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domingo, 20 de diciembre de 2009

A veces

Foto: I.N., Árboles de invierno en Bruselas, 2008
Tengo la sensación de enfrentarme al absurdo inútilmente sin encontrar la salida del laberinto. Se estropeó la caldera de mi casa. Llamé para que me la arreglaran, vino un técnico pero no sólo no la arregló, sino que empeoró, pero él siguió insistiendo en que la caldera funcionaba perfectamente. En otro mundo, pensé yo, porque en éste, la casa se hiela. Me he despertado constipada. Según ellos, todo funciona como debe. Ahora, para que los radiadores se calienten, hay que ponerla al máximo (eso sí, la compañía del gas saldrá ganando), pero en cuanto la bajo un poco de ese máximo, todo vuelve a helarse. No hay término medio y ellos niegan lo que les digo, no escuchan, insisten en que todo está bien y repiten que las temperaturas han bajado, como si yo no me hubiera dado cuenta.
Esta mañana he leído a Célan y he encontrado cierto alivio en su frío otro, en ese Wo Eis ist, ist Küble für zwei (Donde hay hielo, hay frescor para dos)... Ayer estuve leyendo otra cosa para mi ensayo, avanzando lentamente, pensando en lo que yo quería decir.
Sé que esta melancolía que se apoderado de mí esta mañana viene de mi libro, del duelo que implica una vez entregado, del arrancamiento que supone, y de todo eso que hago para escaparme, para eludir lo que ahora me espera, del miedo que me da ese foso de los leones, y también de la añoranza de mi mundo, que desaparece, de quienes me guiaron, y de los árboles, de todos esos árboles de los que habla V. y que aquí siguen arrancando. Sé también que un duelo en diciembre es más difícil para mí, diciembre va asociado a la muerte de mi padre y a todo lo que no pudo ser, a la cobardía y el silencio que se enseñorearon de todas las cosas, a la realidad de mi origen, que es opuesta a esa forzosa felicidad navideña.
Estuve andando y andando obstinadamente en el frío, en busca de mis pensamientos, buscando en las pequeñas luces nocturnas el hálito de algo vivo, las llamas de la fosforera de Andersen, como seguiré haciendo hoy, si encuentro la manera de resistir. Al llegar, la casa helada me recibe como el hielo de Célan, ¿pero qué puedo hacer? Nada funciona y no hay nadie a quien reclamar, todos parecen obedecer a otras razones. Si pese al frío lograse escribir, si reuniera ese valor, si encontrase una vía... Todo parece más posible mientras ando; ayer, la ciudad estaba vacía por el fútbol; seguramente los técnicos de la calefacción también estaban en sus casas, viendo el partido, que es lo único que importa en este país sin memoria. Un titular tendencioso parecía negar perversamente las matanzas franquistas sólo porque no habían encontrado la tumba de Lorca y de los que enterraron con él. "Nunca hubo enterramientos", decía absurdamente, como si el hecho de que no estuvieran allí significara que no hubieran ocurrido. Ese mismo absurdo de los técnicos de la caldera, de los políticos municipales que cortan todas las arboledas porque "no se pueden tocar los parkings" o para construir más. Ayer pasé por otra plaza (con nombre de músico) asolada con sus árboles para construir un inmenso aparcamiento. En ese paseo cometí varios errores. Es como si ahora sólo pudiera agravar la desolladura, llevarme al extremo. Leí de esos indigentes que huyen del refugio pese al frío. La ciudad parece llena de gente que pide.
Yo seguía andando y perserverando en mi vacío, contra el frío, con las botas de siete leguas, buscando la belleza que aún queda, con esa obstinación de la que habla Objeto a, o esa resistencia de la que habla El Pasaeltiempo.

sábado, 13 de junio de 2009

Colas de sueños

Foto: I.N., Balcones de mi libro, 2009
Las atrapo a la fuerza, como pedacitos transparentes de finales de película de antes, enfrentándome (peligrosamente?) a esa aspiradora del olvido que pasa todas las mañanas y me los arranca. ¿Por qué? Y la facilidad con que logra borrarlo todo, o ese momento en que recuerdo una sensación, a veces entre física y abstracta pero intensa de un sueño y que se desintegra en la nada engullido por esa aspiradora (allá, allá lejos, donde habite el olvido) me aterra, imagino otras partes de mi cerebro borrándose como esos sueños, sobre todo ahora que contemplo cómo esa misma aspiradora borra los contornos de las cosas en la mente de mi madre... Aunque ella siempre quiso olvidar, siempre luchó por no saber, su miedo era contrario al mío, ella levantó un trono a la negación durante toda su vida y fue negando esforzadamente cada maldad que pasaba, incluso cuando ella era la víctima, pero también cada maltrato que ella permitía en su casa, cerrando los ojos, mirando a otro lado, utilizó los excesos de otros para sus venganzas inconscientes, repartió sus culpas como si no fueran suyas, nunca se atrevió a mirar de cara lo real ni tampoco sus propios temores, mintió siempre, excepto en su relación con pájaros y lagartijas, excepto en su mirada aterciopelada a la naturaleza, única realidad capaz de conmoverla, y ahora, como todos los zombies que andan ya sin saber, tiene que disimular su borradura, convertida en amenaza a su misteriosa independencia, a su caos libre del que tengo cierta herencia (como decía el aforismo brillante de Erika Martínez, "Los hijos caminan hacia nosotros alejándose."), y odia a sus testigos.
Por teléfono, mientras yo volvía de mandarle a un amigo escritor tres libros como flechas esperanzadas, que me proyectasen un día más allá, donde se acaba la basura del suelo, se habla mejor y se protegen los árboles, V. me dio una clave para entender el significado de todos esos hombres que invadieron mis últimos fragmentos de sueños y quise decírselo a A., que se había fijado, pero se me olvidó.
He leído el diario de Cataño como un libro matinal, pasando páginas, y me ha gustado. He envidiado su vida entre pájaros y jacarandas, sus áticos contemplativos, sus paseos de rastros y encantes; por lo menos, así brillan en su escritura. Yo, que estoy ya otra vez contemplando a los homeless como posibles iguales, despidiéndome. La lectura ha sido un gesto casual; intentaba averiguar por qué me proponía que me adhiriese a un grupo de fervientes de una Paula canaria, que no sé quién es. Yo no suelo hacerme ferviente ni fan de nadie (aunque mejor ferviente que fan, expresa una pasión que arde, casi mística esa palabra), y menos de alguien que no conozco, pero en el grupo estaba el librero de la calle Berlinés y eso me ha hecho dudar, porque si está él, parece que lo demás sea propicio. Sigo sin saber. También es verdad que el poeta canario apareció en una de estas colas de sueño mío, en la calle, con C.P., y aún no se lo he dicho (Por cierto que al día siguiente de soñarlo me pareció ver a CP en un pasaje, pero seguramente fue la cola del sueño, adherida aún a mis pensamientos... y en la microestela del sueño de hoy, una palabra que no existe, que yo no entendía, pero que puede ser un nuevo jeroglífico). Es extraño esto de Facebook. Ayer un italiano que no conozco me invitaba al concierto de un músico que nunca he escuchado y que en youtube cantaba con Battiato una extraña alegoría de Finnegan's Wake, y a tomar un vino y dormir bajo las estrellas o cerca, seguramente hospitalario, a algún lugar de Italia, no lejos de Roma, donde él vive y (bien) escribe. Y eso debía ser justo antes de leer mis textos de guerra bajo tierra, en ese refugio del Poble Sec, tan bonito con su volta catalana, el lunes 7 de julio (espero que vengan algunos de estos lectores silenciosos). Por cierto que alguien me contó que Cristina Peri Rossi también estuvo magnífica en la lectura triple de poetas del otro día, y lo que me contaron me hizo rescatar su Poesía reunida de la estantería y hablaba en un poema (¿por qué será que en la poesía siempre está todo?) de algo que yo justamente intentaba decir el otro día en la conferencia sobre o en torno a Collobert y ella de ese mismo cansancio de las historias terribles que le contaban, concluía: "como una ermitaña, me refugié en las palabras". Y luego leyéndola he vuelto a sentir que hablaba de mi, en varios poemas, de una yo de otro tiempo, como si me hubiera conocido y seguido, justamente allí donde yo estaba, en escenarios como el Cadaqués de antes, mirándome en ojos ajenos que sólo me espejeaban, para curar mi herida primera, en el tiempo en que yo fui aquélla sin comprender.
No sé aún lo que será de este día, parece que hay cambios en el horizonte más cercano. Oigo sin querer, como un ruido insidioso, la radio del vecino, y aunque debe de ser buena música, a mí me llega sólo como algo molesto. Ayer el chelista ensayaba intensamente, pero no duró mucho. Era una música maravillosa, pero yo me acuerdo de la fiebre, cuando su música me hería, me invadía, entraba a jirones en mi cabeza, sacudiéndome el cuerpo, y sólo soñaba con el silencio y las nubes más densas, baudelairianas.
Sigo con Sebald. Tal vez le dedique un post. Anteayer, A. me trajo Austerlitz al paseo del parque de Mandri. Atravesamos esa zona de Arimón que han convertido en decorado de campo de concentración, y torturan a los vecinos y paseantes con nuevas obras. ¿Por qué ese horror de alambradas? ¿Por qué no esos muros verdes o azules oscuro que ocultan las obras elegantemente en París y Londres, con plataformas planas y cómodas pasarelas para que los transeúntes puedan seguir avanzando sin problema, sin caerse en los hoyos, sin tragarse el polvo? Porque nuestros políticos municipales detestan la belleza, la consideran enemiga y la destruyen con saña, y quieren castigar a los ciudadanos, de un modo especial a los que no les votan. ¿Creerán que así van a votarles o les habrán dado por perdidos? En el parquecillo de Mandri, plaza arbolada con estanque donde yo llevaba a G. de pequeño, alejándome de la zona espantosa de los padres y niños, nos sentamos un momento a hablar, ya caído el sol, ya instalándose el fresco.
Hoy me esperan unos cuantos recados y también una reseña africana, y acabar de hilar mis textos de guerra, y renovar mi dedicación a mi libro de imágenes, de horas, de balcones. Tal vez luego, tarde, escriba más aquí, aunque lo dudo.
Plus tard...
Una escritora ensayista argentina de origen armenio, Ana Arzoumanian, me ha mandado un mensaje por Facebook sobre mi libro balcánico. Se titula "Deseante" y dice así:
Así me ha dejado tu libro, Isabel. Lo he terminado. He marcado muchas páginas. Lo he citado en un ensayo mío sobre diáspora armenia en Argentina. He subrayado libros para buscar, películas. He visto ciertas imágenes (recién, recién) de Kukumi que me han hecho pensar cosas sobre la relación de las mujeres con el hombre abatido en las guerras. En fin, deseante: así me has dejado.
Quiero agradecerte, como lectora, por el trabajo, pero sobre todo por la sensación que transmite tu libro, Isabel. Tu libro es un pedazo de la guerra, del conflicto. Lejos de aclarar, o de seguir un sentido erudito de las diversas líneas en tensión; justamente, las pones en tensión provocando un efecto de reproducción de esas zonas. Como si el lector se encontrara envuelto en el clima de guerra.
Un abrazo raro, entre doloroso y alegre. Dolor por "sufrir" eso que aparece en tu texto y alegría por sentir que las palabras elegidas, escritas, leídas, son también cierta luz.

sábado, 9 de mayo de 2009

El hombre de la caldera, las discusiones y los cuentos de niños

Foto: Gerda Weber. Yo con veintifú, haciendo de La hermana pequeña de Chandler, con el pelo teñido diabólicamente de rojo oscuro -lo que me costó quitármelo-, en un montaje de la Serie Negra de Bruguera, no sé qué año (esta escena aparece en uno de mis cuentos, que saldrán este otoño en Menoscuarto).
Ayer vino un gigante a revisar la caldera. En la última revisión, un técnico me había cambiado los sensores y desde entonces había que subir la calefacción al máximo para que los radiadores se pusieran medio tibios. Llamé para protestar, pero me pasaron al mismo técnico recalcitrante, que me aseguró que la situación de antes -la casa en invierno siempre caliente con los radiadores al mínimo- era lo anormal y que ahora que había entrado en la normalidad, no gastaría más. Naturalmente, era mentira y encima coincidió con un invierno largo y muy frío.
El técnico de ayer, que ocupaba media cocina con su corpulencia y estaba empeñado en tutearme, aunque yo le hablaba de usted, parecía necesitar que le escuchara y atendiera todo el tiempo y repitió unas cincuenta veces la misma información: me dijo que el otro técnico me había ajustado la caldera para una casa mucho más pequeña y que era lógico que no funcionara y que gastara más. No se le ocurrió que yo pudiera estar falta de tiempo o que trabajase en una casa. A mí se me ocurrían maneras mejores de aprovechar mi primer día sin traducir a ZB, e intenté varias veces darle a entender que no teníamos que hablar tanto. "Estaré trabajando allí", le dije. "Si necesita algo, me llama". Pero él seguía llamándome y repitiendo lo mismo. Al fin, resolvió el asunto y se fue, recomendándome que preguntase por él para la revisión de octubre. "Me llamo Álvaro", me dijo. "Pregunta por mí."
Por la noche fui con T. a ver una extraña película en el Baff, Plastic City. La enormidad de todo, la ciudad gigante de rascacielos de Sao Paulo, la exuberancia de la naturaleza y del mar, la sensualidad también distorsionada de los cuerpos, la vida animal, la violencia desatada, una mezcla de atmósfera samurai con las mafias brasileñas, y todo en una extrañeza que no excluía la poesía de algunas imágenes o la forma de contar o la belleza asombrosa del protagonista japonés. Y a la vez yo me acordaba de L. allí encajada en un cine tan lleno de gente que tenía que hacer un esfuerzo para abstraerme y no sentirme asfixiada. Volvimos andando hasta casa, en un largo paseo en el que la ciudad parecía contagiada de la película o por lo menos de su extrañeza.
Esta mañana me he dejado atrapar en una discusión absurda que me ha llenado de tristeza. Otra vez el pasado aleteaba en el presente y estaba yo inmersa en aquella máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", cuando un comentarista del dorso ha llegado a reivindicar el futuro y la desmemoria. ¿Por qué será que algunos quieren convencerme y corregirme en lugar de contar lo que quieran en su espacio y dejarme en paz con mis obsesiones?
Pensaba dedicarme a leer y había quedado vagamente en volver al Baff a ver un documental nepalí, pero la discusión o mejor dicho, la impresión de que no se podía hablar de las cosas o de que todavía ahora esa negación de la realidad, ese antiguo no escucharse ni entenderse o esa impresión de que alguien nos convierte indefectiblemente en enemigo hagamos lo que hagamos y nos confunde consigo me dejaba un poso amargo, así que he cambiado de opinión. He hablado un momento con my wise cousin V: sus explicaciones me producen alivio y su sagèsse me alegra el espíritu. Me pregunto cómo vivía yo antes de conocerla. Ella entiende rápidamente las cosas y sabe explicarlas de tal modo que todo se reordena. Va a ser una eminencia y si el mundo fuera mundo tendría ya el reconocimiento que merece. Un día habrá cola para recibir su escucha porque tiene un talento, un insight y una luminosidad psicoanalítica especiales.
Pero necesitaba andar y he decidido ir a buscar unos cuentos para unos niños amigos y me he quedado sobrecogida. Todo es extraordinariamente feo y lo que es peor, sustituyen la imaginación y la literatura por un didactismo estúpido y reductivo, que considera a los niños tontos. V. me ha recordado a aquel autor que recomendaba el blogger Iluminaciones, Shell Silverstein, pero estaba casi todo agotado, aunque he encargado uno de título casi lacaniano (The Missing Piece). Tampoco había Beatrix Potter. Los clásicos están ilustrados con ese estilo feísta y desagradable que aquí les parece moderno. En algunas librerías tienen algunos cuentos ingleses y franceses, pero demasiado pocos y casi todos los he comprado ya (Maurice Sendak, por ejemplo, o aquel Kipling maravilloso, Just So Stories). Ni había Roald Dahl, ni Quentin Blake, ni nada con un poco de sutileza. Todo era feísimo y completamente estúpido y no me parece casual. Creen que los niños no pueden leer ni pensar, ni escuchar un cuento. Para los pequeños, todo son imágenes perversamente realistas (he tenido que comprar al pequeño uno de esos de Helen Oxenbury, sin palabras, donde los padres tienden a ser gordos e informes y parecen nacidos aquí; pero era lo menos feo que he encontrado, y me he propuesto volver a encargar todos los cuentos y no improvisar). Para ese nivel, al menos eran interesantes los de Catherine Dolto , pero tampoco los tenían. Incluso los pocos bonitos o sutiles o con buenas historias e ilustradores inteligentes que había antes han desaparecido. Preparan a los niños para la des-educación, la estupidez, la fealdad, la destrucción de la historia, del saber, del patrimonio, de los árboles. Preparan a los niños para un mundo corrupto y feo de gente pasiva que piense sólo en objetos materiales con sus marcas y no sueñe ni sea crítica ni piense por su cuenta.
Al volver, G. (obligado y estresado porque llega tarde a sus ritos sociales: Oh dear, oh dear, it is soooo late!) me ha traído un sutil regalo de cumpleaños que la guapa madre de los niños amigos no había podido darme, y en la esquina de casa me he encontrado a C. Hace semanas que no comemos y nos hemos enzarzado a hablar de escritura, de vida disipada, de cuentos feos y tontamente didácticos, de políticos espantosos y gente que les sigue votando porque creen que son los suyos, por razones falsamente ideológicas, decía C., y a mí me recordaba a aquello que decía Proust del señor que sigue comprando los pastelillos de crema en no sé qué pastelería sin darse cuenta de que hace años que dejaron de ser buenos.
Y ahora me vuelvo a mi lectura. Mañana he quedado con el poeta canario para ver unas colinas arbóreas.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Las moscas

Foto: I.N., Escaparate parisino, 2009
Unas mosquitas pequeñas, de primavera, vuelven a volar en un círculo pequeño de la terraza, en una danza que fascina a la gata Gilda, aunque al final el sol puede más y la gata cierra los ojos, en esa vida ensoñada suya que transcurre sobre todo en territorios oníricos y sensualidad perezosa sin obligación ni culpa.
Ayer salí de una casa de Diagonal Passeig de Sant Joan donde ululan unos monos que le dan al aire una nostalgia vagamente selvática. Tenía una misión en una extraña tienda esotérica más arriba de Lesseps y no había comido, pero aunque la sacrocraneal me había vaticinado que estaría cansada y somnolienta, no podía dejar de andar. Llevaba manoletinas y tal vez tuvieran las propiedades mágicas de las zapatillas rojas de Andersen y me convirtieran en Moira Shearer, el caso fue que recorrí el Passeig de Sant Joan hasta arriba mirando los plátanos, que extendían sus hojas como faldas de bailarina de muselina verde agitándose levemente a la luz. Pasé seguramente junto a la casa de la abuela proustiana que tanto condicionó a su nieto artista conceptual, y recordé otros habitantes literarios de esa calle, y pensé en la foto antigua en que Passeig de Sant Joan es un espeso bosque. Aún quedan algunas casas bonitas y esos árboles, que crecieron a pesar de la tierra compactada y cementosa, delgados pero abriéndose como manos lánguidas y nervudas retorcidas hacia el cielo, ¡manos flamencas! De vez en cuando (Indústria, Sant Antoni Maria Claret), a la izquierda o la derecha, una esquina de ese feísmo que tanto gusta a nuestros arquitectos y al ayuntamiento y que me causaba un estremecimiento interior. Pero yo iba buscando la belleza y la verdad, como dice un librero amigo citando a no sé quién, o como Walser en sus paseos montañosos, sobre todo porque cada vez más siento que la fealdad me enferma y cuanta más belleza me rodee más protegida me siento (pero es tan difícil en esta ciudad, donde el ayuntamiento se puso hace años al lado del feísmo más brutal y absoluto y no para de avanzar, destruyendo con saña los rincones luminosos). Las zapatillas mágicas me llevaron hasta el final y luego por Torrent de les Flors arriba, donde los asaltos de la fealdad se iban haciendo más y más visibles, pero yo me obstinaba en mirar casitas de una belleza proletaria y con aires de la vieja Barcelona anarquista, o esa plaza donde Rovira i Trias se sienta oscuramente en el centro, o los cds que giran al sol para espantar a las palomas en algunos balcones, o una extraña columna de ladrillo retorcido que parece sostener un porche.
Cuanto más crecía lo feo más improbable era que me parase a comer algo, porque la fealdad va unida a los bares grasientos, como en Sants, y expulsan vaharadas disuasorias junto con sus pizarras de menús. Atravesé la vilamatiana Travessera del Mal y quise entrar al monasterio de Sant Josep de la Muntanya, a ver aquella capilla llena de ex-votos, pero no sé si ya no existe o estaba cerrada. Había tres mujeres sentadas al sol. Vi el edificio bonito y singular donde vive la italiana-barcelonesa AM, dominando la ciudad, atravesé callecitas insospechadas y al fin llegué a la brutal fealdad de Hospital Militar, sin querer mirar el horror que lleva el apellido del pobre Ferdinand. Calle arriba habían masacrado los árboles, a modo de poda-escabechina, típica del Parcs i Jardins de la escuela mayoliana. Todo olía a grasa y a contaminación. Había siniestras grúas en los únicos jardines que quedan y que se veían desde la casita blanca, las orgullosas palmeras de unas monjas, seguramente vendidas ya a algún mafioso del cemento. Y luego llegué hasta el principio de la calle Putxet sorteando obras y calles masacradas de fealdad, como Escipió, donde han ido derruyendo toda la belleza, vergonzosamente. Una señora mayor, muy amable, lleva días trayéndome el correo que una cartera nueva ha decidido dejar en su casa, sólo porque esa señora vive en el mismo número de otra calle cercana, y por suerte para mí, mi tocaya numérica tiene buena voluntad. Así me ha llegado un libro de Colette, otro de Ramon Dachs, una carta de Random (nunca mejor dicho)... Llamé a correos para quejarme porque ya van tres días en que la cartera decide no mirar el nombre de la calle sino sólo el número, por una razón misteriosa que sólo ella conoce. Me dijeron que vendría a verme, para hablar conmigo, pero no ha venido. Le dije al funcionario que no tengo nada que hablar con ella, sólo quiero que me traiga las cartas a mi casa. "Habrá que ver si son nuestras", espetó entonces el funcionario. Con sellos y matasellos de correos, ¿de quién podrían ser? Correos es así. En verano pasamos un mes sin correo porque, según me dijeron en la oficina cuando llamé, un vecino había dado orden de que no lo trajeran durante las obras. ¿Qué vecino? ¿Y cómo podía decidir un vecino por todos? ¿Era eso regular? De no haber llamado yo para preguntar las cartas de todo el edificio se habrían quedado allí o habrían sido devueltas al remitente for ever and ever. Y es que en este país la gente es pasiva y se conforma con todo.
Intento escribir lo imposible de escribir, una conferencia sobre una autora experimental que se opone a mi narratividad con fiereza dolorosa y que me interpela brutalmente con su texto (no sólo por su suicidio temprano, que me recuerda a FW), me sacude como aquellas olas de la playa de Las Furnas (antes del Prestige, ay), que hacían reír a los delfines, pero arrojaban violentamente a la orilla a cualquier intrépido bañista con el pelo para arriba, la piel coloreada por la erosión de la arena y un golpe despiadado.
Pero yo recorro ya ese camino como si fuese en bicicleta por una de aquellas carreteritas de mi infancia, llenas de las luces y sombras de los árboles, que formaban cúpulas verdosas, todos esos árboles que talaron por una ley perversa, pero que en Francia siguen maravillándome (sin duda por ese trastorno ocular mío que un reseñista, de esos orgullosos de su españolidad que se enfurecen por cualquier crítica comparativa, me atribuyó y que según él me impide ver basuras en el suelo en Europa o me hace imaginar carreteras arbóreas en Francia). Dice un poema mínimo de Ramon Dachs, de un librito bastante oriental
camins arbrats
amb perspectives
per on fugir
Ayer se cayó un montoncito de libros y apareció uno de poemas de Bertini y los releí. La suerte de la poesía es esa condensación que permite leer tanto en tan poco tiempo... Muchos volvieron a sorprenderme, pero me quedé con
árbol navideño:
andaré por la que fue mi casa con cuidadosos
pasos de silencio
para no despertar a los que vivan dentro
faltarán mis dibujos, mis gatos, mis humores
pero habrá algún lugar donde todavía yo
palpite
un rincón cualquiera donde
¡ay de mí!
todavía no haya muerto.
Les dejo con él porque el tiempo vuela. Aunque, como decía ayer un editor muy activo en Facebook
"One post a day keeps the doctor away!"

miércoles, 13 de agosto de 2008

Aire


Foto: I.N, mis chanclas japonesas, 2008.

A medianoche me despertaron ráfagas de aire fresco. Cambio de tiempo. Había un personaje de cuento que se iba y llegaba sólo con los cambios de tiempo, giraban las veletas y hacía el equipaje. Yo tenía un amigo anglosajón que parecía funcionar así, aunque fuese casual, y se convirtió en una broma nuestra.
Ayer, en pleno calor, fui con V. y A. al CCCB a ver la exposición de Ballard. Una vez, comprando un libro suyo para mis clases en la UIC, me encontré a Ramón de España, fan de Ballard, y comentamos la extraña condición de ese escritor lúcido y con universo muy propio, en Inglaterra autor de culto, olvidado en este país: unos porque le consideran escritor de género, y los aficionados al género (sci-fi), considerándole traidor por haberlo abandonado. Y es que las pesadillas de Ballard se hacían realidad tan deprisa que se convertían en hiperrealismo...
Antes de entrar aprovechamos un rincón de sillones para leerles (a V y A) mi último cuento, que ya está cerrado y acabado. Luego la atmósfera de ese escritor inteligente y visionario, que pasó su niñez en un campo de internamiento chino junto con sus padres y otros ingleses, me cautivó. No es que el montaje sea magnífico, pero tiene algunos detalles sutiles y sólo por ver su película del retorno a Shanghai y el vídeo de sus respuestas a un test clásico (me encantó que alguien que ha hecho literatura de la pura catástrofe, ante la pregunta "¿A veces teme que suceda algo terrible?" conteste sin dudar: "No".), algunas de sus citas (la ficción ya existe en el mundo real, el escritor sólo tiene que inventar la realidad), la obsesión de las fantasías, ensoñaciones, proyecciones del inconsciente y recordar los dos o tres libros suyos que leí y conectarle con Cronemberg... vale la pena haber ido.
Entré en la librería del CCCB y me hizo ilusión comprobar que mi libro La plaza del azufaifo estaba en la mesa de novedades (en esa librería hay poca literatura). Me dicen que en la Laie de siempre cuesta encontrarlo porque lo han colocado en sociología; al dorso alguien puntualiza que mi editor lo coloca en urbanismo y política. Y todos tienen razón, nadie se equivoca, aunque Sagarra en La Vanguardia y Millán en el Babelia sí vieron que era literatura. Ay, libros mezclados, mestizos, donde dice Vila-Matas que los géneros se suceden como estados de ánimo. En La Central (de Mallorca) está en esa mesa de honor, con las novedades escogidas de ficción y una etiqueta roja que dice "La Central us recomana". El librero de la calle Berlinès, antes de cerrar por vacaciones, lo tenía vistoso en el escaparate y Alibri también. Y el llibreter ofreció su lectura inteligente, y el blog Nel corpo oscuro....
He comido con JC, y he tenido que dedicarle mi azufaifo, sin mucha inspiración, porque hoy he dormido poco. JC se iba a NY, cumpliendo una decisión siempre postergada, asociada a un sueño insidioso y enigmático que tal vez ahora resolverá. Yo le imaginaba bien en las calles de NY, pero -no sé por qué- con abrigo. JC estaba lleno de su humor y su vitalidad intelectual. "La mirada de quien escribe es lo único importante", ha dicho, y yo he pensado en la suya, aunque no escriba, aunque insista en ser un bartlebiano puro ante la escritura. Me ha regalado un libro precioso, Album André Breton, editado por Gallimard, profusamente ilustrado, como diría una responsable de prensa de un museo que conozco, pero con unas fotos y dibujos magníficos, un libro pequeño, ligero, perfecto para leer en el metro, lleno de historias de esa época efervescente de París y las vanguardias y las posiciones políticas y el surrealismo y dadá y los fotógrafos y artistas. Una delicia. Me ha contado JC que le regaló un libro de edición maravillosa titulado La crudeltà a un joven que desde siempre se interesó por la violencia en la literatura y el arte. Le he contado de la iconografía religiosa y los grabados de una amiga bibliotecónoma que tenía casa en Castellterçol. En la cocina había uno donde aparecía un santo crucificado y sus intestinos salían de su vientre y se enroscaban en una rueda siniestra... De paso por La Central, donde yo iba a recoger un poemario arbóreo de Carner (¿por qué en 62 hacen unas portadas tan feas? El otro día me pasó con una de Palau i Fabre; me obligan a forrar esos libros para no deprimirme) que me recomendó Iluminaciones, he acabado comprándome ese Joseph Brodsky que todo el mundo me recomendaba, Watermark, pero traducido por Menchu Gutiérrez, y JC me ha comprado la trilogía de un autor canadiense de principios del XX, Robertson Davis, The Deptford Trilogy. On verra bien... Las vacaciones son breves pero tengo una borrachera de libros posibles para llevarme a mi semana isleña. He decidido -en un extraño arrebato libre y peligroso- no llevarme el ordenador e intentar comprimir mi maleta (yo siempre llevo demasiadas cosas y esta vez, uno de mis compañeros de viaje ¡lleva sólo una mochila!).
Al llegar a casa me ha llamado mi amigo pelirrojo de Figueres (el primer fan de Ballard que yo conocí, en 1980), que había leído mi libro buscándose (alguien le avisó de que salía) y he tenido que comprimir la conversación porque tenía que irme con V a unas tiendas japonesas en pos de un regalo por la hospitalidad ibicenca. Mi generosa anfitriona me había mandado un sms matinal, confirmando que le encantan los cuentos de William Boyd y que navegar (entre Turquía y Grecia) le cansa ya un poco. Yo me había acordado de ella viendo The Painted Veil porque tiene ese aspecto (y espíritu y acento) anglosajón clásico, como Gene Tierney en The Razor's Edge.
En la tienda japonesa he encontrado una tetera preciosa de oferta (con un levísimo defecto) y unas chanclas que son exactamente lo que buscaba, además de los pequeños regalos de hospitalidad isleña. Hemos tomado un chai delicioso en una tetería especial. Corría una brisa muy agradable y yo he deseado vivir en un vecindario donde todo fuera viejo, antiguo, lejos de la fealdad mediocre que ha sustituido a todo lo histórico en mi barrio. He vuelto leyendo de Breton y sus coetáneos, feliz con mis adquisiciones, comiendo azufaifas chinas y casi curada ya de los efectos y resonancias en el cuerpo de una crueldad pasajera.
Por cierto, esta mañana he escrito un principio de un cuento nuevo-viejo balcánico que me acosa. Pero apenas unas frases, sin garantías. Mañana veremos.

domingo, 27 de enero de 2008

Paseo y conversación


Ilustración: del libro Kunstformen der Natur (cedida graciosamente por Nomesploraria)
Esta mañana había quedado a pasear con dos antiguas amigas a las que no había vuelto a ver. Una vive en Austin, Texas y apareció hace poco en mi email y no podíamos parar de escribirnos. Ella sigue pintando y vive en un lugar lleno de árboles y oppossums y pájaros carpinteros. La otra vive en Barcelona, pero nos habíamos perdido la pista, sigue siendo médica y tras trabajar veinte años en Sant Pau, dedicada a los enfermos de Sida, ha pasado a una clínica, porque, dice, a estas alturas necesitaba trabajar menos y cobrar más. Nos hemos encontrado en La Rotonda y hemos subido andando por la carretera de Les Aigües, que estaba llena de ciclistas y corredores, pero nosotras nos hemos ido adentrando por el bosque, esquivando a la gente, y hemos estado admirando algunos serbales, hayas y fresnos en la parte más húmeda y frondosa, y flores raras y viperinas, mientras nos contábamos y repasábamos trozos de nuestras vidas, y hemos acabado tomando un aperitivo en el viejo y aún bonito Merbeyé, que me recuerda a otros tiempos, cuando Xavi Mariscal me dibujó en un cómic y yo hablaba con Carles Riart de otra vida distinta y de la belleza de las cosas. Recuerdo que una vez íbamos andando por Ciutat Vella, que entonces era muy distinta de lo que es ahora, y yo le señalé las ventanas de un viejo casón magnífico donde me habría gustado vivir y él me dijo: "Però tu no ets una noia del barri de La Ribera..."
Por el camino hemos visto algunas de esas horribles dentelladas que la construcción ha arrancado a nuestro último pulmón verde, como esa espantosa urbanización llamada Torre Vilana, que tras un sembrado de feísimas casas de lujo mal entendido, ha empezado a mordisquear el parque natural para ampliar su feo sembrado de piscinas. Al volver, he visto en indymedia que algún amante de Collserola había protestado por ese horror, y luego he leído comentarios de esos cenutrios que apoyan ese horror con su ignorancia, que acusaban a los denunciantes de envidia, sin poder imaginar que hay otros lujos que sí son envidiables y no esa fealdad contaminante del bosque. Para algunos de esos extraños seres, el argumento es que "vale más una urbanización de lujo que un agujero lleno de papeles y jeringuillas". Naturalmente, no se les ocurría que en otros lugares del mundo, la gente no tira papeles y jeringuillas al suelo con tanta alegría como aquí, y si los tiran, para eso están las brigadas de limpieza de los ayuntamientos. Otro le contestaba diciéndole que deberíamos valorar más el verde y ayudar a preservarlo. Y es que, aunque les moleste a esos catalanes que, según El País de ayer, "están contentos con el Tripartit pero no saben por qué" (no saben decir ni una sola razón ni acción de gobierno que sostenga su argumentación, y simplemente creen que todos sus males vienen de Madrid), a esos que se exaltan si alguien rompe su ensueño con una crítica, y aunque a mí no me parezca en absoluto un lugar ideal para vivir, en Luxemburgo, por ejemplo, no hay un solo papel en el suelo de las calles, y los parques y el bosque se llenan de gente que pasea sin sembrarlo de basura. Lo contrario de lo que ocurre aquí con el jardín del pobre azufaifo, donde, por alguna extraña razón, la gente prefiere lanzar su basura por encima de la alta alambrada para ensuciarlo que utilizar los contenedores que hay sólo a unos metros.
Pero en Collserola también hemos visto rincones preciosos de bosque y hemos oteado la bonita cúpula del Observatori Fabra (donde según indymedia también amenazan construir), que visité hace muchos años y me recordaba inevitablemente a Tintín.
El reencuentro ha sido feliz. Mis amigas seguían tan guapas como antes a pesar de los años, una con su aire hindú, o de Tigridia, y la otra con sus ojos verdes resplandecientes de lechuza. Y como ha dicho una de ellas, la vieja afinidad se mantenía en pie, tan erguida y majestuosa como los árboles que hemos visto. Siempre me alegra comprobar que incluso en mis épocas más extraviadas, no me equivoqué tanto al elegir a mis amigos.
Por lo demás, he seguido corrigiendo y podando mi libro del Azufaifo, y a pesar de las dudas que se me van planteando, es una ocupación feliz. Mi dilema en los fines de semana es cómo repartir mi tiempo entre la escritura, la lectura y los amigos. Me gustaría que los días tuviesen más horas. Que el año tuviese más meses y las semanas más días. Que todo ocurriese más despacio. Y que mi escritura encontrase cabida en el tiempo y pudiera avanzar sin tantas interrupciones. Tal vez si yo fuera uno de esos seres que sólo necesitan dormir cuatro horas... pero no es el caso. En realidad siempre arrastro un déficit de sueño, puesto que sigo robándole horas a Morfeo, no por insomnio sino por todo lo demás. Y pese a todo es una época feliz.
Por cierto que el 20 o 21 presentaré el libro de Slavenka Drakulic en la UPF, que aparte de ser un libro brillante y analítico para entender la guerra de los Balcanes, es también una pequeña anticipación, una costilla de mi propio libro balcánico. Otra noticia es que unos amigos de Madrid montan una nueva editorial, aún sin nombre, y requieren mis servicios como scout. Aceptar significa que nos veremos con más frecuencia y que yo tendré ocasión de visitar esas exposiciones que suelo perderme... Mientras, han seguido llegando comentarios, mensajes y felicitaciones por el acto del Ateneu y el texto que leí allí. Todos estos pensamientos flotaban a mi alrededor mientras avanzaba al viento por el paseo de la Bonanova hasta la plaza de Sarrià, donde el poético y lujoso Foix seguía abierto, como siempre. Oscurecía y yo iba mirando sólo a los árboles.
La ilustración es de otro libro maravilloso que tiene entusiasmado a Nmp, y le he pedido que me mandara unas cuantas, a cual más poética.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Estela del paseo madrileño y del humo

Thomas Cole: The Devil Throwing the Monk from a Precipice, s.f.

Me faltó decir que en el primer y largo paseo por anchas aceras sin bicicletas y bajo árboles altos que dimos Lydia O. y yo por la Castellana hacia la Fundación March, en una esquina no sé si de Gregorio Marañón, vimos unos carteles del Museo Lázaro Galdiano, con cuadros espléndidos de El Bosco y de Goya que nos paramos a contemplar, completamente fascinadas. Las meditaciones de Juan Bautista, con un cuerpo enorme, echado con una nonchalance absolutamente pagana, tan agradablemente en la hierba, rodeado de esas extrañas cosntrucciones como ensoñaciones y muy contemporáneas (como dijo enseguida L), una planta fantástica y de gigantesca flor, meditando... Y el archiconocido Aquelarre de Goya, qué sensación gozosa poderlo mirar de cerca otra vez, aún en forma de carteles en el muro, que yo, por mi embrutecimiento (como diría ella), casi miraba como frescos... Al día siguiente intenté ir al Prado, esta vez me recorrí toda la Castellana, ya sin torcer, desde Cuzco hasta llegar a Recoletos, pasar la fuente de Neptuno (recordando cuando el Gernika estaba en el Casón del Buen Retiro y yo me hospedaba en Moreto y andábamos mucho por el Retiro y entrábamos en el Botánico y tres de mis amigas eran restauradoras del Prado: una de ellas restauró Las Meninas bajo la dirección de John Briley, años más tarde, y ahora ninguna de las tres restaura, una pinta y estudia, la otra viaja y traduce y la tercera viaja mucho a África por su trabajo en una ONG), pero entre la ampliación, la exposición de Velázquez y los tiempos que corren, había una cola larguísima. Me situé al final resignada, pero detrás de mí, dos chicas decían auténticas estupideces que habían oído sobre Warhol (tuve que contenerme para no corregirlas en plan rottenmayeriano), y delante, un trío de amigos hablaba sin vocalizar y sin vocabulario, prácticamente haciendo ruido y sin decir nada. Empecé a pensar en la falta de inversión en la educación, en el informe Pisa, en el empobrecimiento del lenguaje y pensé que no resistiría. Así que llamé a mi amiga María y me salí de la cola. Ella, que tiene muchas reservas con El Prado (no como yo, que recuerdo con felicidad una pequeña exposición de Caravaggio, paseos solitarios viendo sólo Velázquez o sólo las negras de Goya), me sugirió que fuéramos a la exposición del retrato moderno en la pintura española, en la Academia de Bellas Artes, así que enfilé Alcalá arriba. Fue entonces cuando me encontré fotografiando los árboles inmensos de unos jardines a través de una reja (semejante bosquecillo no existe en nuestra ciudad, digan lo que digan los políticos municipales, aunque si está allí se deba a razones perversas; de todas formas, aquí teníamos nuestras versiones mediterráneas, que nos han ido quitando y borrando con cemento; y ahora van a por el Tibidabo), ¡y resultaron ser del cuartel general del ejército! Pensé que me darían el alto, aunque no me encerraran en unas mazmorras como a Alexandre Cirici, que lo dibujaba todo, y anotaba las combinaciones de colores que llevaban las gitanas en su indumentaria, le pasó cuando se puso a copiar un edificio sin saber que era una sede militar, en años tumultuosos (y sólo le salvó ver pasar a un amigo por su ventana a ras de suelo, para que avisara), pero por suerte no me vieron los soldados, apostados en otra puerta. Lo malo fue que al llegar, descubrí que la exposición del retrato ya se había terminado.

En cuanto al humo, lo pensé cuando en el hotel, pedí habitación de fumadores, por si acaso sentía deseos de fumar, y al entrar me sorprendió que oliera como si alguien hubiera pasado la noche fumando sin tasa. Por un momento pensé con horror que no pudieran abrirse las ventanas. Pero sí que se podía, y eso hice pese al frío. El olor a humo había impregnado tal vez las cortinas o la alfombra. La cuestión es que no fumé, y es que a pesar de que la prohibición excite mi rebeldía y mi deseo de fumar, yo estoy situada en un lugar intermedio entre los fumadores y los no fumadores. La experiencia en la jaula de castigo del aeropuerto me pareció definitiva: era lo contrario a ese pequeño placer y fruición momentánea y abstraída que para mí es fumar. Sigo pensando que Derrida y Roudinesco tienen razón cuando hablan de esas leyes (en ese momento eran sólo americanas) y concluyen que no se debe reglamentar así la vida cotidiana y que habría que encontrar otras maneras más flexibles. Ya sé que el tabaco no es bueno, pero no creo que, como yo fumo, a mis dosis homeopáticas de tabaco, sea tan malo. Y en cambio, estoy segura de que talar árboles y rodearnos de cemento y obligarnos a ducharnos con ese agua cancerígena de Barcelona y usar detergentes y estar rodeados de materiales tóxicos en la construcción y de vibraciones y ruido es malísimo. Pero me di cuenta en la jaula de fumadores: allí, la gente entraba a aliviar su mono. Yo estoy en un lugar intermedio, ¿una twililight zone?, algo que no existe ni se puede clasificar.

En cuanto al cuadro de Thomas Cole, a mí me transporta, veo en él el espíritu de la novela de Maturin, pero también Bulgákov y Tsvietáieva y todas las novelas donde el diablo era un personaje (excepto Doctor Fausto, que se me atragantó por alguna razón hace muchos años y nunca retomé).
Por cierto, en mi otro blog, artículo del Avui sobre el azufaifo, donde, por esas malas interpretaciones periodísticas, me llaman "líder del movimiento vecinal" (ni yo soy líder, ni existe tal movimiento... A veces me preguntan: ¿Usted dirige la plataforma para salvar al azufaifo? Y yo: no, no, no hay ninguna plataforma... Les cuesta creer que aquí reine el viejo individualismo, no ese individualismo de la sociedad de propietarios americana, sino el de los individuos que intentan pensar por su cuenta...!)

martes, 4 de diciembre de 2007

Crónica madrileña

Thomas Cole, The Voyage of Life. Youth, 1848
Vuelvo agotada del feo aeropuerto de Barajas y los retrasos sistemáticos de los aviones, con esa espera tan distinta, llena de un extrañamiento indescriptible, sin silencio, sin vacío, que se produce en esos no-lugares, obligados a compartir espacio con una multitud de viajeros en una opresiva intimidad. La fealdad de ese aeropuerto caótico lo hace todo más agotador (Ayer acabé pensando en aquella idea jodorowskiana de que la falta de belleza enferma... parece contagiosa). Por cierto, que por una vez entré en esas jaulas circenses que allí aún reservan a los fumadores, donde no hace falta encender el cigarrillo para fumar y de donde se sale con la ropa como antes tras muchas horas en una discoteca. Es toda una experiencia. Los fumadores, obligados a verse como los apestados en los que quieren convertirnos, lejos de las hermosas imágenes del cine y la fotografía, es decir, lejos de ese momento de abstracción silenciosa y pensante que es a veces fumar, se reparten como pueden en ese espacio inhóspito y desagradable, donde sólo el humo consuela. Una chica sonreía como yo, divertida ante la escena. Todos fuman, puede decirse que es obligatorio fumar, algunos afortunados nos apoyábamos en las paredes, otros tenían que quedarse ahí en medio, fumando ostensiblemente, señalados por el espacio, castigados como a los niños que les colgaban carteles en los colegios, para humillarles. Otros se divertían con la prohibición, la subversión, la hipocresía de considerarnos apestados en uno de los países más contaminados del mundo, donde no se hace nada contra la contaminación, donde se vitupera al político que osa reconocer que el agua de Barcelona es peligrosa incluso en la ducha). Si no se fuma en esa jaula, ¿qué haría uno allí?
En Madrid, he paseado, con el espíritu de los paseos montañosos y pensantes de Robert Walser (y aún con el poso del magnífico librito que Sebald le dedica, con toda la tristeza y el genio de Walser y la inteligente y admirada escritura de Sebald, y cómo me ha inspirado y dejado resonancias ese breve texto), con nostalgia de otra yo más joven, libre y llameante (a mis veintifú, refugiada largas temporadas en Madrid, gracias a la hospitalidad de mis amigos, que me acogían en sus casas siempre especiales y cuyas conversaciones siempre siempre añoro), y miraba esos árboles mucho más altos, poderosos y densos que hay por todas partes, incluyendo el jardín maravilloso de un cuartel general del ejército (!) Ahí recordé a un amigo que murió, con un espíritu completamente opuesto al militar, altísimo y con un encanto desgarbado y excéntrico que no imagino de uniforme, que hizo la mili en aquel lugar y se pasaba la noche de guardia oliendo rosas, cargado absurdamente con un cétme. Árboles y más árboles desde la Castellana a Recoletos y el Prado, que recorrí andando, los últimos salvados por la baronesa. Por cierto que nadie ha podido salvar los 200 árboles que ha talado Esperanza Aguirre en las afueras, en la llamada Carretera de los pantanos. Y llueve sobre mojado. Si no la paran, con el tiempo logrará casi igualar a nuestro desierto de palitroques, esos finos arbolillos pelados que según nuestros políticos municipales, convierten a Barcelona (sólo en sus sueños) en la ciudad con más árboles de Europa, gran ironía. De momento, el patrimonio arbóreo del urbanísticamente caótico Madrid es muy superior al nuestro. Y otra cosa les envidio y es su afición a conservar edificios antiguos. En Madrid (que tiene zonas terribles, construidas a lo bestia), hay barrios enteros donde apenas se han tirado edificios del mil novecientos y que se conservan muy bien. Hoy he estado en uno de esos lugares. Pese a todo, mis amigos madrileños se quejan de la cantidad de grúas, obras y desaguisados, y eso que pasó la peor parte de ciudad desventrada durante tres años por el horrible partido popular, que sigue enseñoreándose de la ciudad. En la Fundación March vi una exposición maravillosa, que aún resuena intensamente en mi mente. La abstracción del paisaje. Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto. A veces, las imágenes melancólicas y ensoñadas de aquellos cuadritos nórdicos preciosamente enmarcados me sumergían en la atmósfera de Melmoth el Errabundo de Maturin, era como pasear por la religiosidad extraña y los sueños románticos y góticos revisitados, la luz, y al mismo tiempo pescar (ayudada por la visión rápida de Lydia Oliva) las pistas e inspiraciones modernas y contemporáneas en ellos, en la cantera cercana a Krippen de Caspar David Friedrich, o el Giacometti entrevisto en el bosque de Carl Blechen, o el misterio sutil de los cuadros de Johan Christian Clausen Dahl (mi revelación, no lo conocía, ni a Blechen!) O Cozens. Además, una serie completa de Turner, de Constable, las profecías y lo sublime en Cole y en Church (oh, hay un cuadrito sorprendente del americano Cole, a plumilla, titulado El diablo arrojando al monje desde el precipicio.... Un dibujo a tiza de Van Gogh de las raíces de un árbol, que yo nunca había visto, espléndido. Insólitos Munch. Prometo escanear algunos del catálogo (no pude resistir la tentación) e irlos poniendo aquí, si lo consigo. ¡Un crisantemo de Mondrian, a lápiz o a carboncillo! Fogosos Emil Nolde como estallidos de color anímico, espíritus cromáticos. La verdad es que los espléndidos Rothkos palidecían al lado de aquellas pinturas románticas ardientes de genialidad y capaces de transportarme a otro tiempo. O bien se hermanaban (la afinidad entre Rothko y Church es espectacular, pero la espiritualidad de la época de Church -o su nombre- frente a la desacralizada época contemporánea...) Salí de allí soñando en otras épocas, incluso le pregunté a mi acompañante en qué época le habría gustado vivir y me respondió que dudaba entre el XIX o la época de entreguerras del XX.
De allí nos fuimos corriendo al hotel, pues iban a recogernos para dar la conferencia. Antes de entrar pudimos ver la exposición de Camille Claudel, en la Fundación Mapfre y que luego irá al Musée Rodin. Impecablemente montada, llena de la melancolía de su rotura y de su evolución y de cómo creció su vulnerabilidad ante el horror de Rodin y fue presa de los espíritus. Y su extraña presciencia dibujando escenas de manicomio antes de entrar allí. Las piezas pequeñas de terracota, estudios de esculturas grandes, cabezas apegotadas, figuras entrelazadas, entre la locura, la tristeza sensual desgarrada, a veces reminiscente de Kathe Kollwitz, pero con una sutilidad particular e inteligente, con esa extraña agudeza mental de la psicosis, y su caída, su desesperación por vender, que la llevó a hacer intentos comerciales. Pero para mí, lo grande y la lisura de lo acabado en bronce o mármol o combinando varios materiales no puede competir con lo pequeño y rugoso y sutil, la terracota y los dibujos. Vista toda esa hermosura troublante, nos fuimos a conferenciar.
Teníamos poco tiempo. Íbamos a concentrar en una conferencia lo que iba a ser un ciclo. Y pese a todo, lo logramos. Si fueran hombres. Escritoras y fotógrafas en el olvido era nuestro título. Yo había podado tanto mi texto que no podía ser más breve (recordaba aquella conversación de Woody Allen y Scorsese, en que Scorsese decía que cada vez le salían películas más largas y Woody Allen que, en cuanto sacaba la tijera, se quedaba sin película! Un poco como el coup de canif de Giacometti que siempre cito...). Pero me gustó la combinación del relato fotográfico de Lydia Oliva junto con mis tres escritoras. Me gustó escuchar la historia bien contada y tan interesante de sus fotógrafas viendo las imágenes que tan atinadamente había elegido, la Nueva York que ilustraba a dos de mis escritoras y las extrañas y sutiles composiciones vegetales y acuáticas de su tercer personaje. Tal vez fui radical en mi texto, al menos para ese público. Pero al acabar, vinieron a felicitarnos algunos asistentes, gente culta y amable y agradecida. (También nos increpó una señora, aunque luego supimos que increpa a todo el mundo, esos personajes lunáticos que aparecen en casi todos los lugares públicos: parece que estaba furiosa porque con su nivel, no podía seguir y nos regañó mucho, levantando la voz, diciéndonos que la habíamos estresado). Cuando se publique el texto de mi conferencia, ampliado, lo incluiré en mi blog de artículos.
He podido ver a una amiga especial de siempre, que vino a la conferencia y a quien una vez, en Ibiza, una joven sibila parecida a Cher (pero al natural), le dijo acertadamente que siempre sería un jardín para sus amigos. Y así sigue siendo. Es difícil explicarlo de otra manera: su mezcla de humor inteligente, consejos de una sagesse muy particular, su luminosidad física y su apoyo mercuriano y crítico son siempre como entrar en la sombra fresca de un jardín inglés para un alma acalorada y sedienta. Hoy me ha ofrecido un té chino delicioso en su casa y hemos ido a comer a un lugar agradable mientras reanudábamos nuestra intensa conversación, prolongada a través de los años. Mi otra amiga madrileña desde tiempos antiguos cayó con fiebre alta y se sumió en ese estado tan bien descrito por Virginia Woolf en su Estar enfermo. Yo siempre me acuerdo de su vieja casa de la calle Moreto, y de la habitación que me dejaban a mí, frente a la chimenea aún con rescoldos, y de la bañera de las mañanas y aquel barrio tranquilo y antiguo cerca del Botánico donde tanto soñé, en la época en que escribía o proyectaba escribir para la cuidada revista Poesía. En cuanto al tercer amigo favorito de esa época, al que veo mucho menos de lo que quisiera, y que me acogió en las múltiples casas de su nomadismo de entonces (Morería en especial) ya no vive en Madrid, aunque sé que hasta hace poco tenía al menos un pied-à-terre allí, pero esta vez no pude (o no osé) encontrarle a tiempo.