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sábado, 15 de marzo de 2008

Al fin



Ilustración: El azufaifo de Paula Flores, 2008
He pasado una semana tensa y embrutecida, no sólo por las traducciones urgentes, sino por factores otros, muy españoles, que se han multiplicado y confabulado para oscurecerlo casi todo: el desencuentro en una institución (¿una señal de que debería abandonar?), la taladradora vibrando en el piso de arriba y los obreros que llamaban a mi puerta cada dos por tres. Traté de explicarles que si tenían que entrar (todas las conducciones de gas del edificio pasan por mi terraza), lo hicieran de una sola vez porque me interrumpían constantemente en mi trabajo. Ellos me miraban perplejos, ¿en qué puede trabajar una mujer y en su casa? Tal vez pensaban que limpiaba los cristales y en tal caso, la interrupción no era tan grave. Asentían pero seguían llamando. Luego me harté, dejé la puerta abierta y ellos entraban y salían, y los ladrones también estaban invitados. Lo dejaron todo blanco de polvo. Le dije al que mandaba, que no podía controlar su mirada y se le iba adonde no debía: "Comprendo que tenéis que hacer vuestro trabajo, pero yo tengo que hacer el mío, estoy traduciendo, necesito concentración y cada vez que llamáis tengo que empezar de nuevo." Prometieron traer una escalera larga y entrar en mi terraza desde el piso de arriba, que está vacío. Pero les gustaba más venir a la mía: por la tarde se olvidaron las llaves del piso de arriba, y a la tercera vez, me harté y no les abrí más. Llamaron y llamaron desaforadamente (se habían acostumbrado a mi forzada hospitalidad de toda la semana) y al fin se pusieron a otra tarea. Tal vez el lunes se acuerden de traer las llaves. Sólo así pude acabar los textos de Arata Isozaki, que respiraban genialidad. También tuve que volver a leerme todos los textos de una publicación que había traducido, con el correspondiente trabajo investigativo, porque una correctora había decidido cambiarlo todo, convirtiendo el texto en una traducción libre e intentando imprimir su sello... Además acabé de traducir un texto de Francesc Torres, con una sintaxis endiablada, pero tan vehemente e irónico que arrastra al lector. Y al fin acabó todo eso, quiero pensar que toda la parte conflictiva de esta semana oscura se irá por el sumidero con el agua de la bañera. Yo me dispongo a disfrutar de estos días y a ensancharlos escribiendo mis conferencias próximas, leyendo para La Vanguardia, ¡paseando por la ciudad solitaria!
Anoche había quedado con mi amigo serbio y otro amigo suyo, J., abogado vasco, que vivió en Rusia y sigue viajando allí con frecuencia, pero que además habla muy bien serbo-croata y es un experto en música serbia, además de culto y buen lector. Nos contó un par de historias rusas bien trazadas que tenían el brillo alocado de algunos cuentos de Isaac Babel (creo que mi amigo serbio ha utilizado una de esas escenas en una de sus novelas). Además, me habló de libros rusos interesantes y decidí proponérselos a los dos editores a quienes pueden interesar, sólo para poder leerlos. Y me alegró saber que J. es lector asiduo de mis blogs.
Hoy, tras nuestro no-aperitivo en un inmenso bar de la calle Enric Granados, mis amigos me han invitado a comer a su bonita casa una quiche de alcachofas, ensalada y postre de frambuesas, y en esa atmósfera de conversación chispeante, he podido acariciar al elegante gato Federico, que está enamorado de su dueño y sigue su voz por la casa aguzando los oídos y entornando los ojos con dulzura, intentando averiguar por su tono si le llama, si habla de él, o si en el peor de los casos, anuncia que se irá y le abandonará, aunque sea por dos o tres días.
Luego he ido a comprar algo bonito e íntimo que necesitaba con urgencia, y de paso, por accidente y porque me he encontrado a alguien, he acabado cayendo en otra clase de doble tentación, diminuta, ínfima: Un sueño y otros aforismos de Georg Christoph Lichtenberg y Lei dunque capirà de Claudio Magris, a quien tenía represaliado por misógino, pero he decidido hacer una excepción sólo porque el librero de la calle Berlinès me pidió que tuviera clemencia y no dejara de leerle.
He descubierto que en la contaminada terraza de mi casa que da a Arimón, el pequeño azufaifo que Ninca me trajo de l'Ametlla ha empezado a brotar. Yo estaba mirando fascinada los brotes del castaño de Indias, que pasan de un capullo brillante y resinoso a unos engendros peludos y cerrados que un día se abren en grupos de hojas de un tono intenso y exuberante, y entonces lo he visto. Tengo que escudriñar a nuestro azufaifo de la calle, seguramente ya habrá empezado a brotar. Y pensando en esto he decidido poner el retrato que Paula, guapa y talentosa dibujante, hizo del azufaifo, porque al ver los dibujos exuberantes de los niños de la Escola Sant Gregori se despertó su deseo y quiso dar su versión, poética y sensual. Me lo mandó G., muy orgulloso y ya le dije que, si mi editor lo acepta, lo incluiremos en las ilustraciones de La plaza del azufaifo.

viernes, 29 de febrero de 2008

El retorno del lampista y del sol

Foto: I.N., Autorretrato con nocturnidad, 2007
Ayer, de pronto, se estropeó un enchufe vital (el de la kettle que me regaló JC, el tostador y la máquina del pan), de modo que se ha alterado mi desayuno, la razón por la que me levanto por las mañanas, he tenido modificar el ritual preciso de todos los días. Para rematar, al tirar de la cadena del váter (¿Cómo se decía en inglés tirar de la cadena? me preguntó alguien por sms, e imaginé vagamente una escena con un amante anglosajón descuidado, que olvidaba hacer lo propio, y añadí una broma a la respuesta. To flush the toilet. Flush es otra de esas onomatopeyas convertidas en verbo o sustantivo que tanto usan los ingleses y que sin duda ayudan a los poetas. En realidad, lo preguntaba para su hijo, que hacía sus deberes de inglés), empezaron a sonar las trompetas de Jericó. O algo muy similar. Llamé al lampista y me ofrecieron una hora intempestiva, las 8:30 am de hoy, lo que me obligaba a alterar también mis ejercicios matinales y ducharme antes. G. simplemente se ha quedado durmiendo: hoy no le toca madrugar.
Apenas he salido de la ducha, a las 8:01, ha sonado el timbre y he tenido que vestirme a toda prisa.
"Me dijo a las 8.30", le digo al abrirle, pero él, que no ha leído la definición de impuntualidad de Monzó, según la cual los que llegan antes son también desconsideradamente impuntuales, no cree que deba disculparse, sino que parece tan contento: "Pues he venido antes", dice, exultante y victorioso y con un leve acento gallego. "Ya sabía yo que sería aquí..." Entonces le recuerdo vagamente, aunque no es el hombre del tupé, su compañero con aire de rockero antiguo, el que una vez me preguntó si quería consultar con mi marido el cambio de una tubería. "No hay nada que consultar: Mi marido se fue", le dije, conteniendo la risa, y el hombre me miró un momento, perplejo.
Este lampista necesita feedback constante, pero sólo la gata está interesada y ella no habla. "El depósito pierde agua", anuncia. "Bueno, le digo yo: "¿y qué hay que hacer?". "Cambiar el mecanismo." Hace una pausa cada vez, esperando mi reacción. No comprende que yo pretenda seguir con mis quehaceres matinales. Me habla desde el lavabo, y eso que le he advertido: "Si quiere algo, me llama". Ha bajado tres veces a la calle a buscar un enchufe, un mecanismo nuevo para el váter, qué sé yo. ¿Por qué no trae nada de lo que necesita? Llama y llama a la puerta, empeñado en que le haga caso. Al fin, recuerdo el consejo de un viejo amigo: "A los hombres tenéis que decirnos las cosas muy claras", y aunque mi amigo se refería a un contexto completamente distinto, decido aplicarlo aquí: "Oiga, yo no puedo oírle desde mi mesa, así que cuando quiera algo, avíseme, pero no puedo quedarme aquí escuchándole". Parece que se resigna, pero aburrido, vuelve a la calle y a llamar. Obligo a la gata a retirarse a la terraza, ya llena de sol. "Vés a jugar amb les mosques", le digo (es una gata catalana, del Maresme. Como le intrigan mucho lampistas y operarios, se va de mala gana, aunque ya hay unas cuantas mosquitas precoces que vuelan describiendo círculos en el aire luminoso). "Em pots ajustar la porta?", me pide G. desde la cama. G no cierra las puertas, sino que las ajusta. No abre las persianas nunca hasta arriba, sino que las deja a mitad, para mi exasperación. En ese momento llega J y cuando le digo que está el lampista, entra, le saluda y sigue hasta la sala. "Así verá al hombre de la casa", dice, riéndose. Eso habría afectado al viejo rockero-lampista del tupé, pero el lampista gallego no se altera. J se asoma a mi dormitorio. "La habitación del pecado", bromea. Luego llama desde abajo para decirme que mi peor vecina se va. J siempre lo ve todo: en otra vida debió de ser un detective americano (tal vez el personaje que apuntaba en su libreta en la novela de JPA). Ha visto sus objetos desfilando para una mudanza. Libros de sociología del marido profesor, que sí me saludaba. La marcha de la única vecina que no me saludaba, me miraba con furia y ponía la tv altísima por la noche es una magnífica noticia para empezar el día. Además, J me ha traído los periódicos. Por fin, el lampista gallego acaba su trabajo. Al parecer, el enchufe se ha arreglado mágicamente nada más verlo, lo cual refuerza su aire victorioso. Hasta los enchufes reclaman a veces simple atención. Lo ha desmontado y examinado, pero estaba bien. (Para su sorpresa, había otro enchufe que de verdad se había quemado ¿Habría concluido que yo lo imaginaba todo? Lo arregla sin comprender). Ahora todo funciona y de paso, el nuevo mecanismo del váter es más sostenible y permite ahorrar agua. G sigue durmiendo y yo tengo que traducir. Esta noche cenaré pescado en casa de un editor afín, y su partner traductora (de Silvia Plath por ejemplo; CHM la llama "reina de la traducció"), que me han propuesto conferenciar en abril. Allí veré a unos amigos poetas que siempre están de bolos por ses illes, ses terres de l'Ebre, Aielo de Malferit o ciudades alemanas e italianas. El librero de la calle Berlinès me propuso también participar en las actividades de la Comissió de l'Any Freud, y tenía que elegir psicoanalista para un dueto conferenciante, escritor y psi. Se lo propuse a una de mis favoritas y ayer fijamos el tema, justamente el tema que nos unió y por el que nos conocimos, la memoria histórica. Así que las cosas avanzan, aunque yo quisiera haber acabado mis traducciones más imperiosas y estar escribiendo lo pendiente. Mi brazo aún no se ha quejado hoy, tal vez gracias al buen hacer de mi profesor de yoga o a mi agradable nocturnidad de ayer. O tal vez sólo espera a que me adentre en la traducción para empezar a fastidiar.
Por iniciativa del abogado Borja Querol, hemos vuelto a pedir audiencia a Urbanismo para saber del pobre azufaifo. Según nuestros expertos, necesita una poda terapéutica casi con urgencia y la basura se acumula en el solar, para alegría de los responsables del distrito, misteriosamente contrarios a nuestra causa. De las ratas no hemos sabido más, tal vez han pasado a la clandestinidad, tras la incursión de los arrogantes cow boys de alcantarillado, o han emigrado al templo de Karni Mata.

jueves, 21 de febrero de 2008

Vibraciones

Ilustración: Kunstformen der Natur (cedido por Nmp)
Intento concentrarme en mis tareas pendientes (y urgentes), pero hay una agitación en mi aire, una vibración interna que me dispersa y confunde o bien me sumerge en una especie de vaga ensoñación.
Ayer presentamos el libro de Slavenka Drakulić en un aula del IDEC (debería haber sido en el cómodo y amplio auditorio, pero los editores tienen ese horror vacui; a mí me parece que no queda mal ese lugar semivacío, todo el mundo sabe que es enorme, mientras que de esta manera algunos no pudieron entrar o no se quedaron porque se agobiaron o no aguantaban de pie y el calor que hace siempre en ese lugar tampoco ayuda; lo cierto es que no se cabía); creo que estuvo bien, aunque yo me aceleré en la lectura y por suerte, allí estaba la editora para avisarme (tal vez sea la misma vibración interna). Slavenka hizo una síntesis didáctica e inteligente de lo que fue la guerra en la antigua Yugoslavia, pensando en la desinformación de la mayoría estudiantil y en la complejidad del asunto. Luego nos fuimos a cenar y Slavenka tenía enseguida una cita para su entrevista en "La nit al dia", que pude escuchar al llegar a casa. Yo disiento sólo en una pequeña nuance, creo en la banalidad del mal, en que todos tenemos las dos opciones y el potencial para ser monstruos o portarnos éticamente (la prueba está en la vida cotidiana: vemos gente que se porta suciamente a la menor ocasión, gente de cualquier ideología, o gente que se declara muy religiosa, espiritual, pues la ética personal puede no coincidir con la máscara social, -una persona sin más ética más que su propio beneficio, que he sufrido de cerca, se considera budista y "terapeuta" de una de esas supercherías de moda con nombre alemán pervertido, un conjunto de recetas superficiales sin fundamento-, y he comprobado que la religión sirve a muchos como coartada interna para cometer todo tipo de bajezas), pero volviendo a la violencia en las guerras, creo que algo tiene que estar roto por dentro para portarse así. Yo pondría siempre el matiz de Claude Lanzmann que citaba la psicoanalista Elisabeth Roudinesco: "No cualquiera es capaz de ese mal". Es decir, el joven que se apunta a un batallón del ejército yugoslavo por necesidad económica (esas penurias que sirven como justificación sociológica de tantos soldados americanos en Irak, por ejemplo) y de pronto se encuentra en Srebrenica obligado a disparar contra centenares de musulmanes, jóvenes y viejos, que llegan en autobuses con los ojos cerrados y le dice a su superior: "No quiero hacerlo" y su superior le responde: "Entonces, dame tu arma y ponte con ellos en el pelotón" y por su vida bebe y dispara y mata a unos ochenta (No pudo soportar la culpa y la repulsión y lo contó todo a un periodista francés, le detuvieron y juzgaron en La Haya y ha cumplido ya su pena), tampoco era completamente ajeno, es decir, tenía sus razones de violencia interna: Uno que se apunta a un ejército o a la policía (o como el verdugo de Berlanga) sabe (por mucho que intente engañarse o que le digan) que tendrá que enfrentarse a la violencia y tal vez matar. Y si no, pues podría haber intentado huir (el bosque estaba a dos o tres minutos, declaró).
En mi texto de presentación quise aludir a lo de aquí, aunque tal vez debería haber precisado que también el nacionalismo (Slavenka, citando a alguien que no recuerdo, definió el nacionalismo como un virus) balcánico sirve como espejo negativo de lo que podría pasar aquí, y con esto englobaría a ambas partes que se retroalimentan, escabulléndose de los verdaderos problemas y utilizando simplemente visceralidades irracionales o heridas de la historia, como allí. Naturalmente, surgió la cuestión de Kosovo y Slavenka explicó su ambivalencia por la razón moral que tiene ese país, que ha sufrido tanto, de reclamar su independencia, y que no coincide con la razón legal, o la imposibilidad de convencer a tantos otros pequeños países que reclaman la suya. Ahí yo tampoco estoy segura. Pienso, como Natalia Ginzburg, que el lema de aquel juez americano "No estamos aquí para que se haga justicia sino para que se cumpla la ley" no es cierto. Que la ley debe servir precisamente para que se haga justicia, que no hay nada más importante que la justicia y los derechos humanos. Y por eso (y porque Serbia no puede mantener económicamente a Kosovo y todo el mundo lo sabe, y por la historia del apartheid y las matanzas en Kosovo y por la responsabilidad europea occidental en no haber intervenido antes en el conflicto balcánico), había que buscar una vía para poder llegar a su independencia, aunque hubiera sido mejor evitar la declaración unilateral.

En estos días todo se concentra y precipita. Las llamadas telefónicas se producen al mismo tiempo y muchos mensajeros llaman a la puerta a la vez. Tengo cenas todos los días de la semana, visitantes del centro, de las islas, de las antípodas o compromisos locales. ¿Qué ocurre? Algo bulle efervescente alrededor. Yo no entiendo cómo hay gente que vive siempre así. Echo de menos mi calma y silencio y concentración, pese a la felicidad de que mis libros salgan. Necesito silencio y comidas frugales y un poco de aburrimiento... Ha venido el ingeniero técnico agrícola a traerme documentos interesantes para el azufaifo y hemos quedado al pie del azufaifo. Mientras hablábamos, hemos visto las ratas, una enorme embarazada y otra con su embonpoint. De Sanitat nos habían notificado una comunicación del Distrito de que habían tapado los agujeros por donde salían, pero hemos visto el agujero abierto y las ratas entrando y saliendo. También en el Distrito le dicen al Cap de Sanitat que ellos no han recibido ninguna denuncia escrita y claro, por eso no han tomado medidas. Es curioso que cuando les llamé, me dijeran que tomarían medidas, pero no me advirtieran que tenía que hacer una denuncia por escrito. Son las perversiones de ese equipo de Sarrià Sant Gervasi, tan contrario a preservar el azufaifo, y tan ansioso por castigarnos.
Yo sigo con la felicidad de haber acabado mi libro de los Balcanes y de estar en fase de edición del azufaifo. Ayer, el editor me llevó al IDEC sus propuestas de poda y hoy me ha propuesto una leve modificación del título que tendría sentido, y a la que voy dando vueltas mentalmente. Un amigo sabio y pensante al que me alegró mucho ver en la presentación (donde estaba mi núcleo duro de amigos, que acuden a mis bolos siempre que pueden y yo me siento muy agradecida porque, como dice Cacho, hacemos demasiadas cosas), me escribe: "Només dir-te que em va agradar molt la presentació del llibre ahir. I vaig pensar que ara cristal·litzen en tu els anys d’esforç i de treball i que en resulta el creixement en caràcter que diria Mill." Me ha hecho ilusión su mensaje porque yo tengo un poco esas sensación de que las piezas empiezan a encajar y lo sembrado a germinar, en esta primavera anticipada (hay una danza de moscas pequeñas en la terraza y ayer mi aletargada gata corría y saltaba en pos de un moscardón nocturno). Aunque por supuesto, en toda celebración hay un hada mala y un resbalón, para que no olvidemos a Némesis ni a los dioses griegos o hindúes que nos observan e interpelan. Me gustaría copiar aquí los jeroglíficos egipcios que encabezan unas efemérides planetarias de la NASA, cuya traducción inglesa dice "The imperturbable stars are under the throne of His face").
Por cierto, que Nmp me ha mandado un link con las fotos de su exposición -él hace las de tierra y su colega las del cielo- y aunque en este caso, mis favoritas son las suyas, retratos de pájaros, de hojas, de ramas, de texturas vivas, las nubes de su colega me han hecho recordar en ese poema en prosa de Baudelaire que siempre me gustó tanto, de ese personaje desconocido que sólo vive por las nubes.

L'Étranger
Qui aimes-tu le mieux, homme enigmatique, dis? ton père, ta mère, ta soeur ou ton frère?
- Je n'ai ni père, ni mère, ni soeur, ni frère.
- Tes amis?
-Vous vous servez là d'une parole dont le sens m'est resté jusqu'à ce jour inconnu.
- Ta patrie?
- J'ignore sous quelle latitude elle est située.
- La beauté?
- Je l'aimerais volontiers, déesse et immortelle.
- L'or?
- Je le hais comme vous haïssez Dieu.
- Eh! qu'aimes-tu donc, extraordinaire étranger?
- J'aime les nuages... les nuages qui passent... là-bas... là-bas... les merveilleux nuages!

martes, 12 de febrero de 2008

Yo venía andando

Ilustración: Ingres, Edipo y la esfinge
Por la Diagonal, después de un cogote de merluza (¿imito a Cacho?) en una marisquería gallega (donde incluso dejaban fumar) con mi amigo JC, y de disfrutar de su conversación, sus pensamientos y su ironía, porque su manera de leer y ver el mundo siempre me parece muy particular, dejando aparte su humor. En la calle hacía un frío vigorizante y muy agradable, que unido a mis pensamientos y al movimiento de las piernas me parecía walseriano, y notaba la compañía amistosa de los árboles de invierno, hermosas marañas de ramas secas como cabelleras seniles alocadas, y pensaba que es una suerte que haya árboles caducos, capaces de sufrir tales transformaciones y de llenarse de hojas verdes en primavera.
Hace días le pregunté a JC por qué no escribía, porque tiene una fruición con las palabras polisémicas o las palabras cualesquiera, y una manera de contar que evoca inmediatamente la escritura. Él dice que es perezoso, que no siente esa necesidad, y añade de pronto que su vida, incluso su vida interior, es vulgar. Pero ese es su punto de vista, que naturalmente no comparto. Me contó que un amigo suyo y él se iban pasando en un cuaderno frases que les llamaran la atención o que escribiesen ellos, los dos ávidos lectores, pero hasta eso acabó cansándole, mientras el otro le pasaba frases múltiples reclamando respuesta, él se inhibía. También dice que no tiene mucho que decir, lo cual obviamente es falso, pero el argumento de la necesidad -o del no-deseo- sí me parece definitivo. Yo diría que sobre todo, en el fondo, es intensamente bartlebiano. Lo cual nos obliga a los que le escuchamos, a los que sí nos vemos impelidos por ese viento de escritura -esa maraña seca de los árboles de invierno, viejos pero vivos como yo me siento a veces, aunque la vitalidad siga ahí, con un nervio cambiante-, a registrar algunas de esas historias suyas, a buscarles sitio, aunque sea también perezosamente. Yo le he llevado el Montaigne de Zweig y él me ha traído un sugerente libro de John Donne, traducido pero bien editado del que ya me habló, Paradojas y devociones, aunque JC me advierte que las devociones son mucho mejores que las paradojas.
Al llegar a mi calle me he encontrado con el tema existencialista de Las Ratas. Ninca y yo y la vecina dueña de una tienda frente al azufaifo hemos movilizado al Séptimo de Caballería... para nada. O eso parece. Han venido los Caballeros del Alcantarillado, con sus trajes naranjas, me ha dicho la tendera, y por lo visto, no venían a resolver el problema: no pensaban entrar en la parcela sembrada de ratas, sino que su misión consistía en comprobar que "esas ratas" no eran "suyas", es decir, que no procedían de las cloacas, sino que probablemente, y parecían acusarla, como si ella pudiera fabricarlas con sus abrigos, las generábamos los vecinos. Muy pomposos, los Senyors del Clavegueram se han retirado, sin entrar en la parcela a cerrar la alcantarilla y dejando allí a las ratas. Un momento después he visto una que, al vernos, ha echado a correr y ha trepado rauda por la hiedra y se ha colado en la casa del jardín rodorediano que habita un señor de la calle Berlinès, al que habrá que avisar.
He entrado en casa tras ese encontronazo con la estupidez humana y pese a todo me he puesto a escribir este post, pero he tenido que interrumpirme con otro aterrizaje brusco. Las interrupciones han sido constantes y prolongadas, y en un momento dado, mientras hablaba por teléfono sobre las ratas y el azufaifo y el falso pimentero que quieren talar con viles excusas en el pasaje Méndez Vigo, me he dado cuenta de que una prenda favorita y muy necesaria se me había desgarrado. Al fin, maldiciendo mi tarde y mi falta de tiempo, agravada por la larga interrupción de esta tarde, he salido huyendo a mi clase de yoga, que hoy era especialmente dinámica y he vuelto flotando entre llamaradas azules, a tiempo para hacerle a G. unas supremas de merluza y para comprobar que la gata sigue guiñando los ojos de placer cada vez que la miro y le hablo.
Anoche vino a cenar una amiga inteligente y excéntrica, a la que conozco desde el ochenta y uno, cuando yo vivía en la calle Herzegovina y ella en el Putxet. "¡Qué buena atmósfera, qué cálido y agradable!", dijo al entrar en mi caótica casa. Le había hecho una coca mallorquina de verduras y comentó: "En ninguna parte se puede comer una tan buena". Intercambiamos historias y escuchas y pensamientos en voz alta para iluminarnos en nuestras interrogaciones y me fui a dormir animada por su espíritu. A G. también le gustó verla y luego me dijo: "Yo la creería en lo que me dijera". Luego me puse a leer unas paginillas del libro de Manuel Baldiz, que hablaba del lugar del que escucha y que sigue admirándome por su capacidad de ser preciso y matizado y de afinar así con un formato de supuesta divulgación, con meandros interesantes para pensar. Diría V que tiene una poética lacaniana.
En mi blog de artículos, mi reseña sobre la biografía de Melville, que aparece hoy en el Cultura/s (La Vanguardia)

sábado, 2 de febrero de 2008

Aterrizar de bruces en la calle... y el flautista de Hamelín

Ilustración: Balthus
He pasado junto al azufaifo, pensando por enésima vez en la gente que tira basura y he ido a nuestro muro a ver hasta qué punto estaba al día la información. El dueño de la colchonería que hay enfrente se ha acercado con su niño encaramado y me ha dicho que en el terreno del azufaifo hay ratas, ratas gordas, y que han avisado a Civisme para que pongan remedio (o habrá que llamar al flautista de Hamelín). Me ha dicho que ahora llamar a la Guàrdia Urbana no sirve, según él contesta una operadora telefónica subcontratada que no les avisa de los mensajes. También dice que al derribar la casa dejaron las alcantarillas abiertas y los simpáticos roedores campan por sus respetos, seguramente alimentándose de la basura que les tiran los amigos constructores y vándalos afines.
Luego, he leído en el muro un artículo de "Monumenta" donde contaban la historia del azufaifo de una forma muy distinta a la que yo recuerdo. ¿Tendrá razón la revista filosófica Las Nubes, y no habrá que hacer caso a los periodistas? ¿O será sólo a algunos?
Como la letra impresa impresiona, empiezo a preguntarme si lo habré soñado todo. Por lo visto algunos escritores y personalidades del mundo de la cultura, que tal vez pasaban por aquí se adhirieron espontáneamente. Nadie les escribió ni les llamó. Tampoco existió ningún blog. La prensa naturalmente y la tv vinieron solas, sin que nadie les escribiera, llamara ni insistiera. Luego se organizó sola una fiesta de poetas y músicos, donde las intervenciones que destacaron fueron las de Ninca, el abogado y yo!!! convertidos tal vez en poetas y músicos o sustituyendo a los auténticos. ¡Qué suerte que Ninca y yo no tuvimos que hacer nada y se hizo todo mágicamente! Qué suerte que no tuve que dejar de trabajar tantas horas, días, meses, ni escribir a escritores o periodistas, organizar la fiesta de poetas y músicos, sin experiencia y con el distrito en contra. Tal vez no es importante que hayan catalogado el árbol, ni los informes expertos que se presentaron. Tal vez lo único importante sea ¿qué?
No importa, todo es ficción y cada uno se cuenta la historia que quiere. También una vez oí a la regidora del distrito contar un cuento de hadas del azufaifo en el que había sido el propio ayuntamiento quien había descubierto el árbol y había decidido protegerlo. Por suerte, estábamos allí Ninca Lacruz y yo para corregir su versión de Heidi. En fin, se supone que lo que cuenta es el resultado, y el tiempo que creía haber invertido en eso debí de pasarlo soñando. Pero a partir de este momento, lo que contaron en El País, La Vanguardia, El Periódico, Avui y Els Matins de Josep Cuní, entre otros, se ha convertido también en ficción, ya que coincide con mi sueño.
Ayer, por cierto, hablé con el luthier Pau Orriols, muy amigo de nuestro azufaifo y cuya peonza de esa madera dura y suave llevo siempre conmigo. Me dijo que quería hacerle otra pieza a Ninca, también de fusta de ginjoler. Me contó que en cuanto pudiera iría a Mallorca a ver el vetusto azufaifo que crece en el jardín de Moneo. Y también me dijo que a nuestro árbol, él no le echaría 200 sino 400 años, porque él ha visto muchos troncos y los anillos están apretadísimos, un Ziziphus adulto apenas crece, etc. Se alegró mucho de que se publicara el libro, y más con un prólogo tan lustroso, porque él ha estado desde el principio en esta historia, aunque los de "Monumenta" no podrían ni imaginarlo. O bien también soñó lo mismo que yo.
Mientras, yo volvía de una pesca tardía y a deshora de unos preciosos y poéticos librillos, de los que hablaré más adelante, porque algunos son para un cumpleaños. Hablaré de uno de Enric Casassas, El poble del costat, que aparece en una colección de Narrativa, y en realidad son escritos publicados en distintos medios, de género impreciso o múltiple, recorridos por ese fuego doloroso y alegre, irónico y cerebral que le caracteriza, un nervio poético-musical iconoclasta y vitalista, qué sé yo, un verbo agitado que corre como caballo desbocado y que se oye, al menos yo le oigo leyéndole, como si le hubiera escuchado decir todo el libro y lo recordase, como en la caverna platónica, como en la festa del ginjoler, donde según Monumenta no actuó o no fue destacable.
De haber leído antes el poema con que empieza, le habría incluido en aquella conferencia mía de las Coreografías del deseo en torno a los sorprendentes ensayos de la degradación amorosa de Freud, junto con Gimferrer, Dorothy Parker, Luisa Castro, Carver, Cervantes, Proust, Charlotte Perkins, Edith Wharton, Marguerite Duras y Roland Barthes... Copio un fragmento, no resisto:
"Però jo estimo el meu dolor
i així traeixo i faig trair
i així tinc por i així faig por
i em poso així gelós de mi,
que no hi hagi res fàcil,
i així l'orgull cau del cavall
i així vaig perdut i robat
per un fantasma quasi
i així l'amor el duc forçat
perquè l'amor no em deixi en paus.

Doncs dic que així se'm mor l'amor
i així la dona faig patir
per adorar-la per favor
fins a ofegar-la de desig
per un pinyol de dàtil,
per un donar-se que es fa fals,
per un dependre fantasmal
fins que es torna automàtic,
llavors em deixa amb els meus mals,
llavors em diu: si et toco, caus."

Yo estoy tentada de copiar aquí por lo menos la mitad del libro. Por ejemplo, la Nota que sigue a ese poema introductorio, y que también puedo oír:
"Que em treguin de casa. Que pugin a l'escenari i em treguin de casa. Que m'aixafin amb una cirera gegantina i em deixin empastifat i regalimant de polpa madura, quasi càlida i quasi negra. Que just quan estigui a punt d'esclafar-me, el pinyol se m'obri i em mostri una cambra, més lluminosa que el teatre i més serpentejant que el foc, perquè hi entri amb tu i ho pugui entendre tot, des de la forma de navegar de la mort fins al nom de la carxofa: el cor dels camins, la rambla dels desconeguts, on tot em recorda alguna cosa. Que em treguin de casa, que m'inflamin, que em portin a l'altra casa.
Si no fos pel món teu de la fantasia no sabríem res de la realitat, no seríem ni un tros de suro, no hauríem sabut mai ni que algú va matar una mosca ni d'on venen els nens."
En la página 18 hay un escrito llamado Poema que también copiaría aquí, si no tuviera otras cosas imperiosas que hacer y si no fuera porque los de Empúries acabarían demandándome por copia ilegal. Y concluyo: si los funcionarios de Civisme no reaccionan, considerando que empieza el año chino de la rata, creo que habrá que llamar a Casassas y pedirle que venga a recitar al pie del azufaifo, para que se las lleve, roedoras hipnotizadas, hacia acullá, porque él es el mejor flautista de Hamelín que corre por estos lares. Y si no, pues que le acompañe Feliu Gasull.

jueves, 31 de enero de 2008

Danzad, danzad

La primavera, de Botticelli (ahí están las 3 Gracias, no tan densas como las de Rubens, entrelazadas, y la que va sembrando flores podría ser yo en otro tiempo, o en mi danza imaginada de hoy. Me gusta ampliar esa imagen y mirar el cuadro, que no parece un decorado, sino una narrativa misteriosa, ¿está embarazada la que reparte flores? ¿Lo están todas o son los efectos de un banquete anterior, fantasías del pintor o la moda de la época? ¿Y esa especie de Mefisto que tienta a la que está a su lado? Y la mujer ensoñada del centro del cuadro? ¿A quién va destinada la flecha de Cupido? ¿Y ese efebo algo femenino que coge una fruta del árbol...¿Lo está mirando una de las Tres Gracias? ¿Le desea o lo vigila con desaprobación? ¿Y esas texturas casi ornamentales del bosque...?).
Esta mañana había un estruendo terrible en la escalera y cada vez se acercaba más. Dos hombres agujereaban el suelo junto a las puertas para pasar nuevos cables de luz. El ruido era tal que parecía imposible, pero yo corregía erratas de mi segundo borrador de La historia del azufaifo (que anoche terminé, tras recortar también mi reseña de la biografía de Melville para que salga pronto en el Cultura/s. Y gracias a eso me fui a la cama con esa felicidad superyoica de deber cumplido). Estaba pensando en fugarme en cuanto acabara la corrección, pero alguien del MACBA a quien no podía decir que no, me pidió ayer que le tradujera un texto con toda urgencia y yo acepté, así que estaba amarrada al duro banco.
G. ha llegado asombrado de los rugidos y en ese momento ha llamado mi vecino, para preguntarme si era yo quien hacía esas obras. Yo me he quedado estupefacta. ¿Cómo puede pensar alguien que yo hago obras? A menos que se rompiera algo grave, nunca pensaría en producir esa clase de ruido (a diferencia de Kiko Amat, cuyo texto celebrando toda clase de estrépitos tuve que traducir ayer al catalán para un programa de tv), yo sólo pensaría en cómo absorberlo, silenciarlo, huir. Será la edad.... O lo caro que anda el silencio. Pero pese a los decibelios que envilecían mi espíritu, he logrado acabar y enviarlo.
Ayer o anteayer empecé a pedir permisos a algunos de los que escribieron sobre el árbol para incluir sus textos, y todos me dicen que sí, y con mensajes dignos de guardar en mi Carpeta Especial Para Momentos Oscuros... (Antoni Puigverd, Francesc Arroyo, Oriol Bohigas...) O para contrarrestar las noticias del mundo (Mi amigo serbio desespera y con razón: se ve al candidato demócrata serbio muy nervioso y al horrible radical con sonrisa de ganador, viajando a Rusia. " Y en cuanto a aquí, la única noticia buena es el esquinazo que los empresarios catalanes le daban a ese desagradable Pizarro", decía L. con tino.)
Y a media mañana, tal vez influida por la feliz interrupción de ese temblor cósmico en mi puerta, en un momento de osadía silenciosa, le he pedido a Enrique Vila-Matas que me hiciese un prólogo. Como imagino que anda muy ocupado, le he dicho lo que pienso: que él conoce bien la historia del azufaifo y que no me dijera enseguida que no, porque a lo mejor ya tiene ese prólogo escrito en un rincón de la cabeza y sólo tiene que darle al botón de imprimir. ¡Y me ha dicho que sí! Me he puesto tan contenta que he estado bailando sobre la alfombra roja y la gata me miraba con sorna. (Por cierto que anoche la vi observar las volutas de humo que subían hacia el techo con una expresión ensoñada. Si hubiera sido un musical se habría puesto a cantar).
Le he dejado a mi editor, aprovechando su ofrecimiento, que me haga propuestas de poda, no sin miedo, no sin dolor, pero sabiendo que es necesario. Y es que en los blogs, cada día empezamos de nuevo y volvemos a repetir, y esa manía reiterativa ofendería al lector de un libro en papel. Al corregirlo, me he dado cuenta de lo tenaz y repetitiva que he sido en mis cartas a políticos, ¡no está mal para variar! Tanto escucharles a ellos... al menos yo no les he dicho mentiras. ¿Y de dónde habré sacado yo tenacidad? Tal vez de esos sentimientos que me atribuyeron el otro día y que yo no reconozco como míos, "desprecio profundo y hastío, idealización"? Quién sabe. La cuestión es que la furia de la dríade o su nervio dan resultados. También he empezado a seleccionar algunas ilustraciones posibles... on verra bien.
Volviendo al ilustre prologuista, me ha dicho una frase muy suya, que espero que ponga como título de su exordio, porque quedaría muy bien. Luego se lo he contado al Librero de la calle Berlinès, y me ha contestado un mensaje que copio aquí, porque me parece tan inspirado como siempre, y porque también es en cierta manera una autorización, que entronca con mis disquisiciones de ayer y anteayer sobre la autoficción y los que la desaprueban: "És magnífic que Vila-Matas et faci el pròleg. A mi també em fa molta il·lusió el llibre (que surti un personatge inspirat en mi em fa molta gràcia), sobretot pel que suposa de testimoni i perquè crec que serà una magnífica obra 'd'autoficció'. Què ha estat la lluita pel ginjoler sinó la representació d'una petita 'ficció'? El relat del teu blog formava part de la mateixa lluita, un relat inseparable de les diverses accions ciutadanes. Vaja, que la història del ginjoler ha existit perquè l'has relatada. De fet, ja era relat abans de començar les accions: un bon dia la teva cosina V. et va parlar de l'AZUFAIFO i..."
También he recibido un sms de una inteligente amiga psicoanalista, Tessie, que decía: "Has cuidado algo muy valioso. En El Prado vi un cuadro de Rubens, Las Tres Gracias, y supe que eran: Dar, Recibir y Devolver; absolutamente entrelazadas. No hay una sin la otra. Desde avión a Palma..."

viernes, 25 de enero de 2008

Ayer, en el Ateneu


Foto: guardas del portafolio La psychanalyse en France, de Yann Diener y Elisabeth Roudinesco, con el diván de Freud

Participé en la mesa redonda sobre Psicoanálisis y escritura, junto con Dante Bertini, Imma Monsó y el psicoanalista Manuel Baldiz, que más que moderador, como él mismo dijo, quería provocar o suscitar nuestras intervenciones. El aula de escritores no es una sala grande, pero estaba abarrotada y se mantuvo así hasta el final. Hablar para un público de psicoanalistas es siempre interesante porque el feedback está asegurado, y siempre demuestran al hablar que son gente pensante y que hace pensar. Lo cual resulta ya un privilegio, acostumbrados a la timidez silenciosa que suele apoderarse al público en este tipo de actos por estos lares y que, si no hay extranjeros, suele acabar dando espacio a los locos más necesitados de escucha, capaces de acaparar un micrófono y arruinar un acto [recuerdo la presentación de un libro de Jeffrey Eugenides, que malograron dos locos, uno que se empeñó en que el autor le entregase una carta a Bush, que leyó allí mismo y no acababa nunca, y aunque el autor la aceptó diciendo que se la entregaría (!), el otro no dejaba el micro y cuando lograron arrebatárselo, lo cogió un médico empeñado en demostrar con su jerga que lo que ocurría en la novela era imposible desde el punto de vista médico y aunque Eugenides le dijo que en fin, sólo era una novela, el médico siguió, y yo no me quedé más a escucharle.]
Ayer nos divertimos. El tema de fondo, con todas las interesantes preguntas que planteó Manuel Baldiz, era para mí cómo escribimos, para qué escribimos, el grado de dolor y de goce, las voces internas, la escucha de cada uno, los géneros, la conexión con el inconsciente, más acentuada en la escritura a ciegas, el significado del bloqueo, la escritura interior -la que se perpetra silenciosa e invisible durante los bloqueos, como dijo Stefan Zweig-, la relación entre la propia biografía y el análisis, la función de los blogs en la escritura, etc. Dante Bertini ironizó y jugó con las palabras con su gracia habitual y sólo a mitad del acto reveló, tras el suspense, cómo escribía. Imma Monsó fue la primera en desvelar su relación con la escritura, y contó que escribía al dictado de una voz interna (y cómo la asaltaba la escritura con urgencia, sin dejarla esperar, sin tregua ni bloqueos). "Yo no oigo voces", dijo Dante. Yo sólo oigo la mía, pensé yo, pronunciando esas frases que me arrastran a lo desconocido, a lo que sé pero no sé. He puesto mi pequeño discurso aquí, para los que quieran leerlo. La verdad es que podríamos haber seguido hablando un buen rato, y como esas ciudades que visitamos por primera vez y abandonamos pensando en volver, pues quedan muchos lugares pendientes, yo pensé, y oí a otros decirlo también, que debíamos continuar. De hecho, nos invitaron a proponer más.
Luego estuvimos tomando algo en ese agradable lugar que es el vetusto y clásico bar del Ateneu, las salas de lectura, el jardín, la biblioteca... siempre me imagino una vida ociosa allí, leyendo y fumando en esa atmósfera humanista.
Ahora ya puedo decirlo: la siempre interesante editorial Melusina publicará mi libro La historia del azufaifo, en un formato pequeño que me gusta mucho, esos libros que uno puede llevarse y leer en cualquier parte. Sólo falta que yo acabe con mi poda para poder entregárselo... Pero la verdad es que sueño con más horas, más tiempo. Hasta ahora el trabajo de poda me reconforta porque sigo viendo en ese libro aún sin "encuadernar" en sentido metafórico esa parte literaria y personal, mezclada a lo guerrero y reivindicativo que quisiera darle, porque el libro recoge intercambios, poemas ajenos, cartas, artículos y mi diario de blogger... en torno al árbol, como aquellos juegos de corro y su extraña alegría ritual en la niñez.
Ayer estuve leyendo, ya tarde, algunos de esos informes de lectura de Gabriel Ferrater, Noticias de libros, préstamo de JC. Qué estimulante su lectura minuciosa e inteligente, su humor y su vehemencia y pasión elaborada... seguiremos.
Y en otro orden de cosas, una italiana, que fue profesora mía años ha, me escribe citando algunas frases de mi blog, sorprendida de mi "profundo desprecio y hastío" respecto a este país. Volviendo al óptico de Combray y sus verres grossissantes, es cierto que cada lector pone la lupa en un lugar distinto y algunos no ven ni humor, ni fruición, ni alegría en mi vehemencia crítica o mis exabruptos. Ni en el fondo, mi amourhaine por este país que es el mío y que siempre quisiera mejorar y preservar en lo mejor, mi posición lógica de anti-Heimat. Lo comprendo. Félix de Azúa dijo una vez que él no era pesimista, porque los que siempre nos quejamos expresamos la idea de que todo podría ser mejor, por tanto somos optimistas. Ella dice que idealizo Europa, pero yo creo que sé lo que me gusta y lo que no me gusta de otros lugares de Europa. Lo que ocurre es que algunas cosas que faltan aquí están allí. También un vecino escritor confesó que no le gustaron mis cuentos por el pesimismo en las relaciones amorosas, y en cambio yo siempre me he considerado optimista en ese terreno y creo que casi todos los encuentros que he tenido en mi vida (algunos de los cuales he construido, deconstruido, recombinado y contado, my way, siguiendo las órdenes estructurales del cuento por encima de las históricas) han sido afortunados, aunque nunca he sentido como esa gente que habla de relaciones "sin una nube". En las historias que yo cuento siempre hay nubes y dudas e imposibilidades y negaciones de partida que generan algo interesante y feliz al margen, esas imposibilidades que posibilitan otras cosas, por decirlo así. Pero claro, la lectura, como la escritura es subjetiva, por fortuna. Un lector de Crucigrama me mandó una vez una larga carta manuscrita, de cuatro hojas, diciéndome que yo vivía en el desierto y que mi tristeza era insoportable. Y todo precedido por aquella cita de Campoamor del cristal con que se mira. Yo me preguntaba por qué le importaba tanto, por qué no había abandonado mi libro, si no le gustaba, en alguna papelera, qué le había motivado a buscarme y escribirme. Si realmente el libro le había tocado algo, le había removido... Lo gracioso es que mi editor me contó que, tiempo después, ese lector cambió de opinión y decidió que mi libro le gustaba.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Lux...emburg




Foto: I.N. Montée du Gründ, Luxemburgo, 2007



Esta mañana pensaba irme al bosque, al Bambësch.

Como nuestros políticos municipales insisten en afirmar que Barcelona es la ciudad con más árboles de Europa, yo concluyo que no han venido por aquí (ni van a París, ni a Berlín, ni a Belgrado, ni a Zurich...), o que tal vez en cuanto salen de Barcelona, se colocan una tupida venda sobre los ojos. Más de una cuarta parte del territorio de la ciudad de Luxemburgo está cubierto de bosques y espacios verdes, con árboles altísimos y una frondosidad para nosotros desconocida. No es sólo el clima, es también la política ambiental. Los árboles que llenan las calles tienen alcorques gigantescos (y yo me fijo en ese detalle de los alcorques porque me lo dijo el ingeniero agrónomo que más nos asesoró para defender a nuestro pobre azufaifo en un desierto arboricida llamado BCN).

El Bambësch es el macizo boscoso más importante, 680 hectáreas de bosque sin amenazas de construcción, con algunos senderos para atravesar a pie y otros a caballo, rutas cerca de las liebres y los zorros, lugares de búhos y lechuzas, bosque de hayas y abedules. Se puede ir andando, pero se tarda una hora, y en autobús son unas pocas paradas. Es un bosque histórico. Pensaba bajar en la Faïencerie, la antigua fábrica de cerámica famosa que no citaré, y ver unos lavaderos públicos del siglo XVII que hay por allí antes de adentrarme en el bosque.

Pero siempre surge algo inesperado, así que he acabado cambiando de planes y para consolarme, me he metido en el Musée National d'histoire et d'art de Luxembourg, uno de esos museos donde las piezas valiosas e interesantes alternan con otras absurdas o excesivas, en una combinación que recuerda el origen de los museos, los extravagantes gabinetes de curiosidades (en San Petersburgo queda uno de esos gabinetes en estado puro, incluyendo el horror de fetos de dos cabezas conservados en recipientes de cristal, pero lleno de fragmentos de belleza, humor y sorpresas). Desde los orígenes arqueológicos, la ocupación prehistórica, el periodo galo-romano, la era merovingia, la abadía y el monasterio de Echternach, donde ya se inauguró una tradición de iluminadores y copistas, he visto esas salas llenas de asombrosa pintura sobre cristal (Hinterglassmalerei, qué bonita palabra en alemán, "pintura por detrás del cristal"), o habitaciones llenas de mobiliario, paredes forradas de madera con molduras, camas-alcobas cerradas de madera con cortinas, secreteres llenos de compartimentos, chimeneas de faïence, una farmacia entera de madera con sus archivadores de fórmulas magistrales, sus frascos con inscripciones, sus dibujos, joyas, retratos, relicarios, qué asombrosas piezas de miniatura y filigranas de tela y brocados pegados en cuadros minúsculos y estampas, unos maravillosos y otros inquietantes (o incluso escalofriantes, que diría L.), o las piezas funerarias romanas con inscripciones siempre dedicadas a todos los dioses penates (siempre me gustaron lares y penates), o el mosaico coloreado y sutil de esa misma era galo-romana, alguna pieza española (Luxemburgo estuvo bajo todos los poderes, incluyendo la entonces poderosa corona española, que no supo retener nada de su imperio donde no se ponía el sol, a diferencia de ingleses y alemanes y franceses), un mueble muy delicado y abarrocado de madera y hueso, luego los primeros talleres artesanos y primeras fábricas, con fotos de obreras textiles posando muy formales en los años treinta, y todo eso mientras por las ventanas el paisaje helado era igualmente antiguo, de manera que la trasposición que siempre busco -vivir otras vidas, imaginarlas- era fácil de hacer. Me he divertido contemplando los trajes del archiduque Guillermo II (algunos interesantes, otros ridículamente pomposos y militares), he pasado de largo de interminables vitrinas de monedas. También había pintura, ese pintor expresionista sombrío de la ciudad, Joseph Kutter, que murió bruscamente, y algunos otros. Aunque las dos plantas superiores, dedicadas a la pintura y beaux arts, estaban cerradas por reformas. Y aún así, me he perdido por el interior de esas habitaciones y no encontraba la salida, y he tenido que recorrer a uno de los fornidos vigilantes, que leía en silencio y con gesto ceñudo, obviamente molesto por ser interrumpido.

Al salir, por desgracia, la calle estaba tomada por los consumidores navideños, algunos de muy mal gusto, muchos visones y martas cibelinas, y una combinación terrible: anoraks lustrosos (en los escaparates los venden por 700 y 800 eurillos) con botas de tacón de aguja, un revulsivo. Daban ganas de hacerse punk. Seguramente se trataba de esa fauna racista de la que me habló un traductor y editor que vive aquí. Incluso en el bar Urban, donde va gente normal, el público era espantosamente burgués. Sobre todo, daban ganas de salir corriendo a refugiarse para leer a Montaigne, o mejor aún, a Babel. Porque hoy domingo no estaba abierta la magnífica Bibliotheque Nationale.

Dicen que aquí, de cada dos edificios, uno es un Banco, y tal vez sea cierto. Lo asombroso es que a veces, son mansiones decimonónicas bien conservadas, pero sin esas restauraciones salvajes que se hacen en la península ibérica, disneyficadoras, sino elegantemente desaliñadas, con jardines enmarañados de árboles invernales, un tanto asilvestrados, a la manera inglesa, y si uno se molesta en acercarse, en la placa diminuta y borrosa por la nieve, en vez de "Madame Lavallier, avocat", dice "Banque de Luxembourg" (el mismo que tiene esa sede tan indiscreta más allá). Supongo que en parte es por seguridad y discreción, pero no puedo evitar reconocerles el buen gusto, pese a mi disgusto por esa versión actualizada y legalizada de los malignos usureros (si hubiera infierno, estaría lleno de ellos). En mi país, cuando una entidad bancaria o empresarial compra una mansión decimonónica, o la restaura a lo bestia y pela el jardín (Plaza Bonanova o Via Augusta Vallmajor son sólo dos ejemplos entre cientos) talando todo árbol que haga sombra y cubriéndola de agresiva pintura como poco, o bien la tiran para construir algo bien feo. Aquí, no. Son detestable e injustamente ricos, pero viven en un lugar lleno de belleza y donde el patrimonio se conserva. Al lado de Luxemburgo, Barcelona parece Pristina, Kosovo.

Aquí, los árboles y parques lo llenan todo.

Mientras andaba, ya fuera de la vieille ville, me he parado ante un escaparate inmobiliario, por curiosidad. He visto que por 1,5 millones de euros, el mismo precio de los feos pisos triplex del bloque gris sin ventanas que Supportis pretendía construir sobre el cadáver del azufaifo, se podía comprar un caserón de 1920 restaurado con discreción y con todas las garantías de étancheité et isolation necesarias.

He leído que al fin, gracias a la publicación de Minúscula, se empieza a descubrir al escritor Varlam Shalamov. Media paginita donde apenas se esboza su escritura valiosa. En cambio, me parece desproporcionado dedicarle ese espacio a Soljenitsin, que para rematar, defiende a Putin. Yo comprendo que su gulag marcó un descubrimiento, pero literariamente no hay color. Shalamov es lo contrario, él nunca se quejó ni moralizó como Soljenitsin, él hizo literatura, y sus relatos de Kolima convencerán a cualquier ex comunista recalcitrante de lo que fue el terror de Stalin (y hablo por mí), porque lo hace a la manera chejoviana, sin lágrimas, sin juicios de valor, con una sobriedad económica y una intensidad en el despojamiento total, sólo mostrando a sus personajes con una contención que lo hace todo emocionante y le da una intensidad poética que nunca tuvo Soljenitsin y que cualquier buen escritor desea para sí. Él hace que incluso Kolyma aparezca luminoso, con la luz de su inteligencia poética, de su humor. Pero no sobrevivió. Al cabo poco de salir del infierno helado, escribió sus relatos, pero no se rehizo, y no mucho después le internarían en un manicomio. Einaudi (si mal no recuerdo) hizo una selección maravillosa de esos relatos, eligió los mejores y los tradujo magníficamente al italiano. Cuando yo los buscaba en vano en castellano y aún no los había encontrado en inglés, me compré esa maravillosa edición italiana (no quería arriesgarme a una edición francesa; los franceses traducen con tal libertad que los libros originales se transforman en otra cosa, o esa es mi visión, sin duda parcial) y de paso aprendí algo de vocabulario.


También he leído del traslado de Manolo Borja Villel (para quien trabajé en la Fundació Tàpies y luego le vi transformar el MACBA), al Reina Sofía. Seguro que lo hará muy bien, el problema es quién le relevará en el MACBA y qué será del museo.

Por cierto, me dicen que los pájaros que yo tomé por cuervos y que se posan en los tejados de pizarra, son cornejas. Y otro detalle que me gusta de esta ciudad casi tanto como los pájaros son los arándanos, a un precio accesible (supongo que estos bosques están llenos). Quedan buenísimos solos, pero también acompañados de una copa de vino del lugar.

Ah, y qué sugerentes y brillantes los dos capítulos que Sloterdijk dedica a "Derrida y Freud" y "Thomas Mann y Derrida", del libro que cité en mi entrada Frío de este blog. A lo mejor mañana me da tiempo a comentarlos. O el día de Navidad que, si nieva, dedicaré a la lectura.

domingo, 21 de octubre de 2007

Las manías del desayuno y una mañana perdida



Foto: I.N. Bandeja de desayuno, 2007

Me da la sensación de que muchos mostramos nuestras manías de una forma más intensa en el desayuno. Tengo un amigo que no se atrevía a desayunar con nadie porque había tenido una pareja que le regañaba muchísimo por lo que tomaba en el desayuno. La verdad es que a mí me sorprendió: "Por mí, tú puedes tomar lo que quieras, siempre que no pretendas que yo desayune lo mismo", le dije. Es cierto que su desayuno me resultaba curioso -leche con colacao y pan con foiegras de cerdo o con embutidos-, y su anterior pareja le calificaba de infantil, seguramente por el colacao, pero yo sé que también soy rara en mi desayuno, al menos por estos lares. No tomo café, sino aproximadamente un litro de té en dos teteras distintas, una con uno de esos tés de Ceilán que los ingleses llaman breakfast, últimamente de una marca muy popular en UK (con unas bolsitas en forma de pirámide), que suelo poner en una tetera de cristal , y la otra tetera, de hierro y china, llena de un té chino Lung Ching (si puede ser, de primavera), y además tengo una máquina para hacerme el pan al estilo alemán, siempre integral, de espelta o centeno, con semillas, y tomo tostadas con mantequilla (siempre ecológica, no de vacas locas) y miel.
Naturalmente, cuando viajo, hago concesiones. Me llevo mi té, por si acaso, y pido pan integral y me resigno más o menos. En Serbia, el té es bastante bueno (mucho mejor que esas horribles marcas españolas, o inglesas de desecho: creo que Lipton hace un té malísimo que sólo usa para exportar a países como éste, porque en Inglaterra venden tés mucho más dignos), pero en esos lugares rurales de la Vojvodina adonde fui, me traían una tacita pequeña o un vasito y tenía que pedir una y otra vez, hasta que al fin opté por dibujarles una tetera y una taza y me entendieron. Pero allí tienen unos panes integrales magníficos, con cominos, de tonos grisáceos, tiernos o compactos, estilo austrohúngaro, que aquí sólo existen si uno sabe hacérselos en casa.
En Barcelona nunca tomo té fuera de casa. Primero, hay que convencerles de que lo hagan con agua mineral, y pagarla aparte, pero aún así, todo resulta malísimo en casi todos los bares. Por otra parte, para mí, el desayuno es la comida más importante del día. Es el único momento en que siempre tengo hambre. De hecho sólo me levanto para desayunar: si no fuera por la expectativa del desayuno, no sé si saldría nunca de la cama. Y el olor a café de mis vecinos me gusta muchísimo (nunca me sentó bien el café, ni siquiera me gustaba, salvo en Italia (en cualquier barucho de autopista el café era increíble, y yo intenté comprar las mejores marcas: me faltaba la máquina y el procedimiento), pero ese olor me parece maravilloso, podría vivir en él).
Ayer me citó un empresario argentino, conocido de alguien que ha ayudado decisivamente en la campaña del azufaifo. Quería contarme un proyecto suyo asociado al azufaifo y quedamos a tomar café. Debo decir que mi atracción por todo lo lejano y extranjero y mi afición a escuchar el acento argentino me hizo aceptar demasiado pronto porque mi tiempo no crece, sino que mengua.
Naturalmente, yo pensaba llegar desayunada y tomarme un agua mineral, como suelo hacer a esas horas, pero las circunstancias me lo impidieron. El pan que había puesto en la máquina programado para la mañana fracasó (no estaba ajustada la hélice y no se hizo). Me había olvidado comprar mantequilla y él me llamó antes de poder tomarme un té. Para rematar, la gata del vecino se había quedado aprisionada en su terraza y saltó a la mía y ellos estaban fuera, así que tuve que llamarles al móvil y devolverla a su lugar. Debería haber retrasado la cita, era sábado, pero a veces no tengo reflejos. Así que bajé a la pastelería donde me había citado porque, dijo, "hacen un café muy bueno".
En la pastelería no comprendieron lo de hacer el té con agua mineral, y cuando al fin accedieron, no es que no la llevaran a ebullición, es que la pusieron tibia. Mientras el empresario, que era una persona amable, y conocedor de la misteriosa filosofía tibetana aplicada a los negocios, hablaba y me contaba con detalle el proceso de su negocio y pedía el segundo café, yo empezaba a ponerme nerviosa. Me moría de hambre -el croissant estaba hecho con manteca de cerdo y el agua tibia con la bolsita sin reaccionar era imbebible- y necesitaba mi dosis de teína matinal. Así que le dije: "Mira, yo tengo que irme a casa a desayunar..."
Pero él insistió, sin duda por su naturaleza comprensiva. Conocía un bar muy agradable en Balmes, más arriba, donde tienen toda clase de tés y saben poner el agua y etcétera. Y yo, debilitada por el hambre, accedí. Efectivamente en aquel bar había muchas cajas metálicas que anunciaban tés, pero no parecía haber ninguno de desayuno, y el único donde ponía Ceilán, que me sirvieron al cabo de un cuarto de hora, cuando yo ya estaba desesperada, era de frutas y sin teína. O bien llevaba tanto tiempo allí que la teína se había desprendido. A mí no me gusta el té de frutas, pero al menos era una bebida caliente y me resigné, aunque el empresario insistía en que me hicieran otro y yo me maldecía por no haberme callado.
Nos fuimos. El empresario, que gentilmente pagó las consumiciones de los dos bares, me sugirió que probase las bebidas energéticas como sustitución. ¿Pero por qué?, le dije yo. A mí me gusta desayunar en casa, tomar una bebida caliente, mi té preferido, yo disfruto así y mi trabajo me lo permite, ¿por qué iba a cambiar esa felicidad por una (horrible y fría) bebida energética? "Por si a veces te ocurre esto", me sugirió él, sin duda cada vez más convencido de mi incapacidad para vivir en el mundo. Seguramente él y los del bar concluyeron que yo era una neurótica.
Por otra parte, su propuesta me dio que pensar, porque es la tercera que me llega de este tipo. Tal vez me equivoque en mi percepción, pero creo que, al haberme dedicado a defender al azufaifo, algunas personas, sobre todo comerciantes, concluyen que deseo trabajar gratis. Me ofrecen que les ayude en sus proyectos de negocios, como si yo obtuviera algún beneficio de todo esto, como si el árbol me pagara una comisión o como si yo sacara dinero de mi blog o sus lectores. Naturalmente, se trata de negocios vinculados de un modo u otro al árbol, es decir, que ellos intentan contribuir a la causa mientras se ganan sus habichuelas. Lo cual es irreprochable. Pero tal vez piensan que este blog debería apoyar sus negocios, sin cobrar nada, ni siquiera un pequeño banner. Y a mí no me sirve de nada que una empresa ponga un link a mi blog en su página web, puesto que yo no gano una tasa por lector. Me gusta mucho tener lectores, pero esa es otra cuestión: prefiero que mis lectores vengan por la literatura y/o los árboles. Al parecer, yo debería agradecer la sensibilidad ambiental de esos industriales, pero sigo sin comprender por qué. Tal vez, en estos países tan arboricidas e indiferentes al medio ambiente, cuando un industrial emprende un negocio respetuoso con el medio ambiente o aprovechando una buena causa, cree que los activistas, gente incomprensible que no necesita dinero para vivir, tienen que apoyarles sin compartir beneficios ni recibir nada a cambio.
A mí me da pereza buscar un patrocinador para este blog. La sola idea de mandar unas tarifas a un editor o a un propietario de vivero me produce sarpullidos. Dice mi antigua psicoanalista que quizás haya interiorizado la idea de que si me pagan, perderé la libertad, como si todo comercio fuera prostitución. Algo de eso hay. Por eso en cierto momento incluso acepté publicar mis libros con editores no-comerciales. Pero al menos, sí tengo garantizado utilizar libremente mi blog y hablar sólo de lo que me dé la gana. Si alguien quiere poner un banner, que lo ofrezca y decidiré (sólo aceptaría temas que me gustaran). La publicidad no debería ser gratis, a menos que responda a un deseo espontáneo y libre. De hecho, he eliminado Ad-Sense porque no me llegaba el dinero y me resultó imposible comunicarme con ellos. Hubo un jardinero amante de los árboles y propietario de un gran vivero que ofreció ayudarme en el blog y por un momento tuve la esperanza de que hubiera alguien en el ámbito industrial de este país con una visión europea o con criterio propio, capaz de darse cuenta de que aquí también hay un mercado. Con un banner suyo, no me habría costado tanto ofrecérselo a otros, pensé. Me dijo que lo hablaría con su hijo y después, se hizo el silencio. Tal vez su hijo opinó que no les interesaba. Que preferían anunciarse en medios más convencionales. O que a él no le importaba como al padre que se protegiera a los árboles. Pero nunca me dijo nada y ese silencio me desanimó tanto que ya nunca llamé al siguiente, un vivero aún más grande y dirigido, según me dijeron, con mentalidad poco española. Y es que este país es tan rígido y estrecho y cuesta tanto encontrar alguien que entienda lo que se sale un poco de la norma... Yo me doy cuenta de que lo que es natural en Europa aquí siempre es raro. Como pedir un té con agua caliente, no tibia, y que no sepa a jabón. O tomar pan integral. O defender a los árboles aunque no se haga ningún negocio con ellos.
Por cierto, que en el ELLE francés, una página muestra la actitud tan distinta de nuestros vecinos gabachos. Explica cómo encontrar patrocinadores para blogs, del mundo de la cultura, la literatura, etc. Distintos canales y procedimientos que reflejan esa diferencia, un mundo cultural e industrial receptivo y alerta a lo nuevo. Todo lo contrario que aquí.

sábado, 6 de octubre de 2007

El jueves, en la Filmoteca


Foto: I.N., Cortanovci frente al Danuvio, Vojvodina, Serbia, 2007


Vi otras tres piezas cortas de Heddy Honigmann, Food For Love. Mientras su madre cocina una receta judía familiar (A Shtetl that's no longer here), recuerda la tragedia de su pueblo en Polonia durante la persecución nazi, mezclando ingredientes e idiomas de su éxodo. En Saudade es una receta portuguesa, con recuerdos de una infancia pobre en Lisboa, de la que huyeron madre e hija a Holanda, durante la dictadura de Salazar, y la hija canta fados mientras componen la figura del abuelo y su forma de cocinar el conejo, y por fin, en A Recipe For Reconciliation, un iraní exiliado en Holanda, recuerda a su moderna e interesante abuela, que jamás cocinó y sí se dedicó a la vida intelectual y no prestó nunca atención a su hija, madre del cocinero, y una sola vez, ya mayor, decidió ser por un día una buena madre y buena abuela y les hizo esas berenjenas deliciosas que él intenta reproducir en su restaurante y escuela de cocina, y cuenta como esos platos le consuelan de su nostalgia de Irán y su familia. Sentí un impulso intenso de irme a Irán, incluso pensé si preguntarle a mi amigo persa-canadiense si no le importaría que le acompañase en uno de sus viajes a Teherán. Sobre todo porque en la película, con aquella receta y la historia de aquellas mujeres, se hablaba de una Persia mediterránea y de vida más libre, muy lejos de Ahmadineyad y de los estereotipos que nos cuentan aquí, y el paisaje que entreví en un documental durísimo ya me despertó una vez el deseo de ir, pero por desgracia, no creo que sea un sitio para viajar sola, sin conocer la lengua, y sobre todo, con ese gobierno de ahora.


Hoy he visto un concierto mediano en el Auditori, el que llevarán a Frankfurt como representación catalana. En mi confusión característica, creí que el programa de hoy era el de mañana. Según mi humilde opinión, es una lástima que hayan seleccionado precisamente algunas de esas piezas, porque sin duda hay otras mejores. Otras sí merecían estar (Lamote Grignon me gustó, Gerhard era interesante, Vivancos a trozos también, Mompou no muy bien escogido, tiene piezas mucho mejores y la soprano no ayudó a mejorar las cosas, Toldrà y Guinjoan no me interesaron en absoluto). Nos reímos mucho después, comentando nuestras observaciones de los miembros de la orquesta y su gestualidad. Uno de ellos parecía disfrazado de león. Al fondo, uno de los vientos parecía hablar y hacer guiños. Como estaba todo semivacío, nos fuimos acercando hasta la cuarta fila de platea. De cerca, los que desde arriba parecían interesantes, dejaban de serlo. Curiosamente, desde arriba, el primer violín parecía delgado, alto y huesudo y muy germánico, pero al llegar abajo había engordado considerablemente. Después de todo un día luchando con la escritura, buscando un tono, intentando disciplinar lo demasiado sentido (trying to learn to use words, and every attempt/ Is a full new start, and a different kind of failure... And so, each venture/ Is a new beginning, a raid on the inarticulate), no estuvo mal ir. Incluso dormité un rato, lo cual, según mi acompañante, no era mal indicio, porque si la música es muy mala ni siquiera se puede dormir.
Por cierto que después hemos ido a tomar algo a un local de tapas de la Diagonal llamado Bar Mut, que no era mudo sino notoriamente ruidoso y donde no tenían ni un vino decente, ni un queso comestible, ni ninguna consideración en el trato a los clientes. Nos han traído sin pedirla una sardina requemada y hasta el pan era incomestible. El lugar estaba a tope y había cola. ¿Qué se puede esperar de una ciudad que no sólo tolera ese nivel tan bajo de trato sino que hace cola para recibirlo? Contra lo que opinan los comentaristas anónimos que me visitan, yo no idealizo Europa, pero sé que aquí, salvo quizás el clima, casi todo es peor. Y en cuanto al clima, si nuestros ayuntamientos siguen talando árboles con tanta alegría, pronto dejará de ser una razón para vivir aquí.

Nos hemos despedido frente al azufaifo. Hay que prepararse para la segunda fase -negociadora- de la batalla para protegerlo. Ayer, hablando con alguien que trabaja en un departamento municipal, se extrañaba mucho que en el distrito se nos hayan puesto en contra, que no hayan apoyado nuestra iniciativa. Generalmente suele ser al contrario...
El árbol está tan bonito de noche, con la calle quieta, sin coches... La gente se para a verlo y a leer los carteles de la esquina. Siempre oigo pasar a alguien que comenta sobre el ginjoler. Me gustaría poder atravesar la alambrada para quitarle esas basuras que le arrojaron los zafios y abrazar su viejísimo tronco bicentenario. Es una suerte que haya llovido.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

En La Vanguardia


Foto: I.N., los ombúes de Cadaqués, 2007


El jinjolero y su dríade

Finalmente, la presión vecinal ha conseguido salvar de la tala o trasplante y segura muerte al jinjolero de la calle Arimon, convertido ya en emblema de una ciudad medioambientalmente más sostenible. Si en Murcia le llaman jinjolero, ¿por qué no llamarle siempre así, que también es correcto, en vez del más farfullante azufaifo?

El jinjolero es un árbol aquí algo raro, que por esta época del año madura unos pequeños frutos más bien ásperos que no tienen aprecio comercial alguno. Y además pincha, porque sus ramas son espinosas.

Por eso dicen en Mallorca que en todo jinjolero anda emboscado un moix, o gato: porque araña. Pero, aunque no pueda abrazarse, el jinjolero es un árbol mágico. Sus frutos tienen algunas virtudes antiespasmódicas. O incluso también narcóticas. Se ha dicho que es el fruto –¿prohibido?– que comen los lotófagos en el célebre pasaje de la Odisea. Y en Italia, de alguien que está flipado, o un poco tonto de amores, le dicen que “está en caldo de jínjoles”...

En mi infancia hay un jinjolero como hay un níspero y un granado, y un albaricoquero, y un ciruelo, y un peral, y un cerezo, y una higuera. Y siempre sospeché que fue alguien con secreta intención quien plantó los árboles que decoran lo que tradicionalmente llamamos el bosc perdut, en el lecho del torrente, al oriente de la casa. Además de algún manzano y de algún membrillero había por allí muchos frutales como primitivos, con sus bayas salvajes: lledons, atzeroles, serves... Cohabitando la espesa penumbra, sugerían, efectivamente, un paraíso en el que creer posible alimentarse uno sin el sudor de su frente.

Años atrás planté un jinjolero a instancias de mis paisanos los luthiers Pau y Xevi Orriols, que aprecian tanto estos árboles que no sólo tienen controlados los pocos que hay en el término, sino que estimulan que los amigos vayamos plantando algunos. Y que crezcan para que en el futuro puedan dar la madera para la fabricación de sus tenoras, tibles y demás derivados del oboe popular.

El jinjolero es la madera reina para la construcción de instrumentos de viento. Las gralles viejas todas son de azufaifo. También lo eran las mejores castañuelas. Su madera tiene unas propiedades sónicas muy especiales. Es densa y sin poros, pero blanda para ser trabajada. A diferencia de las maderas africanas como el ébano, o como lo puedan ser las de los frutales del país, la madera del jinjolero le da al instrumento un timbre particular.

Por eso adquiere una significación especial que, en la fiesta por la salvación del jinjolero de la calle Arimon que se ha anunciado para este próximo domingo a las siete, suenen las gralles y versos tan hermosos como éste de Blai Bonet: “Quina tremolor antiga / dir ‘ginjoler’, i sentir / la lluminosa distància / entre el color d'una branca / i el seu nom que en mi sona!”.

El jinjolero de Sant Gervasi se ha salvado gracias en especial a Isabel Núñez, que ha sido la dríade de este árbol. En la mitología griega la dríade era la ninfa protectora de los árboles. Escribe Feuerbach en un pasaje de La esencia de la religión que “los griegos creían que cuando un árbol era abatido, su alma, la dríade, se lamentaba e invocaba la venganza del destino contra el sacrílego”.

Evitado el arboricidio, esperemos ahora que sea pronto una realidad la ‘placeta del ginjoler’. La estima por el entorno inmediato es la base de toda mejora ciudadana.


ORIOL PI DE CABANYES