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lunes, 6 de agosto de 2007

En el silencio

Joan Miró, Ballarina, 1925
Silencio de mi barrio desierto, cargado el aire de mis inquietudes, preguntándome por qué una vez más sucumbí a la tentación y compré billetes para cruzar la pesadilla de los aeropuertos de agosto, sin saber si mi fuga acabará siendo en vano y adelantaré el retorno. Ayer crucé los umbrales y entré en el escenario doliente del pasado más remoto, creí que impunemente, pero me equivocaba, y al volver, antes de cruzar la espinosa esquina de la que fue casa de mi padre, pasé junto a la casa de un amigo enfermo y me pregunté cómo estaría. Luego tuve dos llamadas telefónicas, una llena de risas y escritura, desde Torredembarra y otra difícil, desde el pasado que parecía inocuo, con una vaga amenaza final, lo que mi amiga M. diría pasiva-agresiva.
Mi amigo contestó a mi email: dijo que se está muriendo, que ya no podía andar sin ayuda, que había perdido la visión de un ojo por una inyección radiactiva, que prefería no tener visitas, que una simple conversación le agotaba, que un día me llamaría, un día que no necesitase ayuda para andar, un día que tuviera ánimo. Dijo que había vendido su lujoso piso (restos de su antiguo esplendor) a condición de que le dejaran estar allí cinco años, aunque según él, será sólo cuestión de meses. Me gustaría creer que nada de esto es verdad, que él me mintiera por una razón cualquiera, que exagerase, o que los médicos errasen, como cuando en el final de mi padre, mi hijo siempre me decía: "No et preocupis, es curarà, els metges s'equivoquen." O que el personaje del cuento alemán volviese a engañar a la Muerte con su cerveza mágica.
Otra amiga me ha escrito con citas de Rilke y pensamientos inteligentes. El retorno de Cachodepan me devuelve también la sensación de hospitalidad.
Contra mis inquietudes, me he protegido con una lluvia de poetas chinos, gracias naturalmente a V, que me trajo dos antes de irse a su periplo europeo del verano: Wang Wei me lo reservo para el campo ibicenco. No sé si podré irme sin Li Bai, que es mi favorito. Y en cuanto a Li Qingzhao, más moderna (siglo XI), a pesar de que la traducción no me parece comparable (no por las reservas chinas de V., sino por un castellano que no reluce como el de Anne Hélène Suárez, sin duda la mejor. Dice V.: Hay que decirle a Anne Hélène que traduzca a Du Fu, el tercer poeta de la dinastía Tang que nos falta), es maravillosa por su universo femenino en aquella China, por su condición de intelectual mujer, viajera y con las vicisitudes de todos añadidas a la tristeza de su pérdida. Me gusta mucho esa mirada suya sobre los objetos, su vestido de seda, sus flores de ciruelo marchitándose en el pelo, sus velas, todo entrelazado a sus pensamientos e interrogaciones, pero en este momento es demasiado triste.
Hace un calor bochornoso. Un músico ha compuesto ya un tema para nuestro ginjoler, me dice que lo ha hecho deprisa y que a su vuelta de vacaciones lo retomará, y que quería enseñármelo antes. En esa música, con un título que recuerda a los poetas chinos (Crecer en silencio), están en efecto el crecimiento silencioso (como aquel personaje del cuento que apoyaba la oreja en el suelo para oír crecer la hierba) y el flujo líquido de la savia y las grandes dimensiones.
La bailarina de Miró cumple también su función terapéutica.

sábado, 12 de mayo de 2007

La muerte y la primavera


Foto: Manel Armengol, Borago officinalis

Ese título de Mercè Rodoreda siempre me atrajo. Yo estaba segura de que en la primavera -como en la adolescencia- había una extraña e intensa combinación de Eros y Thánatos. En estos días, la llegada súbita del calor y la luz que lo pone todo en evidencia -la soledad, el deseo, la renovación vital, el reñido espacio de fuga y asfixia de las vacaciones por llegar, y tantas otras cosas- con una obscenidad implacable, que algunos no pueden resistir, llegan atropelladas noticias de inicios y finales.

Hace dos días, un colega de mi hijo se tiró por la ventana de un cuarto piso de la academia donde estudian. El chico resultó ileso, pero su desesperación (y la imagen de su abuelo célebre que se quitó la vida de la misma manera), su tristeza y la escenografía compartida llegaron con mi hijo a casa, en una vibración que se extendía como una onda acuática. Mi eco es mi propia adolescencia, de la que sólo me salvó el azar o el inconsciente, según como se mire. Pero también, en esta época, se reanudan los viejos lazos míos con el paisaje, de una fisicidad que todo lo arrastra, la vibración más brillante de mi oscura niñez.
Una amiga joven me reveló hace unos días su deseo de quedarse embarazada, y hoy, otra me anuncia que lo está, y mi ex me llama en la misma mañana para preguntarme a qué playa debería ir (lo cual no es más que el anuncio de otro inicio) y yo misma me encontraba ya prendida en un inicio otro, con su estela de desconcierto, oscuridad y perplejidades mezclándose a la libre celebración gozosa. Hoy todo el mundo se va a la playa y yo me quedo a escribir mis Coreografías del deseo. Apuntes literarios, una pequeña conferencia que daré el sábado 26 en el Col·legi de Metges, organizada por Invenció Psicoanalítica y que debería cambiar tal vez de título o añadir un subtítulo que sería Las prisioneras. El tema de esa conferencia, o más bien, la conexión interna conmigo, o su vibración inspiradora, por seguir con la misma metáfora del pájaro que levanta el vuelo y deja la rama temblando, o las ondas expansivas en el agua al tirar una piedra, me ha despertado. Es una de mis dos maneras preferidas de despertarme.
Mientras, sobre la banda sonora de las golondrinas vecinas, el rosal silvestre de mi terraza se ha llenado de rosas (de Pitiminí), han florecido las tres buganvillas y he tenido que lidiar con una plaga de caracoles.
En cuanto a la foto maravillosa de Manel Armengol, es una de las protagonistas de su sutil Herbarium, y me parece la imagen perfecta para estos pensamientos.