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sábado, 19 de junio de 2010

Memoria y obsesiones

Foto: I.N, Gilda, ayer, 2010
Mis obsesiones son más pertinaces que mi memoria consciente, de modo que muchas veces me he comprado libros que ya tenía, me pasó con el asombroso Tristan Shandy y con algunos otros... Siempre recuerdo a Gil de Biedma diciendo que algunos poemas ajenos volvían una y otra vez a su mente, nunca los suyos; a mí me ocurre siempre, de tal modo que creo estar siempre citando lo mismo. En una conversación a gritos en un bar ruidoso sobre escritores que hubieran publicado libros sobre sus padres y madres, MGT me dijo algo de un libro de Handke sobre su madre suicidada, pero con el ruido yo entendí Fante, y me pareció plausible, pero busqué y no lo encontré, y al preguntarle por email MGT dedujo que me refería a Handke, y aludió a una traducción española titulada extraña y feamente Desgracia impeorable. De pronto se me ocurrió que pudiera ser lo mismo, pese a la incongruencia, que Le malheur indifférent, y ya estaba a punto de comprármelo en abebooks cuando tuve un presentimiento, recordé haber pensado en ese recuerdo vago cuando PH se puso tan fanático pro Milošević que incluso asistió a su funeral, negando las atrocidades (eso no significa que no tuviera razón en la primera parte, al criticar la ceguera y el maniqueísmo de la prensa eropea occidental respecto a los Balcanes, como se veía en Si un árbol cae, pero hay algo en el gran escritor que fue Handke que le lleva no sólo a la provocación digamos interesada o comercial, sino algo dolorido, espinoso, que me devolvió a la sensación de mi vieja lectura, aunque entonces yo no podía tampoco acabar de comprender, porque lo leí en el setenta y fu, en esa época mía demasiado loca), subí a mi estante germánico y allí estaba, un libro viejo, de 1972, Le malheur indifférent, edición de Folio con un dibujo deprimente a bolígrafo en la primera página, que una tal Valérie debió de regalarme y yo, como decía, leí en mi época kamikaze y había olvidado, pero no del todo. ¿Pero por qué esas traducciones tan divergentes? En el título alemán, Handke parodia la expresión alemana Wunchloses Glück, felicidad inimaginable, y le añade el Un, Wunchloses Unglück, desdicha inimaginable, que en inglés tradujeron como A Sorrow Beyond Dreams, literalmente una tristeza más allá de los sueños. Desdicha inimaginable, pesar inimaginable, tristeza inconcebible por una pérdida insoportable, todo eso me recuerda lo que decía Barthes al perder la suya en ese libro del duelo de su madre, Journal de deuil. Pero no me gusta Desgracia impeorable, ni tampoco Le malheur indifférent... ¿De dónde sacaron la indiferencia? Tendré que releerlo para comprenderlo. Esta noche, por primera vez he dormido seguido y esta mañana me siento capaz de más cosas, tal vez incluso con coraje novelístico... veremos. Gilda hace sus probaturas, pero sigue igual... El mirlo canta victorioso, ya sin la tortura del pitido de la grúa.
Me llama la Belle Elaine, que arde con sus proyectos y a la que veré, con suerte, si me recobro, para celebrar este solsticio en su colina. Hablo con DB, que elucubra sobre el malaise y los gatos y me anuncia que en La Vanguardia publican una carta del poeta que defiende a los árboles centenarios en Sant Cugat. He logrado recuperarla del pdf, pero no sé si me faltará algún trozo o es sucinta, con esa envidiable capacidad de síntesis de los poetas. Árboles centenarios
El inicio de la calle Villà de San Cugat del Vallès es un tramo espesamente arbolado, pues es el comienzo de la calle que lleva al golf y donde antes, en 1900, había torres con mucho espacio y jardín. El otro día desperté con un ruido de motosierra. Estaban cortando árboles, ya habían talado tres. Son árboles centenarios, gruesos, que no los puedes abarcar con los brazos. Paralizamos entre seis o siete vecinos la tala, de momento.
Rodolfo Hasler
Otro arboricidio aparece documentado aquí
Una sorpresa extraña es la que he encontrado aquí, en Verbalia, donde proponen un acertijo futbolístico y prometen al primer acertante un ejemplar de mi libro Algunos hombres... y otras mujeres. Gracias, Màrius Serra...

miércoles, 31 de marzo de 2010

Hace casi una semana que no escribo aquí

Foto: I.N., Paseo por Collserola, con T, marzo 2010
Esta mañana la gata Gilda ha cazado una lagartija. He abierto la puerta de la terracita y allí estaba; me había dejado su pequeño cuerpecillo descabezado y aún con su belleza prehistórica como un trofeo absurdo y mal dirigido porque a mí me gustaría que siguiera habiendo lagartijas y no apoyar a sus depredadores. He pensado en Frikosal y en su comentario reprobador de los gatos domésticos y las flores cortadas y he enterrado a la pequeña criatura, delicada como una joya rota, en una maceta. No puedo explicarle a la gata; son esos restos de felina salvaje que le quedan en su vida domesticada, y eso explica por qué me dirige esa mirada implacable de reina tigresa en algunos momentos. O por qué a veces, inesperadamente, salta por encima de mí mientras leo en el sofá, quizás (como decía B., aquel pintor de gatos y niñas que despotricaba de la modernidad) para demostrar mi inexistencia.
Me gusta mucho Dublinesca, la novela de EVM. La leo a trozos (conteniéndome para no abandonarlo todo y quedarme sólo leyendo) y me admira cómo y con qué naturalidad logra integrarlo todo en esa trama bien trabada, incluso lo que ve en los blogs, cualquier coisa, con ese editor autoirónico y abandonado del mundo que le permite seguir hablando de escritores y libros y a la vez reflexionar sobre todos los aspectos de los editores(como aquel personaje comodín de Nabokov al que el escritor rusoamericano hacía ir a cualquier casa o lugar que quisiera describir, pero a la vez como personaje clave, al que presta cosas suyas y ajenas, caricatura pero también irradiador sutil de tantas cosas) y que viaja sólo para mantener una ficción-conversación con sus padres. O para seguir viviendo su vida como si fuera un libro. Y ese humor y la fraternidad con la locura walseriana (y dolorosamente psicótica) de Spider, la excentricidad que me resulta afín, arraigada en la convencional Barcelona (ex-curso: me desespera ver la ciudad llena de palmones, ¿por qué todo es siempre tan uniforme y romo, tan familiar, con gente ocupada ya sólo de la comida, lo material y entregada a la repetición de unas costumbres sin preguntarse nada?), con su genial caída en las escaleras de La Central o sus paseos impensados bajo la lluvia o las apariciones recurrentes del joven de la camisa estilo Nehru, y sobre todo su postura de hikikomori, aislado del mundo con su despedida alcohólica y atado al ordenador como tantos de nosotros, que se acerca ilusoria y meditativamente a la ventana para acabar precipitándose de nuevo al ordenador con cualquier pretexto. Y esa osadía suya, aun viviendo en medio de lo literario, de construirse un yo narrativo tan autoirónico y tan desprovisto de la tonta arrogancia antichejoviana de nuestros escritores. Les contaré cuando lo acabe, sólo hablo aquí desde mi pura subjetividad de lectora y de crítica intrusa (otros más preclaros han dicho ya sin duda las cosas importantes), y yo soy libre en este espacio, nadie está obligado a leerme ni a hacerme caso; de momento sólo he leído ciento y pico páginas.
Al mismo tiempo leo esas cartas de Giono, J'ai ce que j'ai donné (preciosa edición de bolsillo con fotos) que me entusiasman también -su humor, su generosidad, su pasión por la escritura y el paisaje, los árboles, el afecto que irradia y cómo protege a sus padres de la verdad de la guerra, describiendo ese "petit fort enfouit dans les bois... donde pasa el tiempo à lire, à fumer et manger merveilleusement"... y se ve con disposición para la vida monacal... y esa manera reflexiva de fumar, como en los libros de Soseki, "grâce à la philosophie et à la pipe on arrive à surmonter tout célà". Aunque luego se quedan sin tabaco y empieza a pensar en fumar feuilles de chêne, hojas de castaño- y añoro su Manosque, recibir esa carta que le manda a una amiga en mala racha para invitarla a una casa independiente en su Paraïs ("l'important c'est que vous ayez tout de suite un peu de répit dans votre série de malchance... : à cinquante mètres de chez moi, plein soleil, trois pièces. Voilà ce que je vous offre: trois mois de vacances... à vous soucier de rien, sinon de vivre, de faire de la santé et de reprendre pied... vos amis Capoulad et Delfaud habitent à cent mètres..." Su vivencia de la I Guerra le hará pacifista en la II y le acusarán de desertor y será encarcelado, y dice, como la Ginzburg: "On ne nous consolera jamais de la guerre..." Sólo que a él, eso le lleva a aferrarse al paisaje (algo que yo puedo entender bien), en otra clase de guerra interna: "C'est pour ça que je me suis jeté sauvagement du côté de l'arbre, de la bête et de la neige", y me gusta cómo les habla a sus hijas de lo que escribe y cómo les lee), y encaja muy bien con las películas de Jasujiro Ozu que sigo viendo y su paisaje y su búsqueda de la belleza incluso en lo más pequeño. Otoño tardío, otra vez esas para mí misteriosas hijas felices de vivir con sus madres o padres, que no quieren dejarlos para casarse, esa para mí exótica sensación de pasarlo bien con ellos y no querer otra vida (y sin embargo, ¡ahí se entiende perfectamente por sus sonrisas y sus gestos!). O esos viudos (para mí fáciles de comprender) que prefieren vivir solos con sus recuerdos que volver a casarse. Y cómo llevan todos los kimonos y los calcetines y cómo se sientan y levantan en esas casas maravillosas y tan parcas, y comen siempre platillos deliciosos y toman mucho té y van a esos balnearios donde les dan unos magníficos kimonos idénticos a todos, y contemplan árboles, flores y pájaros. La de ayer era un melodrama y todo salía mal, Crepúsculo en Tokio, con la madre que abandonó a sus hijas, nunca fue perdonada y nada pudo enderezarse, a pesar de ese personaje del padre, tan bien interpretado por un actor también favorito de Ozu. Otra vez salía una actriz que se parece muchísimo a una amiga que tuve y estuve bromeando con L. de lo bien que se manejaba con el kimono y cómo se transformaba en personaje bondadoso, con lo celosa y negativa que era en la vida real.
Yo sigo bebiendo mucho té Lung Ching, Bai Mudan y Sannen Bancha durante las tardes, mientras traduzco. He encargado al librero de la calle Berlinès esa correspondencia de Gil de Biedma, a pesar de... Doy paseos cuando puedo, disfruto del silencio de la ciudad desierta. Hablo con unos pocos amigos refugiados. Pero ¿de quién o de qué libro es la culpa de mis planes de fuga en mayo, de mi aceptación al fin de la invitación perenne de mi amiga americana? ¿Son las piezas neoyorquinas de Maeve Brennan, que traduzco en avanzadilla, a toda velocidad pero maravillada ante desafíos imposibles de su poética urbana en la ciudad de las ciudades, para Alfabia y para el comité irlandés? ¿Es Dublinesca con esos personajes locos por la ciudad? (Después de todo, también sueño con Dublín). ¿Es el viajero inmóvil de Manosque? ¿El viaje de JC? ¿Es esta luz de primavera? Juré que no iría mientras gobernara Bush. Por desgracia no han quitado esos controles humillantes que tendré que pasar, sino que los han extendido a todo el planeta. Pero de pronto, parece... en fin, estoy buscando un billete y mis amigos americanos ya hacen planes de llevarme a Montauk. Tal vez también es mi contención aquí, en la ciudad silenciosa y solitaria, mientras todos se van al mismo tiempo... Y llevo mucho tiempo aquí atada.
Mientras desayunaba he visto en Arte tv unos cuervos choucas, inteligentísimos aunque menguados por la persecución humana, diseñando sus propias herramientas, como sólo se sabía de los primates, e instalados en la nieve y en las ciudades, arraigados en Edimburgo. Ya sólo me queda la tv digital, no hice nada por tener la terrestre y eso agrava tal vez mi falta de toma de tierra, tal vez me desprenda y emprenda un vuelo errático por esos cielos magníficos de estos días, la única belleza que queda en este pobre barrio, masacrado gracias a nuestros políticos municipales, que lo entregaron al cemento. Hace dos días subí de noche a la plaça Narcisa Freixas a ver a los pobres almeces rescatados de la destrucción de la plaça Joaquim Folguera. Son sólo seis o siete de los veintinueve que han sacrificado en una caza absurda, peor que la lagartija de Gilda, sólo para preservar un párking. El ídolo al que adora este ayuntamiento, los párkings y el cemento.
Para contrarrestar, vean Philosophies hablando del tiempo con otro filósofo bergsoniano, Elie During.

martes, 23 de marzo de 2010

Del azar y la historia

Foto: Lluïsa Núñez, Melia azedarach, 2010
Esta mañana, justo cuando había aceptado una invitación de C. para ver una Electra en el TNC el miércoles, me ha llegado una pequeña avalancha urgente de textos. Traduzco un catálogo sobre la evolución urbanística e inmobiliaria de Nueva York en la segunda mitad del siglo XX y me acuerdo de la Nueva York del XIX que describía Jacob Riis en Cómo vive la otra mitad, con sus fotos maravillosas y esa ciudad de ciudades ya entonces, tan moderna, anticipándose a todo, y las miserias y los guetos y esos niños de las fotos. Riis aprovechó el invento del flash para entrar a las viviendas insalubres donde se hacinaban los pobres y denunciar la injusticia. Y logró que Roosevelt -entonces gobernador- le acompañara y que se cambiaran las leyes. (Siempre me sorprende que ese libro, un clásico y que tanto me gustó traducir, se haya vendido y comentado tan poco en este pobre país nuestro...) En el texto que traduzco para un catálogo se ve el forcejeo entre el mercado, la imposición de autovías y expropiaciones y la resistencia y la batalla por la preservación del patrimonio y los derechos civiles... El mercado siempre defiende sus intereses y los políticos son sus servidores, pero hay lugares y momentos en la historia en que los ciudadanos se defienden y encuentran intermediarios en figuras de urbanistas, abogados y escritores. Me han llamado para que propusiera a alguien para un debate sobre la Diagonal. No he preguntado por qué no me querían a mí, la verdad es que no tengo tiempo, tampoco quería incomodar al periodista y he propuesto a alguien mucho mejor (espero que pueda). Le he conseguido a G. La ética protestante de Weber (¡podrá compararla con La ética del hacker!). He probado una maravillosa mermelada de fresas que hice ayer en un momento, mientras traducía. También mientras traducía, he teñido de verde oliva una camisa de Karl L., que compré hace dos años en unas rebajas y creo que nunca me puse (espero no haberla desgraciado). Y treinta personas han aceptado a JCM como amigo en Fb, a propuesta mía.
A mediodía he tenido que esperar en una consulta cercana y me han dado una revista. La he abierto y allí estaba EVM, hablando de su Dublinesca. Me ha parecido una señal. A pesar de mi PCG, tengo una cuenta en el librero de la calle Berlinès, así que he ido a por mi ejemplar de Dublinesca. El librero había salido un momento y yo recordaba haber encargado también un libro que habla de Handke, pero no recordaba el nombre de la autora ni el título. Mientras el ayudante del librero, que parece estar al corriente de todo, buscaba entre la pila de encargos, he abierto el libro de EVM y en esa página (128) ¡salía Handke! He leído un poco por el camino y pintaba muy bien, aunque ya oscurecía. El azufaifo se veía ya a punto de echar brotes. Y es que se acabó el invierno. Tal vez sea justamente ésa la razón de una sensación alegre y energética que me recorre. El mirlo lleva días cantando mañana y tarde. Mi amigo escritor serbio despotricaba en FB contra la primavera; él no la soporta. Me lo dijo el primer día que hablé con él, porque era finales de febrero y mientras andábamos bajo la lluvia, sin paraguas, cantó un mirlo y yo dije que pronto sería primavera, y él se quejó con cierta melancolía. Pero yo nací en esta estación y también me salen brotes, un poco antes que al azufaifo. Hoy me he dado cuenta de que el fondo de armario me apoyaría en esta árida temporada de PCG y ha sido un alivio.
La Belle Elaine, cuyo documental se estrenará justo después de semana santa, me ha escrito una carta, en un intercambio necesario para un proyecto epistolar, aún indefinido en mi mente. Le he dicho que ha hecho bien en irse a vivir a la montaña porque ayer vi un documental en Arte tv donde unos científicos alemanes preveían grandes inundaciones de todas las zonas costeras en los próximos años. Se veían imágenes de Manhattan inundado, entrevistaban a los holandeses, que son los primeros en caer, y aquí nadie lo piensa, pero toda la Barcelona antigua podría quedar bajo el agua. Après moi, le déluge... Y es que el fatuum parece apoyar a los destructores, como esa nevada que acabó con tantos árboles en Collserola y en la ciudad, y que alegra a nuestros políticos... así no tienen que "mover" tantos árboles. Así el desierto se va haciendo sólo, apoyándoles... Hoy en cambio he visto en Arte tv un programa precioso sobre Japón.
De noche, entre otras lecturas, avanzo unas páginas de la novela de Sergio Vila-San Juan y tengo que hacer esfuerzos para rendirme y apagar la luz. Tiene razón Pepe Ribas, es apasionante esa Barcelona pre-republicana, tan agitada (alguien la comparaba a Chicago años 20) y que permite comprender lo que ocurrió después o por qué algunos tomaron el partido que tomaron. La novela está muy bien contada y es lo que llaman un page-turner, arrastra hacia delante, y al mismo tiempo hay una verdad detrás, todo el tiempo. Tiene algo informativo, como las novelas del XIX, y aparece esa galería de personajes, las distintas facciones del anarquismo, desde los seguidores de la Blavatsky, los naturistas y esperantistas utópicos a los más duros, como en un cuento de Edith Wharton, pero con el sesgo del narrador, tan bien dibujado, ese abogado periodista reformista y católico, que cree sobre todo en la ley y el orden, aunque contempla fascinado a esas mujeres apasionadas y vehementes, arrastradas por la Historia, y da paseos y fuma sus cigarros para meditar en los momentos difíciles.
Así que no veré esa Electra, pero estoy contenta, por la pura joie paradoxale. Anoche volví de una conversación editorial, donde la actitud sabia y humilde de un editor (me recordó a Magris) contrastaba con la impaciencia tal vez arrogante de su interlocutor, con cierta gracia literaria en la teatralidad de su gesto. Yo iba a coger el metro, pero alguien me llamó y decidí seguir andando. En la Rambla Catalunya me detuvo una chica alemana, que dijo ser de Colonia y me contó la típica historia de que le habían robado el bolso, en el consulado le habían dado un billete y llevaba todo el día sin comer. Yo recuerdo una época donde mucha gente contaba historias similares, adaptadas a distintos públicos (en la Universidad siempre venían unos que habían salido de la cárcel o habían sido torturados, o etc.), pero a mí siempre me pareció un mérito inventarse una historia y contarla, y siempre les di algo. Ayer también le di a la chica de Colonia, tal vez por aquello de "uno sólo tiene aquello que da"; algo que no todo el mundo tiene en cuenta. Hace dos días le pedí un favor muy fácil (no pecuniario, sino mediático o literario) a una escritora que prefirió no sólo abstenerse, lo cual era legítimo, sino contestar con un innecesario desdén, y yo pensé justamente en esa frase, que cantaba Chicho Sánchez Ferlosio. No se puede decir que sí a todos los favores, ni dar a todos los que piden, pero sí se puede intentar no guiarse siempre por puros intereses mezquinos. Aunque sólo fuera por la ética del buen persianero, de quien hablé aquí hace mucho tiempo...
El 23 de abril firmaré libros a las 20h en el puesto de La Central, en Rambla Catalunya, entre Mallorca y Provença. Tal vez algún otro librero me acoja a alguna otra hora... En mayo iré seguramente a la Feria del Libro del Retiro, en Madrid, pero aún no sé en qué caseta estaré, ni qué días. A mí me gustan esas ferias y así veo a mis amigos madrileños... Por cierto que los amigos franceses de Fb están en plena efervescencia con el Salon du livre.
Es tarde. Vuelvo a ese texto sobre Nueva York, la especulación inmobiliaria, los derechos civiles, el patrimonio y los gays... ¡Y las guerrillas verdes, que conquistan solares abandonados y los ajardinan y plantan árboles y flores o huertos urbanos, en plena ciudad! Qué maravilloso movimiento, supongo que muy difícil en este país de arboricidas, pero mi piaccerebbe... Si mañana lo acabo podré volver a mi otra escritura...

jueves, 18 de febrero de 2010

Fui a comer

Foto: I.N., Donde Girona se parece al Grund de Luxemburgo, 2010
Con un caballero del sur, a quien siempre me alegra ver. Estuvimos hablando de las dificultades de estos tiempos, de los cambios en lo digital (me interesó su punto de vista, no sólo de abogado que está en el mundo, sino de caballero pensante y bartlebiano) y le conté de mis propias dificultades para mantenerme a flote en este maremagnum de la escritura sin abandonarla del todo. No estoy descontenta, le dije, "y no deberías estarlo", me dijo él y habló generosamente de este blog y de mi escritura. No sé qué fue, pero salí de allí andando y mirando el cielo y los árboles como si todo estuviera iluminado, y en la parada del bus estuve garabateando unas posibles probaturas para mi congelada novela. On verra bien. Renuncié a los recados y tuve que recluirme a traducir sobre ese artista psicótico (cárcel por dentro, cárcel por fuera) que me ha subyugado con su universo alegre y triste, vital y confinado, y que intento descifrar despacio, con el viejo perfeccionismo que ya no recordaba, buscando cada cuadro para superar la ambivalencia del lenguaje y no equivocarme.
Luego salí otra vez andando hacia una cena china, y por el camino iba pensando y sonriendo y un joven motorista me miró como si estuviera loca. Yo buscaba caminos tranquilos y árboles y huía de las obras y estaba sumida en esos pensamientos felices de la joie paradoxale, así que cuando me encontré a alguien del pasado y habló oscuramente del mundo, tuve que nombrarla.
En realidad, había ocurrido algo más: cuando estaba recluida traduciendo, oí al segundo mirlo de este año. El primero fue hace unos días, en la calle Tavern y me detuve, pensando "se acaba el invierno", envuelta en una sensación especial, que también me devuelve a la infancia. Todos los años se repite, un atardecer, cuando llega esta época, canta un mirlo. Al cabo de unos días aparece otro. No puedo explicar ese eco en el aire que suena a bosque y a humedad y aire en las hojas. Y al fin empiezan a cantar todas las mañanas y todas las tardes y ya es la primavera y en Japón florecen los cerezos (ayer estuve con otro Soseki, más sombrío, pero lleno de esa naturaleza de los haikus, siempre contemplada y cercana, Momo, The Door)
En la cena brindamos por el Año Nuevo Chino y por nosotros y la conversación fue animada y llena de la celebración de nuestras mutuas afinidades y de acogida a un amigo chileno de F, aunque también flotaban ahí estos "hard times" que nos devuelven a lo dickensiano y yo siempre me interrogo, situándome entre los que casi celebran o se aterran por el apocalipsis y los que creen que la crisis es un estado de opinión y que habría que cultivar el buen humor y la esperanza para salir del hoyo.
Al volver releí La Légende du Mont Saint-Michel y leí Sur l'eau, dos diminutas maravillas de Maupassant, la primera con esa pelea genial del ángel (tan humanizado como un dios griego) y el demonio, la segunda esa noche de terror y ensoñación o presagios de muerte en el río.
Por la mañana he tenido una discusión con una funcionaria de correos. Encontré un libro, un clásico de la antropología que necesitaba G. con urgencia, en una librería de Eltx (o Elche), y me lo han mandado por correo hace ya ocho días, pero no llega. La funcionaria me dice que está en tránsito y que puede tardar tres semanas o un mes, le pregunto cómo puede ser que los trenes tarden tres horas y las cartas o paquetes un mes. Cómo puede ser que con la modalidad de correos más barata lleguen los libros de Londres en cuatro días y en cambio de (la Dama de) Elche a Barcelona tarden un mes. ¿Los transportan en burro, andando quizás? Por lo que me ha dicho (no estoy autorizada a decirle cómo los transportan), en su lenguaje repetido de autómata, he entendido que para castigar a los que pagan la modalidad más económica, retienen los envíos hasta acabar con los que han pagado más. Eso cobrando bastante más que los ingleses por un servicio mucho peor.
Después de traducir despacio, he bajado deprisa, porque llegaba tarde, y al rodear el claustro de la catedral, con esos contrafuertes de animales voladizos, hacia la Plaça del Rei, he sentido cómo ese paisaje me restaura, cómo me alivia que aún siga allí. Hace unas noches estaba yo admirando un gran magnolio que crece junto a la muralla (de noche parece susurrar) y la catedral, y mirándolo pensé "al menos a ti no te talarán", pero hoy mi amigo seráfico, con el que he comido, me ha enseñado dos tocones de árboles gruesos y sanos, con su placa distintiva aún en el suelo, que han cortado allí mismo, al parecer para poner una fuente, con ese absurdo espíritu arboricida tan tenaz que reina en esta ciudad.
Hemos comido en un japonés y después tenía una reunión en el MUHBA, para un acontecimiento de esta primavera que tal vez acabe coordinando y que podría ser bonito, sobre todo por el lugar donde se celebra. El martes daré una charla balcánica en L'Alliance Française de Sabadell, en el festival del documental que celebran en este mes. Y ahora llueve y llueve y se oye como una gran respiración oscura.

martes, 2 de febrero de 2010

Adiós a la abeja reina

Foto: I.N., No es tan bonita como el cielo de la foto de ayer, pero me gusta esta esquina con farola de mis paseos solitarios, 2010. Esas son las farolas que el ayuntamiento pretende eliminar para llenarlo todo de inmensas y cegadoras farolas de autopista con pretextos de homologación inventada (alguien sigue haciendo un gran negocio con las farolas, pregunten a ProEixample)
Vuelvo a ser una hormiga obrera de la traducción (sigo tomando prestadas esas estupendas hormigas de Frikosal). Después de unos días perpleja, buscando en vano, sin querer encontrar realmente y a la vez preocupándome de que no me propusieran nada, la semana empezó con una lluvia de traducciones y proyectos reaparecidos. Ahora necesito la agenda.
Y héte aquí que, después de tanto quejarme de que ya no tendría más tiempo para escribir, me ha invadido una extraña alegría, esa joie paradoxale de la que hablaban en Philosophie, con trabajos urgentes que me dejan en principio sin poder escribir. Pero tal vez así me sea paradójicamente más fácil escribir. One never knows, repetía O., mi amigo desaparecido a quien ya no puedo consultar sobre el futuro ni leer sus mensajes en esperanto, ni saber de la comunidad esotérica internacional o de sus proyectos chinos o su vínculo japonés... y le echo de menos.
Mi nueva condición me impide quedarme mucho aquí. Me envuelvo en música, según el ánimo: ayer era Philip Glass y Nocturnos de Chopin, hoy Madeleine Peyroux, Ben Harper, Coney Island Baby de Lou Reed. Ayer al oscurecer fui a algunos recados y varios perros me saludaron por la calle. Ya he dicho aquí alguna vez que si acaso soy una cat person, simpre he preferido a los gatos, pero reconozco que la mirada de algunos perros me conmueve y a veces me hace reír.
G. sigue en la indolencia gatuna de sus últimos días sin clase. Yo ironizo sobre su ociosidad y espero que empiece a arrancar. Ayer y hoy se ha ido la luz y esos apagones (a los que respondo llamando furiosamente a la compañía, y creo que soy la única de mi edificio que lo hace) me resultan más siniestros porque se deben a las obras que están destruyendo la plaça Joaquim Folguera, talando nuestros preciosos almeces, que un perfumista plantó frente a su antigua fábrica en esa plaza, ahora hace más de ochenta años.
Anoche, antes de dormir, anoté algo que debía hacer en las primeras páginas de mi novela. Vuelvo a leer a Natsume Soseki y he empezado -aunque no puedo- ¿Era él? de Zweig y Foi et Savoir de Derrida (seguido de Le Siècle et le Pardon). No puedo explicar qué me hace tan feliz. Sigo bailando por la casa cada vez que me levanto a abrir a algún mensajero o a buscar más agua. Me llegan mensajes de algunos que vieron mi libro en Página 2. Sé que el mundo es un lugar oscuro y sufriente, sé que todo es difícil y que no tenemos certidumbre de nada, pero yo me siento agradecida a los dioses griegos... (me vuelve Rimbaud)
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien. Mais l'amour infini me montera dans l'âme; Et j'irai loin, bien loin, comme un bohêmien,
Par la Nature -heureux comme avec une femme.

domingo, 31 de enero de 2010

Más

Foto: I.N., Cielo de poniente en la Bonanova, enero 2010
El sábado logré cierta sensación de deber cumplido con mi reseña y además tuve una conversación interesante que no sólo despejó la inquietud de los malos entendidos sino que me hizo descubrir algo, algo que tal vez esté conectado a mis problemas para abordar esa novela mía, que sólo existe en mi cabeza.
Vi La infancia de Ivan, de Tarkovsky (basada en un cuento de Vladimir Bogomolov), me encantó. Qué manera de contar la guerra, tan táctil, tan cercana, muy sencilla, despojada de esa narrativa banal y didáctica de tantas películas, sin pretensiones épicas ni redobles de tambor ni siquiera al final en las escenas de la derrota nazi, ajustando bien música y silencios. El paisaje, el barro, el río con los árboles hundidos, ¡el bosque de abedules! (al ver aquel bosque estuve a punto de echarme a llorar, preguntándome por qué sigo viviendo en un país donde talan los árboles, que yo necesito para respirar, para ser), los sueños de infancia de Ivan (la luminosidad de su playa era la mía, mi única escena dibujada hasta la obsesión y ahora traducida al inglés de esa extraña novela), los juegos, el carro, las caras de su hermana en movimiento, la luz del verano, la sonrisa de la madre, los dos asomados al hondísimo pozo, la estrella en el pozo ("para nosotros es de día, para ella siempre es de noche"), el niño endurecido, sus ideas de venganza, su misión contra los nazis, en la guerra, los soldados, las pausas, la sensualidad contenida en esas pausas, el gramófono, y al final el suicidio de Goebbels y el hallazgo siniestro. Silencios, murmullos, conversaciones, con una poética sutil y la musicalidad suave y melancólica de la lengua rusa en esos huecos.
El domingo, tras bañarme todo el día en la música del festival de Nantes, la Folle journée retransmitida por Arte tv y France Musique, en homenaje a Chopin, pero con Berlioz, Listz y otros compositores, logré reunir valor para entrar en esos archivos y hacer nuevas probaturas. Sin éxito, naturalmente, lo cual me produjo un nuevo desaliento, pero salí contenta de comprobar que podía seguir intentándolo, aunque siga sin conocer la salida del laberinto.
Luego me fui con T. a ver a Cesc Gelabert, y me gustó: es un solo muy distinto a todos los espectáculos anteriores, con música de Bach. Desprende cierta melancolía, habla del paso del tiempo y de la muerte y se mueve en un bosque invernal, minimalista, de estilizados árboles-estacas de oro. Pero también está en su gestualidad -aunque interiorizado- el Cesc niño que juega a andar a la pata coja por un muro, el pájaro que volaba y puede aún volar, aunque sea para correr a saludar, y todo tiene una gran delicadeza educada y generosa, y su sonrisa maliciosa de siempre. Baila despacio y con ligereza, dibuja sus movimientos, llena con su coreografía el espacio de cenefas y pensamientos gestuales, muestra esa curvatura craneal inconfundible y (lo ha dicho T.) ese traje gris y ese abrigo fino y amplio son como un guiño a la bailarina germánica que vi en el Mercat, Suzanne Linke, salvando todas las distancias. Como mi gata cuando contempla su cola como si fuera un bicho ajeno, Cesc juega a que los brazos, las manos, le muevan la cara y la cabeza como si fueran de otros, siguiendo una tradición suya. Sutil, va desplegando posibilidades de movimientos en un abanico. Recoge su historia bailando La sección áurea del coreógrafo Gerhard Böhner. Se derrumba y le van recogiendo esos mismos brazos ajenos. Se tiende en el suelo y sueña o se despide del mundo. Con esa leve ironía suya. La sala estaba abarrotada.
Alguien me mandó un mensaje felicitándome porque había visto mi libro recomendado en Página 2. Mientras, vuelvo a mis lecturas japonesas.
Una entrevista canaria que me hicieron para La plaza del azufaifo en Radio Ecca.
Y aquí mi entrevista balcánica con una radio vasca, con Roge Blasco.
Y otra entrevista azufaifa (con larga intro rapera!) más reciente.

lunes, 18 de enero de 2010

Yo sé

Foto: I.N., Balcón en Marià Cubí- Camp d'en Vidal, 2009
... Yo sé que a veces parezco sombría y melancólica, incluso pesadamente quejumbrosa, pero en el fondo nunca he dejado de ser una hormiga de Figueres y conservo una extraña inocencia que me permite alegrarme por nada, a pesar del mundo, sin saber por qué.
Salgo a la calle, veo la maraña enramada de nuestros almeces invernales contra el cielo de Joaquim Folguera y las farolas de Brassaï o de Magritte con el suelo mojado -sé que los han condenado y ahí están esas horribles zanjas para recordármelo, pero déjenme disfrutar de la belleza que queda-, miro las casas más antiguas, una ventana alta iluminada con un globo que dibuja una atmósfera sugerente o un balcón abierto como la falda de una bailarina, y me siento arrastrada por una energía danzante.
Voy a un gimnasio germánico, a fortalecer mis tejidos musculares para no volver a lesionarme, y todo se ve pulcro bajo la claridad del tragaluz, todo parece bruñido, eficaz y curativo; la gente habla bajito, no hay músicas horribles, las máquinas son silenciosas, aunque el otro día un monitor intentaba explicarme el funcionamiento y ¡no tenía palabras! Yo tuve que írselas prestando, sugiriendo, porque él no sabía, como si no fuese su lengua... ¿Y cómo se puede vivir sin palabras? me preguntaba yo, conmovida.
Y anoche también les preguntaba a T. y a L. cómo vivirá toda esa gente a la que le preguntas y no sabe ninguna dirección, empleados de tiendas y negocios en Gràcia, por ejemplo, que desconocen los nombres de todas las calles por donde pasan a diario y no saben decirte dónde hay un café o un estanco o una ferretería, no saben nada, no miran nada, no recuerdan nada, tal vez van a su trabajo como autómatas y no alzan los ojos para ver los nombres de las calles, no se preguntan, no sienten curiosidad, y un día yo había quedado en un restaurante de la calle Perill (precisamente la calle Perill! Donde Broggi se salvó milagrosamente -o alguien le salvó seráficamente- de un peligro; una calle que salía en uno de mis cuentos, gracias a los comentarios repetidos de los taxistas del franquismo, que asociaban Peligro y Libertad al pedirles que me llevaran a un lugar entre las dos calles, en el fondo como nuestros gobernantes mundiales, que han decidido arrebatarnos toda libertad de movimientos engañándonos con el peligro o creando ese peligro...) y no recordaba exactamente dónde estaba y nadie supo decirme, hasta que encontré alguien lo bastante viejo para saber algo.
Anteayer, una amiga poeta y traductora intentaba decirme que en una primera lectura tal vez demasiado rápida no había conectado con mis cuentos, le había parecido que había un exceso de núcleo, la habían aturullado, y aunque prefería leerlos otra vez para estar segura, en parte porque había leído dos o tres antes de publicarse y entonces le habían gustado, temió molestarme con sus reservas. Como por email no se puede precisar el tono, la llamé para decirle que no se preocupara, incluso si en esa segunda lectura no le gustaran. Aceptar que a tus lectores favoritos o a tus amigos no siempre les guste lo que escribes, que no siempre puedan o quieran seguirte allí donde quieras llevarles puede resultar duro en un primer momento: nos gustaría que siempre nos entendieran, pero ¡es imposible! Los lectores que te siguen van cambiando, sólo algunos se mantienen alegremente ahí. Es verdad que a los amigos siempre hay algo que les gusta, pero pueden preferir tus libros anteriores, tal vez hubieran deseado que tomaras otras direcciones, tal vez les remueva lo que leen, o quizás se fijen en algo que les repele y no vean lo demás...
En algunos momentos me asusta esta situación generalizada sin trabajo y vuelven mis fantasías de indigencia (la otra tarde vi al mismo homeless viejuzo y enfadado que antes pedía en las escaleras de los FFCC de Provença diciendo: "Tinc fred, estic refredat, sóc català com vostès!" apostado en una acera de la Rambla Catalunya y decía otras cosas: "Tinc gana! Doni'm una ajuda, sisplau!" con el mismo tono de indignación que le distingue de otros, además de su aspecto, enjuto y desabrigado, de una digna sobriedad). Me pregunto cómo resistiré. Y otras veces voy andando por la calle (¡leyendo o mirando árboles y balcones) y no puedo evitar esa alegría que me arrastra.
Una vez, una niña italiana seráfica que tenía que digerir cambios espectaculares a su alrededor, a sus 8 años, cuando íbamos andando cerca de mi casa vio la luna llena en el cielo y dijo "La luna! Il mio pianeta!" y cuando le preguntamos qué deseo le había pedido, dijo, como si fuera un monje budista y no una niña de 8 años: "Accontentarmi da tutto!" Tal vez tenga yo que contentarme también de la pérdida y desposesión de todo, tal vez tenga que aprender a desaparecer.
Hoy he ido a buscar esos Cahiers de la guerre de Marguerite Duras (me encanta la foto de la portada de Folio) que me recomendó Bel Mercadé, he leído una página al azar sobre su infancia, tan distinta de la mía aunque igualmente doliente y precisamente gracias a esa diferencia me he puesto a escribir, primero mentalmente, mientras andaba, y luego en un cuadernillo.
Al llegar a casa, me ha llamado la señora octogenaria afrancesada que defiende los árboles de Joaquim Folguera. Me ha dicho que han cortado dos almeces sanos, contraviniendo todas las promesas que nos hicieron (de que nos avisarían antes, de que veríamos el proyecto, de que los árboles sanos serían trasplantados). Como siempre, mienten a los ciudadanos, los desprecian, no recuerdan que nosotros pagamos sus sueldos y que nos deben al menos lo prometido, si es que realmente tienen derecho a hacer todo lo que están haciendo en plena era del cambio climático, cortando todos los árboles centenarios, llenándolo todo de cemento, contaminando aún más, aumentando el ruido... He empezado a avisar a los vecinos a quienes todavía nos importan los árboles para que mañana todos llamemos a quienes nos mintieron.
Y una vez cumplido por hoy mi deber moral o mi impulso de dríade, me vuelvo a mis lecturas, entre la atmósfera melancólica y esperanzada de Sanshiro y esa Duras febril que me interpela, el Michon de Rimbaud et le fils, y el Ce que j'ai doné de Giono, no me falta compañía (eso sí, sólo me compro libros de bolsillo estos días, y de los franceses, que suman 6, 7 o máximo 8 euros). Y aquí está G., que se queda una semana más conmigo y se desespera porque nos cortan la conexión cada dos por tres, y la gata ovillada y los que me escriben, visitan y llaman...
Plus tard...
Olvidaba decir la fascinación mía por la mañana viendo un programa científico de Arte TV que contaba el origen del petróleo en este planeta y viendo las moléculas en el mar y las células dividiéndose, y los nómadas sentados en el desierto frente a esas llamas eternas, sacralizándolas y construyéndoles templos, y envidiaba esa visión de las cosas, esa posibilidad de ir al principio a analizar la base física, biológica y química de la realidad de nuestro pobre y viejo planeta maltratado, en lugar de simplemente sulfurarse y desesperarse como yo...
Vean aquí las primeras fotos de la destrucción de la plaça Joaquim Folguera. Y aquí mi artículo en La Vanguardia sobre los Cuadernos de notas de Henry James.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El viento

Foto: Manel Armengol. En Jokulsarlon, Islandia, 2002
Ese viento huracanado que agita la ciudad me recuerda tristemente los arboricidios, las talas masivas de árboles de los políticos del cemento en este pobre país. Pronto no quedarán barreras verdes, pienso. Ni pájaros que no sean mutantes. El viento golpea de nuevo unos hierros en alguna azotea y ese ruido persistente y abandonado no cesa y de noche se infiltra en mis sueños. La gata Gilda sólo quiere dormir, ovillada en su cama de dacha blanca. Hoy sí debe de haber olas, pero G. no ha venido a por su tabla... Pero el espectáculo del cielo es cambiante: de vez en cuando miro a mi izquierda y contemplo el interesante bamboleo de la copa del ciprés del único jardín que queda en mi patio (antes todo eran pequeños jardines), donde aún vienen a posarse elegantes urracas. Y las nubes, que cambian por instantes de color, masa, textura y velocidad, me recuerdan a algo que me contó Manel Armengol de una de sus fotos de Islandia (hoy es el último día para ver esas fotos; no se las pierdan), de un paisaje que no le atraía en ningún sentido hasta que de pronto se levantó una niebla que lo transformó, y en la foto es misterioso y oscuro y a mí me recuerda al lugar donde pasó su noche de veinte años Rip Van Winkle, tal como yo lo imaginé al leerlo. Hay una pareja de fotos que dialogan entre sí en su libro Terrae, una es nieve que parece nubes y otra nubes que recuerdan la nieve...
Anoche cené en un restaurante favorito de Ciutat Vella, en buena compañía. Un poco antes, V vino a tomar el aperitivo a un bar favorito suyo. La sorpresa fue que en la cena estaba, radiante, una inteligente sobrina a la que llevaba tiempo sin ver, Joana. Contó que las matemáticas (el doctorado) devoran su tiempo (excepto las horas de entrenos y partidos de voléibol). Cuando empiece el año se irá con su beca a París y quizás pueda visitarla aunque sea en una de esas -ahora codiciadas- antiguas chambres de bonne. Parigi! ¿Por qué me gustará tanto esa ciudad donde sigo sintiéndome una hormiga de Figueres? Por la beauté, los árboles y las imágenes de Atget, la cultura que aún importa o el peso de tanta literatura y pensamiento, o chissà che. Joana me contó que ayer por la tarde iba andando por allí donde se ensancha la calle Elisabets y recordó que nos habíamos encontrado justamente allí una vez, yo iba leyendo, y al recordar que íbamos a vernos en la cena, entró en La Central y compró mi libro. Dice que soy la tercera autora a la que sigue: Roald Dahl fue el primero, el padre de Joana ocupa el segundo lugar y yo el tercero, porque todos los demás son matemáticos y físicos cambiantes. Le pregunté por otro aspecto de su vida y me dijo: "Progressa adequadament", y luego contó que a sus alumnos de matemáticas les puntúa según un sistema de tres calificaciones: Ok, Psé y ¡Uf! La comida y el vino eran tan deliciosos como en una crónica de Horacio. La cena se debía al encuentro con un primo mío recobrado, al que yo no veía desde treinta años atrás, que pinta unos retratos neorrealistas con gran sensibilidad y había interesado en su rápida visita a varios galeristas (buscaré un link). Al final, tres de los comensales subimos por las Ramblas que por un extraño azar estaban bastante solitarias y la atmósfera era agradable, aún suavemente húmeda y sin viento, con las luces navideñas apagadas y los grandes plátanos en sus poses elegantes y desmañadas y esa piel pecosa que tanto desagradan al misterioso ayuntamiento de Hereuville.
He visto que Acantilado publica un ensayito que yo misma recomendé al editor, Serena Cruz o la verdadera justicia, de Natalia Ginzburg, justo cuando me anunció que Lumen iba a publicarlo todo. ¿Todo? le pregunté. Seguro que no han pensado en Serena Cruz. Es uno de mis favoritos y resume la posición ética de Ginzburg. La frase final: "¿Acaso existe algo más importante que la justicia? No, más importante que la justicia no hay nada" impresionó a mis alumnos en el posgrado. He recibido París Francia, de Gertrude Stein, en cuidada edición de Minúscula, qué tentación...
He recibido un sms de Pilar C., que dice así:
"Sortint cap a Tànger. Nit passada amb el teu llibre i la teva història. Llegia sentint la teva veu. Moments recordats de la coordinadora d'Instituts i altres de tota aquella època. Petons". Me han dado unas ganas inmensas de ir con ellos a Tánger. Pero tengo que aprovechar este puente y avanzar en mi ensayo o no terminaré antes del deadline...
Ya no tengo más tiempo. Continuaré más tarde, acaso...
Antón Castro me entrevistó en el programa BORRADORES sobre Si un árbol cae... Domingo 6 de diciembre, emisión a las 23.25. En Aragón TV (Redifusión los martes). Canal Satélite Digital, 97 y por Internet http://www.aragontelevision.es/ hay que clicar a la derecha donde pone Directo y luego elegir el formato FLV.

domingo, 11 de octubre de 2009

De madrugada

Foto: Josep Liz, Yo contemplando un paisaje stendhaliano, 2009
Me desperté en esa penumbra grisácea y silenciosa y pensé que dejaría este blog. Luego recordé que alguien me ha ofrecido la posibilidad de colaborar a su mantenimiento, aunque es una idea en el aire... No sé si llegará a tiempo. Se me ocurrió un principio para un libro de sueños, que ha surgido sin proponérmelo en esas horas de semipenumbra, ha ido empujando y creciendo a base de garabatos en la mesita de noche, como he dicho al dorso. Soñé con ese libro y con la llamada de alguien que soñaba sin tasa y recordaba sus sueños con detalle minucioso y regio, y al despertarme no me pareció mala idea. Si arrancase tiempo a lo demás... Nefelibata.
También pensaba en un nuevo capítulo para mi libro de la ciudad, retratando rincones antes de que desaparezcan en esta veloz y desaforada campaña destructiva que ha emprendido el ayuntamiento de Hereuville, contra el patrimonio arquitectónico, contra los árboles. A la carta del Periódico que se quejaba de que en la Gran Via talan los hermosos plátanos y sustituyen las clásicas y hermosas farolas del XIX por otras espantosas, de autopista y que implican mucho mayor gasto de luz, le responden de la empresa "Pro-Eixample" que: "El modelo de farola de la calzada central es similar al de antes, pero con una imagen más estilizada". Hay que ser ciego para creerlo. También aducen que según Parcs i Jardins (qué lástima el servilismo talador que ha impregnado esa institución, que en otro tiempo protegía lo verde), como siempre, los árboles están enfermos, hay peligro de que caigan. Es curioso, ¿por qué será que en este país todos los árboles grandes y hermosos corren peligro de caerse y son obstáculos "para garantizar la visibilidad de peatones y vehículos"? En cambio en Francia, Inglaterra y Alemania, los árboles siguen en pie, están protegidos por las leyes y más que distraer, se considera que oxigenan, protegen con su sombra, contribuyen al paisaje y al medio ambiente. Aquí son obstáculos, como lo somos los ciudadanos para el ayuntamiento. En una esquina de Gràcia me encontré a Maria C., hermana de un poeta y una traductora, e intercambiamos experiencias resistentes contra esta gran tala que está destruyendo el país, pero tuve que irme corriendo y no pude pedirle su dirección.
Vi la película de Woody Allen, Whatever works y me hizo reír, me gustó esa mezcla de personajes de mundos culturales tan distintos que acaban chocando y relacionándose extrañamente y cambiándose a pesar de sus respectivos prejuicios, manías y saberes, es una película sencilla, sin grandes pretensiones, pero me recordó a sus mejores tiempos. Vi también una extraña película de HongKong con una parte torpe de gangsters y una parte fascinante de tambores zen, muy extraña. Cuando empezó con atmósfera violenta y urbana, dije que me iba pero L. me detuvo: "Espérate, que a lo mejor van a mandarle a la montaña", y tenía razón. Así empezaron las escenas de ritos de tambores y de iniciación en un paisaje de gran belleza y me quedé.
Sigo leyendo y escribiendo y se me echa encima una semana difícil. Ayer un artículo de VM me alegró el Babelia, aunque ¿qué me ocurrió a mí con el libro de Sergio Cheifec? Empecé a leerlo y sé que hubo algo que me atrajo hablando del cumpleaños, un paseo, unos jardines, dos tiempos, pero algo se me mezcló con otra ensoñación y con otro libro y nunca llegué a leerlo del todo: del artículo de VM me gustó la diferenciación sobre la no-narratividad, el hilo de Simenon y el no-hilo finneganswakiano, la reflexión sobre esos dos mundos en la que precisamente pensaba yo mientras releía para mi conferencia esa prodigiosa novela memorialística de yo elíptico que es Lessico famigliare y la agitación estructural en torno a unas frases, a un vocabulario común, que convierte esos intercambios en una crónica del antifascismo italiano, arrancándole de cuajo su yo emocional, su parte proustiana, ella, la Ginzburg, que tradujo La Recherche, y su llamado "genio moral". En el blog de Fernando Valls hacen falta más aportaciones para la palabra acercanza. ¿No se animan? En fin, les dejo ya, aunque tal vez añada algo entre hoy y mañana. Mientras, he escrito mi furia aquí.
Mi libro de cuentos va a salir ya muy pronto, creo que el 22 de octubre ya existirá como objeto y hacia el 30 estará distribuido por todas partes...

domingo, 4 de octubre de 2009

Yo iba andando

Foto: Josep Liz, Yo, contemplando les Gorges du Tarn, 2009.
Yo iba andando por la ciudad como si la viera por primera vez, con los ojos como mariposas pequeñas recorriendo las copas de los plátanos de las Ramblas y los más altos balcones y azoteas, en un extraño paréntesis en el que los turistas parecían haberse dispersado, mirando el muro del Palau Güell como si fuera de una ciudad ajena, las flores de la Carolina, los troncos pecosos y bailarines de mis pobres -amenazados, majestuosos, egregios- plátanos barceloneses, o por la calle Princesa tropezando con mis recuerdos, ya no sé si dolorosa o felizmente, porque los incorporaba mentalmente a mi libro de paseos urbanos, ahora interrunmpido pero aún latiendo ahí, bajo las mantas de este caótico octubre, Pou de la Cadena, el bullicio triste de Montcada, ahí sí en plena desolladura por lo perdido... He llegado a un encuentro con dos apasionadas sinólogas en una terracita, con un intercambio vital de pensamientos y humor inteligente sin ocultar lo difícil, precisamente situado en lo difícil, que me recordaba a una película, he pensado en cómo me alivia a mí sentirme entendida por gente valerosa y no escuchar la cobarde negación habitual por estos lares. Luego, al despedirme en una esquina de las Ramblas, sentía un remolino de desaliento que burbujeaba protestando, preguntándome por qué algo en mí ha renunciado a la vida, por qué ya no puedo como antes... He comido con la Belle Elaine y su Iannis en un restaurante indio, con alegre conversación de rescate, me han traído a casa en camioneta, he participado con A. en la brigada de limpieza del azufaifo, desde el otro lado de la reja, luego he empezado a releer a la Ginzburg para mi curso, y sin querer contemplaba la palabra acercanza aleteando en el aire con sus hermanas italianas: existenza, importanza, abbastanza. La acercanza tiene ese lado latino que la vuelve más genuina, más arraigada en la historia, sin pervertirse con esa terminación comercial que les hemos puesto a sus palabras emparentadas (cia). La clave es la acercanza, pensaba yo en otro sentido ya menos metafórico, mientras leía uno de esos relatos cargados de tristeza callada de la Ginzburg, la acercanza que ya no puede existir... "Tal vez me esté muriendo sin darme cuenta", fue la frase que me despertó bruscamente de mi sueño hace ya días, mientras contemplaba una absurda escena de conversación de gente de la sociedad barcelonesa: estaban sentados y discutían de banalidades criticando a otros, pero todos llevaban en el cuello esas campanas de plástico blanco traslúcido que les ponen a los perros cuando les operan, para que no se rasquen la herida. Yo les miraba desde un palco desdeñándolos mentalmente y entonces surgía ese pensamiento que quemaba y que acabó por despertarme, sudando. "Pero puedo escribir", pensé entonces, intentando, como dicen los franceses, me raisonner.
Anteanoche vi Le signe du Lion, un Rohmer que parece casi Orson Welles en su época parisina, un Rohmer blanco y negro y algo expresionista, en un París años cincuenta, un París de Willi Ronis o incluso un poco de Atget, un París de clochards.
En este caótico y desollado octubre siento deseos de abandonar e irme, pasear por París o recorrer las calles de Budapest. Me gustaría irme a Rusia a entrevistar a tres escritores, montar otro proyecto de búsqueda tentativa por el Este. Y sí, tal vez pueda escribir, después de todo, cuando despeje esta maraña, cuando acabe todo esto, en noviembre...

jueves, 1 de octubre de 2009

Deprisa, deprisa

Foto: I. N. o Josep Liz?, Gorges du Tarn, 2009
Han pasado 40 años desde que empezó Anagrama y ayer se reunió todo el mundo editorial en el Principal, con las estrellas: Claudio Magris, Martin Amis, Roberto Calasso, Alessandro Baricco, Isabel Fonseca, Álvaro Pombo, Ian McEwan y tantos otros, algunos traductores, agentes, editores, Pasqual Maragall, muchos más escritores, periodistas y amigos de la editorial, con buen jamón y un entorno brillante.
Yo siempre voy a esos encuentros editoriales con el espíritu encogido, por un extraño sentido del deber práctico conmigo misma, y suelo ir sola, saludar a unos pocos que sí me aprecian a pesar de mi condición de no-estar-en-el-mundo*, confirmar la indiferencia y desdén de muchos otros, y retirarme deprisa (en realidad procuro ir a muy pocos y distanciados, porque si no, esa antihospitalidad me recuerda a mi infancia y pesa en mi ánimo, aun sabiendo que la antipatía es en muchos sólo torpe timidez barcelonesa, que sólo vencen cuando hay un interés material o de poder por medio). Dos amigos me habían ofrecido acompañarme, pero no había razón para hacerles ir, y en cambio, acepté un encuentro posterior en el Belvedere para hablar reposadamente con un amigo y desintoxicarme. Mientras le escuchaba, pensé que había algo en sus ojos que me parecía muy familiar, una luz que yo conozco ya... Y esta mañana en su mensaje me decía también: "Me da la impresión de conocerte desde hace mucho tiempo. Y eso me alegra."
Tuve la suerte asombrosa de hablar con Claudio Magris de Von Doderer, me contó que le había conocido, hablamos del pasado oscuro de ese autor, me contó que VD escribía sus manuscritos en distintos colores según cada registro distinto, y el propio Magris dijo (casi como yo escribí en mi reseña) que "su lentitud era maravillosa" y yo le conté cómo me había alegrado coincidir también en la objeción, la pregunta "¿dónde están los demonios?" (Por otra parte, el editor de Von Doderer tuvo ayer muy buenas palabras para mi artículo sobre ese autor en La Vanguardia).
Magris tiene la sencillez de los grandes, y su actitud ( "The only wisdom we can hope to acquire is the wisdom of humility: humility is endless") contrastaba con la arrogancia característica del mundillo editorial barcelonés, donde incluso algún traductor (maltratado como está ese oficio por estos lares) me habla desde supuestas alturas, pero tal vez se debía a que ayer era San Jerónimo, traductor de la Biblia y patrono de los traductores. ¿De dónde sacarán algunos tanto orgullo y esa idea tan elevada de sí mismos? Justamente ayer me decía G. que entre los estudiantes que conoce, hay muchos que creen saberlo todo...
A mí, hormiga de Figueres, me alegró que Magris me acogiera y me diera su dirección triestina para mandarle mi reseña de Von Doderer y mi libro balcánico. Le dejé hablando con Valeria Bergalli, porque el ruido general me impedía seguir ya la conversación.
Hoy no podré ir a escucharles a él y a Calasso en La Central, porque me han llamado de Ràdio 4 (Cel obert a la cultura) para entrevistarme 5 minutos telefónicos a las 20.30, en directo, para hablar justamente de Si un árbol cae.
Por cierto que ayer en cierto momento me crucé con un McEwan momentáneamente aburrido y solitario y mi espíritu de hormiga-del-pasado (aquel pasado en que le leía y admiraba) sintió cierto impulso de decirle algo, pero yo, que escribí una columna contra la misoginia de su novela Atonement (Expiación, qué título magnífico para una novela que me decepcionó) y leí con disgusto sus declaraciones sobre Irak, no podía ya, así que me abstuve... Sí abordé a Oriol Bohigas, y hablamos del azufaifo y de los planes arboricidas contra los hermosos plátanos de Barcelona.
Traduciendo el texto del catálogo de Manel Armengol y recorriendo con el autor Mark Gisbourne las imágenes islandesas de la sensible retina interior de ese fotógrafo amigo, he tenido que buscar unas citas de Ser y tiempo de Heidegger, que han aparecido enseguida, a pesar de que el autor no precisaba capítulos: brillaban en medio del texto como si quisieran atraerme a esa lectura atemporal, y mientras leía me sentía iluminada por esa ontología del Dasein y lo que para mí, hormiga ciega, es una especie de poética metafísica e inspiradora. Yo recordaba a Hannah Arendt en sus cartas y a Derrida en su biblioteca parisina, mostrando que en el altillo, al que se accedía por una escalera de caracol, y con ventana de mansarda, sólo tenía lo que él consideraba "le plus haut", y entre esos maestros estaba Heidegger. Y también le recuerdo explicando que contra la costumbre de la izquierda de quemar a los maestros (como el discutido, brillante y también dolorosamente equivocado Heidegger, sobre todo para un judío Derrida), él proponía deconstruirlos, es decir, señalar la parte dogmática en ellos y recuperar la parte vigente, que es un modo de actualizarlos...
Pero escribo deprisa, deprisa, porque en realidad, mi "estar-en-el-mundo" es ahora un frenesí excesivo de este caluroso octubre, entre conferencias, cursos, libros del Premio Nacional de Traducción, citas apretujadas, lecturas urgentes y deseos de seguir con mi novela. La acupuntura me curó de mis males físicos perentorios y ahora no tengo excusas...
Last Minute News. He ido a buscar Le bergsonisme de Gilles Deleuze y ya se estaba preparando la presentación de Magris, Calasso y Morey. Estaba Álvaro de la Rica, me ha dicho que el libro era excepcional, que a él le cambió su manera de pensar, y por esa recomendación me lo he comprado. El librero nos ha dicho a Jorge Herralde y a mí que era dificilísimo, y nos ha mostrado una nota de pie sólo apta para mentes matemáticas. Yo le he respondido que aun no entendiendo algo se capta (creo que la idea de T.S. Eliot para la poesía puede aplicarse un poco a la filosofía), aunque sea por ósmosis, algo inspira. Pero no he podido evitar pensar en aquel personaje de High Fidelity, copropietario de una tienda de discos, que prefiere no vender a cierta clase de clientes (ya ven que sigo con la resaca psicológica del encuentro social de ayer). Y en el camino he leído el prólogo maravilloso y apasionado de Miguel Morey, perfectamente inteligible. Como saben, Carlo Michelstaedter envió este texto a la Universidad como tesi di laurea a sus 23 años y luego, en un acto coherente tras su demostración, se pegó un tiro, en uno de esos suicidios lógicos. Si Nietzsche decía que "Si acaso el hombre fuera un animal de conocimiento... la verdad lo empujaría a la desesperación" y que sólo la ilusión del arte lo mantiene en vida, si Camus dice que el único problema filosófico serio es el suicidio, Carlo Michelstaedter, lector de los griegos a través de Schopenhauer, establece su versión y actúa en consecuencia. Ya sé que algunos no lo comprenderían y que mi amiga new age se escandalizaría de mis lecturas, pero para mí, esa especulación entre la vida y la muerte tiene algo fogoso, una especie de llama que no me entristece sino que me inspira. Y ahora vuelvo a mi trabajo.
Me han llamado de Radio 4: la entrevista será el viernes por la tarde, la persona que me llamó se había equivocado y así me he perdido tontamente hoy a ese terceto de estrellas filosófico-literarias. Y se ha puesto a llover con fuerza.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Poco a poco

Foto: I.N. Parc del Laberint d'Horta, 2009
Mis ruedecillas internas empiezan a moverse, aun con Mercurio retrogradando. Esta mañana he empezado a tomar iniciativas y la acción siempre me anima, aunque los resultados sean desiguales.
Por la tarde he ido a buscar mi té Lung Ching, que se estaba acabando. Llovía y la vendedora italiana ha dicho que apetecía quedarse en la ciudad tomando té. ¿Por qué no seré yo como esos personajes de Jane Austen, que pueden tomar té toda la tarde e incluso por la noche, para tranquilizarse cuando están distressed...? "Es porque estamos acostumbrados", dijo el pakistaní de la tienda de abajo, que también toma té con nocturnidad. He asomado la cabeza a la gran lata de Lung Ching para oler su frescura, como si estuviera en mi tienda favorita de tés de París. ¡París! Tengo una nostalgia absurda de todo, no sé muy bien en qué consiste. Si será la lluvia... Tal vez ni siquiera sea nostalgia, sino una sensación sin nombre, una urgencia de no sé qué imposible, de volver lejos de dónde, tal vez por la máquina del tiempo de H.G. Wells, que le leía a G. de pequeño, o aquel otro túnel del tiempo más patoso y yankie estereotipado de mi infancia televisiva. Es un deseo vago y múltiple de que ocurriera todo lo que necesito, de que se atendieran mis plegarias, de que durante un paréntesis de tiempo, digamos tres meses, se me concedieran algunos deseos importantes sin un peaje muy costoso. De que no fuera todo tan abrupto, sino deslizante y cuesta abajo. De encontrar una lámpara de aceite con un genio. No me atrevo a decir que pese a todo, no ha sido tan terrible como vaticinaba Jacques le fataliste porque su última llamada diciéndome que lo peor está por llegar aún me pesa. Tal vez sólo es que hoy me gustaría volver atrás y corregir algunas cosas equivocadas. O vivir en un lugar donde fueran posibles los milagros.
O al menos, de vivir en una ciudad donde no se destruyera sistemáticamente la belleza, una ciudad de gente más silenciosa, que no acuchillara los troncos de los árboles, ni les tirase basura, ni voceara a gritos su banalidad analfabeta, una ciudad que mostrara las marcas de la historia y no las ocultara bajo un inmenso centro comercial, una ciudad donde políticos y arquitectos respetaran el patrimonio, donde el dinero fuese a parar a la educación, a la investigación, a las nuevas empresas innovadoras, a la cultura, y no a abrir zanjas para sembrar más cemento. ¿Podré yo irme al menos, antes de ver completarse este horror? Sigo constipada y me he prohibido salir esta noche. Empiezo a preguntarme quién presentará mis cuentos. El hombre de la carroza de oro pasa sin detenerse, me dijo el I Ching hace muchos años, en un apuro, cuando le consulté sobre pedir ayuda material a mi padre, así que le llamé y le pedí una cantidad exacta y en esa única ocasión me la concedió. Tal vez debería consultar de nuevo.
Al volver a casa de un recado doméstico, he visto al azufaifo enseñoreándose, precioso y gigantesco, cargado de hojas y se me ha ocurrido mi pieza para participar humildemente en esa campaña pro acercanza (quijotesca, dice él, pero yo creo que algo quedará, al menos todos esos escritores seguirán utilizándola, se les quedará prendida) que hace Fernando Valls en su blog, con tan inspirados participantes, para revitalizar palabras olvidadas y en peligro de caer en desuso, como la bonita acercanza. Luego, camino del Lung Ching se me ha ocurrido el principio de lo que voy a escribir para el aniversario de Cafè Central, que aún está macerando en alguna galería de mi mente.
Y aquí lo dejo, que tengo mucho que leer y pensar...

sábado, 12 de septiembre de 2009

Lo inesperado

Foto: I.N., Puertas al campo, Menorca, 2008.
Un amigo más culto que yo me avisó de que Magris había escrito sobre un autor que yo acababa de reseñar, no sin dudas, en el que él considera el mejor libro del autor triestino. Busqué L'anello di Clarisse, pero estaba agotado en italiano y en castellano (por cierto que en castellano costaba 10 euros y en la edición castellana 28 o 29; como la fruta, los móviles, internet y casi todo; pagamos más y nos conformamos). Tampoco lo encontré en esa red magnífica de libreros del mundo. Por el camino encontré una crítica muy libre de Letras Libres (seguramente mexicana, ¿por qué en este país los críticos casi nunca se sienten así de libres para objetar a los grandes, para deconstruirlos como proponía Derrida, señalando lo dogmático o los puntos flacos y valorando lo que sigue teniendo valor en los maestros? Ese doble rasero que hace a muchos ser implacables con los desconocidos y siempre sumisos y adoradores de los ya reconocidos hace nuestra crítica muchas veces aburrida y previsible). Me quedé con la curiosidad y hoy me ha alegrado saber, gracias a Guelbenzu, que Magris tenía la misma objeción que yo. Es más, renuncié a una frase interrogativa que resumía esa objeción suya. Pero de todo esto hablaré cuando salga mi artículo. Son esos pequeños prodigios inesperados que se nos dan... Y qué silencio maravilloso el de este sábado en que todos se han ido...
Anoche cené con mi editor de Cafè Central y la reina de la traducción (como la llama CHM); fue una cena muy agradable, según ellos ramadánica (o epicúrea, pues aunque nadie lo recuerde, los placeres de Epicuro se basaban en cierta sobriedad) en el sentido de que se dejaron contagiar de mi condición abstemia de estos días, tal vez solidariamente, y apenas probaron las trufas japonesas de sake y té verde, y antes tuvimos buen pescado y buena conversación, inspirada por su parte y locuaz por la mía, mientras el helicóptero recordaba la conmemoración de 1714. Y sin querer, ¡yo contagié a uno de ellos el virus de Pynchon! Pero fue culpa de la reina de la traducción, que me enseñó un libro recomendado por Assouline, de uno de esos traductores-escritores viriles, seguros y osados, que ella definía muy bien y que en Francia son además influyentes, el célebre Claro, traductor de Pynchon, Vollmann y otros autores de esa categoría. Yo siempre recuerdo el lúcido prólogo de Pynchon a la reedición norteamericana (hace unos años, en plena era bush) de 1984 de Orwell (hay un guiño que homenajea ese libro en uno de mis cuentos) y también sus apariciones en los Simpson, con su voz y dibujado con una bolsa en la cabeza, para seguir preservando su condición invisible, coherente con su prosa y con esa manera prodigiosa de controlar la locura en el terreno literario.
Ellos me contaron de su consolación provenzal, en ese país donde aún se cuidan los árboles y el entorno y se puede convivir entre mariposas, bosquecillos, luciérnagas y cielos estrellados. Y donde la gente no grita ni arroja las basuras al suelo, como ocurre en esta triste ciudad y en el pobre jardín del azufaifo. Donde los plátanos superan los doscientos años sin que ningún RF al servicio del ayuntamiento les condene a muerte. Vayan por cierto a Polis!
Mientras, yo sigo consolándome con Bernhard, descubriéndole más afín que nunca, lleno de ferocidad crítica pero también de ética y de lucidez melancólica sobre el mundo, sobre el sufrimiento, los hospitales y la ineptitud médica y la estupidez y la mediocridad ensalzada y el talento ahuyentado, pero siempre decidido a sobrevivir y a escribir, ocurra lo que ocurra.
Y he rescatado mi Manifiesto arbóreo, porque veo que la gente sigue firmando.
Ayer en la cena me decían que llevo una época imparable en producción literaria (en octubre los cuentos). También me lo dijo la belle Elaine hace dos días. Pero si fuera así, ¿por qué iba a sentirme tan culpable? ¿Por qué tan atemorizada de mi aparente parálisis, de los días que se me escapan sin apenas producir, de no lograr ningún cambio para mejor en mi inminente futuro material, sino todo lo contrario...? Ayer logré escribir un poco, poquísimo de mi novela, apenas tres cuartos de página dubitativa... Me acordé de Naipaul, que en Sir Vidia's Shadow decía: Llevo toda la mañana y sólo he logrado escribir una palabra... ¿Qué palabra? le preguntaba Theroux. "The..." era su sarcástica respuesta. Eso sí, tengo un título, no sé si un humilde working title o un título de verdad. Se lo he dicho a L. y lo ha encontrado "victoriano", lo cual para ella era un elogio, pero yo me he quedado preocupada de si estaría yo trasnochada como esos que copian ahora la atmósfera victoriana, sin heredar la capacidad que los mejores escritores victorianos tuvieron entonces para transformar la percepción de las cosas. Ella ha insistido que lo decía por lo poético. Lo seguiré testando...
El contador GoStats me trajo un cómputo de 386 lectores silenciosos al día en esta primera semana de septiembre. Aunque eso no baste en este país para que nadie contribuya a financiar ni pongan publicidad los editores ni ningún periódico me quiera acoger, hace ilusión que esos visitantes invisibles sigan concediendo un tiempo de lectura a mis soliloquios y me siento agradecida.
Pero esta noche, al final de mi sueño, que he olvidado, me tocaba una especie de lotería, una especie de premio, algo que me permitía concluir: "Ya no tendrás que angustiarte por el dinero". Y ese momento de alivio feliz me ha hecho sonreír al despertar; ¡al menos me lo conceden en sueños!