Foto: I.N., Balcones de mi libro, 2009
Las atrapo a la fuerza, como pedacitos transparentes de finales de película de antes, enfrentándome (peligrosamente?) a esa aspiradora del olvido que pasa todas las mañanas y me los arranca. ¿Por qué? Y la facilidad con que logra borrarlo todo, o ese momento en que recuerdo una sensación, a veces entre física y abstracta pero intensa de un sueño y que se desintegra en la nada engullido por esa aspiradora (allá, allá lejos, donde habite el olvido) me aterra, imagino otras partes de mi cerebro borrándose como esos sueños, sobre todo ahora que contemplo cómo esa misma aspiradora borra los contornos de las cosas en la mente de mi madre... Aunque ella siempre quiso olvidar, siempre luchó por no saber, su miedo era contrario al mío, ella levantó un trono a la negación durante toda su vida y fue negando esforzadamente cada maldad que pasaba, incluso cuando ella era la víctima, pero también cada maltrato que ella permitía en su casa, cerrando los ojos, mirando a otro lado, utilizó los excesos de otros para sus venganzas inconscientes, repartió sus culpas como si no fueran suyas, nunca se atrevió a mirar de cara lo real ni tampoco sus propios temores, mintió siempre, excepto en su relación con pájaros y lagartijas, excepto en su mirada aterciopelada a la naturaleza, única realidad capaz de conmoverla, y ahora, como todos los zombies que andan ya sin saber, tiene que disimular su borradura, convertida en amenaza a su misteriosa independencia, a su caos libre del que tengo cierta herencia (como decía el aforismo brillante de Erika Martínez, "Los hijos caminan hacia nosotros alejándose."), y odia a sus testigos. Por teléfono, mientras yo volvía de mandarle a un amigo escritor tres libros como flechas esperanzadas, que me proyectasen un día más allá, donde se acaba la basura del suelo, se habla mejor y se protegen los árboles, V. me dio una clave para entender el significado de todos esos hombres que invadieron mis últimos fragmentos de sueños y quise decírselo a A., que se había fijado, pero se me olvidó. He leído el diario de Cataño como un libro matinal, pasando páginas, y me ha gustado. He envidiado su vida entre pájaros y jacarandas, sus áticos contemplativos, sus paseos de rastros y encantes; por lo menos, así brillan en su escritura. Yo, que estoy ya otra vez contemplando a los homeless como posibles iguales, despidiéndome. La lectura ha sido un gesto casual; intentaba averiguar por qué me proponía que me adhiriese a un grupo de fervientes de una Paula canaria, que no sé quién es. Yo no suelo hacerme ferviente ni fan de nadie (aunque mejor ferviente que fan, expresa una pasión que arde, casi mística esa palabra), y menos de alguien que no conozco, pero en el grupo estaba el librero de la calle Berlinés y eso me ha hecho dudar, porque si está él, parece que lo demás sea propicio. Sigo sin saber. También es verdad que el poeta canario apareció en una de estas colas de sueño mío, en la calle, con C.P., y aún no se lo he dicho (Por cierto que al día siguiente de soñarlo me pareció ver a CP en un pasaje, pero seguramente fue la cola del sueño, adherida aún a mis pensamientos... y en la microestela del sueño de hoy, una palabra que no existe, que yo no entendía, pero que puede ser un nuevo jeroglífico). Es extraño esto de Facebook. Ayer un italiano que no conozco me invitaba al concierto de un músico que nunca he escuchado y que en youtube cantaba con Battiato una extraña alegoría de Finnegan's Wake, y a tomar un vino y dormir bajo las estrellas o cerca, seguramente hospitalario, a algún lugar de Italia, no lejos de Roma, donde él vive y (bien) escribe. Y eso debía ser justo antes de leer mis textos de guerra bajo tierra, en ese refugio del Poble Sec, tan bonito con su volta catalana, el lunes 7 de julio (espero que vengan algunos de estos lectores silenciosos). Por cierto que alguien me contó que Cristina Peri Rossi también estuvo magnífica en la lectura triple de poetas del otro día, y lo que me contaron me hizo rescatar su Poesía reunida de la estantería y hablaba en un poema (¿por qué será que en la poesía siempre está todo?) de algo que yo justamente intentaba decir el otro día en la conferencia sobre o en torno a Collobert y ella de ese mismo cansancio de las historias terribles que le contaban, concluía: "como una ermitaña, me refugié en las palabras". Y luego leyéndola he vuelto a sentir que hablaba de mi, en varios poemas, de una yo de otro tiempo, como si me hubiera conocido y seguido, justamente allí donde yo estaba, en escenarios como el Cadaqués de antes, mirándome en ojos ajenos que sólo me espejeaban, para curar mi herida primera, en el tiempo en que yo fui aquélla sin comprender. No sé aún lo que será de este día, parece que hay cambios en el horizonte más cercano. Oigo sin querer, como un ruido insidioso, la radio del vecino, y aunque debe de ser buena música, a mí me llega sólo como algo molesto. Ayer el chelista ensayaba intensamente, pero no duró mucho. Era una música maravillosa, pero yo me acuerdo de la fiebre, cuando su música me hería, me invadía, entraba a jirones en mi cabeza, sacudiéndome el cuerpo, y sólo soñaba con el silencio y las nubes más densas, baudelairianas.
Sigo con Sebald. Tal vez le dedique un post. Anteayer, A. me trajo Austerlitz al paseo del parque de Mandri. Atravesamos esa zona de Arimón que han convertido en decorado de campo de concentración, y torturan a los vecinos y paseantes con nuevas obras. ¿Por qué ese horror de alambradas? ¿Por qué no esos muros verdes o azules oscuro que ocultan las obras elegantemente en París y Londres, con plataformas planas y cómodas pasarelas para que los transeúntes puedan seguir avanzando sin problema, sin caerse en los hoyos, sin tragarse el polvo? Porque nuestros políticos municipales detestan la belleza, la consideran enemiga y la destruyen con saña, y quieren castigar a los ciudadanos, de un modo especial a los que no les votan. ¿Creerán que así van a votarles o les habrán dado por perdidos? En el parquecillo de Mandri, plaza arbolada con estanque donde yo llevaba a G. de pequeño, alejándome de la zona espantosa de los padres y niños, nos sentamos un momento a hablar, ya caído el sol, ya instalándose el fresco.
Hoy me esperan unos cuantos recados y también una reseña africana, y acabar de hilar mis textos de guerra, y renovar mi dedicación a mi libro de imágenes, de horas, de balcones. Tal vez luego, tarde, escriba más aquí, aunque lo dudo.
Plus tard...
Una escritora ensayista argentina de origen armenio, Ana Arzoumanian, me ha mandado un mensaje por Facebook sobre mi libro balcánico. Se titula "Deseante" y dice así: Así me ha dejado tu libro, Isabel. Lo he terminado. He marcado muchas páginas. Lo he citado en un ensayo mío sobre diáspora armenia en Argentina. He subrayado libros para buscar, películas. He visto ciertas imágenes (recién, recién) de Kukumi que me han hecho pensar cosas sobre la relación de las mujeres con el hombre abatido en las guerras. En fin, deseante: así me has dejado.
Quiero agradecerte, como lectora, por el trabajo, pero sobre todo por la sensación que transmite tu libro, Isabel. Tu libro es un pedazo de la guerra, del conflicto. Lejos de aclarar, o de seguir un sentido erudito de las diversas líneas en tensión; justamente, las pones en tensión provocando un efecto de reproducción de esas zonas. Como si el lector se encontrara envuelto en el clima de guerra. Un abrazo raro, entre doloroso y alegre. Dolor por "sufrir" eso que aparece en tu texto y alegría por sentir que las palabras elegidas, escritas, leídas, son también cierta luz.