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martes, 8 de julio de 2008

De Cadaqués, el Jardín del Ateneo y el azufaifo

Foto: I.N. Otro jardín en Cadaqués, 2008
Volví de Cadaqués tarde, en un atasco indescriptible que se agravaba en los peajes porque, como es frecuente en este país, aunque las compañías no den servicio -no se podía circular-, nos siguen cobrando, y nos rodea ese estado general de ineficacia completa, como en la política y las infraestructuras, porque como me decía alguien hace poco, en las administraciones, en las empresas, en la educación, en todas partes, ya no se elige gente por la calidad de su trabajo y sus conocimientos, sino por su "lealtad" al sistema/mercado; para acceder a un cargo sólo importa no ser conflictivo, cerrar la boca, mirar a otro lado. Por eso en cuanto hay un problema, ya sea la sequía, la construcción de un túnel o la decisión con un plan educativo, todo sale mal, nada funciona, y la sección de Francesc Arroyo en El País, "No funciona" debería crecer y ocuparlo todo. Nada funciona.
La ciudad está sucia y mi barrio es una cantera, un parque de grúas sin árboles y los pocos que quedan están condenados por el ayuntamiento. No puedo disfrutar de la relativa frescura porque el ruido de las máquinas es insoportable y me obliga a cerrar las ventanas. El polvo también se arremolina y la gata prefiere estar dentro.
Yo había ido a Cadaqués, acogida por la hospitalidad de Tessie Morandi, para preparar la mesa redonda de ayer, el primer Diálogo en el jardín del Ateneo que organiza el librero de la calle Berlinès con el Espai Freud. Allí estuve, en una zona apartada y silenciosa, con jardines de pinos arqueados por el viento, en forma de terrazas, con gatos salvajes (uno pequeño y negro que me reconoció al momento y saltó a mi regazo, y que venía a mi encuentro saltando campo a través cuando yo volvía a la casa de un paseo.). Hasta el domingo había logrado permanecer al margen y evitar mis recuerdos, en ese barrio apartado y en el mar, y cuando crucé el pueblo para ir a la librería de Joan Tharrats, me asaltaron de golpe desde las casas, los árboles y la luz y me sentí comme si j'avais mil ans, me sentí más que herida, foudroyée, y al mismo tiempo deseé imperiosamente quedarme allí siempre en aquella luz, habitar una de aquellas casas del pasado, o quizás otra, antigua y distinta, y me pregunté si sería yo como esos viejos que no pueden ir a ningún sitio porque todo les duele, y al mismo tiempo sentí también, más fuerte, el deseo de escribir, de escribirlo todo (il faudra tout dessiner!).
Y anoche. El jardín del Ateneo es un lugar inspirador y su tradición republicana e ilustrada intensificaba la impresión de que era el mejor lugar para hablar de lo que hablamos. "No hay escritura sin memoria". El público era también propicio y acogedor. Salvador Foraster presentó el acto, explicó que el Espai Freud intenta que el psicoanálisis tenga más presencia en la vida cultural de la ciudad y su explicación, de propósitos y actos, me produjo una sensación muy esperanzadora. Cada una leímos nuestro texto, y abordamos la memoria histórica, yo desde la escritura y ella desde el psicoanálisis. Tessie Morandi diseccionó, con su precisión lacaniana multisémica e inteligente, algunas de las cosas descubiertas y aprendidas en ese estudio valeroso, con testimonios y pacientes, del dolor histórico negado en este país y de los mecanismos de transformación. Nos faltó tiempo para decir y hubo cosas que se quedaron ahí flotando. JH quiso hablarnos de Lorca y de la brutalidad contra la cultura y contra la libertad sexual, contra la diferencia. Yo me quedé pensando que no había precisado que en efecto había en el franquismo esa brutalidad contra la diferencia que me recordaba a la brutalidad del régimen de Tudjman y Milosevic contra esas mujeres libres (allí la homosexualidad está tan oculta que ni siquiera tuvieron ocasión), contra todo lo que se aparte del patriarcalismo. También quería haber dicho del trabajo de Ian Gibson y cómo para mí, ese libro primero editado en Ruedo Ibérico a principios de los setenta fue un revulsivo que me ayudó a ver lo que pudo haber sido y lo que fue, con toda su violencia. Mi padre también recitaba a Lorca y tenía la edición de Aguilar de sus obras completas que yo heredé.
Una psicoanalista explicó por qué la memoria es conflicto. Una médica explicó que a veces las familias sólo se autorizaban a recordar cuando quien se había exiliado volvía. Yo le pregunté a Tessie por esa pregunta que debería estar y no está en la escucha de los profesionales de la salud mental y de la salud en general, esa pregunta que sí está en países como Alemania, a cada paciente se le pregunta qué le ocurrió -o a sus padres o abuelos- durante la guerra (y la posguerra, aquí). Hablamos del silencio y la negación. Yo fui saltando de los Balcanes, la guerra civil y mi propia guerra civil de la infancia. Hablamos de la escritura como una forma de preguntarse, de recordar, de construir Antes le había leído mi texto a G. "Està molt bé -me dijo-. M'agrada molt com ho relaciones tot..." Y el Jardín del Ateneo fue para mí, durante esas horas, un reducto de afinidad cultural e ideológica contra el horror que nos rodea. Al acabar, unos cuantos nos fuimos a comer jamón, acompañado de una conversación afín. Y así descubrí que (y es que tengo que ponerme las gafas para ver al público) la combinación de colores y formas donde se dirigía mi mirada miope, en el público, era justamente Anna Miñarro, la otra psicoanalista que me invitó, con Tessie Morandi, a formar parte del proyecto Trauma i Transmissió, y cuya firmeza radical en los temas de la memoria me produce siempre alegría, la sensación del encuentro afín que Emily Dickinson describió en uno de mis poemas favoritos, que siempre cito y me sé de memoria.
He recibido algunos comentarios. José Hernández, en la lista de Xoroi, escribe:
La cadencia continua de la fuente del jardín romántico del Ateneo Barcelonés parecía marcar el ritmo sereno de la noche de ayer. el vaivén no era otro que el de las palabras de un diálogo, de una conversación entorno al nexo, a veces ambiguo, entre memoria y lenguaje. Isabel Núñez y Teresa Morandi ofrecieron a los oyentes dos perspectivas convergentes de un mismo argumento: la memoria como proceso re-velador que, a través del lenguaje, permite construir más allá y más acá del la pasividad de la queja. Aunque no hay juicios posibles: cada uno hace lo que puede (¿o lo que quiere?) con el proprio trauma y, como alguna oyente nos recordó casi al final de la velada, la relación entre vivencia y expresión es (por suerte) de una complejidad que a veces asusta. Para mi la conversación que tuvimos anoche había empezado en realidad algunos días antes, durante la presentación del libro La plaza del Azufaifo, de Isabel Núñez. En Sant Gervasi, de manera solitaria y a modo de monólogo casi interior, empecé, in darme cuenta, a deshojar la margarita de un recuerdo atrasado, casi prehistorico, en el que el lenguaje (y su elaboración, es decir, la literatura) tenían una función casi providencial. El diálogo vino en realidad poco después, gracias a la lectura (compulsiva) del libro de la Núñez y al aliento de honestidad con el que están escritas sus páginas. Una mezcla de memoria y deseo en el lenguaje, como si detrás de las palabras se escondiese un funambulista que recorre, arriesgándose, la cuerda de un ayer que se convierte en hoy, recubierto por un rayo que no cesa. Pura literatura.
Y por email, mi pensante amigo JCM:
Sí, em va agradar. Gent molt sensible.
Tu vas aconseguir que l’escriptura fos l’eix de la xerrada i això va ser bàsic.
Tornant a casa vaig pensar sobre la dificultat de precisar les relacions entre la dimensió subjectiva i la social o col·lectiva; vull dir que la subjectiva és al meu entendre incomensurable i queda definida per la diferència mentre que la social no tant;
També és important, pensava, la relació de la memòria amb l’exercici del poder, no només del poder com a dominació sinó el poder com a instrument al servei del bé general.
Una tesi, realment la que sortiria d’això.
Gràcies per fer-me pensar.
Y en la lista del librero de la calle Berlinès, Felip Domènech escribe:
Ayer por la noche tuve la suerte de asistir a un acto emocionante e inolvidable. Era la primera vez que me acercaba al Espai Freud y espero asistir al resto de diálogos. En el silencio del jardin, con los árboles, plantas y el agua del estanque como decorado, las palabras adquirían una densidad y un protagonismo mágico. Un excelente diálogo en un marco de lujo. Como de lujo fueron las intervenciones de Isabel Núñez y de Teresa Morandi. Sus palabras no se las llevará el viento, han quedado inscritas en mí, nieto de represaliados en la posguerra. Las cárceles del franquismo, el sufrimiento de mis familiares y el mío propio, también están inscritos y escritos con fuego y con sangre en lo más profundo de mi ser. Muchas gracias a las dos y al Espai Freud por ayudarme a leer y a entender estas dolorosas letras..
Dice V: El jardín es un poco laberíntico; me gustaba eso. Era muy bonito, yo me senté en un banco con M, y A. llegó un poco más tarde y se sentó en otro lado... Estuvo bien, quedó muy bonito, elegante, tu voz se oía perfectamente, clara, precisa... No hablasteis mucho de escritura o literatura, eso fue un poco lo que me faltó, pero me gustó porque me daba la sensación de que habías realizado un recorrido bastante grande este año y en tus palabras se encontraba el poso y la fuerza que te habían dado todas esas cosas, en fin, felicitats.
A mí me faltó tiempo, es verdad, entre otras cosas para entrar en esos libros que flotaron ahí, libros de la guerra que sólo pudimos visitar con citas, rodear con palabras, intentar explicar en media frase (otra conferencia, me dice L). Y al mismo tiempo creo que la escritura estuvo siempre ahí, junto con el dolor histórico y el peso de su negación y la forma en que el psicoanálisis aborda su transformación (en escritura!) en recursos vitales. Pero el tema de la memoria y sus ecos en el presente, tan ensombrecido y amenazante, nos invadía inevitablemente. Hoy, esas palabras de otros que he copiado más arriba, y la idea de que mi libro tenga esos lectores y de que les inspire me hace feliz.
Y en cuanto al azufaifo, a pesar de su esplendor, el ayuntamiento permite que el terreno se degrade más y más. Ceden el solar a otras constructoras para que entren grúas, tiran dentro tablones que se unen a las basuras de los vándalos. No permiten que nadie entre a limpiar, sólo a arrojar inmundicias. Las ratas siguen ahí, camufladas por la vegetación y la propia basura. Desdeñan el riesgo de incendios y desdeñan la salud pública. En ningún país europeo civilizado se permite que alguien, privado o municipal, cree un vertedero urbano en plena ciudad. Tal vez forma parte del mismo resentimiento del que hablé y la idea de ratas merodeando por Sant Gervasi no les desagrada. Ayer me llamó una periodista del Avui que quería hablar de lo que está pasando en Barcelona con los árboles. También me llamó otra de El Periódico. Yo no pararé. Nos arrancan los árboles y la sombra y dejan que todo se degrade. Una amiga que acababa de volver de Ginebra comentaba su desazón al pasar de aquel verde cuidado y lleno de pájaros, aquel patrimonio arquitectónico preservado, aquel silencio de sólo lluvia y pájaros, a este ruidoso estercolero. Esos son los políticos a quienes pagamos.