca de Palamós, 2009
Me encontré mal durante todo el día. Fui a ver a M., que no supo contestar ni a las preguntas más básicas de J. y se excusó diciendo: "Tú no sabes lo que es tener la cabeza así, sin memoria..." La veía tan pequeña y perdida, con esa media vida prolongada. Le pido a J. que me acompañe porque para mí es un escudo, y porque a ella le alegra particularmente la presencia masculina. No recuerda quién es ni de qué lo conocía, ni recuerda seguramente lo mal que se llevaba con él, sólo le importa su belleza (tal vez cuanto más viejo sea uno más importante sea la contemplación de la belleza en los otros, que se ve magnificada, como la vida que se fue) y su actitud alegre y bromista. Yo busqué unas fotos desaparecidas (busco en las fotos su memoria perdida) y vi el desorden asombroso de sus armarios, donde los objetos más dispares e inútiles se mezclan con papeles, carpetas, fotos, trapos... La visión me produjo un vértigo (mi propio desorden multiplicado por mil) y la visita tuvo para mí su peaje, que se ha extendido por la noche como una inundación triste. Para colmo, había olvidado la cámara y no pude fotografiar los lugares que vi para mi libro semiabandonado. Fragmentos de la historia y la belleza de casas que siguen destruyendo en Hereuville, escondidas tras barreras de feos edificios inmensos y de fealdad sin sentido, mala arquitectura mediocre. Tendré que volver sola. No pude trabajar ni avanzar en mis lecturas urgentes porque la cabeza me burbujeaba con la tensión descompensada.
Al llegar me encontré a G., que estaba dormitando en el sofá, agotado de su surf matinal, tras su nuit blanche del viernes. Por la noche descubrí su mensaje de la pizarra en la cocina. Waves! decía.
Vi dos películas de Chantal Akerman, contagiada por el blogger perdido en Marienbad y su definición de la belgitud como actitud cultural de unos cuantos creadores, buscaba un documental (Là-bas) que aún no existe en dvd, y me consolé con Nuit et Jour (por la mañana, tan lejos, pero se veía bien, era un cuento parisino) y La Captive y no caí: de haber sabido que estaba basada en la proustiana prisionera Albertine me habría abstenido, aunque la película estaba muy bien contada y me gustaban las imágenes, la expresión de los actores, la sucesión de imágenes con que narraba era esplendorosa -eso no se aprecia en youtube-, pero esa obsesión que tanto me gustó leída me irritaba ahora vista, con el burbujeo sanguíneo en mi cabeza, tras la visita a esa otra prisionera que es M., y el recuerdo obsesivo de una frase y un gesto...)
He soñado que estaba con G. en Comarruga (donde nunca estuvimos juntos y que ya no existe como yo lo conocí) y unas avionetas con megáfono avisaban desde muy cerca que había que vacunarse obligatoriamente, la casa de Comarruga estaba llena de hileras de lavabos, yo intentaba cambiarme del bañador a la ropa en uno de aquellos compartimentos, pero no tenía luz, no encontraba sitio y los de la avioneta habían llegado a la casa vestidos como blancos astronautas de laboratorio, dispuestos a pincharnos. Y nosotros nos íbamos, cogíamos un avión a Nueva York (¡venir precisamente aquí!, pensaba yo demasiado tarde) y allí nos perseguían con la misma obsesión. Yo le decía a G: "Tenemos que encontrar a un médico razonable que nos ayude" (con un certificado de vacunación falso), pero agotada pensaba que me acabaría vacunando para no ser detenida y renunciando a todo lo que había protestado y que tendría que decir a la gente que no había tenido más remedio, y en ese momento notaba el peso del cuerpo dormido y me asaltaba la pregunta: "¿Y si te da parálisis? ¿Y si no puedes volver a andar por la maldita vacuna?" Y entonces G. me decía: "He encontrado un médico", y nos daba el certificado, pero tenía yo que hacer unos disimulos con unas neveras llenas de vacunas y no sé qué, y cogíamos el avión de vuelta y al salir teníamos que atravesar unas cámaras blancas selladas que parecían las de los submarinos, pero G. encontraba siempre muy deprisa la salida y yo le decía: "Se nota que de pequeño jugaste a tantos videojuegos de lara croft y esos personajes, porque encuentras todas las salidas; es una suerte haber venido contigo", y él se reía. Y luego he soñado que le contaba el sueño.
Está saliendo el sol, han cambiado la hora, me tomo gloriosamente mi té. Hoy tengo visitantes madrileños, pero espero que tendré unas horas en las que podré leer, podar mi conferencia, avanzar.
Cada hora aparece alguien que solicita ser "amigo" en facebook, con 50 o 100 "amigos comunes", que son sólo nombres, desconocidos, algunas editoriales o librerías y nada más. Lo mismo me da aceptar que rechazar y ellos sin duda sólo quieren aumentar ese número de "amigos" desconocidos con otro nombre y ser vistos en sus actividades. Siempre me pregunto si debería borrarme, si se encontrará algún lector de mis libros por ese medio...
Espero que esta semana salgan mis cuentos, aunque será una semana complicada. On verra bien...

domingo, 11 de octubre de 2009

De madrugada

Foto: Josep Liz, Yo contemplando un paisaje stendhaliano, 2009
Me desperté en esa penumbra grisácea y silenciosa y pensé que dejaría este blog. Luego recordé que alguien me ha ofrecido la posibilidad de colaborar a su mantenimiento, aunque es una idea en el aire... No sé si llegará a tiempo. Se me ocurrió un principio para un libro de sueños, que ha surgido sin proponérmelo en esas horas de semipenumbra, ha ido empujando y creciendo a base de garabatos en la mesita de noche, como he dicho al dorso. Soñé con ese libro y con la llamada de alguien que soñaba sin tasa y recordaba sus sueños con detalle minucioso y regio, y al despertarme no me pareció mala idea. Si arrancase tiempo a lo demás... Nefelibata.
También pensaba en un nuevo capítulo para mi libro de la ciudad, retratando rincones antes de que desaparezcan en esta veloz y desaforada campaña destructiva que ha emprendido el ayuntamiento de Hereuville, contra el patrimonio arquitectónico, contra los árboles. A la carta del Periódico que se quejaba de que en la Gran Via talan los hermosos plátanos y sustituyen las clásicas y hermosas farolas del XIX por otras espantosas, de autopista y que implican mucho mayor gasto de luz, le responden de la empresa "Pro-Eixample" que: "El modelo de farola de la calzada central es similar al de antes, pero con una imagen más estilizada". Hay que ser ciego para creerlo. También aducen que según Parcs i Jardins (qué lástima el servilismo talador que ha impregnado esa institución, que en otro tiempo protegía lo verde), como siempre, los árboles están enfermos, hay peligro de que caigan. Es curioso, ¿por qué será que en este país todos los árboles grandes y hermosos corren peligro de caerse y son obstáculos "para garantizar la visibilidad de peatones y vehículos"? En cambio en Francia, Inglaterra y Alemania, los árboles siguen en pie, están protegidos por las leyes y más que distraer, se considera que oxigenan, protegen con su sombra, contribuyen al paisaje y al medio ambiente. Aquí son obstáculos, como lo somos los ciudadanos para el ayuntamiento. En una esquina de Gràcia me encontré a Maria C., hermana de un poeta y una traductora, e intercambiamos experiencias resistentes contra esta gran tala que está destruyendo el país, pero tuve que irme corriendo y no pude pedirle su dirección.
Vi la película de Woody Allen, Whatever works y me hizo reír, me gustó esa mezcla de personajes de mundos culturales tan distintos que acaban chocando y relacionándose extrañamente y cambiándose a pesar de sus respectivos prejuicios, manías y saberes, es una película sencilla, sin grandes pretensiones, pero me recordó a sus mejores tiempos. Vi también una extraña película de HongKong con una parte torpe de gangsters y una parte fascinante de tambores zen, muy extraña. Cuando empezó con atmósfera violenta y urbana, dije que me iba pero L. me detuvo: "Espérate, que a lo mejor van a mandarle a la montaña", y tenía razón. Así empezaron las escenas de ritos de tambores y de iniciación en un paisaje de gran belleza y me quedé.
Sigo leyendo y escribiendo y se me echa encima una semana difícil. Ayer un artículo de VM me alegró el Babelia, aunque ¿qué me ocurrió a mí con el libro de Sergio Cheifec? Empecé a leerlo y sé que hubo algo que me atrajo hablando del cumpleaños, un paseo, unos jardines, dos tiempos, pero algo se me mezcló con otra ensoñación y con otro libro y nunca llegué a leerlo del todo: del artículo de VM me gustó la diferenciación sobre la no-narratividad, el hilo de Simenon y el no-hilo finneganswakiano, la reflexión sobre esos dos mundos en la que precisamente pensaba yo mientras releía para mi conferencia esa prodigiosa novela memorialística de yo elíptico que es Lessico famigliare y la agitación estructural en torno a unas frases, a un vocabulario común, que convierte esos intercambios en una crónica del antifascismo italiano, arrancándole de cuajo su yo emocional, su parte proustiana, ella, la Ginzburg, que tradujo La Recherche, y su llamado "genio moral". En el blog de Fernando Valls hacen falta más aportaciones para la palabra acercanza. ¿No se animan? En fin, les dejo ya, aunque tal vez añada algo entre hoy y mañana. Mientras, he escrito mi furia aquí.
Mi libro de cuentos va a salir ya muy pronto, creo que el 22 de octubre ya existirá como objeto y hacia el 30 estará distribuido por todas partes...

miércoles, 7 de octubre de 2009

Después

Foto: I.N., Montañas y bosques minados alrededor de Sarajevo, 2003
El calor sigue. La conversación sobre Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes salió bien. El público era interesante y el lugar, la biblioteca Francesca Bonnemaison, magnífico. Me presentó un periodista receptivo, que hizo preguntas inteligentes, Albert Lladó. Vinieron algunos amigos especiales (ver sus caras entre el público siempre me produce la sensación de que todo saldrá bien).
Todo eso parecía imposible tras un lunes maldito. La mañana empezó con una llamada de una mujer de mi infancia, que intentó convencerme de su actitud sacrificada y paciente (V. me lo explicaría luego muy bien, psicoanalíticamente) ante los abusos. Comprendí cuál era mi reserva hacia ella. Unas horas más tarde me quedé atrapada con M en un no-lugar del Hospital Clínic, entrada Villarroell. El fragor de las obras impedía que nos oyeran. No había salida, el ascensor que se había abierto para depositarnos en aquel pequeño infierno no quiso volver a abrirse para rescatarnos. Había una puerta de sala de máquinas, con prohibición de entrar, un pequeño hueco de escalera con puerta cerrada y acerrojada, sólo la barandilla que podía llevarme, trepando, a la escalera abierta, pero ¿cómo dejar allí a M, a sus 80 años y con su confusión mental? Por suerte había cobertura y llamé a J, que estaba allí cerca, y por suerte y por intuición, no comunicaba. Él nos encontró y pidió ayuda, pero el enfermero dijo que avisaría a seguridad y no volvió. Al fin decidimos usar nuestros propios medios. J. logró que otro enfermero (algo remolón) se decidiera a usar su fuerza para levantar a M. en volandas. Yo la empujaba desde abajo y ella mostró gran flexibilidad, como observó el enfermero: había que levantar la pierna como una bailarina clásica para pasar la barandilla; lo sé porque tuve que hacerlo yo misma al cabo de poco. De no haber sido por J., nos habríamos quedado allí per secula seculorum.
Ya en la sección de Còrsega, tuvimos que rogar que la dejaran hacerse su análisis a aquella hora y no a otra, contando la aventura. Después, una mujer mayor nos arrolló para entrar en el ascensor y me increpó por no haber pasado al fondo. Le dije que no iba a empujar a M. con sus 80 y me dijo que ella tenía 85. Yo me reí: ¿Y por eso hay que empujarla? El Clínic es un lugar de mis pesadillas y la escena parecía fuertemente onírica y simbólica, la pérdida de M., de esa M. que es una versión reducida (y mucho más amable) de lo que fue.
Al volver me esperaba una curiosa lluvia de desplantes, incidentes desagradables, un golpe, sobre todo el espíritu negativo que tan difícil me hizo la infancia y que ahora estoy obligada a revisitar, aunque sólo sea por email, por la situación de M.
Fui a un establecimiento donde también me sentí maltratada (tal vez les parece que no gasto suficiente), así que me quejé y me pidieron una nueva oportunidad. Estuve forcejeando contra aquel perrillo interno de la autocompasión, que lamía las heridas del personaje de Alison Lurie y que en mi caso conecta con mi infancia. Todo esto coincidía con una de las fechas fatídicas de Jacques le fataliste, y ayer me desperté aún en plena desolación: me vi monstruosa en el espejo, como cuando era pequeña y me detestaba. Pero todo fue pasando, según me había augurado A, no por poderes esotéricos sino por su buen sentido...
En medio de esa marea hostil, alguien agradecido y generoso me mandó una bonita taza para mis tés de la tarde, con filtro y tapa, para que no se enfríe junto al ordenador, decorada con azufaifas. Estuve trabajando, leyendo, hablé un momento con G., que lee las memorias de Stefan Zweig para un trabajo de su facultad. Ahora seguiré atada a mis trabajos de este octubre de Sísifo, que me impiden casi andar por ahí. Y esta mañana me he despertado de un sueño donde consideraba una opción que en la realidad no considero (y eso era troublant!), y G. era pequeño y su ánimo jocoso y lúdico de entonces. Por cierto que veo a G. estos días más conectado con su carrera, casi no me atrevo a decirlo, pero hace ilusión...
Vayan a Polis. Lo que se cuenta ahí es importante y nos afecta a todos. Es un vídeo largo, pero hay que tomarse ese tiempo, a alguna hora.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Hoy

Foto: Guillermo Aguirre, Gilda con su fulard y su melancolía de tigresa, septiembre 2009.
Me he levantado con el mismo constipado, que parece adherido a mí como aquel duende de la pesadilla del que hablaba Borges en Siete Noches (leí ese libro hace muchísimos años y nunca lo he olvidado) aferrado a la espalda o sentado a los pies de la cama de la doncella, y por cierto que he tenido uno de esos sueños increíbles en los que unas cosas se van transformando en otras rápidamente, sin problemas de racord, tenía una trifulca con alguien del pasado, luego él me pedía que rellenara unos formularios para recoger un paquete suyo y estábamos en el bar de abajo, que al mirarlo bien era una oficina antigua, y el funcionario llevaba aquellas medias mangas blancas sobre las suyas y yo intentaba firmar con el bolígrafo que me dejaba ese alguien del pasado, pero su bolígrafo sólo dejaba firmar con su nombre, así que sacaba uno de mi bolso (yo nunca uso bolígrafo), pero aún así me salían líneas continuas, ese alguien del pasado me regañaba tanto que furiosa, me iba a mi casa dejándole plantado. Mi casa estaba au rez de chaussée, y al entrar veía un desorden terrible y la cama deshecha y las sábanas muy arrugadas, pero enfrente estaban los ascensores! Y yo pensaba: "Es una mala cosa que todo el mundo tenga que pasar por mi habitación", veía que había alguien entrando en el ascensor... Pero al fijarme bien (me encanta cómo en los sueños me veo observando decorados que no conozco y que según los mire son una u otra cosa, aunque los decorados sean supuestamente el lugar donde vivo), el supuesto ascensor era un armario mío y dentro se escondía un ladrón. Y yo le sujetaba y le pedía a J. que llamase a la policía, pero J. sólo llamaba en broma, pedía por Tráfico y le soltaba riéndose y yo en vano le gritaba: ¡Espera, espera a ver si se ha llevado algo! Y mientras me preguntaba dónde habría dejado algo valioso, un bolso con dinero, veía imágenes de otra mujer, morena y vestida estilo sixties, que descubría con tristeza cómo le habían robado (en mi mismo armario del sueño, con sus espejos) todos sus collares de perlas. Pero no era yo... (Para mí es bastante obvia una parte del significado del sueño.)
Más tarde he tenido un interesante intercambio telefónico sans regrets sobre ese pasado de siempre, hablábamos de por qué se estropeó todo y del famoso reparto de responsabilidades -creo que yo ya sé bien cuáles son las mías, del ser quejumbroso fui, sintiéndome siempre culpable de todo lo que ocurría en el mundo-, y algo sé de las de los otros... Y aunque ha sido interruptus, como siempre también (¡ya podemos resolver esos temas en cinco minutos!), luego me ha llegado un sms de mi interlocutor diciéndome: Quizás sí... que tengas razón, y me ha hecho sonreír.
Hoy era el funeral de Toni López. Todo el mundo editorial estará allí y yo he estado también, en espíritu. Hoy me han publicado un gran artículo en La Vanguardia sobre Los demonios de Von Doderer. Léanlo aquí. Una página entera hace ilusión. En alguna parte leí que alguna gente engorda porque necesita ocupar más espacio. Otros preferimos otra clase de espacio... Ayer leí una entrada muy triste de Assouline sobre esa gran mayoría de escritores que publican sin pena ni gloria ("Invisibles et inaudibles") y cuyos libros son devueltos rápidamente; no me gustó, aunque todo fuese sabido, no me gustó algo (y no me refiero sólo a ser yo uno de esos invisibles e inaudibles, célà va de soi... pour le moment a pesar de que mi contador me dice que en la última semana me han leído 430 lectores al día, pas mal para ser inaudible, aunque eso no sirva para pagar facturas en mi país), tal vez el tono burlón pero no lo bastante crítico, escrito desde la comodidad del éxito. Tal vez me equivoque.
Ayer una paloma ciega chocó contra mi ventana, volvió a chocar contra la barandilla de la terracita sur, ante la mirada atónita y quieta de la gata Gilda, y luego salió volando torpemente y yo me quedé pensando en aquellos cuentos donde las visitas de animales se interpretaban como designios (Por qué se rió el pez). Luego acabé otra reseña sobre una escritora americana expatriada. Mañana me voy -con mi constipado, hélàs, aunque creo que algo está cambiando también en ese aspecto- a un pueblo de Francia, en las montañas. Mi amigo Giuseppe tiene una casa allí y espero que durante el viaje en coche me contará su viaje a la India, y un viaje dentro de otro viaje, como él mismo anticipó. He recibido un libro agotado que me hace mucha ilusión y que me siento tentada de llevarme conmigo. Aquí quedará G. con Gilda (dice A. que Gilda se parece a mí en los ojos...!). A la vuelta tendré que trabajar con cierto frenesí, y tal vez ya tendré fecha de salida de mis cuentos...

jueves, 10 de septiembre de 2009

Lo que despertamos en los otros

Foto: I.N., Detalle del Duomo en Palermo, julio 2009
Suelo ir a un establecimiento cuya recepcionista me detesta. Diría que desde el primer momento en que me vió, sintió una antipatía instintiva hacia mí. Por fortuna su poder no es mucho, más allá de atenderme con la máxima lentitud y mirarme con desagrado: siempre me sobresaltan esas dos llamas de puro odio ardiéndole en las pupilas. Yo no puedo saber (non possiamo saperlo) cuáles son sus razones, qué proyecta en mí, qué fantasea. Hay personas que nunca han aprendido a leer en ellas mismas, ni saben lo que es un análisis y de verdad lo ignoran todo de sus humores y ánimos y se dejan llevar por ellos sin el mínimo escrúpulo ético, y algunos incluso se vengan de sus frustraciones en otros que sólo representan o evocan simbólicamente algo.
Ya hablé aquí una vez de un librero que nunca quería vender mis libros y que, si tenía ejemplares, los ocultaba de tal modo que nadie pudiera encontrarlos por azar. Hay también supuestos amigos que resultan ser enemigos y nunca llegamos a saber por qué. Otros nos amaban mientras les parecíamos dignos de algún tipo de compasión, aunque fuese imaginaria, pero nos odian con ardor en cuanto creen que obtenemos algún éxito, aunque ese éxito sea pequeño, limitado, relativo o del todo imaginario. Como en la canción de Leonard Cohen, First we take Manhattan, then we take Berlin: You loved me as a loser / But now you're worried that I just might win / You know the way to stop me / But you don't have the discipline / How many nights I prayed for this: to let my work begin... Son gente que sufre por cada uno de esos supuestos éxitos ajenos. Sólo podrían vivir tranquilos si supieran que nadie consigue nada que ellos no multipliquen, y a veces ni aun así... Otros se sitúan en un fantaseado monte Olimpo y nos desdeñan como a una hormiga recién llegada y viva, incapaz de enseñarles ni mostrarles nada que no supieran ya, aunque fuese por ciencia infusa. Son aquellos que han ido a todas partes antes que nosotros, estaban allí, lo sabían, lo habían leído todo y sólo defienden a algunos que murieron hace tiempo y no pueden hacerles sombra. Pero no gustar a todos es un peaje justo de la diversidad. Incluso las antipatías viscerales y automáticas lo son. Todos sentimos que conectamos o no con gente que vemos por primera vez. Algunos nunca nos querrán y así hay que aceptarlo. Otros casi mejor que no nos quieran. Intentar ser justo es la obsesión de algunos, poder ser generoso es prerrogativa de unos pocos. Y esas dos capacidades son fuente de una rara felicidad o de una sensación libre para quien las tiene. Como decía una canción, "Uno sólo tiene aquello que da." Yo me alegro de que incluso hormigas y mosquitos (como yo, que me siento tantas veces hormiga o cigarra, según el día) puedan hacerme descubrir algo, inesperadamente, y de poder decirlo y agradecerlo antes de que hayan muerto.
Hablando de muertos, anoche, en Facebook, un escritor ingenioso había jugado a adivinar la fecha de su muerte y estaba organizando ya su funeral, decía que quería una orquesta sinfónica pero que, con lo que había ganado en ventas de su novela, sólo le alcanzaba para una orquesta de mecheros. Yo le sugería un hombre orquesta. Una vez, hace años, mi amigo serbio empezó a decir que sólo el suicidio garantizaba el éxito literario y nos reímos mucho imaginando nuestros funerales. Yo proyectaba una lista de gente a la que no dejaría participar en la ceremonia del mío bajo ningún concepto. Lo que empezó en tono quejumbroso acabó con grandes risotadas.
He estado leyendo La casa de la infancia, de Marie Luise Kaschnitz, que me ha parecido un mensaje dirigido especialmente a mí a través del tiempo. Esa infancia que asalta y obliga a ocuparse de ella, esa infancia que duele y que intentamos evitar me recuerda a mi novela congelada... La casa de la infancia del libro se desplaza y acosa a la protagonista hasta que se enfrente a sus recuerdos con valor. Y mientras, sigo con Bernhard: me hace compañía y reaviva mi esperanza en ese quehacer que sigo rehuyendo.
Anteayer di la última Lectura del Refugi 307. El público, a excepción de dos amigas que vinieron, era tímido y silencioso (exceptuando un grupo de ruidosos fotógrafos), y no estaba mi amigo del Museu d'Història para transmitirme lo que nadie dijo. Es algo muy típico de estos lares; la gente no habla, no dice. Creo que al leer, mi voz sí fue vibrante y que los textos maravillosos de Rigoni Stern, Rodoreda, Tasic, Méndez, Cuito, Ugresic, Hemon y Zambrano resonaron en una noche aterciopelada contra la montaña y bajo una luna menguante. Al llegar, alguien me dejó un mensaje agradecido. Por cierto, que hice un pequeño homenaje a Valerie Powles y su gato, descubridores del Refugi 307 y sin los cuales no se habría abierto.
Ayer cené con unos amigos, teníamos un humor entre melancólico y burlón en esta difícil rentrée, pero creo que todos nos alegramos de vernos. Luego, por una razón misteriosa, me desperté a las 3.30 de la madrugada y me costó mucho conciliar el sueño.
Hoy he vuelto a soñar con algunos signos reiterados en una nueva distribución. Pero cómo agradezco esos sueños, que desfilan ante mis ojos cerrados y siguen ahí durante el día. Si sigo reuniendo tanta repetición tendré que volver a Delfos, a resolver... Y tal vez para dejar de perder el tiempo miserablemente.

sábado, 5 de septiembre de 2009

A veces

Foto: I.N. Roble en Palermo, julio 2009 (Si no les detenemos, pronto en BCN no tendremos más árboles que en las fotos, vean lo que están haciendo en la Gran Vía, además de cortar árboles centenarios y cambiarlos por palitroques escuálidos que nunca crecerán, cambian las bonitas farolas del XIX por unas espantosamente feas. Por cierto que Millán sigue en su espacio de crítica ciudadana...)
La realidad resulta tan desconcertante y enigmática como los sueños. Tuve una reunión en un despacho que olía a uno de esos decolorantes agresivos de las peluquerías baratas. Al llegar descubrí que la cárcel estaba allí al lado: en ese barrio, el edificio de la Modelo es lo menos feo (pese a la tristeza que contiene y a esas alambradas tercermundistas que la recuerdan; represión, desigualdad social, pobreza) con sus palmeras y su construcción de tiempos mejores, ya que el resto es de una fealdad constructiva insoportable. Junto a la cárcel, un grupo de amigos hacía planes alegremente subversivos en un café, mirando el paredón rosáceo, que parecía de una película de Béla Tarr. En la reunión recordé la frase de Raimon, aunque cambiando el plural por un singular. Tal vez todo aquello formaba ya parte del sueño. Más tarde, en una pequeña mansión ajardinada y abandonada a su suerte, para acceder a una azotea invadida de luz, tuve que cruzar un hondo agujero del suelo por un tablón vacilante. "Cuidado", me dijo el anfitrión mientras cruzaba, "X se cayó al hoyo y ya va por la tercera operación". Por lo que sé, el propietario empezó a excavar el suelo no sé con qué objetivo, pero el dinero se acabó y la casa se quedó así, vacía, sin alquilar ni vender, abandonada con su jardín, a la espera de un gesto. Después estuve en un bar con mi amigo serbio (a quien siempre me gusta ver y creo que es mutuo) y sus amigos. Una escritora croata reconvertida en Londoner, con su cutis blanco y sus inteligentes ojos grises, me contó una historia oscura y la salida de un infierno, yo se la cambié por una mía y de ese intercambio surgió una intensidad no desprovista de suave autoburla y también surgieron felizmente temas pendientes de mi escritura, los noté mientras hablaba, como palabras peludas, aterciopeladas, trémulas, ardientes. Al salir me encontré con mensajes inquietantes sobre M., que ya no podía contestar. Estuve leyendo a Von Doderer, avanzando lentamente en su océano de páginas. Me dormí y me adentré en un universo onírico abarrocado. Una hermana me conducía a una zanja inmensa y yo intentaba cruzarla a mi pesar, saltando de pedrusco en tablón, hasta que me quedaba bloqueada en medio. "Mira dónde me has metido", le decía yo. Y ella, reconvertida en my wise cousin, me ofrecía con su voz alegre rescatarme por el otro lado. Luego yo estaba en la antigua casa familiar, invadida de colchones en el suelo, con sábanas mal puestas. Notaba el suelo pegajoso en la cocina y la puerta del baño y cogía la fregona sin escurrirla e intentaba pasarla entre los colchones, salpicando las sábanas. Imaginaba la respuesta que le daría a M., que en mi sueño no había perdido la cabeza. Luego buscaba mi cama entre pies de niños que se reían y también se reía X., a pesar de que estábamos enfadados.
Le he contado mi sueño despierta y dormida a G en cuatro frases, y él, que acababa de levantarse, me ha reconfortado siendo simplemente como es. A veces alguien más joven, sin experiencia pero con un background saludable puede también enseñarnos cosas.
Éstos han sido y son días duros y difíciles (sigo sintiéndome como ese árbol de la foto, casi un Atlante aunque sea un roble, emblemático de la fuerza) y los sueños, con su carga simbólica repetida, me interpelan, pero me alivian porque pienso que son claves para entender(me) y no puedo evitar cierta fascinación por ese lenguaje metafórico. Hoy me he puesto literalmente enferma mientras comía porque los nervios se habían trenzado en el menú o porque el pescado no estaba como debía, quién sabe. Me latían las sienes y no tenía fuerzas para levantarme e irme. En casa me he repuesto a lo Doris Day en Pillow Talk, y leyendo. Por fortuna, además de los que no me entienden y de aquellos de los que tengo que protegerme (cuidado con los escorpinianos en luna llena, decía un horóscopo americano, y yo no hice caso), están los amigos, con quienes reconecto, y son de todas las edades. Y también los nuevos encuentros con seres afines, aunque sean en otra lengua. Ayer y hoy, entre mis sueños agitados, la inquietante pesadilla diurna y algún malentendido, tuve y he tenido encuentros felices y dos personas significativas me han agradecido simplemente que fuera como soy. Con otras he mantenido largas y ociosas conversaciones telefónicas. No me puedo quejar. (Gracias, Bel M.) Aunque sí debo decir que echo de menos los artículos de VM los domingos; me doy cuenta de cómo me consolaban del resto del periódico.

sábado, 22 de agosto de 2009

Dimanche chaud

Foto: I.N., Inés midiendo la amplitud de los alcorques franceses y comparándolos con la mezquindad arboricida de los nuestros, Montpellier 2008
Ayer me preguntaba, paseando por la ciudad y mirando esos hermosos plátanos que el ayuntamiento ha decidido dictatorialmente talar (y al parecer ninguna ley nos protege contra los desmanes de los políticos y a nadie le importa que se multiplique el calor, la contaminación y el ruido, que no haya sombra y que se reduzca tanto la belleza de las calles), por qué será que los plátanos franceses pueden vivir hasta trescientos años y en la web del Kew Gardens afirman que aun en condiciones de contaminación suelen vivir 200 años, mientras que aquí, según R. Folch, sólo viven cien, y ellos han decidido (interesadamente) que ya los han cumplido y que por si acaso los van a cortar. También miraba con tristeza los mezquinos alcorques que les ponen y no podía evitar acordarme de la amplitud generosa con que los cuidan al otro lado de la frontera. ¿O será mi trastorno ocular? Juzguen ustedes mismos, comparando el que aparece en la foto con los que ven en nuestras calles (en los franceses caben varios coches aparcados). La misma diferencia ocurre con la profundidad: aquí no dejan espacio suficiente para las raíces.
Los paseos suelen ser fructíferos para observar, pensar (en los sueños) y encontrar soluciones a problemas de escritura y pensamiento. Hace poco tuve una conversación nocturna con L. sobre los Sueños de Adorno, que A. me prestó y que yo le había recomendado a L. (por cierto, que se lo regalé a un amigo pensante y nunca me dijo nada; me cuesta creer que no le gustara; hay gente que tiene grandes prejuicios contra los libros de sueños, que imaginan esotéricos o junguianos; la actividad onírica de Theodor Wisengrund Adorno es fascinante y su voluntad analítica de registrarlos, muy de agradecer. L., que es fan de Adorno, estaba entusiasmada con su lectura, pero me contó que al pedírselo, su librero -que es conocido y prestigioso- le había dicho con desdén que no existía, y cuando ella misma lo encontró en las estanterías, él siguió negando: "No está en sus obras completas", como si eso lo convirtiera en un libro despreciable y menor) y esa conversación desencadenó mis recuerdos oníricos y llevo dos noches despertándome en el momento justo y anotando sueños, o fragmentos. Para mí, esas imágenes cargadas de peso simbólico son sugestivas y me alivia la sensación de contactar con mi inconsciente (contra el bloqueo), aunque sea de esa manera sesgada y sin ayuda en la interpretación. En mis sueños de estos días hay elementos recurrentes con escenarios distintos, lo cual produce cierta fatiga, pero es una suerte poder abordarlos y pensarlos.
Ayer detecté con alegre envidia (ah, los blogs en Francia) la libertad con que Passouline habla de Lanzmann: dice que como persona le resulta insoportable, arrogante y ególatra, pero eso no le impide elogiar sus memorias con detalle y buenos argumentos. Yo pensaba que la posición arrogante de un escritor ante el mundo estropeaba su prosa, de hecho hay dos escritores a los que no leo precisamente por esa razón, porque su posición, en una especie de monte Olimpo contemplando despectivamente a los mortales, y su actitud de estar en posesión de la verdad o de las respuestas me irrita. (Si hasta los dioses griegos se veían envueltos en lo humano y sufrían por ellos... pienso en Circe con el quejumbroso Ulises o en Zeus y Dioniso persiguiendo incansables a ninfas y mujeres que no les hacían caso). Me choca que alguien inteligente y con talento pueda estupidizarse así, sin recordar aquella idea de Chéjov de que el mundo es endiabladamente complejo y sólo los estúpidos pretenden comprenderlo, tener las respuestas. Pero tal vez Lanzmann no sea así en su escritura. O tal vez no lo sea nunca y Assouline se equivoque. O tal vez sea yo quien se equivoca y esos dos escritores a los que dejé de leer sólo se muestren así en sus colaboraciones periodísticas mientras que en su prosa recobren la humildad necesaria para escribir. Creo que el autor tiene que dar necesariamente un paso atrás, mirarse con ironía, incluirse en la crítica, reconocer la fascinación que siente por sus personajes más detestables, de los que se guardaría en la vida. Y ahí estriba una de las grandes dificultades de escribir.
También por eso me gusta Rohmer. Ayer volví a ver La femme de l'aviateur y vi por primera vez Le beau mariage. Una vez, Paul Theroux respondió a una pregunta mía bastante torpe sobre su atracción por personajes abusivos, dogmáticos, fanáticos, tiránicos, diciendo simplemente que esos personajes daban mucho juego. De todas formas había algo más en mi pregunta puesto que entre esa clase de personajes que nos irritan y dan juego, hay una gama amplia de posibilidades y él elige una. Rohmer incorpora a veces a un personaje femenino también radical. Es una mujer obstinada, que hace afirmaciones absolutas y a veces incluso regresivas, que sólo matiza con una sonrisa genial, que toma decisiones delirantes y las defiende con vehemencia; resultaría muy antipática de no ser por la sonrisa de la actriz, y por una pasión vital que parece moverla y que a mí me hace preguntarme por la condición humana. Creo que esa sonrisa de la actriz es el propio Rohmer ante el mundo, el élan vital y la ironía de su mirada. Y precisamente por eso comprendo que a algunos no les atraiga.
Andando encontré una pequeña vía para cambiar algo del principio que no me convencía en mi novela, si es que puedo llamarla así. Creo que es una buena solución, pero aún no tengo la vía que me permita romper el muro y seguir avanzando. Tal vez hoy, ardiente domingo silencioso y desierto, en el que todas las tiendas del barrio han cerrado, incluyendo el colmado chino y el pakistaní y la panadería ecológica, cuando G. y J. ya están buscando olas en el Sur, yo logre reunir más fuerzas y algo me dé una clave para seguir, antes de ir a ver a mi amigo serbio.
Antes de ese paseo, había sido presa de un desaliento casi absoluto. No sé si fueron los sueños sangrientos, que mostraban angustias e inquietudes diversas, o el panorama material, o el encallamiento en esa novela o el puro trabajo invisible de mis hormonas, pero así me sentía. Durante horas no pude evitar mis pensamientos negros y uno de ellos me decía: "Esa historia que a ti te obsesiona, ¿a quién le importa? ¿Para qué escribirla?" Es un pensamiento sin salida. Creo que tengo que escribir simplemente siguiendo el deseo y la necesidad, excavando ciegamente como un topo, aunque haya momentos de caída en la desolladura.
Leyendo lo de Michon en Babelia pensé inevitablemente en la felicidad y el dolor de la escritura. A mí también me duele no escribir, me duele encallarme, tropezar, y soy feliz cuando encuentro algo, cuando logro avanzar y aún más a partir del momento en que todo se dispara y a cada momento me surgen más ideas. Pero cuesta llegar a esa fase y no tengo garantías ni de llegar ni de volver a caer en los múltiples hoyos lunares, en mis propias trampas... Elegís los caminos difíciles..., me dijo una vez mi padre, ya lo conté aquí, y sé que utilizó el plural como una forma de timidez o de cortesía, porque al preguntarle me aclaró que sólo se refería a mí.

domingo, 9 de agosto de 2009

Hace un calor silencioso

Foto: I.N., Lugar durandiano, 2009
Tengo la sensación de que estos días he tenido poco tiempo para pensar, para darme cuenta de mis cosas, y esta noche un sueño me lo confirmaba advirtiéndome y hablándome del pasado. Era una inmensa fiesta o recepción oficial donde yo había perdido el bolso con todo, mi dinero (mis recursos), la documentación (mi identidad, mi yo, mi idea de mí, la imagen que me devuelve el otro, los otros), las llaves (cómo retirarme, mi espacio individual, mi refugio), y lo peor era que yo misma me escandalizaba de la calma con que lo había aceptado, resignada a la pérdida, y cuando iba a reclamar a una posible oficina de objetos perdidos, me entregaban, tal vez con cierto reproche o poniéndome en evidencia, un bolso que ya había perdido en el pasado, la otra vez, el otro año, en la otra fiesta, que estaba vacío, era un fino envoltorio sin gracia, de un color fosforescente (¿acaso sólo era luz o espuma, como la sacrificada sirena de Andersen?) y ni siquiera pesaba. En el pasado lo había perdido, había renunciado y vivido sin todo aquello, ¿y ahora iba a volver a renunciar? Me he despertado con un sobresalto angustiado y al atravesar el pasillo para ir al baño, la luz que iluminaba el suelo de madera, la visión atisbada de algunos libros, objetos y fragmentos de historia me ha hecho reconciliarme con mi casa antes de volver a dormir una hora más. Es verdad que estos días el caos de mi casa ("está en modo verano", como diría un sobrino mío) me pesa, me detesto por mi desorden, necesitaría unas vacaciones enteras para revisar y tirar... Lo haré cuando se acabe el contrato, cuando vaya a habitar ese sotanillo hermético y húmedo en Nou Barris de mis pesadillas diurnas, o peor, cuando me vaya a la calle lo harán otros por mí. O tal vez lo haré yo misma y me enseñorearé de mis aposentos. O quién sabe, puestos a soñar, si entraré en ese cielo del que habla un amigo, ese cielo en el que me incluye generosamente. Quién sabe.
Leo y leo a trozos, entreviendo posibilidades, juzgando traducciones. Mañana me queda un maratón hospitalario con M. (ayer me había dejado un mensaje en el contestador: "Isabel, decir algo", eran sus palabras; por lo visto alguien le había marcado), tal vez vaya acompañada por J. si es que aún no se agotó su paciencia, y luego tal vez ya pueda al fin empezar mis vacaciones, en sentido simbólico y real, aunque no vaya a moverme mucho. Olvidarme de los asuntos familiares. Volver a mi vida de antes. Ayer acabé de escribir un microcapítulo de mi novela y justo cuando ya tenía que irme -a visitar la nueva casa de V. y A., que me encantó y envidié por muchas razones, y luego a una cena generosa en la bonita casa de J., con mis persianas favoritas y visitada por una brisa silenciosa, ordenada como nunca estará mi cueva de Alí Babá, con un rape frío y delicioso-, empecé a escribir una escena que espero seguir hoy y que me produce ilusión contar al fin. Es extraño escribir esas historias obsesivas que tantas veces he formulado. No sé por qué me asusta tanto esa novela, si a veces, aunque sea a momentos, me produce esa rara felicidad. Hoy tengo un domingo shakespeariano, me voy con la reina de la traducción y el editor de Cafè Central a ver otra versión del Sueño al Maresme. Ya les contaré, lectores silenciosos, lectores tal vez inexistentes del verano.
Ah, en esta ciudad abandonada y desierta del verano (hasta los comerciantes chinos habían cerrado hoy), sin apenas kioscos, sin gente, algunos periódicos también se aligeran tanto que no nos dicen nada. En lugar de aprovechar la canícula para los artículos de reflexión, nos cuentan trivialidades -Como esos que piensan que en verano sólo se pueden leer best-séllers: ¡si es cuando mejor entra la filosofía, y los libros más largos y densos, cuando hay más tiempo para pensar!"- Y los correctores también se van de vacaciones. El otro día, en El País, un periodista veterano de ese diario empezaba su crónica diciendo "Estirado en la playa..." ¿No queda nadie que sepa ya que en castellano se dice tumbado o echado y que estirarse no significa eso, sino ponerse tenso o tirante? Parece que las redacciones están desiertas mientras los que mandan en el mundo siguen moviéndolo. El otro día, un veterano lector de periódicos me confesó que ahora ya sólo los lee en Internet. Esa actitud podría significar la desaparición de la prensa escrita en el mundo. Murdoch ya ha decidido cobrar por la lectura digital. Yo sigo comprándolos en papel, se leen de otra manera, los compro por turnos, los dos que me gusta leer, y echo vistazos digitales a la prensa extranjera. Alguien me pedía que escribiera más en mi otro blog. ¡No tengo tiempo! Cuando la prensa vuelva en sí, yo volveré a Polis.