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miércoles, 27 de julio de 2011

Hay algo

Foto: I.N., Olivo milenario en el Empordà, 2011
Hay algo que lo ha revolucionado todo desde hace unos días. Duermo poco, ese algo me despierta temprano, aunque Rufus acude al oír mi movimiento y apoya la barbilla en mi antebrazo y ronronea como si quisiera acunarme y así logro dormitar un poco más. Ese algo me mantiene también despierta hasta tarde. Yo sospechaba y temía que algo así pudiera ocurrir, entonces, ¿por qué no estaba preparada, por qué se convierte en un asalto a traición y por la espalda? Seguramente nunca se está preparado para algo así; o se es insensible o no se es. Aún vivo bajo la estela de la desaparición de M. y ahora, de pronto, esto. Cuando quiero abandonarme a ese sentimiento escucho esta canción de A.W., que en ese vídeo me parece muy familiar, algo atado a mi pasado, como si fuera yo misma en otro tiempo, o una de mis hermanas. Y porque ella me recuerda precisamente la fuerza que tiene lo que lleva para abajo en algunos, lo que yo intenté cambiar y corregir con obstinación en la trayectoria de alguien, como si eso fuera posible, como si el rescate fuera posible, como si pudiéramos salvar a alguien de sí mismo y de sus demonios y su suerte.
A ratos, la tristeza cede inesperadamente. Ayer salí tarde a comprar unas frutas de emergencia, y cuando volvía, cargada de bolsas, empezó a llover, a goterones enormes. Y de pronto me sentí tan feliz y agradecida de estar viva oliendo la lluvia y andando por la calle que no quise sacar el paraguas y dejé que el agua me mojara el pelo y me resbalara por la cara, con una sonrisa escondida.
Justo antes de empezar del todo la pesadilla, fui a cenar con aquel músico que durante lo más difícil del invierno me envolvía con sus improvisaciones de piano. Fue una cena alegre e hindú. Yo le vi mucho más ligero y me hizo reír con su humor afectuoso. Estuvimos paseando después de la cena y llegamos a ver esa innovación bonita pero sin futuro de unas aceras herbosas en el Passeig de Sant Joan, sustituyendo árboles talados y con unos árboles que mueren por falta de espacio. Y el azufaifo sigue aquí, inclinado hacia la calle y tan bonito en su despedida. Yo le pido calladamente que encuentre algún lugar donde enraizarse, que aguante ahí, por nosotros, mágicamente.
Yo tengo una fuerza misteriosa que siempre vuelve a arrastrarme a la superficie, a pesar de las inmersiones y de las bolas de hierro familiares que tiran hacia abajo. Me recobro y como las burbujas de aire subo otra vez en vertical. Hay unas esperanzas pequeñas que crecen como las malas hierbas en mis macetas.
Hoy G. me ha acompañado en moto a unos recados y me ha parecido reconocer ecos de esa tristeza mía en él, y hemos hablado de lo que significa bajo nuestros cascos protectores, en la moto, algo que parecía también simbólico... Yo no le dejaba que se volviera a mirarme porque con él siempre estoy vigilante. Al llegar a La Central ha aparecido Jordi Herralde: "¡Hola, azufaifa!", me ha dicho. No se me ha ocurrido decirle que estuve considerando la idea de presentarme a su premio de novela, pero lo deseché porque no podía llegar a tiempo. G. me ha pedido que le recomendase dos libros para su verano, libros que yo no tuviera en casa, y le he recomendado un David Foster Wallace y un Fante, que se ha llevado.
Mientras, he logrado acabar la traducción de Giono, la he corregido y enviado. Me gustaba mucho lo que leía, hay pasajes fulgurantes y es un libro tan distinto, con su estructura de falso thriller, su pasión vital y su melancolía y desesperanza metafísicas, y esa naturaleza tan poderosa... Lean aquí unos fragmentos, lectores silenciosos, y la introducción que hice para la revista Turia (suscríbanse). Me hace mucha ilusión que salga y voy a escribir el prólogo en estos primeros días serbios.
Porque me voy. Además del compromiso y la invitación, lo necesito vitalmente, aunque sólo fuera para poder pensar, o para hacer caso al hombre que escucha. Intentaba cambiar mi teléfono móvil, siempre viejo y agonizante, pero no lo consigo. Siempre me ofrecen cambiármelo (por puntos) por un modelo obsoleto, que no encuentro en ninguna tienda. Le he preguntado a la persona que me atendía si era una broma de la compañía, pero no era humana, sino una de esas replicantes programadas como un robot, que repiten un eslogan muchas veces, tan absurdamente que me recuerdan a aquella escena de Misterioso asesinato en Manhattan en que llaman por teléfono al supuesto asesino con una cinta grabada y cada vez van poniendo las respuestas que parecen encajar mejor, y al final repiten las mismas; una escena hilarante que siempre me encantó.
Me imagino en esos bosques serbios, junto al Drina, andando hasta Loznica, sabiendo que a unas horas hay un lugar que es una gran herida brutal de la guerra, un inmenso cementerio simbólico.
Ayer volví a retomar un tomo de las Opere de Sciascia, préstamo generoso de J.C. (¿dónde estará J.C? ya no recuerdo si me dijo de su próximo viaje), lo abrí por Gli zii di Sicilia, que había empezado meses atrás, y no pude dejarlo. ¡Qué maravilla! Aunque ocupe demasiado lugar en la maleta, no puedo no llevármelo conmigo. Y yo, que pensaba sólo en libros pequeños...
No sé si tendré tiempo de hacer todos mis recados antes de fugarme. Mañana será una locura y aún no he podido pensar en la maleta ni en lo que necesito buscar antes de irme. Me queda una sesión de dentista, una cita en el Institut del Teatre con un dramaturgo y coreógrafo que quiere proponerme un proyecto conjunto. Rufus estará bien acompañado en mi ausencia. Siento dejar solo al pobre azufaifo. Hoy se han subido con escaleras y le han estado cortando ramas. Cómo vamos a echarlo de menos, los pájaros y nosotros, respirando sólo cemento.

domingo, 3 de julio de 2011

Calor

Foto: Víctor Sunyol. Presentación de Tomba de Lou, de Denise Desautels, con la autora y Antoni Clapés, Laie, 2011
Sueño con intensidad, pero al despertar, esos sueños se deslizan por una grieta fuera de la memoria en un misterioso desvanecimiento; a veces, la atmósfera flota un momento ahí, pero ya abstracta, desposeída de todo contenido concreto, y por tanto imposible de retener más de unos segundos. Otras logro rescatar alguna escena. Esta noche he soñado que tenía que escribir un texto para una especie de homenaje familiar a mi padre y el tiempo se me había acabado, faltaban sólo unas horas y yo iba en un coche hacia el lugar. Consideraba la posibilidad de leer un fragmento de la novela familiar (!), pero no me gustaba porque era un texto escrito por todas, maladroît, y sobre todo, que no podía encajar conmigo. Entonces me daba cuenta de que me quedaba aún un día más...
Mi texto de presentación de Tomba de Lou, de Denise Desautels, se ha publicado en castellano en FronteraD y su lectura sigue suscitando reacciones. Me alegró que le gustara a EVM, que reconoció algunos temas afines y aludió a la escena gracepaliana del lago sucio de Central Park. Aquí lo dejo, lectores silenciosos. Y hablando de lectores silenciosos, una de ellos, una joven y perceptiva fotógrafa chilena, acudió a la presentación de Sinrazones en el Laboratorio de Escritura, ¡pero fue la única! Son cosas que pueden ocurrir. Carles Hac Mor me contó de una presentación en la que sólo estaban el editor, el autor y él, como presentador del libro... y se fueron de copas... Nosotros nos enzarzamos en una interesante tertulia sobre libros, con el director del centro, el escritor Leonardo Valencia, que respira bibliográficamente, y la única asistente al acto. Yo había calculado que con los alumnos de la Escuela habría de sobra -como ocurrió en mi conferencia sobre Dorothy Parker-, y no mandé invitación, pero al parecer ésta es una época difícil para los alumnos. Al pasar por una librería vi una presentación con la mayoría de sillas vacías... ¿la dispersión del verano? Hoy iré a escuchar a Antoni Clapés y Víctor Sunyol leyendo al iluminado y brillante Palau i Fabra.
Hace calor. Precisamente ayer, en la Escuela de Calor, había un workshop urbano de Esther Planas al que me habría gustado asistir, pero el calor y mi malaise intermitente me lo impidieron. Necesitaría más tiempo, que los días tuviesen más horas, para leer todas las maravillas que me rodean e invaden mi cueva de Alí Babá. Me asomé a esa escritura urgente y precisa de Patricio Pron, hermano de autoficción, pero también tengo las Lettrines de Julien Gracq, Le livre à venir de Blanchot, la mitad del Chet Baker de EVM, y una bio de Isabelle Eberhardt de Mirella Tenderini. Acabé la estupenda biografía que Inmaculada de Lafuente ha hecho de María Moliner, siguiendo un rastro difícil de otra mujer silenciosa y durante mucho tiempo enterrada injustamente en el olvido, por el franquismo y por la misoginia de todos aquellos académicos que le negarían la entrada en la RAE (como Cela, que se opuso). Es muy interesante esa restitución que hace de lo que fue la educación y la ilustración de la España republicana, la Institución Libre de Enseñanza, su proyecto educativo abierto y socialmente ético (los alumnos pagaban según sus posibilidades; algunos no pagaban) en el que participó como alumna María Moliner, la losa que fue el franquismo para toda la ilustración, pero sobre todo para las mujeres, las mujeres modernas y pensantes, y cómo María Moliner se refugió en ese diccionario prodigioso y completamente nuevo para la lengua, que sólo algunos lingüistas y lexicógrafos supieron valorar al principio. La idea de refugiarse en un diccionario, de restaurarse con las puras palabras... Cómo el talento y el espíritu supieron encontrar refugio en ese megaproyecto que dejó generosamente. Y la mezquindad de este pobre país cegato...
Necesito volver a la novela, que he tenido abandonada durante esta última semana, en parte para avanzar más con mi traducción de Giono y en parte por la estela de charco sucio de una reunión que conectaba directamente con la desolación de mi duelo y que volvió a traerme pensamientos de muerte. Fui a ver al hombre que escucha y salí con una respiración alegre. Hablamos de un último sueño en el que se repetían motivos cíclicos, que son ya para mí como las variaciones de Gould, ¡esa locura creadora del lenguaje onírico! miles de variaciones del mismo motivo, con su danza de significaciones... Pero ayer, al volver a casa tomé alguna nota para la novela, y es que andar por la calle, el aire y la luz me devuelven a mí misma en una conexión misteriosa y alegre... a pesar del calor.
Rufus sigue por aquí, asustándose y echando a correr cada vez que el viento abre o cierra una ventana. Anteayer había comprado carne y pollo ecológicos para G., que mañana volverá de Portugal, y me faltaba envolver medio steak que tenía en el mármol, con su papel de cera, y sonó el teléfono. Luego volví, me crucé con un Rufus que huía, tiré el papel y me olvidé, creyendo que lo habría guardado en la nevera. Sólo después, al buscarlo, me di cuenta de lo que había pasado. ¡Rufus se había merendado el filete! Después vino Tigridia, en su cumpleaños, con imágenes de otro mundo, un mundo lleno de bosques maravillosos, de lobos marinos, de colibríes azules, de pelícanos y altas montañas llenas de vegetación, un mundo donde olvidar este aire asfixiante, y cenamos mientras Rufus olisqueaba el pescado. Son los peligros de someter a dieta a un chat avec tendance à l'embonpoint, como decía diplomáticamente el anuncio...
El fin de semana es un paréntesis para ese nuevo arboricidio inexplicable, esa iniciativa del ayuntamiento para acabar con nuestro azufaifo. Como dijo el sabio jardinero Joan Bordas, mirando al árbol: "És increïble que a un arbre com aquest, amb aquesta envergadura, l'hagin de defensar un jardineret i dues veïnes... quan a qualsevol lloc d'Europa estaria preservat i protegidíssim". Es horrible lo que está pasando en esta ciudad y no parece que vaya a cambiar. Hablo con amigos de otras ciudades, que pasean refugiados bajo la sombra y la frescura de árboles antiguos. Aquí los talan, uno tras otro. La contaminación es cada vez más alta. Ni siquiera la ingeniería de cifras puede ocultar esos índices. El cemento arde cada vez más, sin tierra en las plazas, sin sombra. Hace dos días estuve a punto de desmayarme en la Travessera del Mal. Me quedé en medio, salvada por los pelos de los rugientes camiones, del aire sucio que quemaba como fuego. He escrito a todo el mundo. Esta semana vendrá otra televisión. ¿Tendré que hacer una ofrenda a los dioses griegos? Al pasar junto al azufaifo, aún esplendoroso pero con una angustiosa zanja que desnuda algunas de sus raíces, me pregunto qué más podría hacer, a quién más podría recurrir.

domingo, 28 de noviembre de 2010

No he querido pensar

Foto: I.N., Rufus, aprovechando el sol, 2010
En lo de hoy, en ese panorama desolador de la política, la injusticia, la corrupción y el embrutecimiento de este país. Sólo las revelaciones de wikileaks podrán quizás consolarnos mañana si leemos los periódicos.
Ayer por la mañana, en un impulso, vi (gracias a Stalker), Doble suicidio, de Mashiro Shinoda, una película de una poderosa teatralidad y una poética de imágenes que era un regalo para los ojos y el espíritu, con ese principio deconstruido en que el director habla con el escenógrafo contemplando posibles lugares para el suicidio de sus personajes, con las marionetas bunraku en la mano como prefiguración de los actores, y luego ese drama donde se habla de la condición terrible de las mujeres, y del sacrificio, el abandono y la culpa, pero todo con una belleza de imágenes desde lo más delicado y sutil a la apoteosis. Una maravilla en blanco y negro.
Y por la noche fui a ver algo casi opuesto, Uncle Boonmee, del siempre interesante Apichatpong Weerasethakul. Tenía similitudes con Syndromes and a Century, y el paisaje y los actores recordaban a Tropical Malady, con un humor naïf que la hacía distinta, cierto hiperrealismo feísta o kitsch en algunos momentos, pero esa conversación del protagonista con los espíritus, que no están en ninguna parte ("el cielo está sobrevalorado", dice una de ellos, "allí no hay nada. Los espíritus no están asociados a ningún lugar, sólo a los vivos"), y esas otras fantasías, en un mundo horrible y amenazante que sólo asoma por las pantallas de televisión, y una naturaleza maravillosa, y la proximidad animal: aunque sólo fuese por esa escena del búfalo (¿o era un buey?) del principio me habría gustado verla. Por un momento confundí a ese director con el malayo Tsai Ming Liang, de I don't Want to Sleep Alone, una película que me produjo reacciones encontradas y me removió interiormente.
He decidido seguir el consejo inteligente que escuché ayer y retirarme un tanto de las redes facebookianas y etcétera. Es cuestión de disciplina y de ganar tiempo.
Tras reponerme de una oleada matinal de desolación, G. y yo hemos ido a votar. Íbamos despotricando con los horribles votantes de ciu y el pp que veíamos acercarse al colegio electoral, todos con sus barrigas, su fealdad, su embrutecimiento, los mismos que vacían los ceniceros de sus coches en el jardín del azufaifo (mientras que en Tokio, hasta los homeless fuman junto a los ceniceros de la calle, para no ensuciar) y que conducen motos sin silenciador. No estaba la papeleta de ESCONS EN BLANC que pensaba votar y he tenido que protestar para que al fin, la única persona algo cuerda y activa que había en aquellas mesas, se decidiera a ayudarnos. La primera era una señora que ha afirmado que no los conocía ni por asomo, con un énfasis asombroso. "Que usted no los conozca no significa que no existan, señora", le he dicho yo, y les he recordado mi derecho a encontrar todas las candidaturas en esa mesa. Al fin, las papeletas han resultado estar ocultas tras otro montón y hemos podido votar e irnos. Al salir venían los mossos. "Creus que els han cridat per nosaltres?", me ha preguntado G.
Luego, J. me ha llamado y me ha dicho que según los sondeos la debacle del PSC y sus socios era completa y la mayoría casi absoluta de los otros, también, además del ascenso siniestro de los terceros. Y parece que se va confirmando. Creo que los que caen se han ganado esta deblacle a pulso, con la corrupción y la política derechista e injusta que han hecho, con su abandono de la educación pública, su injusticia social y su mezquina política cultural. Lo cual no hace más soportable el ascenso de los otros. ¡Y ni siquiera hablan de la abstención, de los votos en blanco, de los descontentos! ¿Tan pocos éramos? ¿Tan derechista es este país? ¿Hasta los jóvenes han votado este horror? Sigo en Polis...
Yo me he concentrado en ese trabajo de búsqueda y clasificación de las imágenes de mi libro de la ciudad. Es una tarea laboriosa pero me alegra, a pesar de la lentitud. Luego he dado un corto pero brioso paseo helado. La acera está llena de pequeña hojarasca, casi ocultando la basura que tiran los mutantes. El azufaifo está ya casi desnudo. Sé que voy a necesitar mucha escritura, mucho cine, muchas películas japonesas y orientales para soportar lo que vendrá. Y aprender de Rufus. Anteanoche, Rufus se empeñó en llevarme a la terraza a ver el cielo y tenía razón. Era una noche helada, pero el paisaje de luna y estrellas era insólito. Este gato es un caso: viene a buscarme y luego corre hacia el lugar donde quiere que vayamos. Cine, lectura, Rufus y tal vez conversaciones con los espíritus.

lunes, 18 de octubre de 2010

Alguien

Foto: I.N. Rufus en la terraza, 2010
Alguien tosió detrás de mí, con mucha fuerza, una tos seca e inútil, que sólo hacía temblar y estremecerse un cuerpo. No pude verle la cara. Yo venía pensando en la sangre. Misteriosamente. Mi sueño de hoy me llevó a recordar el de ayer. Un poeta me mandó un sueño que no parecía un sueño sino un relato escrito en la vigilia. Y yo pensé entonces que había olvidado mi sueño de Comarruga (y la casaca de seda finísima que yo remendaba y entregaba a una gente de la clase de yoga, quedándome sin nada más que una vieja casaca israelí que me trajo un amigo de un kibbutz en los años setenta y fu y otra cosa, y le pedía a mi hermanas(tra) que me prestara algo para ir a la playa, y ella estaba curiosamente en la cama con A. -ah, la vieja confusión y usurpación de la que escribo- y él me respondía: "Ella no puede prestarte nada porque está embarazada" y mi hermanastra, que efectivamente estaba descomunal, me decía que volviese a barcelona, cogiera el tren y una vez en la ciudad fuese a casa de mi madre a buscar ropa... Pero yo ya no tengo llaves de esa casa, me decía yo, sorprendida... Y el otro sueño era en París, y en una casa de las afueras, y también ahí ocurría algo con la ropa y las maletas y la inmovilidad y la dependencia de otros para llegar adonde quería y adonde tal vez estaban mis cosas), pero el sueño volvió mágicamente a la mañana siguiente, cuando leí las notas apresuradas del otro.
Yo venía hoy del metro, donde había leído fragmentos de Filosofía en los días críticos (pude reconocer algunas cosas cercanas, que me estremecieron, y también otras asombrosamente collobertianas, ¿o sería mi pensamiento? Y también su epílogo, que se anticipa al final, ¡cómo me alivió y consoló de mi escritura! Sólo como podría alguien que filosofa y teoriza y al tiempo vive en lo puramente subjetivo de la poesía; y ahí habla de escribir desde el mí), que me trajo Stalker con una lluvia de películas japonesas y una conversación de poesía y cine que tuvo que interrumpirse. Por cierto que ayer también tuve otra conversación que tuvo que interrumpirse por un olvido de mi interlocutor, que le obligó a dar un largo rodeo. Y hoy al llegar no pude ponerme a ver las películas japonesas porque estaba vigilando a Rufus, un Rufus que se ha erosionado con esa lengua de lija, con esa ferocidad obsesiva para limpiarse de los restos de su pasado. Precisamente hoy, como si lo adivinara, reapareció la comunicadora de animales de nombre ruso y me preguntó: "¿Cómo está Rufus?" La veterinaria aventuró varias posibilidades, pero sus remedios me parecían salvajes y consulté a mi acupuntora-homeópata, que me dio otros remedios. Ojalá sepamos ayudarle. De madrugada me despierta con sus forcejeos abrasivos.
Llegó TRANS, la revista de Traductología de la Universidad de Málaga, con un dossier sobre la literatura estadounidense en España codirigido por Vicente Luis Mora que incluye un artículo mío "Traducir, narrar, traducirse", escrito a principios de este año. Mientras, hubo que preparar textos de portada y microbiografías para el libro que pronto publicará Icaria, escrito al alimón con Lydia Oliva. Mañana tendré que corregir en serio mi libro de la ciudad. Y en cuanto a la novela, parece ser que una fantasía poderosa e irracional es una de las razones de los obstáculos que sigo tendiéndome. Como si al escribirla fuese a agotarse la fuente. Como si al abordar esa mina no fuese a quedar más que ganga. Como si...
Tengo dos libros más que reseñar. Quería avanzar un buen trecho en mis traducciones. Debería preparar los trabajos de mi segunda sesión en el Ateneo. Volver a reunir el coraje para estar en mi novela. Ver películas japonesas. El domingo iré al bosque; voy con dos amigos a una especie de excursión literaria y gironina. No quiero pensar aquí en el horror de este país, en los horrores que todos los días se descubren, en las malas noticias, entre la corrupción y la estupidez de unos políticos que ahondan más y más el agujero en el que nos han metido. Al menos aquí déjenme seguir con sueños y lecturas y mi gato paseando con sus ojos misteriosos, con esa arandela, de un verde que apenas existe en la naturaleza, desvaneciéndose y reapareciendo alrededor de los iris. Y enseguida se le cierran con el poder hipnótico de su propio ronroneo. Ojalá consigamos curarle de esa ferocidad abrasiva.
Una psicoanalista me mandó una entrevista magnífica a Santiago Kovadlof sobre la imposibilidad de ser judío. Él ve lo judío como una tarea, una indagación, una exploración del pasado como metáfora del presente y del presente como símbolo de ese pasado. "En ese territorio exploratorio", dice, "yo celebro mi judaísmo". Y en otro momento añade: "Es como Moisés diciéndole a Dios: No destruyais al pueblo por haber caído en la idolatría, sostenedlo en su eterno salir, en la constante tentativa de ganar la libertad..." Dice que ser judío es imposible, que por eso la Biblia es un libro escandaloso, porque hace dudar de los profetas, da razones al cuestionamiento de lo judío; ser judío es una tarea, implica empezar de nuevo. Y para él la sinagoga no puede ser un lugar cómodo, porque es el lugar de la pregunta (de la tarea), es el espacio donde se produce la búsqueda... Para él, el dios judío no pretende ser reconocido en su existencia, sino en su significación. No le interesa tanto si existe o no, sino el problema que plantea. Dios es el problema del origen del mundo que asalta al hombre. El único porvenir judío consiste en luchar contra su propia idolatría de lo judío, contra ese becerro de oro... Vale la pena.
Ha vuelto el calor. Ayer, al llegar a casa, en la oscuridad de la plaza dura y fea que fue republicana, había dos rusos no muy jóvenes, envueltos de efluvios alcohólicos pero con una belleza que no se ve nunca por estos lares, sentados en un banco. Los dos se alegraron al verme y uno me dijo en inglés que me sentara con ellos. Stay with us, me dijo, y yo también les sonreí mientras me alejaba, aunque sólo fuese una forma de celebrar esa belleza histórica bañada en alcohol. Después vi el azufaifo, aún exuberante pese a la basura que le arrojan los horribles habitantes de este barrio, esos mismos que se dedicaban a la construcción y ahora lamentan su ruina.
Y de noche, a trozos, mientras no llegan los dos libros que me he comprometido a reseñar, entro en el mundo de A.G. y su flamante novela, aún inédita, que ha querido someter a mi lectura. Pero mi agotamiento no me permite más. Llevo demasiados días despertándome de madrugada, sin querer, interpelada por ese pasado de Rufus que me recuerda al mío y que le lleva, como me llevó a mí en otro tiempo metafóricamente, a la desolladura.

jueves, 7 de octubre de 2010

Aún estoy

Foto: I.N., Rufus, acechándome, 2010
Llena de los ecos de la monumental biografía de Cheever, que he leído para La Vanguardia, preguntándome por los límites del trabajo biográfico y por lo que yo buscaría en la biografía de un escritor: comprender mejor su obra, encontrar el hilo vital que la explicase, o que la interpelase enigmáticamente. De paso he vuelto a hacerme con sus cuentos, que no encontraba en mi caótica estantería. ¿Adónde van mis libros? Tal vez lo presté... Hace unos días me desapareció mi ejemplar de la Calle de los Prodigios, de Jacques Yonnet, que también había reseñado, y lo he buscado afanosamente por todas partes. Así que aproveché para leerme esas historias suyas de césped y piscinas y malestar y secretos familiares. Y hablando de secretos familiares, me encantó la entrevista al jamesiano Colm Tóibín, en L'hora del lector, ese programa que no quiso recibirme ni acoger mis libros, y pese a todo, me gusta, no puedo evitarlo. En el mismo programa Xavier Antich defiende muy bien a Michon y Amela habla muy bien de Echenoz y su Zatopek.
Me encantó Tóibín, hablaba justamente de lo que yo hablo, de ese paso misterioso de la idea a la música de la escritura, esa melodía que si no viene y nos arrastra nos deja sumidos en un desconcertante bloqueo, en una búsqueda vana. Nunca sabemos cómo ni cuándo pasamos de las ideas a la música. Sólo que él escribe en tercera persona, pero espía, escucha y roba como todos. Le vi extrañamente cambiado físicamente, pero su cara de antes se adivinaba aún y los ojos eran los mismos.
La otra noche soñé que perdía mi maleta. Sé que la perdía de una forma extraña, ¿tal vez sumergiéndose en el agua? Pero la cuestión era cómo se resolvía, una vez más, esa pérdida. Me lo decía una voz femenina: habían descubierto un sistema computerizado que permitía averiguar dónde estaba cada una de las cosas que contenía. "Iremos localizándolo todo, no se preocupe", me decía la voz.
Alguien me dijo que tal vez, en este caso, la maleta hablara de ese pasado que reescribo en mi novela, ese pasado disperso que vuelve a unirse. Quién sabe. Las palabras de Tóibín me dolieron y me dieron esperanza al mismo tiempo. Yo no acabo de estar en una fase definida de la novela, entro y salgo de esa música, vuelvo al desierto, dudo, corrijo... Y sigo traduciendo e imaginando otras vidas.
A medianoche me despertó Rufus con sus extraños comentarios. A veces vuelve de la casa de al lado con una excitación que le lleva a dar carreras por el pasillo, otras viene con esa especie de lamento-refunfuño y pide refuerzo emocional como un adolescente. Ya no remueve metafóricamente la lana en el aire como los primeros días, pero muchas veces suelta sus suspiros de alivio cuando le acaricio después de venir a pedirlo. Y por otra parte ha encontrado al lado otra vida alternativa, que le hace más libre. A veces le sorprendo meditando en la terraza, no sé si pensando en su nombre secreto, como sugiere T.S. Eliot (en este caso Theodor W.), o simplemente considerando sus opciones y la posibilidad de ir a ver a la gata tricolor.
Por las mañanas, cuando me echo al suelo para hacer mis ejercicios de yoga, Rufus viene a jugar conmigo, intenta atacar mi pie como si fuera una presa (en esa foto me estaba acechando bajo el reposapies de la silla de Charles Eames, vieja y única herencia de mi padre). Mientras escribo estas líneas juega con G. que, por cierto, esta tarde bajó a la Barceloneta a buscar olas, pero encontró demasiado viento. En la calle me saludó R.P., al que me encontré hace tres días cerca de la avenida Tibidabo y es como si hubiéramos empezado una racha de encuentros. Tiene un aspecto saludable y soleado, sin duda por su vida sureña. Justo en ese momento su hijo metía la tabla de surf en el portaequipajes de su coche y hemos hablado un momento de esas codiciadas olas, que mañana serán mejores. R.P. es partner de la artista de las albercas, con la que a veces hablo de alfombras voladoras en facebook (Tir ya bisát!) y por ella tengo el vago proyecto de bajar al sur en cuanto se afiance mi curso. Y es que mi curso empezará el 19 de octubre en el Ateneu; ya se confirmó que hay quórum suficiente y ahora empiezo a preguntarme por cómo saldrá...
Me cuesta leer los periódicos. Todo son malas noticias. A veces cambio los diarios locales por Le Monde o Libération. Pero hoy en Francia la prensa había descubierto un fichero policial con tufo nazi, un archivo de la gente de etnia gitana. He firmado a favor de los inmigrantes, contra esa ley de Sarkozy; espero que caiga. También me han parecido lamentables las declaraciones municipales de cerrar webs críticas consideradas "antisistema" y que según ellos incitan a la violencia; pero no es cierto. Kaos en la red es una. Espero que alguien nos proteja contra esos intentos de censura y contra la libertad de expresión.
En otro orden de cosas, lean aquí mi última reseña en el Cultura/s. Y en Polis, el Manifiesto de profesores universitarios contra la condena y estigmatización de los movimientos sociales, y un artículo muy atinado de Xavier Montanyà sobre el tema ("es imposible no ser anticapitalista", dice en cierto momento. Es una alegría que alguien lo haya escrito). Vamos a tener que despertarnos del sopor si no queremos que esto se vuelva cada vez más irrespirable.

viernes, 1 de octubre de 2010

Esta noche

Foto: I.N., Rufus, de cerca, en sus abluciones gatunas, 2010
He dormido mal. Me desperté a las 3 sin sueño y me quedé muy quieta intentando que llegara, pensaba en mi curso y trabajaba sin darme cuenta, anotando mentalmente hasta que decidí dejar vagar las ideas a su aire y me llegaban oleadas de sueño, aunque volvía a despertarme con el vuelo de una mosca metafórica. Y soñaba intensamente, pero la escoba vigilante me iba arrancando sueños hipnóticos de la memoria, los mismos que, en medio del agotamiento y el sopor, me prometía no olvidar, sin fuerzas para alargar la mano hasta los lápices y cuadernillos de la mesilla. Qué implacable es esa escoba que me impide acceder al jardín de imágenes fascinante y tenebroso, donde el inconsciente va asociando y disfrazando para engañarnos y que podamos continuar soñando... Sólo me quedaron dos colas de sueño, y las escribiré aquí porque un poeta traductor malgré lui me dijo ayer que sobre todo buscaba los sueños en este blog, un territorio que le interesa, y le recomendé el maravilloso libro de Theodor W. Adorno -por cierto, que yo quise ponerle a Rufus el nombre de Theodor W., y como no pudo ser, decidí que fuese su nombre secreto, ese tercer nombre en el que según T.S.Eliot, meditan los gatos cuando parecen sumidos en la misteriosa profundidad de su pensamiento.
Y es que ayer algunos traductores intentamos hacernos oír por encima del ruido del Café Salambo, leyendo poemas y fragmentos muy bien escogidos de la literatura. No pudieron venir Elena Vilallonga, Selma Ancira ni Víctor Sunyol. Rodolfo Häsler leyó dos cuentos de Kafka memorables, cómo me identificaba yo retrospectivamente, por mi infancia inhóspita, con ese "sexto" que a todos molestaba y que siempre seguía ahí, a su pesar... Toni Clapés leyó un soneto de Shakespeare traducido por Joan Triadú, que había muerto ayer y que para mí seguía siendo el director del colegio -curiosamente ayer había escrito de él en mi novela sin decir su nombre y me sobresaltó oír la noticia, como si algo en mí hubiera adivinado-, y luego leyó poemas oscuros y boscosos de una poeta para mí desconocida (tengo que re-preguntarle), ¡pero qué buena teatralidad áspera le dio a esa lectura! Esther Zarraluki leyó poemas del propio Clapés, traducidos por ella en estado de gracia al castellano, aunque Clapés, con su discreción, se escandalizó al saber que iba a leerle y se resistía. Jordi Nopca leyó su traducción de William Maxwell, se levantó y andaba por el espacio del bar con una teatralidad familiar, como si hablase por el móvil. Yo envidié esa libertad porque me había tocado leer la primera y el ruido de fondo era tan intenso que aceleré el ritmo, nerviosa, aunque leyendo un texto magnífico de Jean Giono, lo que estoy traduciendo, Dolors Udina leyó esa preciosa traducción suya de El chal que yo reseñé, y Teresa Shaw leyó dos buenos poemas de Frieda Hughes (sé que me estoy dejando algo, pero volveré). Todo eran espléndidas traducciones y fragmentos bien escogidos, pero tuvimos que imponernos a los clientes del bar que estaban allí para hablar consigo mismos y no para escucharnos. Antoni Clapés leyó poemas de Le tombeau de Lou de Denise Desautels.
Había dejado a mi amiga Lola, huésped fugaz a quien tengo pocas ocasiones de restituir mi extensa deuda de hospitalidad con ella, descansando en casa, con Rufus pegado a ella y un festival de libros. Cuando le mandé un sms para decirle que volvía, me dijo: "No tengas prisa, estoy estupendamente con Rufus y Evelyn Waugh", y se refería a esa pequeña edición traducida que compré en una interesante librería de Saragosse con nombre de heroína de Sófocles, un librito delicioso y primerizo que ya muestra todo su talento, Obra Suspendida. Es verdad que Rufus necesita su dosis de abrazos y caricias dos o tres veces al día, según el clima y lo despejado que esté el cielo, pero el de la mañana es el más perentorio. Hoy a medianoche intentó entrar en la habitación de Lola, debió de pensar que era más sencillo convencerla a ella que a mí, o abrir su puerta. Lo gracioso fue que ella le había visto dormir y dormir y ovillarse y estirarse ociosamente y cuando de pronto le descubrió saltando con nocturnidad y corriendo en pos de un ratoncillo de peluche o dando carreras por la casa, le salió su deformación profesional de estudios psicológicos y dijo: "¡Pero si es bipolar!" Y nos reímos mucho de esa bipolaridad que se haría extensiva a todos los gatos, y que explicaba tan perfectamente Saki en la descripción de aquel gato (traduzco, que ayer fue San Jerónimo): "Está siempre echado, ronroneando y soñando, cambiando de postura de vez en cuando, en un éxtasis de confort y almohadones. Parece la encarnación de todo lo suave, sedoso y aterciopelado, sin una sola arista aguda en su composición, un soñador cuya filosofía es 'duerme y deja dormir'; y luego, cuando cae el atardecer, sale al jardín con un fulgor rojo en los ojos y asesina a un adormilado gorrión." A la sesión de ayer vino Tigridia y en cierto momento oí a medias a Clapés contándole de San Jerónimo, traductor de la Biblia, de la cueva en la que vivió, en el desierto para vencer las tentaciones de su fuerte sensualidad, un desierto tan alegórico de la vida del traductor, y cómo todos los pintores le habían retratado, con ese león al que supuestamente quitó una espina y que no quiso separarse de él... o de san Gerásimo. Antes de ir al Salambo, Lola me había propuesto que le leyera en voz alta los fragmentos de Jean Giono y así pude decidir qué leería y qué no (aunque luego, la presión de aquel no-público me llevó a eliminar la descripción final, espléndida y que hablaba otra vez del árbol mítico de ese thriller poético). Lola se quedó maravillada y con su percepción rápida y asociativa me dijo: "¡Es el Twin Peaks provenzal". Toda la razón; voy a sugerir al editor que utilice su frase en la promoción. Y también asoció con un detalle de Sleepy Hollow que yo había olvidado.
Lola me habló de aquel antiguo "estar encamados" que precedía a nuestra cultura de sofás, y yo le hablé de aquellas camas renacentistas con cortinajes y doseles de madera que se ven preciosas en el Museo de la ciudad de Luxemburgo. Y es que podríamos vivir así, entre el sofá, la cama y los paseos, leyendo y escribiendo, entre gatos, con o sin amantes y siempre con almohadones.
Se me olvidaba: ayer Clapés me trajo publicada mi flamante plaquette sobre Danielle Collobert: Naufragi en un mar de paraules. Pronto estará por tres euros en venta en La Central y Laie. Tengo que avisar a Stalker.
Ah, y decir que mi Curso en la Escola d'Escriptura del Ateneu empezará el martes 19 de octubre.
Pues bien, ha llegado la hora de describir una imagen indescriptible: de mis sueños sólo rescaté un instante pavoroso en que yo estaba practicando geométricas incisiones para abrir el cuerpo de mi gata Gilda, en una extraña taxidermia que sobre todo recordaba al proceso para comerme el lenguado de ayer, y mientras lo hacía, descubría con horror que estaba viva y se me sobrecogía el espíritu, sobre todo estupefacta de que la gata se moviera muy levemente, sin rebelarse ni quejarse, aceptando una vez más el dolor, en una prolongación onírica de la lección de estoicismo que me ha cambiado a mí para siempre. Y me desperté llena de angustia y de culpa. Luego volvió la ola de sueño y en el último, disfracé y transformé el sonido de un cláxon en la voz de un poeta cubano que, burlón, decía mi nombre en dos variantes: Isabelaaaa - Belnuuuuuu....

domingo, 12 de septiembre de 2010

Otra vez el calor

Foto: I.N., Fred Basset en el parquecillo de Maluquer, 2010
He puesto la cadena francoalemana arte tv para tomarme el té y había un especial flamenco. Ha salido un gitano con traje rojo como una llamarada, zapatos rojos, camisa negra y el pelo largo, y ha empezado su frenético taconeo. Rufus, que estaba muy cerca bebiendo agua, se ha vuelto hacia el televisor, interesado y sorprendido. Habrá decidido ver el espectáculo completo, porque se ha situado en el suelo, en una posición discreta, bajo una butaca preferida, y ahí sigue, mientras también sigue el desfile de flamencos (ahora Prado Rodríguez baila en vaqueros; antes una cantante árabe y una bailarina sufí le han hecho sitio al bailaor del traje rojo). "Por fin un gato que ve la tele", dijo G.
Tengo que decir del alivio de Rufus con la marcha de la flaquita y nerviosa Vera, comparable al mío. Como G., me siento algo culpable, pero hay que reconocer las propias limitaciones, aunque sean coyunturales. Me encantan los extraños rituales de mullido del aire de Rufus. Y sus volteos abdominales cuando le acaricio. ¿Quién te ha dibujado con tanta perfección?, le pregunto, y me mira con sus ojos sorprendentes. ¿Quién te colocó cada raya de tigre en su sitio justo? Se yergue, majestuoso, o se entrega, con esa boca de línea negra que parece sonreír.
Olvidé hablar de lo mucho que me gustó Agua viva de Clarice Lispector, regalo de la Otra Bel, por su construcción poética única, por ese hilo que va tejiéndose casi sólo con su nervio interior, por la fuerza (hipnótica, dijo ella) de su propia voz, por su conexión con la naturaleza y con todo, por la vitalidad de su escritura sólo suya. Su descripción libre y a veces salvaje de las flores, de la intensidad y gradación de sus efluvios, de los espejos, de todo lo que va viendo y tocando con unas yemas de los dedos febriles, como en aquel texto de Barthes sobre el lenguaje. Me interesó aún más ahora que estoy tan ciega y sin encontrar la música ni el orden ni la forma de mi interrogativa novela. (Yo, que fabrico el futuro como una araña diligente. Y lo mejor de mí es cuando no sé nada y fabrico no sé qué...). Acaba la escritura de ese libro en el propio hechizo. Supongo que no cualquiera accederá a esa escritura poderosa y única, pero quienes puedan serán hechizados. (Ahora canta alguien de fusión entre francés, música árabe y flamenca).
Anoche, entre las oleadas de sueño brutal en que me sumió el virus de Vera, forcejeando con él gracias al asombros oscilococcinum (que aquí vale el doble o triple que en Francia, según las farmacias, es un escándalo), fui con B. al cine a ver esa película de la monja medieval (Hildegard von Bingen) de Margarethe von Trotta, Vision, y me gustó, de factura clásica pero con unas imágenes maravillosas y la mirada feminista de esa monja medieval que supo abrirse su camino al conocimiento, la medicina natural, la belleza y lograr independencia y sostenerse con sus visiones sin que los que la acusaban de hereje lograsen su objetivo, usando su poder intuitivo y su sagèsse (B. la comparó a Santa Teresa, con razón), su forma de hablar de la naturaleza, del amor sáfico, de la amistad en medio de las luchas de poder, las paradojas, los celos, sus reflexiones que hacía tiempo no llegaban por aquí. Y esos bosques alemanes, esos árboles. También me gustó mucho escucharles hablar, y qué maravilloso sonaba el latín con acento alemán.
Ha muerto Claude Chabrol. No es que fuese de mis favoritos, pero a veces me interesó y sobre todo, es la sensación de que se muere mi mundo, de que todo desaparece... Claro que podemos envolvernos en libros y películas como si fuesen una segunda piel. Aun sabiendo que todos han muerto.
Por cierto, en un viejo Cultura/s, SVSJ hablaba con gran elocuencia de un libro que tal vez me interese. He decidido comprar el libro... en la red: en inglés, nuevo vale 7 euros, viejo 6 euros, e incluso junto con los 6 euros del transporte, me cuesta la mitad que la versión española, de 24 euros. ¿Cuándo se darán cuenta nuestros editores que los libros son muy caros, y más en un país donde tan poca gente lee?
Hoy he vuelto a dormir profundamente, y siempre me alegra recordar mis sueños como estos días, incluso cuando son pesadillas, o como dice mi amigo serbio, "medias pesadillas, que son peores". Pero yo los agradezco, porque me traen noticias frescas del inconsciente y me ayudan a pensar/me, y también porque me fascinan esa inteligente poética de la sustitución, ese lenguaje visual, esos modos.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Rentrée

Foto: I.N., Rufus, con la sombra de una antigua prisión, como en el cuento de Grace Paley ("A Subject of Childhood"), o como en el poema del Romancero que una vez canté a los presos de Quatre Camins, 2010
Yo sé de la rentrée por el concierto de sollozos (¡y aullidos!) del colegio que queda junto a mi casa. Es el signo de septiembre. El pistoletazo de salida. Pero no crean que dura unos días, no, se prolonga durante todo el mes y en octubre aún colea, aunque en general no es tan insistente. Ahora lloran a matar, todos a una, como Fuenteovejuna. Lloran y lloran con tal rabia y desesperación que cuesta no contagiarse. Sobre todo, si me acuerdo de los periódicos. Tengo una amiga que teme no poder volver mañana de los Encontres de la Photo de Arles, porque en el país vecino, mientras aquí se bajan los pantalones y deciden tragar como tontos, como siempre, todos los abusos y medidas del latrocinio y apoyo a los Bancos, allí se arman y van a la huelga en todo el sector público. Y cuando allí dicen huelga, no suele ser broma, es de verdad y los franceses lo aceptan, aunque eso suponga ir andando al trabajo, si uno no está en el sector público y no le afecta. Pero se me ha cruzado un tema de Polis...
Para compensar, escucho a Cecilia Bartoli cantando las arias de Gluck, incluso canto bajo su voz... Hace mucho calor. Rufus se esconde entre las macetas. A ratos parece completamente integrado en este paisaje, ya recorre y explora todo, a veces me pide que le acompañe a algunos sitios, otras veces le descubro investigando o dormita en el sofá o sus rincones preferidos de la terracita. Ya no hay lugares de la casa que tema como si viera fantasmas. Pero antes, cuando me ha visto correr hacia la puerta, se ha asustado y se ha escondido, pensando que le perseguía, y nos ha costado muchísimo convencerle de que saliera. También ayer, G. hizo un gesto brusco para proteger su cena y el pobre Rufus se agachó y escondió, pensando que le iba a pegar. Esos gestos cuentan de la crueldad y la tristeza históricas, de una vieja violencia. En esos casos le acariciamos como al snark carrolliano, intentamos demostrarle que eso no le pasará nunca más, que nosotros no queremos hacerle daño, sino intentar que sea feliz en esta casa. Es tan guapo... tiene las rayas y las manchas atigradas en los lugares perfectos e incluso sus torpezas por el peso de su barriga (también sutilmente atigrada) participan de su encanto, como su cola vencida, donde debieron hacerle daño alguna vez con mucha violencia. Me dijo la comunicadora de animales que Rufus temía sobre todo su propia tendencia a la sumisión, pero que pronto se daría cuenta de que estaba en el lugar perfecto. Pero el sábado, yo estaba agotada tras una noche sin sueño. Sentada en el sofá, le vi mirarme en la terraza y sentí cómo me llegaba una ola de su tristeza y dudé, me puse a preguntarme si yo, con mi historial, sería la persona adecuada para rescatarle, si podría contrarrestar ese peso hacia abajo. Pero a la mañana siguiente le vi tan contento y tranquilo examinando la casa con espíritu de Sherlock felino que mis dudas me parecieron una tontería.
Rufus no para de "mullir la lana" aun sin ella, lo hace en el aire, o apresando nuestros dedos con esos almohadoncillos negros que tiene en las patas delanteras, o en cualquier superficie, en un gesto de acunarse, un gesto regresivo que le tranquiliza, como el ronroneo de todos los gatos. He estado leyendo más Steinbeck, Cannery Row (me gusta mucho ese principio; por cierto, el libro me llegó el único día en que nos visitó el cartero, tras un mes y más de vacaciones de Correos, en un día llegaron siete paquetes) me he reído con el humor de Mark Twain (qué delicioso ese librito de Navona, hay un capítulo sobre la dieta europea que asombrará a cualquier lector, y el irónico "Abelardo y Eloísa" no tiene desperdicio, o la melancolía autoburlona e hilarante de "Un auténtico penco mexicano"...), y ahora me toca seguir traduciendo, antes de que lleguen las mareas del museo y de preparar un poco mis cursos de esta rentrée. Aunque a veces me entren ganas de esconderme como Rufus entre las macetas o de unirme al concierto de llantos desesperados (creo que deberíamos hacer una gran manifestación llorando a gritos por este pobre país y sus desastrosos políticos y sobre todo, por esa terrible tendencia a la sumisión que parece dominarlo todo). Y sigo escribiendo extrañamente, contra lo esperado y la planificación, a ciegas, sin saber nada, con la sensación de que tengo que hacerlo, de que luego vendrá una fase más clara y luminosa, de que, como dijo mi amigo serbio, mientras escribo, algo ocurrirá... Por cierto, le escribí a EVM contándole de ese cambio inesperado en mi espíritu que ahora sí me permite seguir su consejo y seguir simplemente adelante sin pensar tanto en la invisibilidad o el no-reconocimiento y me gustó su respuesta, ingeniosa y atinada.
Vi Bright Star, que me gustó y me disgustó, casi a partes iguales. Había algo impostado, que me irritaba, como el vestuario rígido y encorsetado y demasiado nuevo de la protagonista, que estropeaba su belleza y su asombrosa tersura. Me gustaba mucho la voz del actor que hace de Keats y oírle esos poemas que son familiares,´escuchárselos con esa voz, qué deseo de volver a todos mis poetas ingleses favoritos, no sólo los románticos! Esos poetas que sintetizaron cosas grandes que inspiraron a los narradores y cineastas, como el Splendor in the Grass de Wordsworth o el Tender is the night o los Magic Casements de Keats, por no hablar de Coleridge, de Christina Rossetti y de los que vinieron después, Yeats, T.S. Eliot, Auden... Ah, qué deseo de volver con ellos... Cómo comprendo en este momento a ese abogado que sólo lee y relee a los poetas ingleses...