Ilustración: Theo Van Rysselberghe, Portrait of Marguerite Van Mons (que me envía Laura Zumin)
Gracias a una consulta legal, he tenido una larga conversación telefónica nocturna con un amigo al que no he visto hace mucho, lector refinado y empedernido. Me dice que últimamente ha estado mal del menisco y que eso le ha sumido en un humor difícil. Dice que no lee, pero en cuanto empieza a hablar van saliendo como sartas de cuentas sus múltiples y siempre interesantes lecturas. También dice que me envidia, porque lee mi blog y me imagina siempre leyendo en un sofá y escribiendo sin tasa... mientras él trabaja. En cambio, yo tengo la sensación de que él lee mucho más y que su trabajo le permite llegar a su casa, frente a esa playa ahora solitaria del Maresme, cerca de un hotel antiguo y bonito que ya no existe, con unas palmeras que cimbrean para él, y sumergirse en lecturas y músicas. Pero las impresiones sobre la propia lectura y sus resultados son siempre subjetivos, y para demostrarlo, él me lee una frase de Robert Burton, del prólogo de su monumental Anatomía de la melancolía, donde Burton dice: "He leído mucho, pero con poco éxito". Por lo que me cuenta mi amigo, lo del poco éxito no es cierto, ya que Burton cita mucho y con pasión y transmite sus inmersiones con sensibilidad y genio.
Y es que él, tras aludir a Cormac MacCarthy y a la primera novela de la trilogía de Marías, me recomendaba una edición mexicana de algún libro, y eso me ha recordado a que Virginia Woolf, en su Estar enfermo, no tenía en cuenta que la enfermedad sí había sido un tema literario, no sólo para Thomas Mann, sino para Burton y para John Donne, de quien leo, instigada por mi amigo -que tiene su biblioteca desordenada como yo y olvida a veces los títulos, también como yo-: "A serious illness in 1623 inspired his Devotions, which are moving meditations on sickness, death, and salvation."
Y hemos hablado de filias y fobias librescas, yo le digo que hay tanto que leer y él matiza "Y tanto que no leer...", y se describe en la librería ahuyentando los cantos de sirenas de esas portadas tan sugerentes que luego resultarán ser libros superfluos. Él fue quien me regaló Los demasiados libros, de Zaid, hace años, y conserva ese espíritu. Durante una época, también me traía flores y el florista de la plaza debió de acostumbrarse a sus dudas y preguntas sobre lo cromático.
Me cuenta que se ha aventurado a leer en portugués los Contos da montaña de Miguel Torga y a Gonzalo M. Tavares, y mientras hablábamos (él siempre ha sido generoso con algunas llamadas escogidas, y a ratos se desconecta del teléfono, con un olvido sobrio), me he comido tres castañas deliciosas que al fin he encontrado a un precio abusivo y vergonzante en una tienda de mi calle, y él se ha dado cuenta de que comía, pero creo que me lo perdonará.
La noticia de que lee mi blog asiduamente me llena de alegría, dice que le gusta que no hable de actualidad y cuando le digo que tengo otro blog político, concluimos que a él no le gustaría. Él es ecuánime y reflexivo y siempre se sorprendía con mi tendencia a despotricar y quejarme en lo político. Además, me confiesa, "se ha quitado" bastante de los periódicos y la radio: sólo compra prensa los fines de semana. Eso multiplica mi admirada envidia, como la suya cuando me imagina leyendo y escribiendo toda la semana.
Y ahora volveré a sumergirme en ese libro excesivo (800 páginas de letra pequeña) de Vollman, que reseñaré para La Vanguardia y que ha entusiasmado a Rodrigo Fresán, seguramente a causa de esa atracción viril por la guerra. Y es que a los hombres les encanta ponerse las botas, como diría Cachodepan.


