Ilustración: El azufaifo de Paula Flores, 2008
He pasado una semana tensa y embrutecida, no sólo por las traducciones urgentes, sino por factores otros, muy españoles, que se han multiplicado y confabulado para oscurecerlo casi todo: el desencuentro en una institución (¿una señal de que debería abandonar?), la taladradora vibrando en el piso de arriba y los obreros que llamaban a mi puerta cada dos por tres. Traté de explicarles que si tenían que entrar (todas las conducciones de gas del edificio pasan por mi terraza), lo hicieran de una sola vez porque me interrumpían constantemente en mi trabajo. Ellos me miraban perplejos, ¿en qué puede trabajar una mujer y en su casa? Tal vez pensaban que limpiaba los cristales y en tal caso, la interrupción no era tan grave. Asentían pero seguían llamando. Luego me harté, dejé la puerta abierta y ellos entraban y salían, y los ladrones también estaban invitados. Lo dejaron todo blanco de polvo. Le dije al que mandaba, que no podía controlar su mirada y se le iba adonde no debía: "Comprendo que tenéis que hacer vuestro trabajo, pero yo tengo que hacer el mío, estoy traduciendo, necesito concentración y cada vez que llamáis tengo que empezar de nuevo." Prometieron traer una escalera larga y entrar en mi terraza desde el piso de arriba, que está vacío. Pero les gustaba más venir a la mía: por la tarde se olvidaron las llaves del piso de arriba, y a la tercera vez, me harté y no les abrí más. Llamaron y llamaron desaforadamente (se habían acostumbrado a mi forzada hospitalidad de toda la semana) y al fin se pusieron a otra tarea. Tal vez el lunes se acuerden de traer las llaves. Sólo así pude acabar los textos de Arata Isozaki, que respiraban genialidad. También tuve que volver a leerme todos los textos de una publicación que había traducido, con el correspondiente trabajo investigativo, porque una correctora había decidido cambiarlo todo, convirtiendo el texto en una traducción libre e intentando imprimir su sello... Además acabé de traducir un texto de Francesc Torres, con una sintaxis endiablada, pero tan vehemente e irónico que arrastra al lector. Y al fin acabó todo eso, quiero pensar que toda la parte conflictiva de esta semana oscura se irá por el sumidero con el agua de la bañera. Yo me dispongo a disfrutar de estos días y a ensancharlos escribiendo mis conferencias próximas, leyendo para La Vanguardia, ¡paseando por la ciudad solitaria!
Anoche había quedado con mi amigo serbio y otro amigo suyo, J., abogado vasco, que vivió en Rusia y sigue viajando allí con frecuencia, pero que además habla muy bien serbo-croata y es un experto en música serbia, además de culto y buen lector. Nos contó un par de historias rusas bien trazadas que tenían el brillo alocado de algunos cuentos de Isaac Babel (creo que mi amigo serbio ha utilizado una de esas escenas en una de sus novelas). Además, me habló de libros rusos interesantes y decidí proponérselos a los dos editores a quienes pueden interesar, sólo para poder leerlos. Y me alegró saber que J. es lector asiduo de mis blogs.
Hoy, tras nuestro no-aperitivo en un inmenso bar de la calle Enric Granados, mis amigos me han invitado a comer a su bonita casa una quiche de alcachofas, ensalada y postre de frambuesas, y en esa atmósfera de conversación chispeante, he podido acariciar al elegante gato Federico, que está enamorado de su dueño y sigue su voz por la casa aguzando los oídos y entornando los ojos con dulzura, intentando averiguar por su tono si le llama, si habla de él, o si en el peor de los casos, anuncia que se irá y le abandonará, aunque sea por dos o tres días.
Luego he ido a comprar algo bonito e íntimo que necesitaba con urgencia, y de paso, por accidente y porque me he encontrado a alguien, he acabado cayendo en otra clase de doble tentación, diminuta, ínfima: Un sueño y otros aforismos de Georg Christoph Lichtenberg y Lei dunque capirà de Claudio Magris, a quien tenía represaliado por misógino, pero he decidido hacer una excepción sólo porque el librero de la calle Berlinès me pidió que tuviera clemencia y no dejara de leerle.
He descubierto que en la contaminada terraza de mi casa que da a Arimón, el pequeño azufaifo que Ninca me trajo de l'Ametlla ha empezado a brotar. Yo estaba mirando fascinada los brotes del castaño de Indias, que pasan de un capullo brillante y resinoso a unos engendros peludos y cerrados que un día se abren en grupos de hojas de un tono intenso y exuberante, y entonces lo he visto. Tengo que escudriñar a nuestro azufaifo de la calle, seguramente ya habrá empezado a brotar. Y pensando en esto he decidido poner el retrato que Paula, guapa y talentosa dibujante, hizo del azufaifo, porque al ver los dibujos exuberantes de los niños de la Escola Sant Gregori se despertó su deseo y quiso dar su versión, poética y sensual. Me lo mandó G., muy orgulloso y ya le dije que, si mi editor lo acepta, lo incluiremos en las ilustraciones de La plaza del azufaifo.





