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martes, 22 de septiembre de 2009

Incertidumbres

Foto: I.N., Parc del Laberint d'Horta, 2009
Anoche fui a ver el Anticristo de Lars Von Trier. Pensé que tal vez me ayudase a pensar, a salir de cierto ensimismamiento con una sacudida o que por lo menos me quitase el constipado.
Me gustaban mucho las imágenes -a veces me recordaba a Bill Viola, no sólo a Tarkovsky- y no sólo esa mirada a la naturaleza implacable y desconfiada, sino la fisicidad de sus protagonistas (tengo debilidad por esos dos actores, aunque sean de Hollywood, pero además hay algo de verdad en esa sexualidad sin imposturas y hay una belleza desnuda y táctil en la mezcla de voracidad salvaje, compasión, acercamiento y distancia), la textura de la casa, el suelo del lavabo, el tacto de todo, el agua, la forma de contar el rompimiento, el dolor de la pérdida, la locura. No me gustaban en cambio, por impostadas y más endebles, las imágenes de los sueños.
Luego ya vi -nos salimos 15 minutos antes del final- que adonde iba no podía yo seguirle; mutilaciones y automutilaciones; no por la furia misógina que siempre está en él y que al menos muestra con cierta honestidad, sino por la parte de las vísceras.
Me preguntaba si ese terapeuta equivocado, antipsicoanalítico, su punto de vista zote (y tan dominante en estos tiempos de ignorancia) que consiste en obligar al paciente a enfrentarse al miedo concreto como si eso fuera lo importante, luchar contra el síntoma (y claro, generar el efecto contrario, como suele ocurrir, dramáticamente), era acrítico, si realmente Von Trier utilizaba a propósito ese simplismo new age o cognitivoconductual tan erróneo, si él comprende o ignora que ese miedo protege (como sugería V) y que ese síntoma ayuda a resolver y a descifrar algo.
No se me quitó este constipado, que es como una plaga. Me quedan las imágenes. Este Lars Von Trier es un tramposo honrado, diría yo, por un lado usa todos sus trucos con brillantez, por otro muestra, se expone, desnuda su parte infantil y sus patologías sin hipocresía, y yo acabo casi preocupándome por él.
A mí sí me gustaron Dogville, Manderlay y El jefe de todo eso, al contrario de lo que se lee por ahí. Me gustan con ciertas reservas, como la molesta Breaking the Waves, que tardé en ver, pero hasta ahora me ha interesado seguirle, observar lo que intenta mostrar, esa verdad de su mentira. He visto que Von Trier provoca auténtica furia en muchos, a mí me remueve, suele interesarme. No creo que ésta sea su mejor película como sugiere Molina Foix, ni tampoco una provocación barata, como dice Boyero. Empieza muy bien, cuenta bien lo de que la sexualidad pueda ser cruda o salvaje (lo dijo Nagisha Oshima hace mucho tiempo, pero este estilo es brillante: descarnado y muy físico, cercano) y asociarse a la muerte, sabe cómo contar su dolor, su pérdida, su resentimiento contra su madre (¿psicótica? se preguntó V.), el miedo a la locura, su terror solitario, pero esa brutalidad física minuciosa y casi medieval, inquisitorial y detallada no le hacía falta (como han mostrado otros), podría haber contado la historia de otra manera, haberlo reducido... Entiendo su contradicción respecto al porno (dice en una entrevista que le molestan las películas porno y también dice que es necesario hacer pornografía y que ha producido porno dirigido por mujeres), hay una interrogación ahí... Dice Molina Foix que ahí es donde ha filmado con mayor libertad y desbordamiento... Pues bien, creo que un poco más de contención le habría venido mejor para mostrar, que basta con una metáfora más sutil. Y además, ahí donde nos lleva yo no puedo seguirle. Eso sí, junto con la última carnicería me perdí ese epílogo epifánico de luz del que he leído esta mañana.
Escribo todo esto a toda prisa y con los niños del colegio de al lado llorando su concierto de septiembre.

sábado, 29 de agosto de 2009

Lo que dice el cuerpo

Foto: Dolors Udina, Cucuron, Provenze, 2009
Sufro la estela del conflicto de anteayer con una lumbalgia que parece haberse arraigado con ferocidad, aliada a misteriosas hormonas. Esta mañana leía El origen en una posición yóguica que me aconsejó V. y alivia mucho, con las piernas subidas a la pared azul grisácea del pasillo (era un buen retrato para On Reading de Kertész) y la espalda sobre la estera en el suelo de madera, y es que Bernhard me gusta tanto que me anima releer su furia contra Austria y Salzburgo, y la educación como forma de destrucción, y la desmemoria (ignoración) y su interpretación de que los festivales de música sólo son una forma de enterrar y olvidar el pasado y la culpa por el nazismo y la complicidad colectiva. No recordaba su asociación del nacionalsocialismo y el catolicismo (me pregunto qué opinará A.; claro que la propia experiencia y la vivencia personal de la Historia llevan a una posición u otra, y yo no puedo evitar comprender a Bernhard porque mi torturadora era católica ferviente, casi mística, y aunque no tenía reparos ni escrúpulos para la atrocidad y la injusticia, no se perdía una misa; y sin embargo, en otros sentidos entiendo a mi amigo A.).
Ayer fui por última vez a regar las plantas de J. y G. in absentia y enseguida se personó un vecino a protestar. Tenía razón, pero sus modales me parecieron asombrosamente descarados, aunque acabó civilizándose, tal vez porque vio que ni yo compartía su estilo, ni tampoco me intimidaba. Lo malo fue que, para regar las plantas del fondo, choqué con un mueble y me hice un morado gigantesco, que se ha unido a la lumbalgia. "Toda buena acción recibe su castigo", solía decir una mujer pesimista y excéntrica a la que frecuenté en mi adolescencia, vivía con su familia en una casa muy inglesa con jardín frondoso y visitado por múltiples gatos salvajes, a los que atendía, alimentaba e incluso les había puesto nombres generosamente.
Más tarde estuve viendo Shadows, de John Casavettes, llena de su nervio fílmico, esa belleza áspera de imágenes vivas, rodadas casi a la documental, película improvisada, llena de reflexiones sobre el machismo, la violencia, el infantilismo de esa cultura masculina patriarcal urbana, contrapuesta a un mundo culturalista y snob pero más libre, me pareció melancólica y refrescante a la vez.
También ayer me llegó la noticia de la muerte, injusta y misteriosamente impaciente, de Mario Merlino y lo sentí, creo que todos los que le hayan conocido y leído lo sentirán. Yo había puesto una entrevista suya en este blog, hace tiempo.
Hace un rato leía la web de ese maravilloso jardín botánico de Londres, Kew Gardens, sobre la capacidad del Platanus hispanica (ellos le llaman London plane, ya que esta especie abarca más del 50% de los árboles plantados en Londres, y se preguntan si realmente este cruce entre los sicomoros americanos y otra especie de plátano se originó realmente en España en el 1600 o fue en Inglaterra) para limpiarse con la corteza y resistir a la contaminación de las ciudades:...el plátano apareció en Gran Bretaña hacia mediados del siglo XVII y se plantó como árbol ornamental. Pronto se convirtió en el árbol de rigueur para plantar en Londres, en cuanto se descubrió hasta qué punto es tolerante a la vida urbana. Todos los árboles 'respiran' por los poros de la corteza pero no todos la mudan como el London plane. Con el tiempo, le caen grandes láminas de corteza revelando un dibujo de camuflaje de pardos, grises y amarillos de la madera fresca de debajo. Este proceso asegura que los agentes contaminantes se despeguen y que el árbol se mantenga saludable. Además de este proceso de autolimpieza, el Platanus x hispanica demuestra su buena adaptación al mundo urbano con su resistencia a la sequía, su tolerancia a la poda regular y al suelo compactado, rasgos característicos de la vida en Londres." El texto continúa diciendo: "A pesar de condiciones que distan de ser idóneas, sobre todo en el centro de una densa y agitada metrópolis, el London plane muestra una impresionante longevidad -algunos especímenes de las plazas de Londres tienen más de 200 años de edad. Crecen regularmente a más de 30m de altura y sus hojas brillantes, parecidas a las del arce abundan en primavera y verano antes de volverse naranjas y pardas en otoño."
¿De dónde sacan nuestros políticos municipales y sus asesores que los plátanos sólo viven cien años y por tanto hay que talarlos antes de que mueran? ¿Por qué los barceloneses tendremos que acostumbrarnos a vivir sin ellos, como pretenden partes interesadas? Es inevitable pensar en Roberto Saviano.
Pero tras esta ráfaga de Polis vuelvo a mi mismidad. "Lo que no podemos escribir ni expresar lo dice el cuerpo", dijo mi antigua psicoanalista una vez y yo la cité en "El cec de l'Odissea, el bloqueig un somni d'editors", "pero el cuerpo es un jeroglífico". Una vez conocí a un hombre que en lugar de llorar, respiraba con dificultad. Esos jadeos eran sus lágrimas y yo le consolaba. Conocí a dos grandes hipocondríacos; uno corría a los hospitales a media noche y el otro huía de ellos como de la peste, pero los dos combinaban su miedo a la muerte con una espléndida salud. Yo sólo somatizo: hoy no escribo, ni recuerdo mis sueños de esta noche (al parecer por culpa de un bandido doblemente armado), y ahora es mi cuerpo el que habla, el que dibuja mi tristeza ágrafa con sus jeroglíficos dolorosos. Tanto es así que me he rendido en un contexto bloggero y casi he renunciado a mi nombre.
Pero más tarde me he puesto a escribir un rato, disciplinadamente, antes de ir a ver la loca parodia de Kitano: lo que sí me gustaba era su conclusión en la entrevista escrita: No importa el éxito ni el fracaso ni lo que piensen los otros, sólo importa la epifanía que se tiene al crear la pieza.

domingo, 5 de julio de 2009

Y de pronto, misteriosamente

Foto: I.N., Techos del Hermitage en San Petersburgo, 2006
Después de horas, días de un dolor persistente, atenazante, que arrastra con su latido toda la cadena de pensamientos negros y los augurios de Jacques le Fataliste (o del hada maligna ) que quise quemar en la hoguera de San Juan, de pronto, misteriosamente, las tenazas invisibles se abren y ya no me duele, y esa parte de mí que sigue considerándose sana y viva y energética, la parte que me dice que hay un error, que ese dolor no puede ser mío, que no me pertenece, que sólo me falta o me sobra algo, una sustancia, un lubricante interno, un gesto para que se acabe el dolor, que remitirá y no se cumplirán las amenazas y me olvidaré de este malaise, esa parte más vital toma cuerpo, se levanta y me dice: ¿Lo ves?
Anoche cené en una alta terraza de verano, iluminada por la luna, y la comida era tan sugestiva como la conversación, que alargamos sin darnos cuenta hasta tarde, entre el pesimismo crítico (la vulnerabilidad de los autores, el silencio y la pasividad y el conformismo mutante de este pobre país) y el humor inteligente, el arte, la escritura y el zen como reverso, la traducción y el psicoanálisis y la significación de las casas. Estaban Anne-Hélène Suárez, Ramon Dachs, the wise V., Albértigo y Mercè Altimir. Fui a dormir tarde y G. me despertó tempranísimo, pues volvía de su viaje vasco y no tenía llaves. Cuando logré redormirme me despertó su padre, que le buscaba.
Hoy no he hecho apenas nada, salvo bailar por la casa a ratos y hablar por teléfono y escuchar los relatos de G., dormitar al sol y a la sombra, regarme con la manguera en la terraza (ayer, al abrir la manguera apareció una lagartija maravillosa, con un cuerpo abarrocado, salió corriendo, y ya fuera de mi alcance, se quedó quieta mirándome con sus ojos prehistóricos. Era emocionante: yo le estuve murmurando y pareció que me escuchaba, en una imitación de las conversaciones que mi madre mantenía con ellas cuando reinaban en sus terrazas, y acabé aconsejándole que se mantuviera en sus alturas, a salvo de la gata Gilda, que en estos días de calor, cuando baja el sol, se refugia en esa terraza).
Sólo he leído y soñado, pero cuando de pronto ha cedido el dolor por un rato, quería llamar a todos los amigos que me sabían doliente, crier sur les toits, hacer un post, unpack myself with words, como dice Lampedusa de Shakespeare, y al mismo tiempo temía que volvieran las tenazas invisibles, y es que la adversidad (otra vez Lampedusa) está en nosotros antes de que nos ocurra, y por eso la reconocemos. Y ahora vuelvo a la lectura...

miércoles, 1 de julio de 2009

Noches de verano

Foto: I.N., De mi colección de bellezas de Barcelona aún sin destruir por la mafia del cemento, 2009.
"Te veo poco sociable", me dijo un amigo ayer, por sms, tal vez refiriéndose a mi último post. "¡Es que me duele el brazo!", pensé yo, desesperada. Me había despertado de madrugada con un dolor intenso en los dos brazos, contemplando escenarios más radicales: ¿sería cáncer de huesos? ¿artritis grave? ¿y aunque no lo fuese, hasta cuándo iba yo a resistir con ese dolor? ¿Qué puedo hacer sin escribir? ¿Cómo mantenerme ilimitadamente sin traducir? ¡Bálsamo de Fierabrás!* Lo pensaba desapasionadamente, entre esa urgencia física de los brazos, que no me dejaban alejarme, y el rumor de los pájaros. Es fácil pensar en la muerte a esa hora, al fin y al cabo, yo he tenido una vida. Pero entonces oí a G., que se preparaba para su viaje a zona vasca y recordé que seguía teniendo una atadura. Y por otra parte, pensaba yo: No me siento enferma, sino hiperviva y energética. Y todos esos libros por escribir, historias que se apretujan en mi interior pidiendo salida... Y es que la mente se desvincula de ese dolor y está también en otros placeres, en otra vitalidad. Es sólo que de pronto vuelve la intensidad y el encallamiento me interpela con furia. Quousque tanderem?
Si me obsesiono con esa cronificación no resuelta, tiendo a retirarme para no cargar a los demás con la misma letanía. El hombre que llamaba demasiado nunca ha empatizado demasiado con el dolor físico ajeno, o por lo menos, no con el mío. Tal vez sólo se sienta desconcertado porque no puede proponer una solución... Ayer se mostró impaciente, me cortó y dijo: "Siempre estás con lo mismo". ¡Tenía razón!
Yo había quedado en ir a la fiesta anual de Seix Barral (un evento que suele ser amable y no me deja resaca, quizás porque no suelen acudir ciertos ogros highnosed del mundillo editorial, o quizás sea sólo cuestión de suerte) y es mucho más fácil olvidar mi brazo en movimiento. Se celebraba en el patio del antiguo Arxiu de la Corona d'Aragó, el palacio del Lloctinent. El lugar es precioso aunque el archivo ya no esté allí. Vi a Pere Gimferrer, que me preguntó si había abandonado la narrativa (no le dije que para mí, mi libro balcánico sigue siendo narrativa, y así lo entienden algunos libreros, que lo ponen en esa sección, y no otros, que lo esconden en una pequeña y apartada sección balcánica) y cuando le dije que iban a salir mis cuentos en otoño, me anunció la llegada de uno de los dos editores de esos, mis próximos cuentos. También mi jefe de La Vanguardia, que sonreía como si ya estuviese de vacaciones, y que fue de los primeros en detectar al casi único autor que ahora vende en todas partes; estaba Clara Usón, a quien quiero leer pronto y que había leído mi libro balcánico, y hablamos de esa imposibilidad de vivir de la literatura (excepto para algunos... Parece que ahora ya no hay autores que vendan 5 o 6 o 10.000 ejemplares, o uno vende 1.000 o vende 150.000, tan tristemente polarizado está todo, como si ya no hubiera un público lector con criterio, más allá de las listas de vendidos); estaba Martínez de Pisón, que publica ya no sólo en Francia, sino también en Suiza; Glòria Gutiérrez, que me saluda siempre amable sin recordar quién soy, Nahir Gutiérrez que además de llevar la prensa de Seix ahora escribe y publica libros infantiles, y estaba Alberto Hernando, con quien estuve hablando. El editor me confirmó que está con mi manuscrito y pronto me lo reenviará con sus sugerencias para que el libro salga en octubre como previsto. También me anunció que mi libro estaría bien acompañado, pues sale con cuentos de dos autores de gran peso literario. El calor era agobiante, no circulaba el aire ni aun a esas horas. No dejaban fumar, aunque fuese al aire libre, así que salí y allí me encontré a un amigo joven que sigue pintando y que pronto expondrá, Guillermo de Pfaff, con su mujer editora en Seix y Diego Gándara, su amigo argentino que escribe en Caballo Verde, o en lo que queda de ese buen suplemento, y que se apellida curiosamente como otro famoso crítico.
La cuestión es que tengo una hilera de noches comprometidas como en los viejos carnets de baile, hoy una cena de cumpleaños, mañana la presentación del escritor valenciano en la Barceloneta, el sábado una cena entre sinológica-psicoanalítica-literaria-tecno en una terraza cercana, y el viernes no puedo ir a dos cosas porque tengo Grec... Así que el sms de mi amigo ha quedado de momento superado por los acontecimientos. Tendré que llamarle y verle también antes de sus vacaciones y mi Sicilia tal vez...
*Para mis males, un poeta ingenioso, letrista y publicitario me manda en Feis "Un beso de esos". Para él es el bálsamo de Fierabrás, que curaba al Quijote y a Sancho de sus males tras las peores tundas: el Quijote le dio a Sancho los ingredientes: aceite, vino, sal y romero. El caballero los hirvió y luego los bendijo ¡con ochenta padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos! Al beberlo, Don Quijote sufrió vómitos y sudores y tras dormir un poco, se despertó sintiéndose curado. Era la mítica receta de la pócima con que habían embalsamado el cuerpo del Cristo, capaz de curar todos los males.
Y sí, la muerte de Pina Bausch, sólo me consuela un poco haberla visto en esa última vez hace poco, esa belleza especial que ella añadió a la escena, todo lo que revolucionó y su mundo narrativo, su inteligencia expresiva y su poética de los gestos.

martes, 23 de junio de 2009

Por alguna razón misteriosa

Foto: IN, Muntaner, 2009
El dolor más agudo volvió a mi brazo y fue in crescendo durante el fin de semana hasta que ayer volví a la acupuntora, preguntándome, allí tumbada, de nuevo Gulliver en Liliput, sujeta por micropinchazos de agujas finísimas, si alguna de esas agujas habría abierto un canal equivocado. Luego las agujas y el silicio ejercieron su poder curativo y el dolor se ha relajado, aunque no del todo desaparecido, y es inconveniente escribir.
Dice Peri Rossi:
RECETARIO
"Ahora -le digo al médico-
cuando escribo me duele el hombro,
me duele el brazo, me duele la mano
y los dedos de la mano. A veces,
no puedo aguantar el dolor
y dejo de escribir."
El médico -varón-
me contesta: "Parirás con dolor a tus hijos"
y me prescribe un analgésico.
A veces, como ahora, los gritos suaves de los niños en el jardín de al lado -jardín amenazado, con sus magníficas palmeras, su sauce llorón, restos de un bosquecillo, de lo que fue la escuela republicana, pues el Sant Gregori se traslada y en Urbanismo ya me lo confirmaron, se puede construir... ¿y por qué iba el ayuntamiento a preservar nada que no sea cemento nuevo y parkings?- me parecen casi como voces de pájaros. Son voces que corren, que atraviesan el patio donde antes hubo un inmenso sauce, que talaron para ampliar las instalaciones, y cuando G. iba a ese colegio le mirábamos desde la terraza sin que él lo supiera y parecía feliz. G. se defendía de los matones de la clase -siempre había niños que iban al colegio a matar, no sé qué les harían en sus casas, empujaban bruscamente y con esa inestabilidad de los pequeños les hacían caer en seguida, a veces peligrosamente, les golpeaban, había incluso que coserles-, los neutralizaba con sus torrentes de palabras, sólo en eso fue precoz, hablaba y entonaba muy bien, con pequeños ademanes de las manos, y les dejaba estupefactos. Antes de hablar propiamente empezó imitando con ruidos, pronunciaba frases con sonidos y palabras inventadas y sólo la palabra final tenía un deliberado sentido, aun deformada, decía mukuka para música o fututa para formatge o un rusófilo patoff para beso y todo lo demás era figurado. Luego empezó a hablar cada vez con más palabras y no paraba, con aquella voz y acentos que aun a veces recuerdo, llenos de una vitalidad festiva, burlona, y una entonación particular. Y hoy esas voces que corren me parecen muy alegres y cercanas al mirlo de enfrente y a las bandadas de golondrinas que también oigo, a diferencia de los llantos de septiembre, generalizados, dramáticos y contagiosos: hasta yo tengo ganas a veces de unirme a ellos.
Hace unos días, a raíz de un sueño y de una noticia cruzada, me preocupé por la salud de un amigo de mi adolescencia, y cuando le llamé para saber, me dijo que estaba bien, con cierto mal humor o tal vez cierto desdén, quizás molesto de que me inmiscuyera. Él no podía saber de lo simbólico, de lo que la vida de alguien a quien no vemos puede representar en ese terreno, ni de que la enfermedad real de alguien que nació en su mismo año y por quien yo le conocí influía en mi ánimo de ese momento. Yo me sentía en un mundo otro, donde sólo importa el inconsciente, sólo pesa la creciente memoria y sólo relumbran los sueños.
Y a veces hay que decir cosas que preferiríamos no decir, o que las dijera otro. Hay conflictos que cuesta resolver, o intentarlo, o problemas que yo quisiera resolver sin entrar en conflicto. Y en ocasiones no queda más remedio que arriesgarse y duele, pero si no se hace, algo amargo va macerando internamente y en mi caso acaba por bloquear incluso mi escritura. Ojalá el solsticio o la luna nueva o de nuevo los dioses griegos me protejan.
Y ahora me voy, por mi brazo, por la lectura pendiente y por los preparativos para una sesión muy reducida de cine contra el fondo de un cielo de hogueras y petardos, celebración ruidosa del solsticio en la ciudad, aun con nombre de santo.

miércoles, 15 de abril de 2009

Después del dolor

Foto: Andrea Resmini, Cadaqués, ca.2007 El fuerte virus de las anginas desencadenó otra reacción y ese malaise de mi brazo, que estaba ya en una fase benigna y parecía cercano a su curación, se multiplicó de pronto hasta extremos inimaginables, extendidos a los dos brazos y han sido noches y días de intenso dolor, un dolor que a mí me resultaba irresistible, y sólo me consolaban pensamientos de muerte.
J. me traía la prensa y lo que necesitaba a diario y la presencia de G., soft and supportive, ha sido importante. Ayer, en cierto momento, intenté una cura musical. Pero entonces llegó J, que me traía un nuevo enchufe-cargador para mi portátil (el mío no cargaba) y una memoria externa para que guardase mis fotos. Y mi ordenador murió en ese instante (y ahora temo por mi archivo de fotos y por mi libro con imágenes). Algo pasa en la electricidad, porque el portátil de G. había muerto dos días antes y sé de otro habitante de mi misma calle en cuya casa han muerto dos ordenadores y el otro agoniza, apagándose cada poco, como le ocurría al de G. Así que he llamado a Averías de Fecsa-Endesa y he tenido la suerte de que me atendiera alguien decente y me ha dicho que era muy posible y que si se demostraba que era así, ellos pagarían los daños.
Hoy estoy mejor, al menos esta noche el dolor no me despertaba. Yo no me considero estoica. Pensaba que la costumbre de mi torturadora en mi infancia de impedir con un jarabe hipnótico que mis pesadillas y terrores nocturnos la molestaran me había dado una baja resistencia al dolor. Y tal vez así fue durante años. Pero ahora, que sólo tomo homeopatía y oigo a mi alrededor la celeridad con la que algunos toman fuertes pain-killers para tapar cualquier cosa, me pregunto si no me seré mucho más resistente al dolor de lo que pensaba. Pese a todo, tengo una saturación, llevo un año soportando y ahora que estaba mejor, volver tan atrás se me hace imposible.
Cuando la fiebre me dejaba leía Desde la ciudad nerviosa de Vila-Matas, que me gustó (hay capítulos memorables, y allí estaba un artículo viejo que siempre recordaba, de él haciendo maniobras y cabriolas para ver qué leían las mujeres que leen en los autobuses; y me confirmó una vez más que la singularidad de la escritura o la escritura multigénero es un valor positivo cuando eres reconocido y un inconveniente cuando no lo eres), luego pasé a María Zambrano y su Pensamiento y poesía en la vida española, que es maravilloso, y comprendí que este país nunca tuvo remedio (habla de esa renuncia a la reflexión y al raciocinio, de la melancolía, del estoicismo y el suicidio colectivo histórico, la entrega a la muerte, se entienden tantas cosas, y siempre basándose en la poesía... es brillante y es poético también, y me encantó el principio, cuando distingue entre historia, filosofía y poesía y cuenta que Platón, al abandonar la poesía por la filosofía, seguía siendo poeta "porque hay mercedes irrenunciables" y cuando arremetía contra los poetas y los expulsaba de la República, en realidad se defendía de sí mismo. Y dice que la filosofía es ante todo problema mientras que para la poesía, nada es problemático sino misterioso. "La poesía no se pregunta ni toma determinaciones, sino que se abraza al fracaso, se hunde en él y hasta se identifica con él"... No sé si esto valdría para toda la poesía, pero me gustó). Yo seguía pensando en Vinyoli. Por cierto que hoy sale mi reseña de Clarice Lispector en La Vanguardia, con una cita maravillosa de Vinyoli al final. Intenté Everyman de Roth, pero no me arrastraba y abandoné. Ah, y cuando estaba pensando en mis nocturnas fantasías de muerte -producidas por el dolor físico- que chocaban con mi fuerte apego a la vida (y es que me gusta vivir, pensaba yo, quiero escribir algunos libros más y además de todas las cosas que me unen a este mundo, está G., a quien yo traje aquí y nunca abandonaría), abrí casualmente un libro de Hazlitt (parte de mi autorregalo navideño de Alba), El espíritu de las obligaciones: el primer capítulo se llama "Del amor a la vida" y era como si me hubiera escuchado y respondiera a mis interrogaciones. Habla de que las pasiones y el deseo son más importantes que su logro real, "parece como si sólo hubiera unos cuantos lugares verdes y soleados en el desierto de la vida, hacia los que siempre nos estamos apresurando: los miramos ansiosamente a distancia, sin cuidarnos de cualesquiera peligros o del sufrimiento que soportamos, con tal de que al fin lleguemos allí", explica por qué los tiranos nunca se suicidan, y tiene esa concisión poética inteligente de aquel suyo que hablaba del arte de caminar. Es absolutamente genial. Los demás capítulos también, por lo que llevo leído...
Mientras, mi ordenador ha muerto, pero me recuperan la información. Así es la vida. Y suerte de mi bicefalia y que estoy aún con el viejo ordenador, resistiendo... hasta que vaya a por uno nuevo. Pero cómo cuesta cambiar de cabeza y ordenarla un poco a nuestro antojo... J lo ha llevado a reparar, ha vuelto a por la memoria externa y les ha dicho: "Es de mi ex mujer, que me tiene esclavizado." "Pero algo ganarás a cambio", le ha dicho el reparador. "Nada de nada", ha contestado; ése es su humor particular.
De momento no puedo poner aquí mis fotos, ni ninguna de las imágenes que guardaba, voy a ver qué encuentro para ilustrar este pobre post convalesciente...
Muerto el ordenador y aún renqueante, pero el viernes 17 a las 20horas presentaremos la versión audiolibro de Crucigrama en la galería h2o de la calle Verdi, con Carles Hac Mor. Pero seguiré recordándolo aquí...
Y el 23 de abril en la mesa de La Central por sant Jordi y una novedad: sí firmaré en la Feria del Libro de Madrid, el fin de semana del 30-31 de mayo, en la caseta de ALBA.

martes, 28 de octubre de 2008

Llueve mientras corrijo


Artemisia Gentileschi, Magdalena como la melancolía, 1622-1625
Como siempre, me sumerjo en ese libro como si no lo hubiera escrito yo. Los distintos personajes entrevistados, escritores de los Balcanes, vuelven a contarme sus historias, experiencias y reflexiones sobre la guerra, y yo aún descubro algo nuevo. Pero sobre todo me vuelve esa extraña emoción del descubrimiento y de mis peregrinaciones allí. Tengo que hacer full immersion y entregarlas enseguida. La lluvia me acompaña en mi encierro. Me encanta corregir ese libro, releerlo, publicarlo y hablar de él. Espero que transmita toda mi pasión investigadora y balcánica.
Corregir a mano es mejor para mi persistente pinzamiento. No participaré en el debate de la FNAC de hoy, aunque tal vez asista otro día, y eso me permitirá hacer algo por mi brazo. Mientras, llegan noticias de cercos imaginarios que se estrechan, con reacciones que evocan escenas de la historia y que no excluyen una densa capa de tristeza, un manto que me envuelve... por un momento. He intentado contárselo al hombre que llamaba demasiado, pero él es radical y ahora está en el otro extremo; no llama nunca y tal vez prefiere no recibir mis llamadas. Por suerte, hay margen para compartimentar, un cajón donde poner esa tristeza, que a ratos hay que sacar y airear, y luego se guarda ahí y se queda como un convidado de piedra, como una mirada más junto con la risa y las celebraciones otras y los sueños y las esperanzas, que son unas hierbas que crecen deprisa y se vuelven leñosas y altas, con la aceleración de Corioli.
Yo seguiré escribiendo: es lo que me salva. Le he mandado mis cuentos (¡son quince! esta vez supongo que los lectores no se quejarán de que sea corto, como pasó en Crucigrama) a mi amigo serbio porque necesito su consejo (él sabe mucho de estructura y me ha dado buenos consejos importantes, aunque hay cuatro cuentos en los que disentimos y en los que yo tengo que seguir mi propio criterio) para decidir cuál será el primero y cuál el último cuento.
Por la mañana temprano ha llegado mi pequeña estantería nueva y sólo he empezado a llenarla con libros de las autoras sobre las que investigo para conferenciar y de escritores de la guerra civil y la posguerra de este país, para un artículo. Ordenar un poco más mis libros me produce una rara y pequeña felicidad (ahora necesito un archivador más para papeles). Mis ex suegros han venido a verme justo después: son gente culta e inteligente, con sentido del humor; nuestra afinidad se mantiene con el tiempo, y al parecer, el tiempo observa con ellos una amable consideración: tienen muy buen aspecto, tal vez por el espíritu que les anima.
Ésta es una de las raras ocasiones en que me alivia que llueva y cuanta más agua y más fuerza, mejor me parece. Lo mismo me ocurrió en la muerte de mi padre, aunque por razones otras. Entonces cayó una auténtica tempestad y en el tanatorio de Cerdanyola, la sala acristalada mostraba el bosque agitado por el agua y el viento mientras yo leía, demasiado deprisa como siempre, mi texto escrito ese mismo día, intentando que no se me rompiese la voz. Ayer leí parte de un libro de sueños de T.W. Adorno y me impresionó ver tanta actividad onírica alrededor de la muerte... y los burdeles. Lo que más me gustaba era la presencia de su G., no sólo por el nombre, sino por lo que implicaba en los sueños.
Intento encontrar a un escritor de paso por Barcelona, le llamo a su hotel, pero los que contestan al teléfono no saben hablar castellano o catalán, ni inglés, francés o italiano; no sé de dónde son. Les pregunto si puedo dejarle un recado, me dicen: "No", le pregunto por qué: "Porque yo no sé..." Le pregunto: "¿Y no hay nadie por ahí que sepa apuntar algo?" Me pasa con otro que también acaba de llegar de lejos. Es una ocasión para localizar a ese escritor, porque acaba de cambiarse de casa en la ciudad europea donde habita, ¿lo lograré?...
La gata Gilda duerme. La lluvia le produce un profundo sopor y apenas se mueve para cambiar de postura.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Giovedi


Foto: Jose Aguirre, G. en Lisboa, 2008

De madrugada, mientras recogía los restos de una cena improvisada, y los rituales de orden tardío se mezclaban en mi cabeza con retazos de conversación y sensaciones físicas y todo lo que los dioses griegos me dedicaron como compensación a mi osadía, volvió a visitarme la idea de un cuento que parodiaría un título de mi querida Dorothy P., y que en realidad respondería a lo que el escorpiniano A. siempre me insiste en que escriba. Hace días, tal vez una semana, se me ocurrió al despertar, pero no lo anoté y se desvaneció, y creí que para siempre. Ahora ha vuelto, y aunque no tengo tiempo, porque la corrección balcánica sigue ocupándome (integrando o respondiendo a las sugerencias de un editor minucioso y con sentido común), ya empieza a ocupar un lugar posible. Veremos si me sale, si tiene sentido, si... Ayer hablaba con alguien que durante años había convertido su vida en una aventura en busca de material para escribir (entre Corea, Dubai y una colina de Alexandria VA desde donde se veían nítidamente los atentados del 11/S, o las predicciones de una joven gitana y los poderes de un maleficio rebotado, y diría que, cuando esa búsqueda tuvo que cesar por otros amarres, la sustituyó por emisoras de radio que hablan de supernovas, neutrones y agujeros negros gigantes que podrían devorar la Tierra), una idea que me atrajo porque yo siempre he pensado que mi material está siempre rodeándome, me persigue con insistencia, interpelándome con descaro, y yo me he pasado la vida esquivándolo o guardándolo o defendiéndome de él, abrumada por su peso y multiplicidad. Y luego buscándolo inútilmente en mi cabeza, desconcertada y cegada en mis bloqueos. Pero claro, mis aventuras son de otra clase porque yo sólo escribo dándole la vuelta al calcetín, como hizo Alexandre Cirici con las casas de l'Eixample en el libro La Barcelona Tendra (dibujadas por Aurora Altissent), y mis búsquedas (en vez de espejo, a veces creo que arrastro gigantescos interrogantes en el camino, con telarañas de sensores internos) están siempre en lo asombroso de las relaciones, lo invisible y su asociación con lo visible, los signos y la parte ignorada, el saber no sabido, el inconsciente.
El brazo aún me duele, sobre todo a ratos, y a pesar de las revoluciones físicas habidas y por haber. Un blogger me ha entrevistado para su blog: pondré el link cuando salga. Y entre tanto, G. cumplió 20 años y le comunicaron el mismo día que podría pasar el curso. Cuando le mandé un sms para felicitarle por su nuevo año, me contestó que yo podía estar contenta, porque lo había hecho muy bien en estos 20 años. G. es así y esas frases suyas, dichas siempre sin énfasis, en la puerta de casa o en un mensaje casual, me alegran una temporada. Al día siguiente lo celebramos con algunos manjares favoritos y la única tarta que le gusta, la sacher vienesa (pero sólo la que hacen en una pastelería clásica y cercana). Luego se fue con J. a Lisboa y desde allí me manda las primeras fotos, contemplando la ciudad, con sus rastas. El otro día me preguntó si me gustaban esas rastas y cuando le dije que no, se burló de mí diciendo: "Pues a ti te quedarían bien con tu color de pelo. Un día te haré unas cuando estés durmiendo"... (lo cual es afortunadamente imposible, porque yo me despierto con el vuelo de una mosca y él no sabe hacer rastas. Así que no tendré que repetir la frase de aquella indigente del cuento reflejada en el charco que le gustaba a V.).
En cuanto acabe la corrección, sumergida en mis lecturas de La Vanguardia, que siguen creciendo, retomaré mi papel de activista y dríade arbórea, contra los planes terribles de los políticos de Hereuville. Hoy he amanecido agotada y para rematar, he tenido que ir a ver a un banquero. El cansancio me sume en un estado peligrosamente vulnerable a lo emocional. Que nadie se fíe de mis declaraciones de hoy en ese terreno. ¿Lloverá?
Vayan a Polis!!!

martes, 9 de septiembre de 2008

Un viento huracanado

Foto: ?? G y yo en La Habana, en 2004 (seguramente a G no le gustará que ponga esta foto; ahora con sus rastas y piercings no se parece a este chico inocente..., pero está ocupado con sus exámenes y no lo verá). Los que nos hicieron la foto tenían prohibido salir en ninguna fotografía por sus creencias changó o lo que fueran; lo extraño fue que pese a todo salieron... pero no fue por voluntad nuestra.
Me ha recorrido también en sueños. En algún rincón de mi mente crece un deseo obsesivo y secreto, una burla de mi idea desdeñosa sobre esa clase de caprichos vanos y sin salida, que me exasperaban en otros. Esa repetición, convertida en manía, tiene una función sustitutiva que no acaba de convencerme. Y al mismo tiempo, qué tentación, qué agradable soñar en vez de vivir, en una modalidad más saludable y menos tóxica que en otros tiempos...
Del colegio vecino me llegan los llantos desesperados de septiembre. Algunos niños lloran con tal fuerza y a veces son tantos que en algunos momentos siento ganas de unirme a ellos. Es espectacular. Cada año es lo mismo, y en octubre, el grupo de los que lloran a gritos, de los que no transigen ni se rinden ni socializan es más pequeño, pero sigue ahí. Algunos hacen huelga de hambre, de juego, de atención, y sólo se rebelan. Otros les miran extrañados. Y yo me acuerdo de cúando espiábamos a un G. pequeño que jugaba en ese patio, bajo un sauce gigantesco que talaron para construir un barracón, con el mismo espíritu arboricida de todo este país (lean Polis).
Mientras, mis editores del libro balcánico me contagian su entusiasmo y diligencia, así que héme aquí -a pesar del dolor y de la corrección del estudio de memoria histórica que me ocupa-, con el manuscrito balcánico, revisando las correcciones editoriales. El texto de la contraportada contiene una frase elogiosa que me servirá también para momentos oscuros. También un amigo agente literario de autores balcánicos me ha dicho que el libro se lee como una novela. Ayer fue un día de elojios (como diría JRJ) que me llegaron como una lluvia generosa. Cachodepan en su post, J. que me hizo gestos en la calle, desde lejos, y luego me escribió para elogiar mi aspecto alardeando de su condición de experto en mujeres, V., que tras una sesión yógica especial para mis vértebras, citó a A diciendo "él sabe de lo que habla"., incluso un osado tendero que decidió sumarse a una campaña sin orquestar, decididos a fortalecer mi espíritu lacerado por el dolor del brazo.
De pronto tengo un montón de libros que reseñar para La Vanguardia. Libros que tienen que llegar, entre ellos la trilogía y uno más de la magnífica e interesante Agota Kristof. Y otros tantos que iré comentando. Mientras, tal vez estimulada por el desafío de la dificultad que alguien me anunció, me compré Il mare non bagna Napoli de la Ortese: el prólogo me encantó, su reflexión autocrítica intentando entender el por qué de su furia contra la ciudad que amaba y que tuvo que abandonar. No puedo decir que no me resulte familiar. Y de momento el lenguaje no es jeroglífico. Leo a Cernuda, La realidad y el deseo y me sigue deslumbrando como cuando lo leí de pequeña, en una edición bien distinta.
En su paz la ventana
Restituye a diario
Las estrellas, el aire
Y el que estaba soñando.
Pero todo esto se acabará. Me han aprobado dos ciclos de conferencias y tengo que empezar a investigar, a buscar. Me abruma pensar que tengo dos meses -febrero y marzo- de conferencias. ¿Para cuándo mis viajes necesarios para airearme, si mi libro balcánico sale en enero y en octubre doy otro curso de siempre? Me queda noviembre y diciembre para pensar huidas diversas.
Hoy en La Vanguardia un artículo de Màrius Carol cuenta el horror y la destrucción que nuestro desastroso ayuntamiento piensa hacer en la Diagonal. Cargársela. Lo copiaré en Polis si mi brazo me lo permite. También pondré el link de un artículo mío sobre la memoria que ha salido en la publicación del Col·legi de Psicòlegs.
En attendant (Godot) el retorno vacacional del librero de la calle Berlinès (él se ha perdido felizmente los peores y últimos ruidos de la calle, ahora ya cerrada), lieu d'esprit de estos parajes, veo que han ampliado La Central. Me encanta ver cómo crece ese espacio libresco (es una especie de victoria contra el analfabetismo ubicuo), y también me gusta que pongan un café (si ya quedábamos allí sin poder tomar más que libros...). Hoy una joven rubia que estaba en la caja y tiene nombre de escritora me ha preguntado con interés por mi libro balcánico, en qué consistía.
Sólo queda esperar que el osteópata haya acertado con mis vértebras y se vaya desvaneciendo el dolor, que yo asocio a otra situación, creada misteriosamente y cuyo muro invisible no logro franquear, un poco como en El ángel exterminador de Buñuel (o La casa tomada de Cortázar) no podían salir de la casa. Cuando acabe mis dos maratones de corrección, tal vez vuelva a los cuentos. O tal vez mi fugaz visita a una amiga mallorquina a final de mes me devuelva a esa escritura...

viernes, 5 de septiembre de 2008

Mientras


Foto: I.N., Cementerio de Barjac, 2008

Corrijo un libro de Anna Miñarro y Teresa Morandi sobre trauma y memoria histórica (por cierto: me pareció una buena noticia la decisión de Garzón: veremos cómo prospera y en qué queda), y mi brazo no deja de doler. Dos amigos me han llamado a mediodía para huir a una playa y yo les he llevado a aquel lugar solitario que pocos conocen, pero no hacía sol, sino viento. Una medusa fea, que recordaba a un preservativo gigante, me ha pasado rozando la cintura sin hacerme daño, en una dudosa caricia tentacular. Tenía un reborde marronoso que parecía de caucho. Había cierto oleaje, pero no he visto los peces voladores típicos de ese lugar de pinos peinados y compactos. Hemos ido a comer un bocadillo y el pan era de ayer y he dejado la mitad. Luego a tomar un té en un lugar muy agradable bajo los altísimos pinos, pero el agua era mala, no la habían calentado suficiente y el té (de marca irreconocible) sabía a sopa o a jabón. No sé por qué todo el mundo me llamaba y enviaba sms al mismo tiempo: ¿sería una hora telefónica, una hora comunicativa, la hora de Hermes-Mercurio y sus sandalias aladas?
Ayer acabé La preuve (su final melancólico y en parte siniestro no me sorprendió, excepto por un detalle interrogante que no vi claro) y luego leí casi entero Telón de boca, un libro insólito de Juan Goytisolo, con una poética personal (surgido sin duda tras la muerte de Monique Lange) y una narración de la soledad y la pérdida y el desconcierto, con sueños que asocian esa muerte a la muerte de su madre en la infancia, y con una fatiga que prefigura la proximidad de su propia muerte (la del narrador), bien escrito, pero distinto del resto de su obra y con un aliento poderoso.
Aún no he logrado volver a mis cuentos y el dolor del brazo se mezcla a ese otro más leve, desgaste o rozamiento o premura lacerante, confusión desconcertada de que cuando no escribo, no soy o apenas. No diré más: me duele también el teclado. Empiezo a pensar en programas de dictado... Espero reponerme este fin de semana.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Del dolor y sus grietas


Foto: Manel Armengol, As Furnas, 1999.
Leo a Agota Kristof, repentinamente y casi por casualidad. Hacía mucho tiempo que Yelena me la había recomendado, sé que ella la propuso a alguna editorial y no le hicieron caso o reaccionaron demasiado tarde, cuando otra editorial ya la había descubierto. Entonces publicaron en el Babelia una entrevista brutal, que permitía adivinar la mirada de su prosa, esa desesperanza ósea, completamente descarnada: me impresionó. El otro día pesqué La preuve y la estoy leyendo. Es una nouvelle, pero la alterno con Sebastian y con Maugham y en los pocos ratos que me quedan para leer. Ayer volví a leer andando por la calle (controlando los obstáculos de soslayo, con el rabillo del ojo) porque el relato de Kristof me atrae irresistiblemente: esa extraña mezcla de dureza y vida dentro del horror, con una sensualidad que no se agota en el dolor, con encuentros intensos y protectores, tal vez con humor incluso, pero siempre viviendo en el infierno, un lugar donde no hay reglas (Thomas Mann), donde reina la arbitrariedad y la muerte es siempre una posibilidad cercana e impuesta, como el saqueo y el miedo. Hay una oscuridad, o más bien, una grisaille que lo domina todo, y sin embargo, hay momentos en que Kristof recuerda a la locura delirante y mucho más esperanzada pese a todo de Babel, o a la atmósfera de Trastorno de Bernhard. Aunque lea otras cosas, me parece que sólo estoy con ella. Su voz es como un susurro persistente, capaz de erosionar y crear un canal constante. Siento que ella es el mundo, aunque haya cosas más luminosas fuera. Es la historia del siglo XX, junto con la parte de Primo Levi y de tantos otros. (La parte que a algunos nos costó reconocer, porque se había solapado a una ética que aún nos sigue convenciendo. Yo seguiré pensando, como Berger, que el marxismo era una buena idea que se aplicó mal, y como tantos balcánicos, la única salida de esa ética del rojerío estaría más cerca de la socialdemocracia estilo nórdico.) La historia de la brutalidad y el terror, pero también de cómo en medio de un ambiente (en ese niño lisiado y pequeño, abandonado por su madre, en ese gemelo solo que convive con los esqueletos de su madre y su hermana y espera a su gemelo que cruzó la frontera, y acoge a una mujer desesperada y visita a un cura que juega con él al ajedrez y le dice que se condenará o visita a un secretario del Partido que comparte su miedo porque es homosexual y puede ser descubierto) así, puede transcurrir la vida. Seguiré leyéndola.
La leo mientras no se apaga el dolor de mi brazo. Me dijo mi nuevo osteópata que me dolería dos o tres días tras la primera sesión y en eso estoy. Discutimos sobre si mi inglés sería mejor o peor que su castellano y en inglés explicó que todo estaba en la nuca y me enseñó lo que ocurría con una columna vertebral de plástico. Dijo que en tres sesiones lo resolveríamos. Hoy volveré a yoga. Todo este proceso empezó con un terrible disgusto de traducción en un museo, y aunque resolví no trabajar más con aquella falta de confianza, el dolor ha seguido ahí porque una vez se pinza el nervio hay que hacer algo para resolverlo fisiológicamente.
Me duelen los árboles condenados, la ciudad que sigue siendo destruida. No me dejan olvidarlo porque aquí, el estruendo es constante, y el polvo y la basura que la gente sigue tirando a la calle.
La música me consuela muchísimo, aunque a veces la escuche como una música dolorida. Y es que el dolor, como en el relato de Agota Kristof o tal vez con más intensidad para mí, tiene siempre grietas por donde se cuelan el placer y la fruición y también oleadas de una extraña felicidad. Yo puedo bailar con ese dolor y de paso reírme de mi extraña heteregeneidad d'états d'âme, puedo todavía notar esa respiración que ensancha las grietas de tal forma que a veces casi parecen transformarlo todo, como las esperanzas que crecen en las macetas de G (espero que los dioses griegos le iluminen hoy en su examen oriental y su examen castellano). Pero pensando en las grietas del dolor, recuerdo que una vez, cuando G. era pequeño, en Cadaqués, cerré la puerta pillándole un dedo, y cuando le llevaba, en brazos de su padre, al hospital del pueblo, llorando de dolor sin parar, con una intensidad que hacía insoportable mi asfixia culpable, a pesar de las lágrimas vio algo al pasar. Y al salir de la cura, señaló un muro encalado y ajardinado con una higuera olorosa y dijo que allí vendían helados, porque había visto salir a un niño con uno, y él también quería. Era la demostración gráfica de que el deseo e incluso un pequeño placer siguen latiendo en medio del dolor. Para mí, la niñez de G. estuvo llena de esas demostraciones.

lunes, 5 de mayo de 2008

Fin del Baff


Foto: María Espeus, El Periódico, Gente de los 80, comentarios de Ramón de España, año?
Al fin acabé mejorando mi suerte con el Baff, con dos películas interesantes, que me dejaron cierta extrañeza y me hicieron pensar, y curiosamente las dos trataban de parejas desgastadas y en crisis y de la infidelidad, aunque desde puntos de vista muy distintos. Una era Aliento, del sudcoreano Kim Ki-duk. Una poética muy teatral, artificiosa, sin realismo alguno, pero que adquiere veracidad por el trabajo maravilloso de los actores (o su dirección) y por la belleza de las imágenes y su humor. La mujer traicionada y abandonada en lo cotidiano por un marido infiel que necesita hacer algo extremo y visita a un condenado a muerte al que seduce a su manera sutil y teatral, y el alcaide voyeur permite esos encuentros sorprendentes y el marido se reengancha extrañamente, y nadie parece trabajar, y hay momentos de violencia insoportable, aunque sin regodearse, invisibles pero audibles e imaginables, y siempre ese humor, que transforma las escenas en operetas kitsch o musicales pop y acaban todos cantando una canción de Adamo! traducida al coreano. Me costó un momento reconocerla, por un momento fugaz volví a mi época preadolescente, con el Salut les copains y los discos de mis hermanas mayores, que se escapaban de noche cortando la mosquitera y saltando por la ventana sobre el sillín subido de mi bici, Françoise Hardy, Polnareff, Birkin-Gainsbourg, o Aline de Christophe, y luego yo descalza andando por la playa de Comarruga hasta Calafell, con un vestido de punto moulant hasta los tobillos de color morado, salpicado de agua de mar, mordisqueando las puntas de los cordones que ataban el escote. Todo eso preguntándome si la hilaridad interna que me producía esa canción sería deliberada en el director.
Ayer estuve dudando hasta el último momento, porque había empezado a escribir un tercer cuento mientras dejaba aparcado el segundo en crisis. No sé si encontraré solución para ese cuento luxemburgués, tal vez pida ayuda a mi amigo serbio o tal vez se me ocurra una idea genial con la que sustituir la excesiva carga que no cabe en la estructura de un cuento, pero entretanto mis musas no quisieron abandonarme, y motivada por la simple pregunta incontestada de un penpal, o por mi respuesta tardía, empecé a escribir otro en el que ya hay momentos que me atrapan, y tengo la sensación de que no puedo detenerme ya y de que otros cuentos siguen apretando para salir como los conejitos cortazarianos o como bebés a punto de nacer.
Estaría bien que me tocara el viaje a Japón que sorteaban todos los días. Iría al bosque del duelo de Naomí Kawase sin dudarlo un momento.
Pero fui, y la película era Ploy, del tailandés Pen-Ek Ratanaruang. Las imágenes transmitían perfectamente una atmósfera, desde el principio de esa larga espera en no-lugares como el avión, los aeropuertos, el taxi, la habitación de hotel, las horas sin sueño y de pronto el descubrimiento de la infidelidad, las conversaciones, también la misoginia planteada directamente, y la caducidad de lo amoroso, y al mismo tiempo, con esa narrativa que permite el hotel, de múltiples vidas a la vez, el encuentro físico de la femme de chambre y el camarero: tan gratificante resulta para ella que se pone a cantar, justo después de que hayamos visto a la otra protagonista atacada, golpeada, violada y amenazada, aunque logre escapar, mientras su partner jugueteaba con la adolescente sensual recién desembarcada. También se hablaba de la suplantación, el robo, las sustituciones de identidad. Más que la narración en sí, son esas atmósferas llenas de silencios y pensamientos y preguntas lo que me subyugó, lo que me ha dejado un poso.
Lo peor fue que al salir, visité a unos amigos en el Eixample y aparecieron también en la casa un médico ilustre y su mujer ginecóloga y escritora, y el médico me examinó mi brazo con problemas de túnel metacarpiano y dijo cosas que despertaron el dolor. Aunque ese médico cultivado y humanista, que antes me había elogiado los cuentos de mi Crucigrama y con el que se habla siempre bien de literatura y de política, parece muy pesimista y es completamente descreído para todo lo alternativo (allí bromeaban llamándole Doctor Muerte), me fijé que en medio de sus comentarios negativos, siempre da una salida mejor de la radical que aparentemente propone (en mi caso, cirugía y ¡cuidado con quien te lo hace!), y aquí se trataba de una vitamina. "Algunas pacientes se curan con la vitamina B...", dijo en medio del torbellino negro. En un momento le había sugerido a la joven dueña de la casa, de pasado atlético, que ya había hecho bastante ejercicio en su vida, y al bebé le había diagnosticado un malaise que, acabó reconociendo, podía desaparecer solo. Pero la conversación le sentó mal a mi brazo, que no ha parado de doler desde entonces. Ya me he comprado la vitamina B.