Foto: I.N., Parc del Laberint d'Horta, 2009
Anoche fui a ver el Anticristo de Lars Von Trier. Pensé que tal vez me ayudase a pensar, a salir de cierto ensimismamiento con una sacudida o que por lo menos me quitase el constipado.
Me gustaban mucho las imágenes -a veces me recordaba a Bill Viola, no sólo a Tarkovsky- y no sólo esa mirada a la naturaleza implacable y desconfiada, sino la fisicidad de sus protagonistas (tengo debilidad por esos dos actores, aunque sean de Hollywood, pero además hay algo de verdad en esa sexualidad sin imposturas y hay una belleza desnuda y táctil en la mezcla de voracidad salvaje, compasión, acercamiento y distancia), la textura de la casa, el suelo del lavabo, el tacto de todo, el agua, la forma de contar el rompimiento, el dolor de la pérdida, la locura. No me gustaban en cambio, por impostadas y más endebles, las imágenes de los sueños.
Luego ya vi -nos salimos 15 minutos antes del final- que adonde iba no podía yo seguirle; mutilaciones y automutilaciones; no por la furia misógina que siempre está en él y que al menos muestra con cierta honestidad, sino por la parte de las vísceras.
Me preguntaba si ese terapeuta equivocado, antipsicoanalítico, su punto de vista zote (y tan dominante en estos tiempos de ignorancia) que consiste en obligar al paciente a enfrentarse al miedo concreto como si eso fuera lo importante, luchar contra el síntoma (y claro, generar el efecto contrario, como suele ocurrir, dramáticamente), era acrítico, si realmente Von Trier utilizaba a propósito ese simplismo new age o cognitivoconductual tan erróneo, si él comprende o ignora que ese miedo protege (como sugería V) y que ese síntoma ayuda a resolver y a descifrar algo.
No se me quitó este constipado, que es como una plaga. Me quedan las imágenes. Este Lars Von Trier es un tramposo honrado, diría yo, por un lado usa todos sus trucos con brillantez, por otro muestra, se expone, desnuda su parte infantil y sus patologías sin hipocresía, y yo acabo casi preocupándome por él.
A mí sí me gustaron Dogville, Manderlay y El jefe de todo eso, al contrario de lo que se lee por ahí. Me gustan con ciertas reservas, como la molesta Breaking the Waves, que tardé en ver, pero hasta ahora me ha interesado seguirle, observar lo que intenta mostrar, esa verdad de su mentira. He visto que Von Trier provoca auténtica furia en muchos, a mí me remueve, suele interesarme. No creo que ésta sea su mejor película como sugiere Molina Foix, ni tampoco una provocación barata, como dice Boyero. Empieza muy bien, cuenta bien lo de que la sexualidad pueda ser cruda o salvaje (lo dijo Nagisha Oshima hace mucho tiempo, pero este estilo es brillante: descarnado y muy físico, cercano) y asociarse a la muerte, sabe cómo contar su dolor, su pérdida, su resentimiento contra su madre (¿psicótica? se preguntó V.), el miedo a la locura, su terror solitario, pero esa brutalidad física minuciosa y casi medieval, inquisitorial y detallada no le hacía falta (como han mostrado otros), podría haber contado la historia de otra manera, haberlo reducido... Entiendo su contradicción respecto al porno (dice en una entrevista que le molestan las películas porno y también dice que es necesario hacer pornografía y que ha producido porno dirigido por mujeres), hay una interrogación ahí... Dice Molina Foix que ahí es donde ha filmado con mayor libertad y desbordamiento... Pues bien, creo que un poco más de contención le habría venido mejor para mostrar, que basta con una metáfora más sutil. Y además, ahí donde nos lleva yo no puedo seguirle. Eso sí, junto con la última carnicería me perdí ese epílogo epifánico de luz del que he leído esta mañana.
Escribo todo esto a toda prisa y con los niños del colegio de al lado llorando su concierto de septiembre.





