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viernes, 16 de noviembre de 2007

Llamada telefónica en una noche fría


Ilustración: Theo Van Rysselberghe, Portrait of Marguerite Van Mons (que me envía Laura Zumin)

Gracias a una consulta legal, he tenido una larga conversación telefónica nocturna con un amigo al que no he visto hace mucho, lector refinado y empedernido. Me dice que últimamente ha estado mal del menisco y que eso le ha sumido en un humor difícil. Dice que no lee, pero en cuanto empieza a hablar van saliendo como sartas de cuentas sus múltiples y siempre interesantes lecturas. También dice que me envidia, porque lee mi blog y me imagina siempre leyendo en un sofá y escribiendo sin tasa... mientras él trabaja. En cambio, yo tengo la sensación de que él lee mucho más y que su trabajo le permite llegar a su casa, frente a esa playa ahora solitaria del Maresme, cerca de un hotel antiguo y bonito que ya no existe, con unas palmeras que cimbrean para él, y sumergirse en lecturas y músicas. Pero las impresiones sobre la propia lectura y sus resultados son siempre subjetivos, y para demostrarlo, él me lee una frase de Robert Burton, del prólogo de su monumental Anatomía de la melancolía, donde Burton dice: "He leído mucho, pero con poco éxito". Por lo que me cuenta mi amigo, lo del poco éxito no es cierto, ya que Burton cita mucho y con pasión y transmite sus inmersiones con sensibilidad y genio.

Y es que él, tras aludir a Cormac MacCarthy y a la primera novela de la trilogía de Marías, me recomendaba una edición mexicana de algún libro, y eso me ha recordado a que Virginia Woolf, en su Estar enfermo, no tenía en cuenta que la enfermedad sí había sido un tema literario, no sólo para Thomas Mann, sino para Burton y para John Donne, de quien leo, instigada por mi amigo -que tiene su biblioteca desordenada como yo y olvida a veces los títulos, también como yo-: "A serious illness in 1623 inspired his Devotions, which are moving meditations on sickness, death, and salvation."

Y hemos hablado de filias y fobias librescas, yo le digo que hay tanto que leer y él matiza "Y tanto que no leer...", y se describe en la librería ahuyentando los cantos de sirenas de esas portadas tan sugerentes que luego resultarán ser libros superfluos. Él fue quien me regaló Los demasiados libros, de Zaid, hace años, y conserva ese espíritu. Durante una época, también me traía flores y el florista de la plaza debió de acostumbrarse a sus dudas y preguntas sobre lo cromático.

Me cuenta que se ha aventurado a leer en portugués los Contos da montaña de Miguel Torga y a Gonzalo M. Tavares, y mientras hablábamos (él siempre ha sido generoso con algunas llamadas escogidas, y a ratos se desconecta del teléfono, con un olvido sobrio), me he comido tres castañas deliciosas que al fin he encontrado a un precio abusivo y vergonzante en una tienda de mi calle, y él se ha dado cuenta de que comía, pero creo que me lo perdonará.

La noticia de que lee mi blog asiduamente me llena de alegría, dice que le gusta que no hable de actualidad y cuando le digo que tengo otro blog político, concluimos que a él no le gustaría. Él es ecuánime y reflexivo y siempre se sorprendía con mi tendencia a despotricar y quejarme en lo político. Además, me confiesa, "se ha quitado" bastante de los periódicos y la radio: sólo compra prensa los fines de semana. Eso multiplica mi admirada envidia, como la suya cuando me imagina leyendo y escribiendo toda la semana.

Y ahora volveré a sumergirme en ese libro excesivo (800 páginas de letra pequeña) de Vollman, que reseñaré para La Vanguardia y que ha entusiasmado a Rodrigo Fresán, seguramente a causa de esa atracción viril por la guerra. Y es que a los hombres les encanta ponerse las botas, como diría Cachodepan.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Comida y melancolía


Foto: Mejillones encontrados en la red

Siempre he pensado que, en mí, la comida está fuertemente asociada a lo simbólico y a lo emocional, a la memoria y al momento anímico, pero tengo alrededor tres apóstoles de la dieta de los grupos sanguíneos, que intentan convencerme de las maravillas para la salud y la forma física que implica. Aunque estoy segura de la importancia de lo que uno come, me resisto a aceptar que por mi grupo sanguíneo siempre deba comer carne (que dejé hace tiempo y me cae como una piedra), abandonar los lácteos (prescindir de todos los quesos y del kéfir) y olvidar toda harina y cereales, renunciar al té y a la felicidad de mi desayuno, despedirme de fresas y tomates y buscar en los mercados unos pescados más americanos que mediterráneos. Además, esas tres apóstoles que intentan persuadirme se caracterizan por una gran fe en lo suyo, capaz de mover montañas o de hacerles creer que las han movido.

Yo no tengo fe y además soy caprichosa. Siempre adelgazo en mis periodos de máxima actividad amorosa y engordo cuando decae, y cuando me sorprendo varios días haciéndome patata cocida con judías verdes, o peor, purés y cremas de verduras y patata, sé que simbólicamente me estoy intentando "materner". Si el Ishmael de Melville detectaba su melancolía cuando seguía los cortejos fúnebres o se detenía en las tiendas de ataúdes, mi tristeza se revela en la cocina.
Sin excluir las vergonzantes y a veces festivas regresiones (colectivas) a lo dulce (como la interesante merienda blogger del miércoles pasado), que me retrotraen a todos los bollos, chocolates, helados y caramelos de mi niñez, los que Concha, mi protectora me compraba a escondidas, en la calle, para consolarme de los palos y los largos encierros de mi perversa tía Rottenmayer.

Mucho más tarde me gustaron los percebes gallegos porque me recordaban secretamente a los mejillones pequeños que cogíamos en las rocas de Cadaqués, con un destornillador y sacudidos por pequeñas olas, y que luego cocíamos al vapor en la misma playa, y ni el color ni la textura ni el sabor se parecían a los mejillones del resto del país. También tenía in mente las historias que me había contado Antxón G., de un pescador de percebes de San Sebastián, que sólo se enfrentaba a las rocas completamente borracho. Los percebes están en los rompientes, me decía, y en cuevas, y a veces mete la mano, se hincha y no puede sacarla... Me gustaban los bueyes de mar, hasta que presencié la larga agonía de uno en el mármol de la cocina y luego no podía olvidar aquellas pobres pinzas.
En cuanto se acercan las Navidades, la gente empieza a movilizarse para comer: ayer fui a tomar un aperitivo pantagruélico y también me llamaron otros amigos para que fuese a comer en un restaurante de la Playa, hoy hemos quedado a tomar café y hemos acabado comiendo pizza en una animada conversación múltiple. Pero esto es sólo el principio. El año pasado, una señora que había encargado diez capones en Casa Pepe gritó de pronto al camarero que anulase el encargo porque "¿Sabes que te digo? "Que les den por el culo a todos!" Cuando salió, la gente sonreía comprensiva y el mismo camarero que corta el jamón, que es letraherido y lee las Memorias de Chateaubriand, me contó que en estas fiestas siempre aumentaba el número de infartos. "Claro", decía, sin dejar de cortar tal vez el mejor jamón de la ciudad, "no pueden verse unos a otros, y se ponen a comer y a beber a lo bestia, y entre el colesterol y la furia...
Las Navidades son la celebración de la familia, y todos aquellos que la sufrimos como una institución maldita, procuramos salir huyendo. Una vez me quedé y asistí a una comida laica y profana de no-Navidad, que compramos en un restaurante japonés. Otra vez pasé el día de Navidad con mi amigo serbio en un tren completamente vacío. ¡Pero no se puede huir tres meses! Y es que, en cuanto acaba octubre, aparecen los dulces, hidratos de carbono y azúcar que sustituyen a la madre invisible, ideal e inexistente.

Yo suelo emprender la búsqueda de castañas. Hace muchos años, cuando G era pequeño, una canguro de Oviedo nos trajo varios kilos de castañas que olían a bosque. Yo nunca había probado unas iguales, crudas o asadas, eran maravillosas. Y desde entonces las busco en vano, comprando esas castañas malísimas que venden las castañeras en Barcelona, sudando por el calor de esta época.
El otro día compré un cucurucho en la plaça Joaquim Folguera y fui a coger los ferrocarriles. Un señor mayor se acercó a mí en el andén. "Menges castanyes?" me preguntó, como si me conociera. "Sí, però no són bones", le dije yo. Le conté que en Galicia, escogen una y tiran diez para hacer marrons glacés, "y éstas deben de ser las diez que tiran". "Que ets gallega, tu?" me preguntó. Le dije que era de Figueres y resultó que él era de L'Escala y conocía a los Casassas. Vivía cerca de mi calle y sabía la historia del azufaifo. Bajó en Gràcia, y subió una pareja con una niña que no me quitaba ojo. Su padre me dijo que le encantaban las castañas y le ofrecí, pero la niña no quiso, sólo me miraba con los ojos muy abiertos. También bajaron, y un joven pálido se sentó en el lugar de la niña y me preguntó por las castañas. Le dije que eran muy malas y le ofrecí, pero tampoco quiso. Él me dijo su nombre e intentó entablar una conversación, pero hablaba tan bajo que parecía limitarse a mover los labios, y al fin, exasperada por el ruido del tren y aquel movimiento de labios mudos, le propuse que lo dejara, sin dejar de preguntarme a mí misma: ¿Por qué me hablaba todo el mundo? ¿Tal vez las castañas producen ese efecto en la gente? Por si acaso, tiré el cartucho en una de esas papeleras metálicas de los trenes, que algunos desaprensivos utilizan ruidosamente para molestar a los que sólo desean un poco de silencio.
Por cierto que al volver de la interesante comida conversada de hoy, cuando iba a La Central a buscar el ensayo de Xavier Antich sobre Levinas, El rostre de l'altre, no he podido evitar hacerle caso a V. y comprarme un librito de Virginia Woolf (traducido, sí, pero en esa bonita edición diminuta y mexicana) titulado Estar enfermo, donde (tras un prólogo esclarecedor que revela esos detalles importantes y terribles de su infancia, determinantes en su vida) se queja de que la enfermedad y el cuerpo parezcan excluidos de lo literario, y justifica este post, con un texto magnífico que T.S. Eliot le criticó, y sus palabras desanimaron profundamente a Virginia W.

martes, 6 de marzo de 2007

Discusiones





Alguien se asoma a mi blog (por cierto, el pobre blog descoyuntado gracias a las mejoras tecnológicas y a mi impaciencia y obsesión con el tiempo) y me dice que no comprende mi tono melancólico.

No dice nada de mi humor, probablemente ni siquiera lo detecta. ¿O lo habré imaginado? Cuando publiqué mi libro comprobé que mi sentido del humor no era universal, a unos pocos lectores no les llegó, y en cambio les molestó o les chocó la tristeza (fueron tres: a dos les chocó y al tercero le enfureció, me escribió una carta diciéndome que yo vivía en el desierto, estaba realmente enfadado y no explicaba por qué había seguido leyendo hasta el final, por qué le importaba tanto... Lo gracioso es que mi editor me contó hace unos días que ese mismo lector furioso cambió de opinión y decidió que mi libro era "muy bueno" y estaba arrepentido de su carta...).

La cuestión es que quizás a esos lectores, la idea de enseñar el envés melancólico o la orografía des états d'âme, de exponer la parte triste de las cosas les asusta, o les repele, tal vez como si se tratara de algo escatológico... o amenazante. O tal vez piensan que ellos no tienen lugar para la tristeza. O que si le hicieran un lugar lo devoraría todo. Somos distintos, natural o artificialmente.

Yo creo que se puede sentir auténtico apego por la vida sin prohibirse pensar en la muerte. Reírse todos los días, pero llevando consigo las heridas del pasado más remoto, como quien lleva un bichito, y lo saca de vez en cuando, para airearlo... para pasearlo. ¿Por qué no? ¿Por qué habría que negar esas partes oscuras? ¿Será que otros no las tienen, no viajan con ellas? En mi vida todo fue ambivalente desde el principio y lo alegre coexistió con lo terrible, lo triste con lo hilarante, lo patético con lo dramático y sin duda die UNHEIMLICH, The Uncanny...


La felicidad nunca ha hecho feliz a nadie, era el título de un espectáculo de mi sabia prima V ( el objeto a ). Pienso en la convención que obliga a que todo esté bien o por lo menos, que lo parezca. Esas reuniones sociales donde los asistentes hacen como si todo fuese maravilloso y se sobresaltan con cualquier comentario irónico sobre lo desastroso. Una vez, de pequeño, mi hijo bautizó a un grupo de gente así como "Els feliços" (los felices). Dijo que le caían bien, pero le molestaba que siempre parecieran tan contentos con todo. Entonces, en esos casos, hay que recurrir a Don Quintín ”El Amargao” o a Night Has a Thousand Eyes (1948) para reconciliarse con los personajes malhumorados internos.